
Se nos olvida a menudo el tema central de El nombre de la rosa, de Umberto Eco: el interés obsesivo del bibliotecario ciego, Jorge de Burgos (famoso homenaje a Jorge Luis Borges), por ocultar y finalmente digerir el supuesto segundo libro de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia y a la risa. Según el bueno de Jorge, ese texto sería devastador porque conferiría a la risa un estatuto filosófico legítimo, convirtiéndola en un arma intelectual capaz de minar el miedo al diablo, al infierno y, en última instancia, la autoridad absoluta de la deidad. Un sindiós, un contrafuero, vaya. La risa, en la novela, se presenta precisamente como el antídoto supremo contra el dogmatismo, el terror teológico y la pomposidad de los que se creen poseedores únicos de la verdad.
Tomarse un tema mortalmente serio con un tono de ligereza inteligente, que va de suyo en una revista como Jot Down, es una de las mejores maneras de adquirir distancia sobre el objeto de análisis. No se trata de trivializar cosas horrorosas, sino de negarse a que las emociones nos paralicen o nos obliguen a repetir los mismos discursos grandilocuentes, habitualmente impostados y, a lo peor, clónicos. La risa, como sabía Aristóteles (o como Eco imaginó que sabía), es un ejercicio de libertad, porque mientras ríes, al menos por un instante, el tirano, el dogma, la presión social o el miedo pierden poder sobre ti.
El miedo milenario del poder a la risa no es casual. Y es precisamente por eso por lo que el uso de la frivolidad, el humor y la ironía en el ensayo posee una tradición tan venerable como subversiva. Jonathan Swift lo bordó en Una modesta proposición (1729). En este texto, el autor de Los viajes de Gulliver propone, tras un cálculo económico minucioso, que la mejor manera de aliviar a Irlanda del peso de la pobreza extrema y de la sobrecarga demográfica de los pobres sería hervir a los niños pequeños y servirlos como manjar a los ricos. El horror de la propuesta (paralelo al del problema), envuelto en un lenguaje burocrático y razonable, genera el efecto devastador de ridiculizar la indolencia de las élites británicas y su indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Swift lo hizo tan bien que, incluso hoy, con internet y miles de explicaciones disponibles, todavía hay lectores que lo toman literalmente o se escandalizan sin captar la sátira. Con Los viajes de Gulliver pasó justo lo opuesto en su época, que la envoltura de cuento infantil les impidió ver la sátira a la sociedad inglesa. Esa es la grandeza (y el riesgo) de la frivolidad bien ejecutada, que puede ser tan convincente que desarma las defensas del lector poco atento. Y lectores poco atentos o, peor aún, literalistas, gente que se lo toma todo al pie de la letra, los hay a patadas.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






En la novela el bibliotecario oculta el libro, pero lo preserva. Bueno, al final se lo come, muriendo y formando parte del catálogo.
Otro artículo inteligente e ilustrado. Gracias. Recuerdo con mucha nostaligia aquel videojuego, La abadía del crimen, de Dynamics.
Esa la mejor novela de Eco. El péndulo de Foucault me pareció un rollo. Buen artículo, de la línea culta de la revista.
Qué buen artículo para empezar el día. A los de la generación X esta novela/película nos trae buenos recuerdos. Son malos tiempos para la risa, me temo.
«L’humour est la politesse du désespoir». [El humor es la cortesía de la desesperación].
Chris Marker (1921-2012)
Usted erra conceptualmente, estimado, vicio congénitoy zigzagueante de los intelectuales. No hay nada más eficiente que la seriedad, producto de la jerarquía de bien e higienizada como tal. Una prueba irrebatible son los gloriosos ejércitos, victoriosos o no, pues en el caso nefasto de caer derrotado se lo hace con la necesaria seriedad y decoro. Ninguno de los subalternos, en caso de catástrofe militar anda festejando, brindando o elogiando la profesionalidad y punteria de los servidores de ametralladores adversarios que han perforado hasta la cocina de campaña en retaguardia; de la misma manera que en caso de victoria: la literatura seria ha dejado memorables momentos en los cuales los vencedores solo sienten piedad por la carnicería necesaria llevada a cabo. El héroe cabizbajo que retorna no tiene remordimientos, está solo agotado pero lleno aún de energias, pronto para la próxima batalla; y si se llega a festejar, no será esa figura dramática que lo haga, si no la patria y su pueblo a quienes ha servido, el último de sus desvelos; él contemplará los festejos con satisfacción, siempre serio y distante. Y sería superfluo agregar la seriedad profesional en los hospitales de campaña, mas es oportuno remarcarlo, pues es necesario seriedad para amputar, coser, extirpar, extraer; solo a médicos intelectuales relativistas se les ocurriria bromear con un intestino grueso o fino, un colon o un par de testículos a la vista ya perdidos para siempre; o reflexionar en manera sarcástica al decir que el rigor mortis es el último acto sublime de la seriedad, o sea por el rigor, como he visto y oido más de una vez en comedias degradantes. Y llegado al momento supremo, no podemos pasar por alto la seriedad piadosa de los sacerdotes: se necesita adustez para dar la extraunción, ese viaje tiene que ser en silencio y con mucha circunspección, no como los ritos de esos pueblos semi salvajes que bailan, cantan y hacen sonar matracas, pitos y tambores en honor del muerto. Al paraíso se va en serio y con seriedad. Revise sus apuntes, y gracias por la lectdura.
Órale wey, el artículo del estimado está padrísimo, ¿no? No sé si le estés cayendo al mismo rollo que yo, pero el vato se me antoja bien fino, bien leído, de esos que te avientan datos y suenan bien vergas. Ya le puse alarma en Google pa que me avise cuando publique, porque está chido lo que saca.
Un artículo espléndido para tiempos convulsos y faltos de criterio. Tengo que leer estos libros (que no conocía)
Espléndido como siempre, querido compañero. Esperamos con ilusión tu artículo periódico. No sé de dónde sacas el tiempo para hacer estas cosas con la cantidad de cosas que haces. Un día nos das una conferencia en la facultad sobre productividad y organización eficaz del tiempo.
Artículo de encargo para devolver favores. Estoy un poco cansado de que se utilicen los artículos del Jot Down para darles argumentos a las élites y para ayudar a los amigos. Ahora descubrimos que Tapiador es amigo de Quequé y sale a echarle un capote con Almodóvar de por medio. Vaya por dios. Es que estos se conocen todos. Es que me les imagino de cuchipandi por Malasaña. Parece que la revista va mal y que necesitan suscriptores. Pues mire. Menos llorar y más profesionalidad. Yo me suscribiría a la revista con dos condiciones. Una que echen a Tapiador, que ya le pagamos un sueldo de catedrático entre todos. Que se dedique al clima y no le quite el pan a los PROFESIONALES del periodismo. Y otra que sean imparciales, como eran antes de venderse a Lo País. Por que lo de Oscar Puente es una cortina de humo. No engañan a nadie. Esta revista ha quedado para adoctrinarnos con lo que conspiran las cuchipandis de Chamberí y Chueca en sus quedadas o en guasap. No hay más que ver como los amigos de Tapiador le dan palmadas en la espalda en los comentarios. Se ponen todos de acuerdo. Hasta utilizan la misma palabra. Espléndido, espléndido, todo espléndido. Menuda pillada.
Menuda pataleta… aprovechar un artículo cojonudo para meter con calzador tus soflamas indica lo necesario de este tipo de publicaciones. No te lo tomes tan en serio
Debo de ser bastante obtuso, pero no veo cómo el artículo del señor Tapiador da argumentos a las élites y proporciona ayuda a sus amigos. Supongo que me faltan detalles contextuales dados por supuestos. En cualquier caso, buen artículo. La ironía, decía alguien, es broma y seriedad al mismo tiempo. Siempre corre el riesgo de no ser entendida, y no sería nada sin ese riesgo. La ironía es esencialmente ambigua.
Puede ser que sea un comentario irónico a su vez, o no, nunca se sabe. A veces la ironía esta fina que no se distingue de la seriedad.
Precisamente, llevando a la práctica la tesis del artículo, recomiendo a todos los lectores de Jot Down que le echen un vistazo a las criticas cinematográficas del señor Don Hipolito Ledesma Doppelganger. Por cierto, ¿donde andará? Espero que nos se nos haya marchado porque no le pagan lo suficiente, juas.
Delicioso artículo,
Gracias y enhorabuena!