
Como muchos compañeros, tenía una buena opinión de Jot Down. Pero un día me convertí en protagonista involuntario del artículo titulado «La Universidad de Sevilla a través del espejo». De la noche a la mañana comenzó a escribirme gente interesada y concernida por las manifestaciones que contenía dicho artículo. Quienes me conocen y/o aprecian querían saber exactamente qué había ocurrido. Supongo que quienes no me conocen o me conocen poco darían por bueno el contenido del artículo sin preocuparse más sobre el tema. Lo cierto es que, según me comentan, cuando hoy día alguien busca en Google mi nombre no aparece en primer lugar nada relacionado con mi carrera de casi 30 años sino el articulito de marras. En este mundo en el que da igual por lo que te conozcan sino que te conozcan habría mucha gente que mataría por tal protagonismo. No es mi caso. Yo no mataría por nada, pero sí daría cualquier cosa para que dicho artículo se borrara de la faz de la tierra. El daño reputacional es incalculable y también lo es el anímico.
Todo esto me lleva a una reflexión. Si alguien escribe un artículo de opinión, cabría esperar, como mínimo, que esa opinión tuviera algún fundamento más allá de lo que esa persona haya podido escuchar de unos o de otros. Lo contrario nos lleva al trumpismo: uno no solo tiene derecho a sus opiniones sino también a sus hechos. Y esto es incoherente con una publicación tan cercana al mundo de la cultura y que ha abrazado causas progresistas y serias. Pero a mí nadie me escribió ni llamó para contrastar las informaciones que le habían llegado ni para conocer mi versión.
No escribo este artículo para reivindicar mi relato de los hechos ni tampoco para demonizar la versión contraria. Llevo meses reuniendo pruebas para llevarlas ante el juez, que es quien está legitimado en un estado de derecho para sentenciar y condenar. Mi demanda acaba de ser admitida a trámite y lo que tenga que decir lo manifestaré en sede judicial. ¿Por qué será que, sin que un juez haya dictado sentencia todavía, yo ya me siento juzgado y condenado? No fue solamente el artículo en este medio sino también lo aparecido en dos foros internos de la universidad, Redus y Adius. Pero fue su artículo el que sigue ahí, el que han leído incluso colegas de fuera de España y el que me ha condenado por una serie de crímenes que el autor del artículo consideraba que yo había cometido, individuo que ni siquiera me conoce y al que no conozco. Cuidado porque la semilla de la dictadura también se planta cuando se atropellan los derechos más fundamentales de las personas en busca de un simple like.
Dudo mucho que este artículo vea la luz en su periódico. Puedo equivocarme. Si es así, significa que me he precipitado a la hora de perder la fe en su revista. En ese caso, lo único que le pediría al autor del artículo es que la próxima vez lo pensara dos veces o, quizás, que descolgara un teléfono y contrastara aquello que fuera a afirmar. Eso es libertad de expresión. Esto otro es, llana y simplemente, un atropello injustificado.







Tan víctima, Ramón Espejo, que sólo dice que es víctima sin aportar prueba alguna. Que un juez haya admitido a trámite una demanda por lo contencioso-administrativo es pura formalidad: va a tomar declaración a las personas a las que acusa. Pero gana un año de tiempo
Porque lo que no dice es que, que le admitan a trámite una demanda, es un mero movimiento mediante el que pretende paralizar la investigación que tiene en marcha la universidad de Sevilla sobre su actuación, posible prevaricación y abandono de su deber, el día al que se refería el editorial de JotDown, cuando haciendo dejación de su deber de funcionario, se fue de una oposición a cátedra sin firmar el acta al ver que los miembros del Tribunal iban a aprobar a la candidata. Podía haberla suspendido. Podía haber hecho voto particular. Lo que no podía era ausentarse saliendo por patas. Entendió que su único medio para retrasar aun más -un año llevaba retrasándolo ya- la concesión de la plaza, era borrarse. Primero dijo que sufrió amenazas. Luego que la candidata no cumplía los requisitos. Ahora que el tribunal no estaba preparado y había sido elegido por la candidata. Un buen mentiroso mantiene una versión. El sr. Espejo no vale ni para mentir.
Tan entusiasmado está con la mera admisión a trámite, que ha redactado una nota de prensa para colarla en medios. En la nota, en la que por cierto no se contrasta a la otra parte, lo mismo de lo que acusa a la revista ahora, suelta miserias sobre la persona a la que quiso impedir que optara a la cátedra a la que tenía derecho. Suelta miserias sobre los demás miembros del Tribunal y sobre la ANECA. En la delirante nota de prensa acusa a la candidata de poner a los miembros de su Tribunal, haciendo gala de una ignorancia que lo desacredita (o quizá es que solo recuerda su propia oposición en la que él sí puso a los miembros de su Tribunal). ¿Si la candidata hubiera puesto a los miembros de su Tribunal lo habría colocado a él de presidente? La ley es clara: se escogen veinte catedráticos y se hace un sorteo del que salen cuatro elegidos. Ramón Espejo acusa a la secretaria de ser de Lengua Española y no ser apta para juzgar una plaza de Filología Inglesa. ¿Ha repasado el sr. Espejo los miembros del tribunal que juzgó la cátedra de Ángel Jiménez, catedrático del departamento de Lengua Inglesa? ¿No le ha sorprendido ver en él que había también un catedrático de Lengua Española? ¿Esta es su moral y su dignidad? ¿Lo que vale para mis amigos, no vale para mis enemigos? Patético. El papelón de su vida. Arthur Miller haría un buen drama con las mentiras de esta criatura.
Lo que lamentablemente no dice Ramón Espejo es que fue colocado de presidente de ese Tribunal a dedo -los demás miembros fueron elegidos por sorteo- por un departamento que quería impedirle la promoción a la candidata, cuyos méritos ya habían sido acreditados por un organismo como la ANECA. No haberlo conseguido debe doler, eso lo entiendo. Pero es lo que hay.
Se engaña quien quiere y el sr. Espejo tiene todo el derecho de victimizarse para engañarse y poderse mirar al ídem. Pero quien más ha hecho por dañar la reputación del señor Espejo es con mucha diferencia el señor Espejo.
Así de pelea de profes y lucha por plazas fijas en la facul, «¿Quién teme a Virginia Wolf?», es más entretenida.
No tengo ni idea de como es la vida universitaria, o sea que no sé quien tiene razón o no en la disputa y además me es absolutamente igual. Pero sí estoy seguro de dos cosas, uno: PROFESORUS, escribir con mayúsculas en la red te hace parecer que gritas y es de mala educación.
Y dos: para ciscarte en Espejo, deberías hacerlo bajo tu propio nombre. Nenaza.
Paco de Torres no es menos criptónimo que PROFESORUS, lamento decírselo. No somos nadie