
En este recorrido nuestro por los libros que fueron grandes éxitos en el pasado, no podía faltar un ejemplo de lo que fue el germen de la autoayuda o los manuales de conducta, buenas maneras y urbanidad, a medio camino entre lo práctico, lo trivial, lo filosófico y una tormenta de moralina.
En este género, pocos libros han tenido el éxito y la influencia de la obra de Adolph, barón von Knigge, un libro alemán publicado por primera vez en 1788, el año anterior a la Revolución francesa, y que desde entonces no ha dejado de traducirse y modificarse hasta nuestros días.
Aunque en España el libro solo ha sido traducido recientemente, en Alemania su nombre había llegado a constituir un tópico de las guías y compendios, llegándose a hablar del Knigge de los perros, el Knigge de los castillos o el Knigge de los dulces cuando alguien se refería a un manual que trataba de abarcar un tema por completo, de manera exhaustiva.
En el caso del Knigge original, el que habla de cómo se debe tratar con las personas, se realizaron además multitud de ediciones falsas, con omisiones, añadidos, morcillas y modificaciones de distinta suerte, algunas completamente contrarias al espíritu del libro, lo que ha llevado a la confusión sobre el verdadero sentido de esta obra, que parecía unas veces muy estricta, otras muy liberal y otras simplemente risible, como un buen libro satírico.
Lo que está claro es que el éxito de la obra fue inmediato y fulminante. Ya en 1788, año de su publicación, llegó la segunda edición, y otras muchas se sucedieron en 1790, 1792, 1796 y otros años. Hasta 1922 se habían lanzado al mercado más de veinticinco ediciones del original, contando solo las legales, y se había traducido ya al holandés, danés, húngaro, inglés, sueco, italiano, ruso, polaco, checo y francés. Pero no al español, idioma al que fue maravillosamente traducido por José Rafael Hernández Arias en 2016, o sea, hace cuatro días, como quien dice. De esta traducción, quiero repetir que magnífica, porque es una verdadera obra de arte, y de la edición de Arpa Editores, es de donde salen todas las citas que aparecerán a lo largo de este artículo y muchas de las informaciones biográficas sobre el autor, también conocido por la Espasa.
¿Pero quién era Adolph, barón von Knigge?
Adolph von Knigge descendía de un noble linaje, rastreable hasta el siglo XII en diversas papeletas y papelotes. Sus antepasados, militaristas, expoliadores y un tanto bestias, habían administrado sus dominios durante siglos por el simple medio de cobrar impuestos y administrar garrotazos. El padre de Adolph ya se había desviado un poco de esas costumbres al decidirse a estudiar Derecho, y por eso algunos consideraron justo castigo que le naciese en 1752 un hijo enclenque y debilucho, Adolph, que, contra todo pronóstico y para decepción de muchos, no murió enseguida. Su padre, como no tuvo más hijos varones, tuvo que resignarse a darle una esmerada educación y hacerlo partícipe de sus encuentros con círculos masones y de otras sociedades secretas en las que participaba, algo que imprimiría carácter, no sabemos si bueno o malo, en el futuro barón von Knigge.
La realidad, en cambio, tenía otros planes.
Cuando Adolph tenía once años, murió su madre. Cuando cumplió los dieciséis, su padre siguió idéntico camino al camposanto, con la particularidad de que esto destapó la inmensa montaña de deudas que la familia venía acumulando durante los últimos tiempos. Así las cosas, y como el juez le fijó una asignación para sus estudios, Adolph se lanzó a estudiar primero Derecho y luego Administración Mercantil, ambas con la idea de atender sus propios asuntos. Cuando vio que esos asuntos propios era mejor no tocarlos ni con una pértiga, porque lo reducirían a la mezquindad del terruño, la pobreza de las escorrentías y la tristeza de los necios, decidió seguir carrera en la corte, en una de las muchas cortes de la Alemania del momento, y fue mudándose de señor según lo obligaron sus deseos y sus circunstancias, y ascendiendo, debido a su trabajo competente, tanto en los encargos que recibía (director de una fábrica de tabaco en Kassel, por ejemplo), como en la masonería y otras sociedades secretas, de las que siempre sería miembro. Destacó especialmente en una rama de la masonería, la de estricta observancia, relacionada con los rituales templarios; luego intentó ingresar en los rosacruces, sin conseguirlo, y se volvió acérrimo enemigo de ellos, y finalmente, junto a Adam Weishaupt, creó el rito Illuminati. De todos modos, jamás consiguió alcanzar en ninguna de estas sociedades secretas los altos grados que esperaba, pero que parecían reservados a personas con mejores títulos y más riqueza que él.
A pesar de que siempre se habla del Knigge como un manual de buenos modales, me gustaría presentarlo más bien como una especie de compendio ético sobre las relaciones humanas, más a la manera de Séneca o de Marco Aurelio. O incluso de Gracián si nos ponemos muy estupendos, que de los libritos que por entonces hablaban del modo de empolvar las pelucas y orear los polisones. Y, sin duda, lo mejor es el tono en que está escrito, como si se tratase de una carta de un preceptor a alguno de sus discípulos aventajados.
A veces trata los temas con humor, a veces con vitriólica sátira y a veces con enérgica agresividad, pero manteniendo en todo momento la impresión de que el autor todo lo comprende y todo llega a disculparlo, mientras se actúe con buena fe. O por lo menos se simule.
La razón, sin embargo, de que un libro como este se siga editando tantos años después es su magnífica prosa y la certera puntería de su autor al analizar la naturaleza humana. Veamos, por ejemplo, lo que dice de los poderosos y sus costumbres, y sirva de ejemplo de cómo el autor no se plegaba a las conveniencias sociales que podían haberle beneficiado en el momento.
«Seríamos injustos si quisiéramos afirmar que todos los príncipes, todas las personas muy nobles y muy ricas tienen en común los mismos defectos por los cuales muchos de ellos son insociables, fríos, incapaces de verdaderos vínculos de amistad y difíciles de tratar; pero realmente no cometemos ningún pecado si se dice que esto es así en la mayoría de los casos. Se descuida por completo su educación, se los estropea desde su juventud con la adulación, y se los mima volviéndolos caprichosos. Como su situación los exime de sufrir determinadas carencias o necesidades; como raras veces se encuentran en apuros, no aprenden cuánto se depende de otras personas, cuán difícil es soportar solo los infortunios de la vida, cuán agradable es encontrar otras almas afines o compasivas, y cuán importante es respetar a los demás para que en alguna ocasión se pueda encontrar refugio en ellos. No se conocen a sí mismos, ya que no se deja, por temor o esperanza, que sientan los efectos adversos que son consecuencia de sus errores o defectos. Se creen seres mejores, favorecidos por la naturaleza para gobernar; mientras que las clases bajas tienen como destino rendir homenaje a su egoísmo y a su vanidad, soportar sus caprichos y elogiar sus fantasías. Por lo tanto, hemos de basar nuestro comportamiento en el trato con los grandes y los ricos en el presupuesto de que la mayoría de ellos se acomoda a esa imagen».
No, la verdad es que párrafos como este no le reportaron muchos amigos entre las clases altas, que podían otorgarle puestos o prebendas. Y tampoco otros como el que sigue, que espero sirvan de ejemplo del tono de la obra entera:
«Para concluir aún me gustaría añadir unas palabras sobre el trato de los grandes y de los ricos entre sí. En su mayoría suelen corromperse unos a otros. Los más pequeños se afanan por imitar a los más grandes, es más, incluso intentan superarlos en su lujo y en una majestad mal entendida; y así perpetúan sus necedades, las cuales son imitadas a su vez, con todas sus fuerzas, por magnates más pequeños hasta llegar a los más bajos que solo tienen a un limpiabotas con librea. Ejemplos graciosos de esto se ven en las pequeñas cortes alemanas; cómo se acechan mutuamente, se controlan, se envidian, intentan sacar ventaja; cómo en un baile organizado por el señor en N*** para festejar su cumpleaños se emplean en la iluminación siete libras de velas de sebo, y después, el príncipe de B*** añade unos fuegos artificiales de ocho libras de pólvora; cómo cuando uno mantiene a un mariscal mayor de palacio por trescientos florines de sueldo y doce fanegas de avena, el otro al jefe de su corte le cuelga una ancha banda sobre su hambriento estómago. Un conde mantiene una jauría de perros de caza como no se la puede permitir ningún potentado en toda Europa, el conde vecino mantiene una jauría de músicos cortesanos que por lo menos hacen el mismo ruido. El tercero, desesperado por no poder aventajar a sus vecinos, prefiere pulverizar en París el fruto del trabajo de sus súbditos despojados, prefiere desempeñar allí un papel miserable antes que en su corte el de un buen y fiel padre de la patria. ¡Y así sucesivamente en descenso! […] El primero en cuya casa se reúne el círculo ofrecerá unas botellas de vino y algo de comida fría; el segundo añadirá un ponche; y antes de que haya transcurrido medio año el acto social se habrá convertido en una comilona costosísima».
No es de extrañar, opinando lo que opinaba, que durante la Revolución francesa se le acusara de jacobino y de partidario de guillotinar a los nobles, motivo por el que sufrió arresto domiciliario con vigilancia policial.
El libro íntegro tiene cuatrocientas y pico páginas y muy poco desperdicio, ya se lea con intenciones históricas, por pura diversión o, ¡qué demonios!, para aprender un poco de habilidades sociales.
En este caso, lo recomiendo vivamente.
Y no, no consigo sustraerme a la tentación de una cita más:
«Cada persona vale tanto en este mundo como ella misma se hace valer. Esta es una regla de oro […] Esta experiencia enseña al aventurero y al fanfarrón a persuadir a la multitud de que es un hombre importante, a hablar de sus conexiones con príncipes y estadistas, con hombres que con frecuencia ni siquiera saben que ellos existen, en términos que les procuren, al menos, alguna comida gratis y acceso a las mejores familias. […] Esta experiencia hace tan atrevido al hombre de conocimientos superficiales como para que decida sobre cosas de las que, una hora antes, apenas había leído u oído algo; y a dar su opinión de una manera tan decidida que ni siquiera el modesto literato presente se atreve a contradecirle ni a plantear preguntas que expondrían al charlatán. Esta es la experiencia por la cual el arribista incompetente va escalando puestos en el Estado, pisoteando a hombres de mérito, y sin encontrar a nadie que le ponga en su sitio. Es la experiencia por la cual los ingenios más inútiles y perversos, personas sin talento ni conocimientos, fanfarrones y soplagaitas, se las arreglan para hacerse imprescindibles a los grandes de esta tierra. Es la única experiencia por la cual la mayoría de los eruditos, músicos y pintores adquieren la fama».
Poco más que añadir, señorías.






