Política y Economía

María Corina Machado: zeitgeist, amistades peligrosas y un cortejo arriesgado

Ilustración de Ibert. María Corina Machado zeitgeist, amistades peligrosas y un cortejo arriesgado
Ilustración de Ibert.

Cuando la correcta lectura del zeitgeist geopolítico no basta

María Corina Machado, la líder virtual de la oposición venezolana, supo leer muy bien el pulso de la geopolítica internacional del empoderamiento del populismo de extrema derecha y de líderes fuertes para los que los estándares democráticos o los derechos humanos no son precisamente una prioridad. Por eso, como se veía en el anterior artículo, basculó de un conservadurismo y/o (neo)liberalismo de corte democristiano (es decir, comprometido con el Estado de derecho, los derechos humanos y los estándares democráticos) a una tendencia global que pasa por el populismo de extrema derecha.

Puede ser cuestionable, sí, pero resulta un movimiento lógico a tenor del ritmo electoral que casi cuenta por victorias cada comicio: Donald Trump, Milei, Nayib Bukele, Siniša Karan-Milorad Dodik en la Republika Srpska (Bosnia-Herzegovina o lo que queda de ella), Andrej Babis en la República Checa, Karol Nawrocki en Polonia, José Antonio Kast en Chile, Nasry Asfura en Honduras y Milei en las regionales (con la inestimable ayuda interferencial de Donald Trump), la extrema derecha de AfD en Alemania, que domina en el territorio de la extinta RDA y que ya avanza en la Alemania occidental. Son solo unos ejemplos de que la ultraderecha es tendencia. Inunda de bulos las redes sociales, es hiperactiva: el mundo conservador de siempre y la nueva ―y ni hablar de la vieja― izquierda se antojan impotentes. Ambos saben que, mientras no se encuentre un remedio, es mucho más rápido propagar bulos de manera masiva que desmontarlos uno por uno. La pedagogía que debió hacer el mundo demócrata de que la democracia costó ganarla y cuesta conservarla falló: ahora la política convencional se muestra atávica, adelantada por los carriles laterales.

La izquierda no es lo suyo y la derecha tradicional, que sí lo es ―o lo era―, no reporta resultados palpables para Machado: los europeos se enfrascan en cosas como la legalidad internacional, las transiciones pacíficas. Los comunicados de condena no sacan a Maduro del poder. Europa es burocrática, no activa. O eso piensan diversas formaciones nacionalpopulistas (extrema derecha) en Europa, que echan en cara a la UE su «burocracia» y su supuesta «intromisión en asuntos nacionales». Este espectro es el que está en claro avance electoral en Europa. Entre ellos se cuentan el Fidesz en Hungría, Ley y Justicia (PiS) en Polonia, Hermanos de Italia (Fratelli d’Italia) en Italia, Vox en España, Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) en Austria, Demócratas Suecos (SD) en Suecia, Partido Popular Danés (DF) en Dinamarca, Partido por la Libertad (PVV) en Países Bajos y Partido Nacional Eslovaco (SNS) en Eslovaquia, el ANO en Chequia. Entre otros, valga como ejemplo Aleksandar Vučić en Serbia, como Vox en España. Partidos identitarios, nostalgia de algo que nunca existió. Una herencia supuestamente cristiano-católica que ignora nueve siglos de presencia continuada del islam en España. La Italia de Meloni se emplea de igual manera a fondo en negaru olvidar el pasado  musulmán, cuyos valores son incompatibles con Europa. Ambos extremismos, de España e Italia, pero no los únicos, militan en la cofradía del santo reemplazo y temen (y meten miedo) sobre la sustitución de sus poblaciones por musulmanes: y Europa no deja desarrollarse a los pueblos ni buscar su herencia: una cantinela recurrente.

Dichos partidos coinciden en denunciar lo que consideran una excesiva centralización y afán regulador de Bruselas, promoviendo agendas nacionalistas y de soberanía reforzada. Y no solo: incluso una formación en teoría nada sospechosa de ultraderecha adopta mociones de la agenda ultranacionalista, como la alemana Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), procedente de Die Linke (La izquierda). No es la única: la danesa Mette Frederiksen, socialdemócrata, ha adoptado estrictas políticas migratorias, endureciendo la reunificación familiar, el asilo, el acceso a la ciudadanía e incluso las «leyes antiguetos», normativa que pasa por una medida de integración aunque, en realidad, etiqueta (léase, discrimina) a determinados barrios con población no occidental como cajones de pobreza, desempleo o criminalidad que deben ser trasladados y reubicados. Tal iniciativa es muy posible que no pase el dictamen del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Así están las cosas. No es de extrañar que Machado elija bando, y más cuando, como se verá, tiene el apoyo del jefe, Donald Trump. De ahí que a Machado no le haga falta hablar con el madurismo, porque ya tiene a Trump. De ahí que le hayan dedicado el calificativo de dama de hierro, por su estilo firme, combativo y sin concesiones; es decir, obstinada, confrontativa e intransigente, aunque ella no lo veía así.

El espejismo del «mundo basado en reglas»

Durante años se pretendió ―con la excepción de bastantes chicos malos, a decir verdad― que la política internacional fuera un mundo de reglas regido por el derecho internacional. Hubo avances como la creación del Tribunal Penal Internacional (1998), que bebe de la experiencia de los más perfeccionados foros de enjuiciamiento de crímenes contra la humanidad. El Estatuto de Roma ―su carta fundacional― afirmaba que «los crímenes más graves de trascendencia para la comunidad internacional» no debían quedar sin castigo y que, a tal fin, se adoptarían medidas en el plano nacional y se intensificaría la cooperación internacional para asegurar que fueran efectivamente sometidos a la acción de la justicia».

Como suele suceder, las potencias más decisivas quedaban fuera o se salían una vez dentro. Lo cierto es que se engañaba al ojo del raciocinio humano, en tanto que Estados Unidos parecía que cumplía o no incumplía tanto como antaño. Sin embargo, al llegar Trump, la ilusión óptica se desvaneció por completo y, como todo ser resabiado que se siente herido, el millonario neoyorquino se decidió a ser más radical todavía, porque le daba votos y porque estaba enfadado con el mundo y contra una población y unas instituciones que osaron cuestionarlo y no votarlo. Su complejo antieuropeo le hizo dirigir a Europa la mayor de sus iras, que son muchas, pero, en particular, aquella de la aludida regulación: que si protección de datos, que si límites al poder del Ejecutivo… En fin… mamandurrias que impedían a las empresas estadounidenses y a él mismo ―propietario de muchas de ellas― hacer lo que le plazca.

En suma, llevamos ya varios años hablando de nuevo orden mundial, que se ve superado por los acontecimientos. Se habló de «un siglo de Asia», característica que se mantiene, pero desactualizada por la segunda administración Trump: se trata de algo más, un reordenamiento geopolítico en el que Venezuela ―de momento― funge como escenario clave de su estrategia internacional: poder duro, la apuesta por el pragmatismo (como María Corina) y la presión directa como método de gobierno y política exterior, con amenazas a golpe de X o Truth (Groenlandia, Cuba) y acciones contundentes como el bombardeo de Venezuela y la captura de Nicolás Maduro. Este pragmatismo puentea ―y contraviene― un derecho internacional que va quedando relegado a filosofía o deseos de mundo ideal irrealizable, propugnando esferas de influencia (hemisferio occidental para EE. UU., Rusia sobre los restos del imperio soviético, China sobre Asia-Pacífico y, por supuesto, Taiwán), con instrumentos como la Nueva Ruta de la Seda o el Banco Regional de Inversiones.

La invasión de Ucrania por Rusia, un país soberano, en febrero de 2022; el genocidio y limpieza étnica perpetrados en Gaza y Cisjordania (con menos muertos y más lento, pero igual de efectivo) por Israel; así como el matonismo en política exterior practicado por Trump (quizá consecuencia de la impunidad que generaron las otras dos, subido y también picado por el éxito de los demás) han sido los pasos clave. Con tales compañeros de viaje iniciaba Machado su viaje, se supone que exitoso, a la máxima magistratura venezolana.

Y, sin embargo, la realpolitik es tozuda y, sobre todo, impredecible: lo mismo te llama que te ignora, lo mismo te hace concebir ilusiones que practica la ley del hielo. Con las relaciones, nunca se sabe. Y más aún si aquel objeto de cortejo es vanidoso, irascible, impetuoso y especialmente dado a decir lo primero que se le viene a la cabeza, inasequible al ridículo. Además, estás siempre expuesto a que cualquier cosa le disguste. Y hay más: como sucede con muchas aves, el cortejante puede ser tramposo y cuidar dos nidos a la vez, sin que el seducido lo sepa.

Amistades peligrosas y cortejo de alto riesgo

Llegué a la conclusión de que la elección entre «realistas» [realpolitik] e «idealistas» era falsa. A largo plazo, nuestros intereses estratégicos y los derechos humanos se reforzaban mutuamente y podían presentarse simultáneamente. (Richard Holbrooke, diplomático estadounidense, Para acabar una guerra, To End a War)

El diálogo y los derechos humanos no son caballos ganadores

Habíamos dejado a la venezolana eligiendo bando, escenografía que comienza marcando distancias con el conservadurismo clásico. La líder aparecía, desaparecía, volvía a entrar en escena. Confrontaba en televisión con Chávez en 2012, inhabilitada por el ya madurismo (un chavismo más autoritario, pero carente de todo carisma) en 2015, «investigación» —persecución por el Gobierno— hasta que queda inhabilitada por quince años en 2023.

Dicho año rechaza suscribir el Acuerdo de Barbados, que preconizaba la salvaguarda de los derechos políticos y las garantías electorales para las presidenciales de 2024, posibilitando la presencia de observadores internacionales como el Carter Center (que sí pudo venir) y la Unión Europea (a quien no se permitió). El acuerdo preveía, además, junto a otras cuestiones como el alivio del embargo de petróleo por parte de Estados Unidos. Es cierto que beneficiaba a la petrolera estadounidense Chevron, que había obtenido permiso para operar, junto a compañías estatales venezolanas, desde 2022, saltándose el embargo: «es el petróleo, estúpido».

El artífice de Barbados fue Gerardo Blyde, un abogado constitucionalista curtido en mil batallas (legales) contra el Gobierno y muchas de ellas exitosas, veterano diputado (aunque no tuvo éxito a nivel nacional como Machado), alcalde y siempre volcado en no abandonar las conversaciones con el Gobierno, convencido de que un cambio político solo podía venir de una solución negociada. Es cierto que Maduro no cumplió, aunque el mandatario estaba cada vez más contra las cuerdas y no se sabe si se hubiera avenido a sentarse a algún tipo de arreglo.

En cualquier caso, el rechazo del Acuerdo de Barbados cierra cualquier atisbo de negociación con el Gobierno y el chavismo, lo que complica el desenvolvimiento en un escenario poschavista en el que pueda unirse a la causa el chavismo, que sigue teniendo mucha fuerza y no se elimina de un plumazo, de lo que es piedra de toque la situación actual: Estados Unidos saca a su jefe, pero se apoya en ellos. No obstante, Machado tenía en mente otra forma ―digamos más abrupta― de acabar con Maduro, quizá de ahí su enroque.

En julio de 2024, Maduro «vence» en unos comicios cuyas actas electorales nunca aparecieron. Machado no ve, ante la presión del Gobierno, otra salida que seguir ese camino: la clandestinidad. Dos meses después, al estar ella inhabilitada, se presenta a las elecciones vía candidato interpuesto, Edmundo González Urrutia, quien tras las elecciones es acusado de un rosario de delitos inventados y acaba acogido por el Gobierno de Madrid. En la operación tuvo participación como facilitador el expresidente español Rodríguez Zapatero, quien mantenía canales abiertos con el régimen venezolano con premisas de discreción y diálogo.

María Corina Machado criticó este proceder, acusando al Gobierno de España de formar parte de una estrategia chavista. De nuevo, una muestra de todo-o-nadismo de la líder opositora: también se estaba posicionando al lado de Trump y la ultraderecha. Estaba allanando el terreno para la cumbre ultra de febrero de 2025.

Entonces, como anillo al dedo, sobreviene la victoria de Donald Trump en noviembre de 2024 en EE. UU.: las ideas empiezan a estar más claras. Reaparece Machado del ostracismo en enero de 2025 para apoyar a los miles de manifestantes que protestan contra la toma de posesión de Maduro tras el fraude electoral masivo, recibiendo los parabienes de la población por su tesón contra el régimen y la democratización de Venezuela, y del presidente electo.

A partir de noviembre de 2024, siguiendo esa línea, comienza un flirteo político explícito entre la oposición venezolana más dura y el trumpismo. En un contexto internacional marcado por la primacía de la fuerza sobre las normas, María Corina Machado opta por dirigirse a intermediarios ideológicos —ya tenía contactos con la «Iberosfera» de Abascal—, sino directamente al poder real: Donald Trump. Tras su victoria electoral, lograda entre bulos y desinformación con interferencias externas, Trump se convierte en el referente del nuevo orden internacional pendenciero. En enero de 2025, coincidiendo con protestas en Caracas, Trump defiende públicamente a Machado y a Edmundo González, lanzando advertencias intimidatorias al régimen de Maduro. Machado responde alineándose con ese poder, convencida de que en un mundo donde los derechos humanos ya no protegen a nadie, solo el respaldo del más fuerte —aunque exhiba dudosas convicciones democráticas— puede ofrecer supervivencia política. El destino de Alexéi Navalni, abandonado por la comunidad internacional y destruido por el putinismo, funciona como advertencia: el martirio moral no sirve frente a regímenes criminales. Mejor el matón imprevisible que la pureza inane. Lo de la democracia, pues mejor si concurre, pero no es requisito sine qua non.

Septiembre de 2025, último peldaño antes del trono trumpista: que viva Europa (25)

Y qué mejor para acercarse al patrón que acercarse a sus amigos-discípulos. Para ello, no le valen los conservadores de la línea tradicional, con quienes Machado cultivaba vínculos desde hace más de una década: los populares englobados en el Eurogrupo del Partido Popular Europeo (PPE), que invitaban a la opositora venezolana a foros con sus líderes y eurodiputados democristianos y liberal-conservadores, quienes le otorgaban respaldo público asegurando que unas elecciones sin ella convertían en una farsa cualquier proceso electoral en Venezuela. El apoyo institucional europeo se ha intensificado claramente entre 2023 y 2024, cuando el PPE impulsó resoluciones sobre Venezuela y promovió la candidatura de Machado al Premio Sájarov del Parlamento Europeo como símbolo de la oposición democrática al chavismo: recayó precisamente en Machado y Edmundo González en 2024 y no en unos estudiantes serbios pacifistas que articulaban a todos los sectores de la sociedad de su país, a los que casi nadie hacía caso: otros parguelas que tampoco van a ninguna parte: las instituciones europeas están más atentas al litio serbio que a las ansias de democracia, como aquel con el petróleo.

Pero Machado necesitaba más: a decir verdad, esos señores tan formales no eran los que le llevarían a lo alto. Faltaba el punto futurista, de la velocidad, de la acción: los que cortaban el bacalao, los que estaban en la cresta de la ola europea y contaban cada elección por triunfo. Y tenían el apoyo de Trump: señores y señoras, sepan ustedes que la flor del populismo de extrema derecha, para quien la merece. Bienvenidos a la llamada por ellos ola de patriotismo y esperanza. Porque patriotas, como suele suceder, son solo ellos.

No por nada recibió de Santiago Abascal, líder de la ultraderecha española, la invitación a participar en la última cumbre de la extrema derecha europea celebrada en Madrid en septiembre de 2025, del grupo del Europarlamento Patriots for Europe (PfE), Patriots EU, Viva Europa 25 (y no, no se trata del título de un programa de bienvenida de Año Nuevo de la década de 1980). Los Patriots se constituyeron en 2024 tras los comicios europeos de dicho año, en el que obtuvieron unos excelentes resultados. «Hagamos Europa grande otra vez», saludó Santiago Abascal: tonterías, las mínimas.

Allí se dio cita lo mejor de cada casa europea y parte de la latinoamericana. Entre los asistentes, a los que Machado legitima con su presencia, se contaban Viktor Orbán, uno de los líderes que mayor protagonismo acaparó. El húngaro es un maestro del desguace de la democracia en su país y martillo del colectivo LGTBIQ+ en pos de las supuestas tradiciones húngaras, por mucho que algunos de sus colaboradores más íntimos hayan sido cazados por la policía en orgías gais donde proliferaban las drogas.

El orbanismo exhibe un contacto privilegiado con el trumpismo. ¿Cómo? En especial, vía Tucker Carlson, conocido trumpista y portavoz de las más variopintas teorías conspiracionistas del MAGA, en particular desde su programa de medianoche The Tucker Carlson Show. El comunicador viajó en busca de inspiración a la Hungría de Viktor Orbán. En el país magiar, extrajo valiosas «lecciones» sobre cómo derrotar a una de las obsesiones persecutorias del trumpismo y la extrema derecha mundial y ―en especial, por lo que le toca― George Soros y su ―para sus detractores― maléfica obra.

George Soros es un judío superviviente de la ocupación nazi de Hungría en 1944 y es un exitoso hombre de negocios y filántropo húngaro. Promueve la educación, la democracia y los derechos humanos a través de su Open Society Foundations. Sus críticos le acusan, por el contrario, de interferir en la política y gobiernos extranjeros: para entendernos, más o menos como Trump en Honduras o Venezuela. Apoya iniciativas para proteger a minorías, inmigrantes, refugiados y grupos vulnerables, así como programas educativos y de becas en Europa del Este y otros continentes. Orbán y compañía no lo pueden ver. Israel, tampoco, pues apoya Soros a la ONG Human Rights Watch, crítica con las políticas de Tel Aviv.

La integración de los inmigrantes y la protección de refugiados supondrían, desde la cosmovisión carlsoniana, una amenaza a la civilización y a los valores occidentales.

Orbán dijo «no» y defendió los valores occidentales, asegura Carlson en su documental «Hungría contra Soros. La lucha por la civilización», un panegírico de tufillo meinkampfiano y de título poco dado a la sutileza dedicado a Orbán y su partido, el Fidesz, que muestra el camino para pasar de una democracia a una autocracia, aspiración de Trump y los acólitos aduladores antieuropeos de su Gobierno. Lo de los valores y el peligro a la civilización lo corrobora Donald Trump en su Estrategia de Seguridad Nacional de su Gobierno (2026): habla (con ausencia total de originalidad) de «borrado de la civilización» del mal camino que está tomando Europa, razón por la cual es menester apoyar a los «patriots». Total, que, al final, era lo de siempre: mano dura con la inmigración y blanda con las reglas, que impiden operar a su antojo a las empresas estadounidenses, con tanta regulación. Tampoco hay derecho (y II).

Seguimos con el cónclave ultra. A la cita de la Europa Viva tampoco faltaron líderes como Geert Wilders (Holanda), Marine Le Pen o Matteo Salvini. Encantadísimos de haberse conocido a sí mismos, arropándose mutuamente y dándose ánimos por los escándalos que a algunos de ellos les acongojan: Marine Le Pen fue condenada por malversación; poco después, el Vox de Abascal fue investigado por financiación irregular, y Orbán enfrenta sospechas de corrupción e incluso encubrimiento de pederastia entre políticos de su partido. Abascal, en este sentido, animó a la líder francesa: «Marine Le Pen devián president de la republiq, Marine será presidenta de la frans»; «Marine Le Pen será presidenta de Francia», añadió, traduciendo para los que no dominaran la lengua transpirenaica, ante una Marine con cara de póker.

Se redundó en el victimismo habitual: se les persigue por sus políticas, no por sus irregularidades. De idéntica guisa, también se confiesan víctimas de enemigo(os) externo(s). Así, la Unión Europea, la ONU o el islam, solo por nombrar unos pocos, serían los principales cercenadores del desarrollo natural de estos atribulados pueblos. Trump copia la estrategia de Putin: sembrar divisiones en Europa para vencer.

Hubo, asimismo, espacio para la celebración: los asistentes mostraron su apoyo a otra víctima (de manía persecutoria): Trump (aun cuando perjudica a los europeos con sus aranceles). De recibo era, no podían faltar temas como la pugna contra la agenda llamada woke, la inmigración, lo que denominan «ideología de género», la diversidad, la inclusión o la justicia social. Se despotricó contra el Pacto Verde europeo, algo que cuenta con el apoyo implícito, por cierto, de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. El negacionismo de la crisis climática es algo que el líder de Vox conoce muy bien (dedicándoles calificativos como fanatismo/terrorismo/aquelarre climático). Tampoco se libran de los dardos ni la Unión Europea, ni aquellos foros de multilateralismo tan en entredicho en la actualidad como la mencionada ONU, la Organización Mundial de la Salud o la Corte Penal Internacional. Estas instancias atentan, en su cosmovisión, contra la voluntad de los pueblos.

La fraternidad entre naciones que propugnó Alfred Nobel como mérito tampoco brilló; y aún menos cuando Abascal apeló al constructo historiográfico de la Reconquista, prometiendo devolver España a la vanguardia de Europa frente al avance del islamismo, algo que todos los presentes secundaron con entusiasmo.

En esas, se produce la intervención de uno de los invitados allende el charco: María Corina Machado, quien saluda virtual y efusivamente «a todos los amigos reunidos en Madrid de los distintos partidos y organizaciones de Europa». No obstante, no eran tan distintos. Los mencionados PfE son una minoría muy numerosa en el Parlamento Europeo que representa a las opciones más ultraconservadoras, ultranacionalistas, ultraderechistas, antieuropeas y, en muchos casos, prorrusas del Viejo Continente. Olvidó mencionar Machado, además, que, capitaneados por Orbán, sus actuaciones van contra el Estado de derecho, los estándares democráticos y la independencia del poder judicial, entre otros.

En su alocución, Machado se felicita por el hecho de que, en sus palabras, las sociedades han «despertado», se han dado cuenta de lo importante que es la libertad, como si los europeos vivieran en dictaduras y no en democracias amenazadas por los partidos como los que forman parte de los Patriotas. Y es que estas formaciones estaban de enhorabuena: Trump en la Casa Blanca y los partidos de ultraderecha en ascenso vertiginoso en el Parlamento Europeo y en todos los países. En Alemania, aquel mismo año, en febrero, AfD fue la primera fuerza, indiscutible, en los nuevos Bundesländer («nuevos estados», es decir: la antigua RDA) y segunda a escala federal. Ese ascenso de fuerzas antidemocráticas lo identificaba la hoy premio Nobel con el despertar de las sociedades.

No defraudó, por tanto. Y eso que el listón estaba alto, pues por tal palestra había ya desfilado el invitado estrella de ultramar ―y lo que no es mar― Javier Milei, quien se acordó de cómo Abascal lo apoyó cuando todos le daban la espalda. Y se lanzó a prometer que España tendría un futuro próspero y asegurado si Abascal llega al poder. Asimismo, siguiendo la estela de los participantes, expresó sus condolencias a la familia del «mártir de la libertad, el queridísimo Charlie Kirk», aunque olvidó las condolencias a la familia de Melissa Hortman, la congresista demócrata asesinada a tiros junto a su marido en junio de 2025 en Minnesota (el estado da mucho de sí: allí fue asesinada por el ICE Renee Nicole Good), o a la familia de Nancy Pelosi, cuyo esposo ―Paul― recibió un martillazo en la cabeza que iba dirigido a su mujer (octubre de 2022). Luego, más de lo mismo, la invasión migratoria, las amenazas a la libertad… sin faltar el elegante «¡Viva Argentina, viva España, viva Vox, viva la libertad, carajo!» a modo de cierre.

Estaba, pues, fresca la intervención de María Corina Machado en tal foro de entendimiento de los pueblos y fraternidad cuando, un mes después, llegó el premio.

Y entonces ―ahora sí― llegó el Nobel de la paz

María Corina Machado es la galardonada con el premio Nobel de la paz en la edición de 2025; el motivo: «Su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo de Venezuela y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia».

Al analizar las labores en favor de la paz mundial de la flamante premiada, puede concluirse que, en principio, no faltó a la venezolana labor activista por la democracia y los derechos humanos en su país ―huelga decirlo, seriamente conculcados en su país―. Sin embargo, no bastaba con eso. Los criterios, establecidos en el testamento de Alfred Nobel, pasan por 1) promoción de la fraternidad entre las naciones; 2) la abolición o reducción de ejércitos permanentes; 3) promoción de congresos o actividades de paz. Volveremos sobre ellos después.

Espóiler (que se dice ahora, según Fundéu): no los cumple; en particular, en los capítulos de transición «justa», «democrática» y ―sobre todo― «pacífica» ya empieza a hacer aguas el iter deductivo que llevó al jurado noruego a decantarse por Corina Machado. Y es discutible, sobre todo, si se tiene en cuenta que concurrían otros candidatos como las «Células de Intervención de Emergencia» (ERR), red de voluntarios que proveen de atención médica, cocinas portátiles y asistencia en evacuaciones a la población sudanesa atrapada en el fuego cruzado de la guerra entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FSR), una de las mayores crisis humanitarias de los últimos años. También se barajó para el premio Reporteros sin Fronteras (RSF), por su ingrata labor de información a un altísimo precio en Gaza (más de doscientos reporteros asesinados por el ejército israelí, y la cuenta no se ha detenido), o el Tribunal Penal Internacional, pasando por la médica pakistaní Mahrang Baloch, encarcelada (¡acusada de terrorismo y sedición!), activista por los derechos humanos de la minoría baluche. Se añaden a la lista de los candidatos oficiosos (la lista se mantiene secreta) Ioulia Navalny, viuda del fallecido Alexéi, opositor ruso; o Standing Together, organización judeopalestina opuesta a los asentamientos y limpieza étnica desplegados por Israel, detractores de la «guerra» de Gaza y defensores de la igualdad entre ambas etnias.

Galardonados cuestionables

La cuestión del galardón noruego a la paz (el país nórdico formaba parte de Suecia hasta 1905 y, tras la independencia, se quedó con la gestión de la distinción) tampoco es que haya sido siempre de una ejemplaridad exquisita. Ha habido peores decisiones, siendo así que se ha premiado por la promoción de la paz a personalidades cuyos méritos son ―vamos a dejarlo así― manifiestamente mejorables.

María Corina Machado puede no ser la mejor candidata, de acuerdo. No es, desde luego, como la ucraniana Oleksandra Matviichuk, presidenta del Centro para las Libertades Civiles (Nobel 2022), que documenta crímenes de guerra rusos en Ucrania y persigue justicia internacional y transicional y seguridad duradera para su país. Se está pensando en un ―bastante improbable de momento― escenario pos-Putin y se echa en cara a Europa y EE. UU. priorizar intereses geopolíticos sobre la justicia humana, su «lentitud» en el apoyo militar decisivo y, en el caso de los europeos, por haber financiado durante años la guerra: Alemania firmó con Putin en 2014, año de la anexión ilegal rusa de Crimea y la desestabilización del Donbás, un acuerdo de suministro de gas.

Después, se tomaron con calma lo de dejar de comprar gas a Rusia. Machado tampoco es como Nelson Mandela (Nobel 1993) o Mahatma Gandhi; este último, depositario no del Nobel de la paz, sino del silencio del país nórdico, ambos las personas más genuinamente detractoras de la violencia.

Pero no es algo nuevo: ha habido galardonados mucho más discutibles que sugieren que en las decisiones del comité noruego pesan criterios de influencia geopolítica. Algunos muy escandalosos ejemplos se describen a continuación, comenzando por Henry Kissinger (premiado en 1973), apodado «El bombardero» no por gusto: supervisó el lanzamiento de seis millones de toneladas de bombas sobre Camboya (que arrojó 100 000 civiles muertos); organizó, del mismo modo, el golpe contra Allende (FUBELT, Operación Cóndor), elogió a Pinochet y estuvo su mano detrás de las invasiones de Timor Oriental, considerando lo más aceptable la fusión de la antigua colonia portuguesa con Indonesia en 1975 bajo el sanguinario dirigente Suharto, con «logros» en su haber como masacres masivas tales como la purga anticomunista de 1965-1966 (entre medio y un millón de asesinados por el ejército y milicias). Durante la invasión de Timor Oriental, permitida y apoyada por EE. UU. (1975-1999), perdieron la vida entre cien y doscientas mil personas por desmanes militares, hambrunas y conflictos. Tampoco se libraron de la criminalidad del régimen de Suharto regiones como Papúa y Aceh, donde, bajo el paraguas de la lucha contra el separatismo, se llevaron a cabo ejecuciones extrajudiciales de presuntos delincuentes en los años 1980 (como hoy con las lanchas de supuestos narcotraficantes venezolanos por parte de la Administración Trump). El legado de apoyo a los criminales se dio también en Bangladés, Laos y Angola, con miles de muertos y represaliados.

Muy acertados tampoco anduvieron en Oslo cuando se eligió a Menachem Begin (1978), responsable del dejar hacer ante las masacres de Sabra y Chatila en el Líbano (1982). No menos desafortunada fue decantarse por Frederik de Klerk (1993), quien compartió premio con Nelson Mandela pese a haber sido ministro desde 1979 en gobiernos que profundizaron el apartheid. Jamás lo condenó como crimen contra la humanidad; es más: defendió los bantustanes («desarrollo separado») y soñaba con Orania, comunidad exclusivamente afrikáner. Liberar a Mandela tras 27 años de injusta prisión no era humanitarismo, sino una obligación.

Las pifias continuaron con Isaac Rabin, Peres y Arafat (1994), participando los dos primeros en limpiezas étnicas de 1948. Peres, por añadidura, cooperó en la (primera)1 masacre de Qana (Líbano, 1966), y en la puesta en marcha del programa nuclear, y en el de los asentamientos, ambos ilegales. Arafat, por su parte, luchaba por una causa justa, pero está lejos de haber sido un pacifista. Se trata de tres personas que tienen su mérito por cambiar armas por diálogo. El problema es que quienes hablaron durante demasiado tiempo fueron las balas.

Barack Obama (2009), quien ―en honor a la verdad, prometía― constituyó otro sonado fiasco: un premio «preventivo», aunque la violencia siguió en Afganistán, Irak y Palestina. Durante su visita a Israel (2013) evitó todo contacto con la población palestina, viajando en helicóptero para no cruzarse con ellos, visitó la tumba de Herzl, legitimando a Israel. En octubre de 2025 Obama confirmó lo desacertado de su elección como defensor de la paz: con un mensaje inescrupulosamente equidistante, aseveró que «recae sobre israelíes y palestinos reconstruir Gaza».

La controvertida lista continúa con Abiy Ahmed (2019), premiado por resolver el conflicto con Eritrea, aunque un año después ya estaba desplegando tropas en Tigray, causando miles de muertes. Otra premiada fue Wangari Maathai (2004), primera mujer africana que alcanzó la distinción, que luego difundió la teoría conspirativa de que el VIH fue creado artificialmente como arma biológica contra los negros. Y no podía quedarse en el tintero Teresa de Calcuta (1979), fan confesa del sufrimiento de los pobres vía condiciones deplorables, sin atención médica y amiga de dictadores; o Aung San Suu Kyi (1991), defensora del genocidio rohinyá ante el Tribunal Penal Internacional tras el Nobel.

Y presidentes acabadores de guerras decepcionados: el objeto del cortejo

Tu novia es un encanto y tú estás tan enamorado

Por eso le perdonas sus deslices, sus engaños

Pero tu cariño no es tan ciego

Ves muy claro su secreto

Ella tiene otra vida más siniestra y clandestina

Tu novia es una terrorista

Ejecuta y ajusticia y atenta contra el sistema

Tiene este cruel defecto pero en fin nadie es perfecto 

Lo prefiero lo consiento antes que su pasatiempo

Sea coleccionar sellos

Sea ponerme los cuernos

(Albert Pla, 1997)

En 2025, con independencia del chiste que comienza «Saben aquell que diu que un presidente estadounidense asegura que merece el Nobel de la paz», se contaban en la lista candidatos desde luego más idóneos para el galardón que Trump. No es menos cierto, por otra parte, que en pasadas ediciones estuvieron nominadas personas como Mussolini, Hitler y Stalin. También Borís Yeltsin, que luchó contra un golpe pero dio otro y sentó gran parte de las bases de los problemas de la Rusia actual. Salir de una dictadura propugnando otra. Cuidado con eso.

En cualquier caso, que haya sido siquiera nominado y registrado el nombre de Donald Trump ya da que pensar; que el Comité Noruego procediera a su inscripción, aún más. En suma, había injusticias de peso como la exclusión de Gandhi y la de… Donald Trump (para él, claro). Ya se dejó dicho que la mente de Trump es un misterio: ni él mismo sabe lo que va a hacer y ―sobre todo― decir media hora antes. El hombre es así. Él era el terminador de guerras, una especie de Terminator de la paz, un señor feliz porque «salvó millones de vidas, muchos millones de vidas».

Y es que no hay derecho, no lo hay, no lo hay (III). Trump, efectivamente, afirma haber puesto fin a «siete guerras», aunque dichas «guerras» no eran tales o lo único que consiguió, aun así, fueron treguas temporales, mediaciones parciales o estabilización de conflictos congelados, no acuerdos de paz duraderos. De hecho, algunas de las hostilidades se reanudaron poco después, como el de las escaramuzas entre Tailandia y Camboya. A Trump no le dio tiempo ni a echarse la siesta: tras anunciar solemnemente que había logrado un acuerdo de paz «histórico», ya estaban otra vez a tiro limpio. En realidad, era más un alto el fuego que un acuerdo de paz permanente. Pero a él le valía. Como el ciclista que esprinta para obtener puntos en la categoría de rey de la montaña. «Es que no estoy listo» ―alegaron los tailandeses―. «Es que los tailandeses siguen violando el derecho humanitario» ―sostuvieron los camboyanos―. Como el profe poco carismático que se vuelve a escribir a la pizarra después de lograr que los niños se callen y arrecia la batalla de bolas de papel.

Y no: eso no es acabar una guerra. Que se lo digan a Holbrooke, que puso fin a la guerra de Bosnia y a más de treinta años está todo recalentado. Eso no es una paz duradera, pero al menos no hay tiros desde que se firmó… con permiso de Milorad Dodik, que parece que se empeñe en lo contrario.

También anduvo en su primer mandato por Serbia y aseguró que había solucionado el conflicto con Kosovo, pero solo logró que Belgrado se comprometiera a trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén. No se cumplió ni siquiera este aspecto y Serbia y Kosovo, por su parte, siguieron y siguen a la greña, protagonizando escalada tras escalada  algo que no se veía desde los acuerdos de Rambouillet (1999). Y lo que queda.

Otro de los exitazos diplomáticos de Trump lo conforma la «paz» entre la República Democrática del Congo y Ruanda, pero los crímenes cometidos en la guerra quedan sin esclarecer, negándose la justicia transicional, y prosiguen los enfrentamientos como si tal cosa en Kivu Norte y Kivu Sur. Por cierto, que en estas fechas se cumple una triste efeméride relacionada con el país africano: 65 años del asesinato de Patrice Lumumba por rebeldes de la provincia de Katanga con supervisión belga y apoyo de la CIA. Trump es una muestra de ese mundo que no termina de desaparecer y que, en realidad, se retoma.

De igual modo se apuntó Trump otro hit pacificador al anunciar el logro de un alto el fuego entre Pakistán y la India por la eterna cuestión de Cachemira, con EE. UU. de mediador. Pakistán dijo «gracias» y la India de Modi, que es un tipo muy nacionalista, dijo que no sabe de qué le está hablando, que el alto el fuego lo han logrado ellos, paquistaníes e indios, solitos.

Con Israel-Palestina, el 47.º presidente se anota otro tanto, un tratado dizque de paz que en realidad sigue dando una carta blanca a la limpieza étnica, el genocidio y el apartheid en Palestina, certificando el avance de la ocupación israelí de Gaza, con el invento de una «línea amarilla» que refuerza la sempiterna exclusión de los palestinos de sus tierras. Avanza ―nunca retrocede― cien o doscientos metros cuando Tel Aviv lo estima oportuno. Menos mal que, para garantizar la paz, Trump propone unos particulares Gandhis para administrarla: Vladimir Putin y Aleksandr Lukashenko (dejando una marca difícil de batir para los de El Mundo Today).

Otros ejemplos pasan por Irán, Egipto y Etiopía o Azerbaiyán y Armenia, país, por cierto, que confundió con Albania, provocando riadas de memes y vídeos, uno de los cuales mostraba a Edi Rama, el primer ministro albanés, riendo de buena gana sobre la confusión del presidente estadounidense ante la presencia de sus homólogos azerbaiyano y francés.

«Entonces yo, que he acabado siete guerras como siete soles, me lo merezco. ¿Por qué se lo han dado a esa tipa ―¿cómo se llama? ¿Meicheiro?― que no ha hecho nada?».

De tal indignación era consciente la venezolana, que no sabía cómo desfacer el entuerto.

En primer lugar, le dedicó el premio a Trump quien, ante los periodistas, se limitó a decir que «la persona que recibió el Premio Nobel hoy me llamó y me dijo» que se lo merecía. «Fue muy amable».

Quienes sí felicitaron a la venezolana fueron su compañero de Europa Viva 25 Javier Milei o Netanyahu (recordamos: observador de PfE). En Israel, muchos medios celebran su nombramiento y la llaman «amiga de Israel» porque, entre otras contribuciones a la paz, expresa su apoyo a Israel y promete el traslado de la embajada de Venezuela de Tel Aviv a Jerusalén como muestra de apoyo. También confiaba en Israel y en Estados Unidos para liberar Venezuela del chavismo.

Machado devolvió la felicitación al premier israelí, agradeciendo «sus decisivas acciones en la guerra», que se necesita valentía para enfrentarse a las «fuerzas totalitarias» que se les oponen y, precisamente porque se está construyendo un futuro de dignidad, justicia y esperanza en la región, que la «lucha» de Netanyahu contra Hamás, Hizbulá y los hutíes es la diferencia entre libertad y autoritarismo». Porque ―es de cajón― ellos apoyan a Maduro y son malos. Por dicha razón, lo de los setenta mil muertos en Gaza y lo del robo y demolición de escuelas y viviendas de palestinos en Cisjordania constituye, desde luego, un aporte incuestionable a la libertad y bienestar de los venezolanos. Les da libertad.

La relación con Netanyahu viene de largo: ya en 2018, dos años antes de lo de la Iberosfera de Vox, María Corina Machado publicó en X una carta dirigida a Benjamín Netanyahu y Mauricio Macri solicitando que usaran su «fuerza e influencia» para avanzar en el desmontaje del régimen de Maduro, al que vinculó con narcotráfico y terrorismo. Machado dejó claro que buscaba apoyo internacional, incluyendo intervención militar, para promover un cambio de Gobierno en Venezuela.

En 2019, la entonces futura Nobel ―no hay que olvidarlo, en la categoría de promoción de la paz― asevera para el canal gubernamental estadounidense Voice of America que la única manera de que las «dictaduras-mafias» cedan es con el uso de la fuerza. Eso sí, mediante una coalición humanitaria. Se muestra convencida de que «un Estado criminal con vocación expansionista no es tolerable en el corazón de este hemisferio». Quién le iba a decir que Estados Unidos acabaría apostando por ello.

Volviendo a Trump, el quid no reside solo en que hubiera puesto (supuestamente) fin a unos cuantos tiros y no durara demasiado. Ya había sido presidente, y su historial no era precisamente el de un hombre de paz. Con independencia de los delitos por los que ha sido condenado, ha implementado una agenda legislativa y ejecutiva que le aleja de toda vinculación con la búsqueda de la paz.

En su primer mandato, sus actuaciones no dejan duda, a saber: en primer lugar, la llamada Muslim Ban (2017), que prohibió la entrada a ciudadanos de varios países de mayoría musulmana. Fue bloqueada por las cortes y Biden terminó de liquidarla en 2021, aunque hay una versión de 2026 que mantiene intacto el espíritu de aquella. Otras hazañas pasan por retirarse del Acuerdo de París sobre el clima (2017), del acuerdo nuclear con Irán (2018), la puesta en práctica de la política de «tolerancia cero» con la inmigración, que tuvo como máximo exponente de la crueldad separar a inmigrantes de sus hijos (tres mil niños afectados). También batió el ICE su récord de fallecidos bajo su custodia (2019, pero superado en 2025), el asesinato mediante un dron del alto mando militar iraní Qasem Soleimani y la notificación de retirada de EE. UU. de la OMS (2020, baja definitiva, enero de 2026).

Tras perder las elecciones, el entonces expresidente llevó a cabo numerosos intentos de deslegitimar los resultados electorales, promovió un asalto al Capitolio en el que murieron varios policías (luego, en 2026, indultó a varios de los culpables).

Su segunda vez al frente de su país fue más radical aún e intentó recuperar el tiempo perdido y vengarse de los que le hicieron la vida un yogur en el primero. Lleva poco más de un año y ya presenta «logros» como lanzar la «mayor deportación masiva» de la historia, usar el ejército y construir campamentos de detención, enviando a muchos inmigrantes (en muchos casos, por error) a otros países, incluidas las prisiones de su aliado Nayib Bukele en El Salvador. También se ha propuesto, vía lluvia de órdenes ejecutivas, purgar las agencias federales de elementos hostiles o contrarios a él. En política exterior, se muestra muy próximo a Putin, mostrando tibieza con Ucrania y amenazando a sus socios con desentenderse del asunto. A estos les exige concesiones territoriales (Groenlandia, Islandia). De igual modo ―si bien no es exclusivo de EE. UU.― ha apoyado a Israel mientras tenía lugar un genocidio en toda regla (desde 2023). Ha llevado ataques contra Irán por su programa nuclear, aunque no lo hace por la población, que muere a miles a tiros en las calles a manos de la represión, después de prometer ayuda.

La escalada militar en el Caribe, los asesinatos extrajudiciales de supuestos narcolancheros, el cierre del espacio aéreo venezolano o el bombardeo de Venezuela y captura de Maduro no son sino el colofón… de enero, porque, si los midterms no lo remedian, queda mucha presidencia Trump por delante.

A esto se añaden guerras comerciales con sus aliados, más intentos de purga en la administración y amenaza directa a la independencia judicial, socavándola mediante su uso contra rivales políticos.

La militarización de las ciudades demócratas y los acontecimientos en Minnesota y Minneapolis presentan en el primer mes de 2026 asesinatos a sangre fría de ciudadanos estadounidenses que no suponían un peligro para nadie. Lo peor es que Trump se puso del lado del ICE, insultando a los fallecidos.

Lo descrito no pretende ser exhaustivo. Pese a todo, Donald Trump se focalizaba solo en esas guerras a las que (no) puso fin. Y estaba enojado porque no le habían dado el Nobel a él. Y Machado sabía con quién se metía y no cesó de alabar sus políticas. Su actuación no coadyuvó a traer más paz en esta apesadumbrada Tierra; y su idea de transición pacífica y lucha contra la tiranía madurista se cifraba en curar autoritarismo con más autoritarismo, donde los derechos humanos brillan por su ausencia. Arriesgada cura, pues, de mal con mal: como la homeopatía con el cuerpo, en política tampoco funciona.


(1) Hubo una segunda, la de 1996, también perpetrada por el ejército israelí.

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Un comentario

  1. Carpurianoasdingo

    Una herencia supuestamente cristiano-católica???
    No hay nada más lamentable que un español endófobo…
    nuestra herencia ahora será budista …claro que si.
    Nos hemos construido «contra» el Islam…negarlo es negar a tus antepasados.

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