Sociedad

Contra la amistad

stranger
Imagen detrás de las cámaras de Stranger Things, 2016

Apenas veo programas de televisión. Lo digo sin la coquetería del que presume de no tenerla, porque la tengo, enorme y encendida demasiadas noches. Lo digo más bien con la incomodidad del que se hizo una promesa y la rompe a diario. Y resulta que fue allí, en una de esas cadenas que uno jura no ver, en un programa que no me gusta, conducido por quien no me interesa, entrevistando a una escritora que no leo, donde me emboscó la única idea verdadera que he encontrado este año sobre la amistad. La verdad tiene esa costumbre grosera. No llega cuando uno la convoca en la biblioteca, lápiz en mano sobre los clásicos. Llega cuando uno se ha rendido al sofá y al mando a distancia y ha bajado del todo la guardia moral.

En la pantalla estaba Antonio Muñoz Molina hablando de su depresión. Hablaba con una desnudez que casi nunca se ve en un hombre español de su generación y su prestigio. Sin la armadura de la ironía. Sin el parapeto de la cita culta, que él, que tiene más cultura que casi nadie, podría haber levantado tan alto como hubiera querido para no decir nada. Dijo, en cambio, una frase que me parece la mejor definición de la enfermedad que he oído jamás: que la depresión es acostarse por la noche y no querer despertarse por la mañana. La dijo así, en bruto, sin adornarla, y por eso entró tan hondo. Hay frases que solo se pueden decir cuando uno ha estado de verdad en el sitio que describen. Después habló del pueblo, de un pueblo pequeño, de la tierra, del huerto que cuidaba como quien se agarra a una cuerda. No habló de sus amigos. No dijo que lo hubieran salvado sus amistades profundas, sus confidentes de toda la vida, las personas que de verdad lo conocen. Habló de un lugar, de una rutina, de unas caras que se repetían cada mañana. Habló de los habituales.

Me quedé pensando en esa palabra y a la que llevo desde entonces dándole vueltas. Habituales. La gente que uno se encuentra. El que está siempre en la misma barra a la misma hora, leyendo el mismo periódico, pidiendo lo mismo con el mismo gesto. La mujer del quiosco que sabe qué quieres antes de que abras la boca. El camarero que ya te ha puesto el café cuando todavía estás colgando el abrigo. La señora que pasea al perro a tu misma hora y a la que saludas con un movimiento de cabeza que no exige palabras. No son amigos. Ahí está, exactamente, su valor. Y aquí empieza lo que quiero defender, aunque para defenderlo tenga que ponerme, con todas las comillas del mundo, contra la amistad.

Porque algo le ha pasado a la amistad en nuestro tiempo. Se ha vuelto agotadora. La hemos cargado de obligaciones hasta convertirla en una segunda jornada laboral, una que no cotiza y de la que no se sale nunca. Al amigo contemporáneo hay que cuidarlo. Reparen en el verbo, que es de enfermería y que hemos trasladado al afecto sin advertir lo que delata. La relación es ahora un paciente crónico, algo que sin atención permanente se nos muere en las manos. Hay que estar ahí, expresión que repetimos como un mantra y que esconde una exigencia desmesurada. Hay que estar disponible. Hay que acordarse del cumpleaños, del aniversario, de la entrevista de trabajo, del nombre del gato y de cómo se llamaba el gato anterior. Hay que procesar juntos —palabra horrible que le hemos robado a la industria y a la consulta del psicólogo, como si los sentimientos fueran un lote de datos pendiente de tramitación o una vaca que se descuartiza entre varios—. Hay que sostener el vínculo, alimentarlo, regarlo, podarlo, abonarlo. Y uno acaba sospechando que toda esa jardinería frenética esconde una planta que, de no exigir tantos cuidados, ya estaría muerta. Las cosas vivas de verdad no necesitan que uno las vigile a cada hora para comprobar que siguen respirando.

La paradoja nos tiene a todos un poco perplejos y bastante más solos de lo que confesamos. Cuanto más hemos sacralizado la amistad, más sola está la gente. Vivimos en la civilización que más libros publica sobre la importancia de las relaciones profundas y más ansiolíticos consume contra la falta de ellas. Las dos cifras suben a la vez, en la misma curva, y nadie parece querer mirar lo que esa coincidencia significa. Hemos subido tanto el listón de lo que significa ser amigo —intimidad total, vulnerabilidad sin reservas, presencia incondicional, comprensión casi telepática, lealtad de trinchera— que ya casi nadie puede saltarlo, y menos aún mantenerse encima sin caerse al primer descuido. Hemos hecho de la amistad una proeza atlética, una disciplina olímpica con sus marcas y sus podios, y luego nos extraña que la mayoría de la gente, sensatamente, prefiera no competir. El listón altísimo no produce más amistades verdaderas. Produce más soledad con mala conciencia, que es la peor variedad de soledad que existe, porque a la falta de compañía le añade la sospecha de que la culpa es de uno, de que si estuviera más solo es porque no ha sabido cultivar, no ha regado bastante, no ha estado ahí. Convertimos un fenómeno social en un defecto de carácter, y encima se lo cobramos al que lo padece.

A esta inflación de puertas adentro se le sumó, hace ya cosa de quince años, una devaluación que vino de fuera y que remató la faena. Llegó una empresa de California y nos puso a todos a llamar amigo a cualquiera. Convirtió la palabra más cargada del idioma, una palabra que durante siglos había costado pronunciar porque comprometía, en un simple botón que se pulsa sin pensar. Friend se hizo verbo —agregar, sumar a una lista—, y tuvo además su negativo exacto, esa pequeña ejecución silenciosa que se administra con el pulgar y que borra a una persona del registro sin que medie palabra ni explicación. Cuando una misma palabra sirve para nombrar al hermano del alma y al desconocido cuya solicitud aceptaste un martes de aburrimiento porque tenía dos conocidos en común contigo, la palabra ha dejado de pesar. Y cuando una palabra no pesa, lo que esa palabra nombra deja de pesar también, porque las palabras no son etiquetas que se pegan sobre las cosas ya hechas, sino el molde en que las cosas se forman. Hemos prostituido el término, y empleo la palabra a sabiendas y sin pedir perdón por ella, porque eso es precisamente lo que se le hace a algo valioso cuando se le obliga a entregarse a cualquiera, a todas horas, por nada. Y al prostituir la palabra nos hemos quedado, en el peor momento posible, sin una manera limpia de nombrar lo que de verdad importa.

Lo melancólicamente gracioso es que teníamos el problema resuelto desde hace veinticuatro siglos y nos las hemos arreglado para desaprenderlo. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, no hablaba de la amistad como una cosa única y monolítica que hay que poseer en grado máximo o renunciar a ella por completo. Hablaba de tres formas distintas del vínculo, tres maneras de la philía, y las trataba a las tres con respeto. Estaba la amistad por placer, la del que nos hace reír, la del compañero de juergas y de risas, aquel con quien apetece beber vino sin más propósito que el vino y la conversación. Estaba la amistad por utilidad, la del socio, el colega, el contacto, el que nos resuelve un problema y a quien nosotros resolvemos otro, una amistad que el moralista de café desprecia y que sin embargo mueve buena parte del mundo y no tiene nada de deshonroso. Y estaba, en lo más alto del edificio, la amistad perfecta, la de los hombres buenos que se quieren el uno al otro por lo que el otro es en sí mismo y no por lo que sacan de él. Esa es rara. Es lenta. Es escasísima. Tarda años en cuajar y un hombre puede darse por afortunado si reúne dos o tres en toda una vida, y muchos llegan al final sin haber tenido ninguna y sin haberse muerto por ello.

El gran error de nuestra época, el error que nos enferma de soledad mientras predicamos la conexión, ha sido coger esa tercera categoría, la más alta y la más rara, la que Aristóteles reservaba para una élite afectiva de unos pocos, y proclamarla el único modelo legítimo de relación humana. Hemos decidido, sin votarlo, que cualquier vínculo que no aspire a la amistad perfecta es un vínculo de segunda división, una relación fallida, un cariño tullido, un sucedáneo. Y por culpa de esa decisión hemos despreciado y dejado morir precisamente las formas de compañía que sostienen los días de verdad, que son las otras, las modestas, las que no salen en las películas ni en los discursos de boda. Las amistades por placer, que ya no nos parecen bastante porque solo nos hacen reír y no nos acompañan al hospital. Las amistades por utilidad, que nos dan vergüenza confesar como si tener tratos provechosos con alguien fuera una bajeza. Y por debajo de todas ellas, en el sótano de nuestra consideración, una cuarta forma de vínculo que Aristóteles no llegó a catalogar pero que el idioma español sí supo nombrar, con un puñado de palabras hermosas que se nos están muriendo en la boca por falta de uso: el parroquiano, el contertulio, el habitual.

Reparen en un detalle que dice mucho. El inglés, esa lengua que nos ha colonizado el habla hasta el tuétano y que tiene una palabra para casi todo, tuvo que apañárselas con un acquaintance largo, frío y administrativo para tapar este agujero concreto. Es una palabra de formulario, de declaración jurada, no de vida. Nosotros, en cambio, teníamos las palabras buenas, las calientes. El habitual del café. El parroquiano de la taberna, que viene de parroquia, del que pertenece a un sitio sin necesidad de creer en nada, del que tiene su lugar y su gente por el solo hecho de aparecer cada día. El de la peña. El del paseo de las siete. El de la partida de las tardes. Todas esas palabras describen una misma cosa, una sociabilidad de baja intensidad y alta frecuencia, que es justamente lo contrario de lo que hoy le exigimos a la amistad. Nosotros queremos alta intensidad, queremos hondura, queremos que cada encuentro sea memorable y transformador, y como esa exigencia es insostenible, terminamos en la baja frecuencia. Vemos a nuestros mejores amigos dos veces al año, con suerte, y entonces nos destrozamos esas dos horas escasas tratando de meter en ellas la confesión total, la puesta al día existencial, el balance completo de los meses transcurridos, el inventario de las penas. Salimos exhaustos de esas citas, vaciados, como de una sesión de terapia que hubiéramos pagado los dos. Al habitual, en cambio, lo vemos todos los días y no le contamos absolutamente nada. Por eso no nos cansa. Por eso —y este es el secreto— no nos falla nunca, porque no le hemos dado la ocasión de fallarnos, porque no le hemos pedido nada que pueda dejar de darnos.

Y aquí la ciencia, que casi nunca llega a tiempo a las citas importantes, llega por una vez a darnos la razón con números y gráficas, que es como hoy se da la razón si uno quiere que se la tomen en serio. Dos investigadoras, Gillian Sandstrom y Elizabeth Dunn, publicaron en 2014, en una revista de psicología social de las que se citan mucho, un estudio que se ha vuelto célebre entre la gente que estudia eso tan de nuestro tiempo que es la soledad. Definieron el lazo débil con una precisión que tiene algo de poema: un vínculo de contacto poco frecuente, baja intensidad emocional e intimidad limitada. El conocido, vamos. El que no es nadie tuyo. El que no figura en la lista de personas a las que llamarías a las tres de la madrugada. Y se pusieron a medir, con la paciencia tozuda de los que cuentan cosas, qué le ocurre a la felicidad de una persona según la cantidad de esos lazos minúsculos que activa a lo largo de un día corriente.

El resultado es una bofetada limpia a toda nuestra ideología sentimental. Las personas resultaban ser más felices, y se sentían más parte de algo, más arraigadas, más acompañadas, precisamente los días en que tenían más interacciones con esos conocidos periféricos, con esos lazos débiles que están más allá del círculo íntimo y que nuestra cultura nos enseña a considerar irrelevantes o, peor, a despreciar como pérdidas de tiempo que nos distraen de lo que de verdad cuenta. En uno de los experimentos, el que más me gusta, compararon a dos grupos de personas en una cafetería. A unas les pidieron que trataran al camarero como a un ser humano: con una sonrisa, contacto visual, dos palabras de más, un «¿cómo va el día?». A las otras, que despacharan la transacción con la máxima eficiencia, como quien usa una máquina expendedora —pedir, pagar, irse—. Los del primer grupo salían del café con más afecto positivo y mayor sensación de pertenencia que los del segundo. Salían, literalmente, más contentos y más acompañados. Por una sonrisa al hombre que pone los cafés. Por dedicarle treinta segundos de humanidad a alguien que podría no ser nadie y que, en cuanto se le trata como a un habitual, deja de no ser nadie.

Hay en esa literatura científica un término que merecería entrar cuanto antes en el diccionario sentimental de los idiomas, fringeships, que podríamos traducir como las amistades del fleco, del borde, del margen. Más que un conocido y menos que un amigo. El fleco de la prenda, eso que cuelga y que parece adorno prescindible. Y resulta, contra todo pronóstico, que el fleco abriga. Resulta que una vida no se sostiene únicamente sobre las dos o tres columnas maestras de las grandes amistades, esas que además, por ser tan grandes y tan pocas, suelen estar lejos, ocupadas con sus propias vidas, viviendo en otra ciudad o atravesando otra etapa que no encaja con la nuestra justo cuando más las necesitaríamos. Una vida se sostiene, sobre todo, en la trama tupida y discreta de los pequeños lazos cotidianos, en esa malla fina de gente con la que apenas hablamos. El panadero. La del quiosco. El del banco del parque. El portero del edificio de enfrente. El que saca al perro a la misma hora exacta que nosotros y con el que hemos construido, sin una sola conversación, una complicidad de horarios. Esa malla fina, despreciada y casi invisible, es la que de verdad aguanta el peso de los días cuando las grandes vigas no están, porque las grandes vigas, por su propia naturaleza, no pueden estar siempre. Y me atrevo a sostener, sin haberlo hablado con él ni tener derecho a meterme en su vida, que algo de esa malla fue lo que sostuvo a Muñoz Molina cuando no quería despertarse por las mañanas. No el amigo entrañable que llega de visita un fin de semana y se vuelve a marchar. El pueblo entero. La tierra. El huerto. Las caras que se repetían. Los habituales de la calle y del campo, que estaban allí cada día sin que él tuviera que llamarlos, sin que tuviera que explicarse, sin que tuviera que estar a la altura de nada.

Y no se me malinterprete a estas alturas, o malinterprétenseme con cariño, que es lo máximo a lo que un escritor puede aspirar. No estoy de verdad contra la amistad, del mismo modo que no está contra la salud quien advierte que un país entero enfermo de hipocondría se ha vuelto, a fuerza de tomarse la tensión cada media hora, incapaz de vivir tranquilo un solo día. Estoy contra lo que hemos hecho con ella, que es muy distinto. Estoy contra haberla inflado tanto que ya no cabe dentro de ninguna vida normal, de las que se trabajan ocho horas y se crían hijos y se llega a casa reventado. Estoy contra haber despreciado y desmantelado, en nombre de esa amistad sublime e inalcanzable, todas las formas humildes y cotidianas de compañía que de verdad nos sostienen y que no piden casi nada a cambio. Estoy contra haber convertido en un botón de pantalla una palabra que durante siglos fue un juramento que comprometía la vida. La gran amistad, la tercera de Aristóteles, la rara y la lenta, sigamos buscándola toda la vida si hace falta y celebrémosla como un milagro el día improbable en que la suerte nos la conceda. Pero dejemos de exigirle a cada relación que tenemos que sea esa, porque a ese paso vamos a matarlas a todas en el intento, asfixiadas por una expectativa que no pueden cumplir. Aprendamos otra vez, como quien recupera un oficio perdido, a tener habituales. A no saber el apellido del hombre que nos da los buenos días y a notar, sin embargo, un hueco raro en el estómago el día que no aparece a su hora. Porque notar esa ausencia es ya, bien mirado, una forma de amor más limpia y más desinteresada que muchas de las que firmamos con todas las letras de la palabra grande. El habitual no nos pide nada. No hay deuda con él, no hay deber, no hay culpa, no hay que regarlo ni vigilarlo ni estar a su altura. Y precisamente por eso, el día negro en que la vida aprieta de verdad y los amigos verdaderos están lejos, o cansados, o atravesando ellos mismos su propia tormenta, puede que sea el habitual, ese que no es nadie tuyo, quien sin saberlo, sin proponérselo, sin enterarse jamás de lo que ha hecho, te dé una razón pequeña y perfectamente suficiente para querer despertarte por la mañana.

Lo aprendí, ya lo he dicho y no me avergüenza repetirlo, viendo una televisión que no veo, escuchando a un hombre al que admiro hablar al lado de una mujer a la que no leo, sobre una enfermedad que no le deseo ni a mi peor enemigo. La verdad, insisto, no tiene ningún gusto ni ninguna educación. No respeta nuestras manías ni nuestros prejuicios ni nuestras listas de lo que merece y no merece nuestra atención. Se presenta donde le da la real gana, en el canal que detestamos y en la boca de quien menos esperábamos. Lo único decente que puede hacer uno, lo mínimo, es no echarla de casa cuando por fin llega.

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