Siempre es un gusto conversar con escritores. Eso sí, hay encuentros que son especiales, y así fue el que mantuve con Alisa Lein (Rosario, 1973). La singularidad radica, quizás, en que es la primera entrevista que hago para Jot Down con una escritora de mi ciudad. Es posible también que se trate de cierta excepcionalidad que rodea a la autora: sus libros no fueron publicados por los pesos pesados de la industria sino por pequeñas editoriales; tampoco es común encontrar su palabra en los medios —Argentina tiene un ambiente literario rico y diverso, pero, como todos sabemos, Dios atiende en Buenos Aires—. Y, sin embargo, su literatura es fabulosa.
Alisa Lein, arquitecta y escritora (ya veremos que el orden aquí no es arbitrario), escribe cuentos, ese formato ágil y preciso en el que cada pieza debe encajar con naturalidad narrativa para cumplir su función: «el cuento viene a decir lo que quiere decir y se va». Aunque insiste en que no tiene nada demasiado interesante para decir más allá de su escritura, quise conversar con la autora para conocer a la persona detrás de ese conjunto de cuentos que fueron publicados en los libros Abajo es carne cruda (2020), ¿Nunca miraste a un león a los ojos? (2021), Sentido común (2025) y han recibido importantes premios en Argentina y algunos en España.
En Alisa no hay pose, no están los variados y repetitivos lugares comunes en torno a la figura de la escritora profesional. Lo verdaderamente interesante está en su literatura, por fuera del marketing y la promoción, que nuestros lectores no deberían perderse. Por eso nos acercamos a su casa a conversar.
No es fácil encontrar entrevistas tuyas, apenas un par en medios locales, de Rosario.
Sí, es verdad. Pero tampoco tengo tanto para decir.
Hay gente que no tiene nada interesante para decir y, sin embargo, está por todas partes. Ganaste premios importantísimos en Argentina, también algunos en España y, aun así, no estás presente en el periodismo cultural argentino. ¿Crees que tiene que ver con ser de Rosario y producir desde aquí y no desde Buenos Aires?
Un poco sí. Creo que las cosas circulan por ciertos canales y no por otros. A lo mejor hay que hacer lobby, y yo no lo hago.
¿No te dedicás a trabajar la figura de escritora?
No, casi que lo soy a mi pesar. Me encanta charlar con vos y tengo buena predisposición para hablar sobre la escritura y sobre mis libros, acompañarlos todo lo que pueda, me encanta hacerlo, pero, si lo tengo que pensar de antemano, es algo que me pesa.
¿Qué es lo que te pesa, la exposición?
De ser escritora, lo que a mí me gusta es escribir. Después, entiendo que hay que acompañar los libros y que para encontrar a los lectores a veces hay que exponerse un poquito más, pero no es lo que me gusta, no es mi naturaleza. Y, sinceramente, no sé si tengo mucho para aportar.
¿Y leés entrevistas o intervenciones públicas de otros escritores?
Poco. De los escritores me gusta lo que escriben. Sí me interesa leer sobre literatura, pero también hay algo muy común y es que a los escritores se los cholulea (en Argentina, un cholulo o cholula es una persona que tiene una admiración excesiva por los famosos), se quieren saber cosas de su vida, cómo llegaron a ser escritores, qué recorrido hicieron. No me interesa, la verdad.
Entonces no te puedo preguntar sobre eso.
(Risas) Yo puedo contar y entiendo que hay un público al que le motiva eso: encontrar en otro qué recorrido hizo, si empezó a escribir de grande o de chico… Lo entiendo. A mí eso no me interesa, tal vez porque yo no tuve una búsqueda de ser escritora; ese no es mi camino y no recorrí textos de ese tipo buscando mi camino. Llegué a escribir escribiendo, no queriendo ser escritora.
¿Se puede saber qué hace falta para ser escritor?
Para ser escritor lo único que hace falta es escribir. Escribir y escribir. Por supuesto, hay que leer y, en mi caso, que no soy para nada autodidacta, también hay que estudiar con otros y en grupos. Si no, no se puede. Hay que escribir, y hay que escribir mucho, hay que corregir, hay que tirar. Parece que tengo un problema con la palabra escritora, pero no es así; ahora acepto también decir que soy escritora pero, si me preguntan, yo soy arquitecta. En mi caso particular —porque es claro que para otros hay otros caminos—, lo de ser escritora apareció con los premios: como si los de afuera me hubieran dado una definición hacia adentro. Es como si alguien me hubiera dicho: «vos sos escritora». Yo nunca hubiera dicho eso de mí, aunque escribía. Hice un recorrido y podría decir que ahora sí acepto que soy escritora, pero eso tiene que ver mucho con la definición y la validación de gente que uno reconoce como escritores. En mi caso, se dio cuando gané el Fondo (primer premio del Fondo Nacional de las Artes 2019 por su libro de cuentos Abajo es carne cruda). Más o menos al mismo tiempo gané un concurso en la ciudad de Córdoba, al que renuncié por el otro. Ese fue el primer premio que gané y fue impensado para mí, porque es un premio importante. Hasta ese momento yo solo escribía, muchísimo.
Te escuché decir alguna vez que enviás tus textos a concurso para perder. ¿Cómo es eso?
Es un poco así. Si mandás para ganar, es una frustración.
¿Es una especie de mecanismo interno para manejar la frustración?
Es un mecanismo, sí. Un mecanismo que en mí es bastante honesto. No te podría decir qué concursos perdí —deben ser muchos— porque prácticamente me olvido de que mandé algo a un concurso y me entero cuando me avisan de que gané un premio. Me pasó con un concurso en Huelva (Premio José Nogales 2023), donde gané un premio con mi cuento «Plancton» y, cuando fui a recibirlo, me dicen los del jurado: «¿Sabés lo que nos pasó? El fallo está dividido». Eran tres jurados; dos habían votado por «Plancton» y el otro jurado había votado por otro cuento; entonces me cuentan que habían discutido un montón y que, cuando abrieron los sobres para ver los datos de los autores, vieron que el otro cuento era mío también.
No te puedo creer. ¿Cuál es?
«Sentido común». Y yo no me acordaba ni de que había mandado dos cuentos a competir. Se podían mandar hasta tres, así que puede ser que hasta haya mandado un tercero.
¿Y cuál de los dos te parece mejor? ¿Tenía razón el que estaba en minoría o los otros?
«Sentido común» es un cuento que tiene mucho trabajo y es más importante para mí. Pero, bueno, eligieron el otro, así que gané y perdí al mismo tiempo. Es así, no se puede mandar a los concursos para ganar. No quiero que parezca pose, pero realmente no espero nada.
¿Imaginás dejar la arquitectura y dedicarte solo a escribir?
En algún momento tuve esa fantasía —¡qué divino sería escribir todo el día!—, pero hoy te diría que no. La arquitectura me gusta, es mi profesión, y no sé cuán productiva sería si tengo todo el día para escribir porque, cuando estoy pensando un texto, a mí me sirve un montón salir de ahí, tomar distancia y mirarlo un poco desde afuera. Me voy a trabajar a la obra y al texto no lo suelto, pero lo pienso con otra distancia y no lo suelto en ningún momento. Cuando me decís: «¿te gustaría trabajar todo el tiempo de escritora?», digo: «trabajo todo el tiempo de escritora». Porque no lo puedo soltar. La arquitectura y la escritura son dos oficios, o profesiones, muy invasivas. Por ejemplo, cuando voy a un bar, tengo que ver en qué mesa me ubico, hacia dónde da la luz, qué puerta voy a mirar; no me da lo mismo dónde me siento porque no me da lo mismo cualquier espacio. Me pasa lo mismo con las palabras. El espacio y la palabra son dos cosas que están en lo cotidiano, por eso digo que son muy invasivas, atraviesan todo. Volviendo a tu pregunta, me gusta trabajar de arquitecta y me gusta trabajar de escritora, pero también es cierto que, cuando uno va creciendo en lo que escribe, va siendo mucho más consciente de cada palabra que pone y se vuelve más trabajoso poder resolver un texto. Por lo menos eso me pasa a mí: cada vez me lleva más tiempo que un texto me deje contenta, pero me encanta corregirlo mil veces, lo disfruto y no lo hago porque crea que vaya a llegar a hacer algo perfecto; lo hago porque quiero y así es como trabajo.
¿Siempre escribiste cuentos?
Sí. Ahora tengo una nouvelle por salir, pero yo soy cuentista.
Hay una fuerte tradición del cuento en Argentina. Es un género muy arraigado, con prestigio y vigencia. ¿Cómo lo ves? ¿Reconoces influencias?
Me gusta pensar en esta fuerte tradición del cuento en Argentina como el motor de una lancha que me empuja desde atrás, desde lo escrito. Me estimula que haya cuentos tan geniales y, de alguna manera, esa tradición se vuelve algo aspiracional. Porque hay tradiciones que son un lastre: no es este el caso. Se me ocurre también que hay algo del cuento que es muy nuestro, algo que tiene que ver con la oralidad, con lo charladores que somos, con la amistad, con la anécdota contada. Me encanta escuchar historias, contadas por conocidos o desconocidos, y, si bien es cierto que a veces escucho con doble intención, buscando qué escribir, también hay mucha gente con ganas de contar.
¿Qué cuentistas argentinos te gustan?
Si tengo que elegir algunos cuentistas para que me contagien, diría sin dudar los nombres de Antonio Di Benedetto, Angélica Gorodischer y Felisberto Hernández, aunque él es uruguayo. A Borges lo pondría primero, pero me da pudor.
Quienes elogian tus cuentos, incluidos los jurados que los premian, hablan de tus textos como maquinarias que funcionan a la perfección. ¿Pensás así cada cuento, como un artefacto que debe cerrar por todos lados?
Un poco sí, pero también hay un trayecto que es muy intuitivo. Hay un borrador inevitable, porque de otra manera no tengo sobre qué trabajar, que está muy mal siempre, y después me pongo a trabajar con eso. Cuando le voy encontrando la estructura —ahí me sale la arquitecta—, aparece algo muy placentero en ir descubriendo esa manera de darle forma. Es algo que me encanta hacer, pero el primer momento es intuitivo.
¿Y cuáles son los puntos de partida? ¿Imágenes, escenas?
Tengo cuentos que vienen de una imagen o de una pequeña escenita vista, oída, vivida o leída de otro, algo con lo que digo: «acá hay un cuento» o «acá quiero encontrar un cuento». Soy de tomar notas de momentos, como pequeñas escenas, y esas notas no las tomo a modo de resumen, ya las escribo como las estoy viendo; trato de escribirlas así porque, si no, después leo una nota como resumen y digo: «¿qué me interesaba de esto?». También puede ser una imagen. Por ejemplo, en el libro ¿Nunca miraste a un león a los ojos? el primer cuento es a partir de una imagen que vi en una postal.
El cuento es «Abajo es otra cosa», ¿no?
Ese. Vi una imagen en una postal de algo totalmente lejano a mi vida: una parejita caminando sobre un lago congelado. Habrán pasado diez años desde que vi esa imagen hasta que escribí el cuento. ¿Qué me pasó? Que pasaba el tiempo y me daba cuenta de que esa imagen cada tanto volvía, que pensaba en esa pareja caminando sobre el hielo.
En la industria editorial actual está muy subrayado el lugar de origen de los escritores, hay algo así como una literatura geolocalizada. Por el contrario, gran parte de tus cuentos podrían transcurrir en cualquier lugar del mundo, no veo localismo en tu escritura. La tuya no es una literatura encasillable por ser rosarina o argentina o sudamericana y quizás eso conspire contra tu carrera o tu visibilidad en la industria. Hay muchas escritoras cuyas carreras se sostienen sobre esto.
No, no me interesa pertenecer a nada. Y si no le viene bien a mi carrera como escritora, bueno, será así. Sí leo esa literatura y muchas veces es atrapante, pero yo no tengo nada para dar ahí.
¿Qué, de lo que se está escribiendo ahora, te gusta de esa literatura?
Justamente leí el libro Las voladoras, de Mónica Ojeda, que va mucho en ese sentido y está buenísimo; Gabriela Cabezón Cámara también me gusta y Esto no es un río, de Selva Almada, también. Me gustan un montón de cosas que cuentan una geografía un poco más propia, pero, vuelvo a decir, no tengo nada para aportar ahí. Lo único que yo puedo dar honestamente es dentro del camino que yo transito cuando escribo y no me puedo inventar un interés que no tengo, no porque no me interesen lo político o lo intelectual, me interesan, pero no para un cuento. Los temas que te motivan a escribir, uno no se los inventa. Yo soy así, soy de ciudad, soy de clase media, soy arquitecta, soy judía, tengo una familia tipo, soy eso y escribo desde ahí. Y a mí me gusta que el lector tenga la oportunidad de completar el cuento, me gusta que traiga todo lo que tenga para poner en el cuento y creo que eso lo hago un poco conscientemente porque a mí me gusta leer así. Me gusta inventarme todo lo que me pueda inventar sobre el texto de otro, porque a veces te pasa que estás leyendo y fuiste armando en tu cabeza un escenario, un lugar, un paisaje y, de repente, te tiran un dato puntual y vos decís: «¡Ay, no! Tengo que desarmar todo lo que armé».
Entre otras cosas sobre vos decís «soy judía» y me llamó la atención que tenés un cuento que transcurre en Gaza —unos hombres queriendo trasladar un león por los túneles—, pero los protagonistas no son judíos.
Tengo un hermano que trabaja en derechos humanos y está muy vinculado a toda la problemática palestino-israelí y él me contó una vez algo de un león en Gaza y de ahí salió una historia.
Decías que el espacio es fundamental en tu escritura, pero también el trabajo con el tiempo: una manipulación al modo de pliegues y despliegues temporales.
Lo del espacio es ejercicio de arquitecta. La arquitectura te entrena mucho para tener un pensamiento 3D y, para mí, eso es muy útil para escribir. Y lo del tiempo es algo que disfruto muchísimo haciéndolo; soy muy seguidora de sitios de física, me encanta la física cuántica y estoy viendo cosas sobre cómo se puede desplegar el tiempo de otras maneras, de la misma manera en que se puede hacer con las palabras en la literatura.
¿Cuál es tu visión sobre la industria editorial argentina? Tus libros no fueron publicados por sellos de tirada nacional y eso los hace más difíciles de conseguir. Me gustaría saber si eso te preocupa o te tiene sin cuidado, teniendo en cuenta que decías que tu intención primera no era publicar.
Cuando digo eso no es para menospreciarlo porque me encanta tener lectores. Una vez que publiqué, me encanta tener lectores y saber qué piensan sobre los textos me resulta siempre enriquecedor, pero sobre la industria editorial, otra vez, no tengo mucho para decir.
En 2019 ganaste el primer premio del Fondo Nacional de las Artes por tu libro de cuentos inédito y, con ese aval, lo quisiste publicar. ¿Qué pasó en ese momento?
Sí, lo quise publicar. Un montón de escritores de Buenos Aires me ayudaron y me pasaron datos de editoriales, pero la realidad es que una escritora a la que no conoce nadie, que es del interior y que escribe cuentos, no es un negocio. Entonces, no fue fácil. En ese momento toqué bastantes puertas y todas fueron un «no». En general lo leyeron, me dieron buenas devoluciones, «qué lindo», pero no les servía. ¿Qué decir? No sé… Que me encantaría que mis libros se vendan un montón y que se lean, pero no pongo energía en eso; primero, porque también trabajo de arquitecta y, segundo, porque es muy frustrante. Ahora que me escucho, veo que me protejo bastante de la frustración. (Risas)
En una conversación pública con la escritora Inés Garland, ella se preguntaba por qué seguir publicando, siendo que hay demasiados libros. Textualmente: «me pregunto para qué poner un libro más en el mundo, si hay muchos», y vos dijiste: «yo vuelvo a no aspirar a sacar otro libro, no lo necesito en lo personal, pero lo que no puedo es no escribir, uno en su casa hace lo que quiere».
Sí, totalmente. No necesito publicar, me encanta tener lectores pero, cuando me voy a dormir, no estoy pensando: «cómo hago para sacar un libro». No es mi aspiración. Y después me encanta cuando eso se da naturalmente y sale el libro; estoy feliz de que salgan libros, no reniego de eso para nada pero, si no sucede, no pasa nada. Lo que no puedo hacer es dejar de escribir y mi lugar de trabajo es por ahí, es donde encuentro la satisfacción del trabajo: escribir y corregir.
¿Además de los talleres, cómo influyó la lectura en tu formación como escritora?
Son dos cosas que van juntas. Yo leía mucho, pero recién en el taller me di cuenta de qué había leído y cómo lo había leído. Cambió mi modo de leer un cien por ciento. En los talleres aprendí a leer y a escribir porque, cuando empezás a escribir, querés desarmar lo que estás leyendo, empezás a darte cuenta, por ejemplo, de que hay cosas que te encantan pero en las que vos no tenés nada para aportar. Hay autores a los que no les puedo robar nada y otros a los que sí.
¿Por ejemplo?
Juan José Saer, por ejemplo. Me gusta mucho, pero esa es una escritura diferente, un terreno donde no puedo hacer nada.
¿Y con los escritores norteamericanos?
Ahí sí, claro. Quiero todo, me encantan. Me gusta el ritmo que tienen y me gusta que en los cuentos pasen cosas. Con la lectura en taller fui conociéndome. Antes de aprender a leer, había leído mucho a Kafka y para mí ese es un mojón muy importante; lo que más me seduce es lo que no tiene solución, esa escritura que te dice: «te lo voy a contar todo, esto es muy natural, es muy normal y no tiene solución». Es la presentación de una escena casi como si fuese una trampa, algo que está pensado distinto y que, si lo pensás así como lo piensa Kafka, no hay salida. Eso a mí me seduce un montón.
¿Dirías que hay elementos fantásticos en tus cuentos?
En algunos sí hay elementos fantásticos, pero también me gusta pensar que eso es normal. Cuando uno conversa con gente se va dando cuenta de que lo normal no es exactamente lo mismo para diferentes personas. Lo que los demás cuentan como lo más natural del mundo a mí nunca me pasó o lo que para mí es una excepción resulta que le pasa a todo el mundo. Explorar eso me interesa.
Tampoco te interesa la literatura de ideas, ¿no?
No, no, las ideas no… A mí me gusta contar historias. Al principio, cuando llevaba algunas cosas al taller y el coordinador preguntaba de qué se trata el cuento, de qué está hablando, yo decía que los llevaba para que los demás me dijeran de qué estoy hablando. No pienso en eso cuando estoy contando una historia.
¿Qué opinión tenés de las literaturas del yo?
A mí no me interesa la literatura del yo. Si me interesa el libro, no me importa la foto de la persona que está atrás, no me importa quién lo escribió, no me importa la veracidad del texto, ni si está basado en hechos reales, ni si te pasó o no te pasó, ni si se trata del autor o de un personaje que se inventó. No me importa.
¿Crees que hay un gusto del público por ese tipo de escritura, una búsqueda de lo real?
Yo escribo cien por ciento ficción y me doy cuenta de que hay lectores que, en una charla, quieren saber si lo que cuento es algo que me ha pasado. No me pasó, no importa. Igualmente quieren saber.
¿Y por qué crees que es eso?
No sé… La verdad está sobrevalorada, como si por el hecho de ser verdad tuviera otro valor, pero la ficción también es verdad.
Quizás te preguntan si lo que contás te pasó porque muchos de tus cuentos tienen narrador en primera persona.
Sí, hay varias narradoras en primera, mujeres de cierta edad… Pero yo no tengo prejuicio con eso, que cada uno piense lo que quiera: si querés pensar que fui yo, no es mi problema. Se me viene a la cabeza Eduardo Halfon, que escribe mucho con su nombre, y él dice que le presta el nombre a su personaje. Eso a mí me parece maravilloso.
¿Cómo se construye la voz narrativa para cada historia?
Muchas veces, cuando arranco a escribir un cuento, escribo el primer párrafo en primera, el segundo en tercera, voy probando para ver cómo funciona, y hay veces que avanzo mucho y digo: «si a este narrador lo mantengo en primera, nunca voy a poder decir tal cosa y eso no me lo puedo perder». Voy probando y después corrijo.
¿Eso que decía Hemingway de escribir borracho y corregir sobrio?
Escribo sobria, principalmente. (Risas). Escribo muy consciente de lo que estoy trabajando, sobria en ese sentido, pero escribo mucho. Cuando me siento a escribir ya tengo que tener mínimo seis o siete páginas de borradores, de ideas, de notas, y a veces están esos pliegues que abren para otro lugar. Hay algo de intuición también, porque a veces tomo una nota de algo y al lado tengo una nota que aparentemente no tiene nada que ver, y ahí puede haber alguna conexión porque son del mismo momento… Me quedé con ganas de decirte algo sobre la literatura del yo porque también pongo mucho de mí en la ficción. En el último cuento de Sentido común hay dos nenas, la narradora y su hermana, que cuentan la historia que les cuenta su abuela; yo tengo una hermana, ella leyó el cuento y me dijo: «somos nosotras», a lo que le respondí: «sí, salvo porque no tuvimos abuela, no nos pasó eso, no vivimos en un lugar así, no hay nada de nuestra historia en esa historia». Y, sin embargo, ella me vino a preguntar si éramos nosotras. Se ve que al construir unas hermanas, evidentemente puse las nenas que tenía a mano…
Así funciona la identificación del lector, ¿no? ¿Te parece importante que los personajes generen identificación? Es algo que está en la conversación, cierta exigencia a la literatura en ese sentido.
Creo que es una palabra también sobrevalorada. ¿Por qué me tengo que identificar con el personaje? No necesito estar en la franja de Gaza e identificarme con ese personaje en particular. Sí creo que hay algo de lo que le pasa al personaje que tiene que tocar alguna fibra del lector; el personaje viene a jugar como puente de algo que también le puede pasar al lector, de universalizar algún tipo de emoción.
Imagino que tiene que ver con lo que decías, que la forma de cuento que te gusta es esa donde el lector tiene que poner mucho de sí.
A mí eso me parece importante porque, como lectora, me gusta que me dejen espacio. Siempre pienso que el que me va a leer tiene un montón de herramientas.
¿Podés hacer un top tres de los mejores cuentos que leíste en tu vida, esos en los que se puede detectar el funcionamiento de una maquinaria perfecta?
Hay uno que leí hace poco de Tobías Wolff, «Un episodio en la vida del profesor Brooke», y me gustó muchísimo. Tremendo cuento. También «En el cementerio donde está enterrado Al Jolson», de Amy Hempel, y, seguro, alguno de Antonio Di Benedetto, porque para mí es uno de los mejores cuentistas.
¿Qué tiene el cuento como género que te hace no poder soltarlo?
Por un lado, el cuento no me suelta a mí. Estoy viendo cuentos todo el tiempo.
Como el personaje de Sexto sentido que veía muertos, vos ves cuentos.
Claro. La condensación de sentido en poco tiempo y en tan pocas palabras es algo que me seduce muchísimo. En el cuento condensás el sentido contando que vas a lavar los platos, por ejemplo, en una escena que para el lector es algo cotidiano, algo que puede pasar, que puede ver. Yo te lo muestro y acá está todo. Cada cuento viene a decir lo que quiere decir y se va. Nada más. A mí me seduce la condensación de sentido en pocas palabras que tienen los cuentos. Me seduce y me tiene un poco prisionera también.
Finalmente, no hablamos sobre cómo empezaste a escribir, pero escuché decir que en algún momento alguien te contó una historia y sentiste la necesidad de escribirla.
¿Viste que no tenía mucho para decir? (Risas)
Las historias de los escritores están muy asociadas a la idea de vocación y se supone que la vocación es algo que te llama y que ese llamado llega muy pronto, en la niñez o la adolescencia.
No, claro, es que soy muy poco romántica. Con todo. No tuve llamada vocacional, no escribía antes de escribir, no supe desde siempre que quería ser escritora, no llevaba un diario… No tengo nada de eso.
¿No escribías poemas al chico que te gustaba?
¡No! (Risas)













Muy interesante la entrevista.
Dos cuentos de Alisa Lein:
https://revistadesmadres.com.ar/aire/
https://www.pagina12.com.ar/709861-plancton/
¡Vaya con esta paisana!, también algo crítica con la ciudad de mis amores rezongones. “La fantástica y turbo sureña Ciudad AUTONOMA de la Santa de Los Buenos Ayres vivía en la opulencia, desde la Edad de Plata para abajo no obstante no tuviese huertos, ni criaderos, ni gallineros (menos chiqueros), ni campos, ni humedales, ni pastizales, ni selva con frutales, ni mares con buen pescado pues dios proveía de todo desde la cima de un fálico obelisco en la avenida más ancha del mundo, con la más larga todavía en alargue. Bastaba un padre nuestro, varios bancos, financieras y nos volvíamos todos rozagantes y en linea, gambeteando para no ser tildados como grasas o gordos, gronchos para hacerla corta, sin murallas fronterizas y al reparo de los negros, cabecitas, mestizos e indios, toda una fauna o “aluvión zoologico de los cincuenta” de taimados y vagos mal entretenidos como Martín Fierro que ni sabía que existía la Europa”. Mas no se preocupe estimada, como consuelo recuerde que no hay ni siquiera una zamba, chamamé, bailecito o chacarera que honre su memoria, sólo el guapo y nostálgico tango, hijo bastardo de la embrujadora milonga y bisnieto de africanos candomberos, mandingas sobre todo que adoquinaron sus calles. Todo lo mejor para la entrevistada, y a buscar sus cuentos.
Buena entrevista, gracias.