Ciencias

La mente ciega

El ojo como un globo extraño se dirige hacia el infinito, de Odilon Redon. La mente ciega
El ojo como un globo extraño se dirige hacia el infinito, de Odilon Redon.

Nuestra diversidad cognitiva es enorme. Tanto que se podría decir que apenas hemos empezado a explorarla. Por un lado, es muy difícil «entrar en la cabeza» de alguien para llegar a experimentar cómo ve, siente y vive el mundo. Por otro lado, siendo seres sociales, hemos evolucionado y desarrollado formas de relacionarnos (lenguaje, rituales, convenciones) que enmascaran oportunamente gran parte de estas diferencias. Oportunamente porque, de lo contrario, sería muy difícil entendernos, comunicarnos y desarrollar actividades colectivas. Debido a estos dos factores, tenemos una percepción de nuestras diferencias cognitivas increíblemente suavizada, y pensamos que, más o menos, somos todos bastante parecidos, aparte de gustos personales, ideologías políticas y religiosas, y alguna que otra habilidad práctica más (cierta facilidad para algún tipo de actividad o de aptitud). Y, precisamente porque a menudo estas diferencias se ocultan, en ocasiones la vida te da sorpresas. Hay quien descubre ya en una edad avanzada sus rasgos autistas, habiendo creído hasta entonces que todos veían el mundo con su misma lente. O quien solo al llegar a la edad adulta se da cuenta de que no todo el mundo asocia números, días de la semana o sonidos a ciertas sensaciones o colores (las famosas sinestesias). Mientras las peculiaridades mentales no alteran de forma significativa el comportamiento práctico de un individuo y su interacción con los demás sigue funcionando bien, las aparentes incomprensiones se achacan a discordancias menores en la forma de razonar o de ver las cosas, a matices del carácter o a excesos del temperamento.

En 1880, Francis Galton, el ecléctico y polifacético primo de Charles Darwin, hizo notar que entre estas diferencias ocultas estaba también la capacidad de imaginar visualmente una escena. En particular, le sorprendió descubrir que unos cuantos (sobre todo entre sus amigos científicos) no podían visualizar imágenes mentales. La cosa se quedó ahí hasta que, en los años setenta del siglo siguiente, la psicometría empezó a intentar cuantificar la viveza de la imaginación visual. Tests como el Vividness of Visual Imagery Questionnaire (VVIQ) empezaron a delatar que estas diferencias abarcaban un rango seriamente insospechado. Aun así, hubo que esperar al año 2015 para que todo esto se formalizara en un nombre y en una serie de experimentos orientados a considerar la cuestión bajo un prisma neurobiológico. Adam Zeman, un neurólogo inglés, bautizó como afantasía a la incapacidad de formar imágenes mentales voluntarias. En el otro extremo está la capacidad de crear imágenes mentales prácticamente idénticas a las imágenes reales: es la hiperfantasía. Entre ambos extremos hay toda una gradación algo confusa, que va desde las personas que solo pueden generar imágenes muy pobres (hipofantasía, cuyo umbral diagnóstico es controvertido) hasta las que son capaces de producir imágenes de buena calidad, aunque no tan vívidas como la realidad. Las estadísticas bailan un poco, pero se estima que los afantásicos estarían alrededor del 1 % de la población; los hipofantásicos, entre el 4 % y el 6 %, y los hiperfantásicos, en torno al 3 %. El test VVIQ (o sus variaciones) se usó para medir y cuantificar, dividiendo a las personas en cinco categorías, que van desde los afantásicos (grupo 1) hasta los hiperfantásicos (grupo 5). El test es un promedio de diferentes condiciones, porque se ha comprobado que muchas personas tienen una capacidad de visualización distinta en función de los elementos que intentan visualizar (caras, objetos, paisajes, etc.).

Luego, si uno hurga, descubre que la escala desde afantásicos hasta hiperfantásicos no es tan lineal como parece. Hay quien visualiza mejor con los ojos cerrados y quien lo hace mejor con los ojos abiertos (¡se necesita luz para «ver»!). Están los que necesitan concentrarse para visualizar y los que pueden sostener una buena visualización durante apenas unos pocos segundos. E incluso hay algunos hiperfantásicos que son «proyectores»: su imagen mental, hiperrealista, se proyecta al exterior. Y, en este caso, «ver» no es una forma de hablar: lo ven, como si el objeto o la escena estuviera ahí, como si su retina recibiese el mismo rebote de fotones luminosos que le hiciera reconocer la presencia de un objeto existente. La proyección es «real», sin distinción entre ver (un proceso fisiológico online asociado al ojo y a las señales que transmite al cerebro) e imaginar (un proceso offline, íntegramente mental). En estos casos extremos, en realidad podría tratarse de un proceso más parecido a la sinestesia que a la imaginación mental. Son casos que, además, «contaminan» las muestras, porque acaban entre los hiperfantásicos cuando habría que ponerlos en una clase aparte, tal vez como ultrafantásicos.

Evidentemente, todo esto revela un serio problema lingüístico y semántico: ¿qué quiere decir imaginar? Porque está claro que cada uno interpreta la palabra imaginar según sus propias habilidades de imaginación, y es ahí donde podría residir la gran diferencia oculta. Según lo que sabemos comparando afantásicos e hiperfantásicos, estos últimos, cuando imaginan, pueden distinguir muy bien lo que están imaginando. El proceso offline simula el proceso online, con diferentes grados de precisión.

Es normal, entonces, que si todos pensamos que el resto del mundo «imagina» las cosas igual que nosotros, nos quedemos de piedra cuando descubrimos una de las grandes variaciones encubiertas de la mente humana. Los afantásicos flipan al descubrir que la gente «ve cosas» y, sobre todo, al descubrir de repente que ellos no ven nada. Su «imaginar» es conceptual, semántico, espacial; no es realmente formar imágenes, pero es, sin embargo, un «saber que están ahí». Pero les funciona bien, y nunca habían sospechado ni de lejos que los otros no lo hicieran de la misma forma. Los hiperfantásicos también flipan: ellos también daban por hecho que todos eran capaces de proyectar imágenes con su misma precisión, y no pueden entender una forma de pensar y de vivir que no dependa de esta increíble capacidad de proyección visual. Y, entre los dos extremos, están todos los demás, que flipan también porque no entienden lo que pasa y que se sorprenden de que haya personas que viven en regiones tan extremas fuera de su rango «normal» de proyección de imágenes.

¿Dónde acaba el problema lingüístico y empieza la diferencia cognitiva? Esto es tal vez lo más difícil de desentrañar, aunque la ciencia está intentando (y logrando) acotar la posible confusión semántica implícita en el verbo imaginar. Por ejemplo, se ha visto que a los hiperfantásicos se les cierra la pupila cuando imaginan un sol, lo cual sugiere que lo están viendo de verdad. Esto no les ocurre a los hipo- ni a los afantásicos. Además, los hiperfantásicos experimentan una respuesta emocional muy elevada, que se puede medir a partir de la respuesta eléctrica de la piel, cuando imaginan una escena desagradable. La misma respuesta es muy modesta en los hipo- y en los afantásicos. Asimismo, cuando se exponen los dos ojos de un sujeto a dos señales opuestas (por ejemplo, dos colores diferentes), los hiperfantásicos pueden eliminar una, «tapándola» con sus proyecciones visuales, mientras que los hipo- o los afantásicos son incapaces de hacerlo. En fin, todo apunta a que la proyección visual de los hiperfantásicos es real, mucho más real de lo que muchas personas pueden (literalmente) imaginar. Su espacio mental puede funcionar como una pantalla donde proyectar imágenes, mientras que en los afantásicos el fondo negro se queda como un televisor siempre apagado.

Por ello, hay que decir que a quienes les afectan los problemas semánticos y la precisión de una valoración es a la gran mayoría de las personas que están en el medio de esta escala, a las del montón, a todas las que se encuentran entre los dos extremos, es decir, a las que acaban en las categorías 3 y 4. Además, hoy en día muchos test como el VVIQ se pueden hacer por internet y, dado que hay un problema semántico importante a la hora de entender qué quiere decir «imaginar», muchos de los resultados estarán muy sesgados por la forma de entender esta palabra solo con un cuestionario escueto de una página web. Sin embargo, los extremos de la escala representan realmente modelos cognitivos alternativos: no parece haber duda de que los afantásicos e hiperfantásicos viven una experiencia mental increíblemente distinta y basan su forma de pensar y de razonar en estrategias que son absolutamente diferentes. Como hemos dicho, esto no afecta sensiblemente a la calidad de vida y, sobre todo, no altera de forma aparente las relaciones funcionales entre los individuos, y es por esta razón por la que hasta 2015 la cuestión no se puso sobre la mesa. Pero ¿qué les pasa exactamente a los afantásicos?

A pesar de que se han descrito algunos casos de afantasía adquirida por un trauma o una secuela patológica, esta condición suele ser congénita, viene de fábrica, es un rasgo probablemente genético. En general y en promedio, hablamos de una mente para la cual «imaginar» quiere decir conceptualizar un espacio, etiquetar, pensar de forma semántica y lingüística, visualizar no por imágenes sino por relaciones, hechos, conocimientos. Todo esto parece que no influye en la eficiencia a la hora de solucionar problemas generales (el cociente intelectual no parece diferente en personas afantásicas, o incluso puede ser ligeramente más alto que el de la media). La persona afantásica puede tener, paradójicamente, mucha fantasía, aunque esta no sea visual (de ahí cierto debate sobre la desafortunada elección del nombre «afantasía», como carencia de lo que Aristóteles llamaba phantasia, cuando proclamaba —erróneamente— que sin imágenes no hay mente). A menudo, los afantásicos compensan esta falta de imágenes aumentando las habilidades lingüísticas, atencionales y espaciales. Curiosamente, la habilidad espacial se potencia porque resulta que el procesamiento espacial y el procesamiento de imágenes pasan por canales distintos, y en la afantasía solo el segundo se ve comprometido. Donde sí se pierde mucho es en la memoria episódica y autobiográfica, es decir, en los recuerdos, en la capacidad para rememorar con precisión el pasado o para imaginar el futuro, una capacidad que en los afantásicos suele ser mucho más pobre. A menudo, esto se asocia también a una dificultad, más o menos pronunciada, para reconocer las caras (prosopagnosia), a una menor habilidad de búsqueda visual y a un uso mucho más infrecuente de un lenguaje visual y perceptivo. Sin olvidar que hasta ahora solo hemos hablado de la visión, pero la falta de imaginación puede afectar a todos los sentidos, aunque sabemos todavía menos de lo que pasa en el ámbito acústico, táctil, olfativo o gustativo. Pero es frecuente encontrar una afantasía multimodal, es decir, que afecta a más de un sentido. O a todos.

Curiosamente, en general los afantásicos pueden soñar y producir imágenes visuales oníricas, aunque tal vez tengan esta capacidad algo más limitada. Es precisamente en el sueño (sobre todo en los sueños lúcidos) o en la transición entre vigilia y sueño (terreno de investigación del yoga nidra) donde el afantásico puede experimentar conscientemente la capacidad de generar imágenes. Y de esto se derivan dos implicaciones: una, que la capacidad de generar imágenes está ahí, aunque permanezca oculta e inutilizada; y dos, que tal vez vigilia y sueño utilicen procesos visuales distintos e independientes.

Todo esto, como hemos dicho, es un promedio, porque luego, como siempre, cada uno es un caso aparte, y cada sujeto es una combinación peculiar y única de habilidades, potencialidades y límites. Hay afantásicos que tienen afectado solo un sentido y que tienen otras formas de imaginación sensorial muy potentes. A los que les falta «el ojo de la mente» puede que desarrollen una «mano de la mente», para poder imaginar empleando sus recursos hápticos o cinestésicos. Otros, sin embargo, sufren condiciones más limitantes y tampoco pueden soñar. La neurodiversidad es extrema, tanto que sospecho que este término, tan en boga hoy en día, puede que ni siquiera tenga sentido: todos somos neurodiversos y neurodivergentes, cada uno en una dirección distinta y en un grado distinto. Organizar esta diversidad en clases es un ejemplo más de la necesidad de nuestra mente humana de etiquetar y encasillar, pero en realidad no es más que un continuum, un espacio poblado por seres únicos que, aunque se organice en reglas y patrones, no permite una separación categórica entre grupos. Desde luego, estas condiciones diferentes te llevan a ver el mundo de forma distinta y, mira tú por dónde, se asocian a tendencias ocupacionales: los afantásicos acaban a menudo trabajando en contextos científicos o computacionales, mientras que los hiperfantásicos se decantan frecuentemente por las artes o las disciplinas basadas en una buena capacidad de proyección visual.

A nivel neurobiológico, por el momento las interpretaciones son todavía muy preliminares. Se ha propuesto que tal vez la afantasía no sea la causa de la mala memoria episódica, sino su consecuencia. O que sea solo un problema de falta de consciencia: que las imágenes sí se producirían, pero el afantásico no se daría cuenta. Tampoco está claro si la imaginación visual está más asociada a la capacidad de simular el proceso perceptivo de la visión (estimular los lóbulos occipitales, que descodifican las imágenes visuales) o a la capacidad de recuperar recuerdos (estimular los lóbulos temporales, que se encargan de gestionar la memoria). En ambos casos, de todas formas, se trataría de un problema de conexión, un problema de cableado, entre estas regiones (occipitales o temporales) y la red frontoparietal, asociada a consciencia, atención, voluntad, inteligencia y memoria de trabajo. Es decir, funciona bien el flujo bottom-up (desde la visión al proceso cognitivo global), pero no el flujo top-down (desde nuestra mente hacia la visión). Además, a menudo se asocia la afantasía a una carencia en el flujo de información ventral (que descodifica visualmente los objetos), asociada a una plena funcionalidad del flujo dorsal (que descodifica la organización espacial). Así pues, parece que es cosa de comunicación entre regiones del cerebro. Tampoco queda todavía claro si hay diferencias en alguna región cerebral concreta, porque hay pocos estudios, no muy concluyentes y con resultados heterogéneos. No parece haber diferencias sexuales patentes (aunque las mujeres tienden a ser más hiperfantásicas que los hombres), ni hay todavía mucha información sobre el crecimiento y el desarrollo (es muy complicado suministrar test psicométricos tan subjetivos a los niños, aunque a estas alturas ya podemos entender que unos cuantos de ellos tengan amigos imaginarios extremadamente consistentes). Tampoco queda claro que la carencia o imposibilidad de imaginar afecte solo a la producción voluntaria de imágenes, porque la frontera entre lo que es voluntario y lo que no lo es podría ser más escurridiza de lo que creemos. A día de hoy no se conocen casos en los que la condición afantásica se haya revertido mediante ejercicios o a base de entrenamientos específicos, y no se ha demostrado que un afantásico pueda aprender a visualizar. Pero apenas estamos empezando a considerar estos límites, y hay miles de personas por el mundo que están haciendo sus pesquisas y sus intentos. Los alucinógenos y los psicodélicos proporcionan solo cambios momentáneos y transitorios, como experimentó el mismísimo Oliver Sacks, que, aunque ignorase el nombre de su condición, se sabía perfectamente incapaz de generar ninguna imagen mental, y dedicó su mente privilegiada a investigar con todo detalle este fenómeno y esta forma de interpretar el mundo. Por mi parte, me limito a sospechar que imaginación visual y proyección de imágenes sean procesos distintos, a pesar de que utilicen algunos recursos comunes. Si bien la proyección de imágenes («ver») podría estar más relacionada con el mundo onírico, los estados alterados de consciencia o las dinámicas de las alucinaciones, la imaginación mental («imaginar») podría ser algo que, tirando de la memoria, se enlazase con procesos más borrosos, como los involucrados en la sugestión. De hecho, parece que los afantásicos, entre otras cosas, son mucho menos sugestionables, es decir, no se dejan llevar fácilmente más allá de la realidad. Huelga decir que los dos procesos tienen que tener influencias recíprocas, pero pueden representar expresiones fenomenológicas distintas.

Desde que en 2015 se le dio nombre, la afantasía está alimentando cada vez más debates y tertulias, aunque todavía no ha llegado a permear sustancialmente el contexto académico y profesional (y no digamos ya el sociocultural). Las primeras revisiones científicas son de los últimos tres o cuatro años. Se está generando un filón, y ya existen diferentes llamadas del tipo «¡Afantas de todo el mundo, juntémonos!». Internet puede ser, como en muchos casos, una herramienta excelente de conocimiento o de confusión. Se está definiendo también una «psicología del afantásico», porque hay muchas personas que, al descubrir que todos pueden visualizar y ellos no, sufren una reacción emocionalmente negativa, que va desde una clásica frustración hasta una infundada pero frecuente sensación de discapacidad. Porque, una vez descubierta esta particularidad cognitiva, es natural preguntarse: ¿qué hago con ella? ¿Cómo me afecta? ¿Tengo que cambiar algo en mi forma de vida? ¿Qué puedo hacer para compensar o potenciar estos aspectos más débiles?

También son muy curiosas las reacciones tan heterogéneas de las personas cuando sale a colación este tema. Como es de esperar, unos cuantos se quedan atónitos y sin palabras al descubrir esta diversidad tan profunda y oculta. Sin embargo, muchos otros parecen no entender la envergadura de las consecuencias y quitan hierro al asunto, etiquetándolo como una curiosidad sin mayor interés. Los hay incluso que, tal vez por alguna razón del subconsciente, se muestran molestos y nerviosos, intentando escapar de la discusión. A lo mejor es que este tema toca aspectos que no son fáciles de entender, y lo que no se entiende genera a menudo una reacción automática de miedo y rechazo. Es como si descubriéramos de repente que unos pueden volar y otros no: algunos se quedarían incrédulos, otros dirían que no es para tanto y otros cambiarían de tema, no queriendo sustituir certezas aparentemente más cómodas por novedades inesperadas. Y en este cuadro hay que añadir a los filósofos que, en lugar de asombrarse y entender las increíbles posibilidades fenomenológicas que se abren con esta nueva perspectiva, ya están llenando la literatura especializada de críticas semánticas y polémicas terminológicas que desde luego podrían dejar para una etapa más tardía y aburrida de este nuevo campo de investigación.

No sabemos todavía la dimensión y la profundidad de esta diversidad en la capacidad de producir imágenes mentales, pero está claro que la situación es mucho más compleja de lo que, espontáneamente, habíamos creído hasta ahora. Por un lado, la afantasía y la hiperfantasía nos ofrecen la posibilidad de estudiar aspectos increíbles e importantes de la mente, así como de tantear formas muy distintas (incluso opuestas) de pensar y de vivir la vida. Por otro lado, el conocimiento de estas diferencias es clave para poder entender la forma de pensar y de vivir de cada uno de nosotros, y para hacernos preguntas sobre cómo y por qué nuestras emociones y pensamientos se organizan conforme a criterios personales e idiosincráticos. Por ejemplo, los afantásicos se pierden este mundo imaginado de formas y colores, pero al mismo tiempo podrían estar parcialmente protegidos de todas aquellas formas de rumiación visual que, casi siempre, conllevan cierta dosis de distracción, sufrimiento e insatisfacción. Con un pasado borroso y un futuro sin muchos detalles, el aquí y ahora es un lugar más fácil de habitar. Como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras, y las imágenes mentales son «amplificadores emocionales» que juegan un papel delicado en el bienestar psicológico. Es también importante notar que tanto en psicoterapia como en muchas prácticas meditativas se usan a menudo ejercicios de visualización, y está visto que, con todo lo dicho hasta aquí, cabe esperar resultados muy distintos en función de tan diferentes niveles de habilidad mental.

Desde luego, ahora que conocemos esta fuente de diversidad no podemos mirar para otro lado. Es necesario investigar, explorar y, sobre todo, promocionar un diálogo basado en el conocimiento, tratando de evitar mitos y leyendas urbanas que puedan embarrar los avances sobre la indagación de estas condiciones mentales. Y, poco a poco, integrar este conocimiento en nuestra forma de vivir la diversidad cognitiva. De lo contrario, podrías pasarte la vida creyendo que los demás imaginan las cosas igual que tú, solo conceptualizando espacios, para descubrir demasiado tarde que no es así y que ellos, como ocurre en las películas de ciencia ficción, «ven» de verdad lo que se imaginan. Si lo descubres a los cincuenta y cuatro años, no te queda otra que intentar documentarte bien, tomarlo como un nuevo reto y, por qué no, escribir un artículo como este para empezar esta nueva etapa de exploración de tu mente.

***

Quiero agradecer a Gustavo Díez, Carmelo Vázquez, Barbara Saracino y muchos otros amigos que en estos meses han compartido conmigo la curiosidad por este tema tan increíble. Como siempre, también esta nueva exploración (que parece ser solo el inicio de un viaje más largo) cuenta con el apoyo fundamental de Carmen, que, además de proporcionar continuamente estímulos y motivación a todos mis vagabundeos intelectuales, me ayuda a limpiar ideas y conceptos, y a expresarlos en un texto orgánico, limando las asperezas de mi castellano caprichoso y experimental.

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