Sociedad

Carta abierta a los artistas tras la visita de León XIV

El papa León XIV en su visita a España. Foto Cordon Press.
El papa León XIV en su visita a España. Foto: Cordon Press.

Yo también estuve allí. En el Movistar Arena, escuchando al papa que se dirigía al mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte. Soy sacerdote, pero estaba en aquel foro como hombre de la academia.

En aquella tarde memorable, León XIV puso delante de todos el anhelo de la Iglesia de «permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo», con el realismo y la humildad de quien representa a una institución que es «consciente tanto de sus aciertos como de sus errores a lo largo de la historia». Buen comienzo si uno desea dialogar verdaderamente.

El motivo de mi carta es precisamente recoger, desde mi doble condición de hombre de Iglesia y hombre de la academia, la invitación al diálogo que nos lanzaba el papa. Es evidente que no se trata de inaugurar una relación (entre la Iglesia católica y el arte) que se inició hace muchos siglos y que, en palabras de Antonio Banderas en aquel mismo acto, «no ha sido solo fructífera: ha sido determinante». De hecho, el papa venido de Estados Unidos se preguntaba si Europa «habría forjado su identidad sin la huella espiritual», refiriéndose al cristianismo, «que ha impregnado su historia».

Ahora bien, la llamada al diálogo se produce en un país como el nuestro, en el que las relaciones entre la Iglesia católica y la cultura, y más concretamente los artistas, han sido problemáticas en los últimos ciento cincuenta años. Un diálogo que quiera ser fecundo debe partir del reconocimiento de esta desgraciada historia de desencuentro que todavía marca nuestra cultura. No es este el lugar para entrar en análisis históricos pormenorizados que identifiquen causas o repartan culpas. Es evidente que la Iglesia y gran parte de la cultura de nuestro país se han mirado con recelo. Creo que la Iglesia española sufrió una aguda miopía en su traumática relación con la modernidad en los últimos decenios del siglo XIX y en el inicio del siglo XX. Por su parte, y en la misma época, en buena parte del mundo de los intelectuales españoles, del movimiento obrero, de la política o del arte se instaló una sospecha hacia la Iglesia (justificada o no) que, de hecho, no se dio en otros países de nuestro entorno, como la cercana Italia. Una sospecha que acabó convirtiéndose en un punto de partida casi autoevidente en grandes sectores de nuestra sociedad, haciendo muy difícil la experiencia del libre encuentro entre la humanidad inquieta y el tesoro que la Iglesia lleva en vasijas de barro. El siglo XX español ha ilustrado bien este triste desencuentro, con algunas etapas especialmente dolorosas.

Bien entrados en el siglo XXI, estamos llamados a inaugurar una nueva etapa. Banderas afirmaba que el «encuentro entre la Iglesia y la sociedad civil no es solo oportuno: es necesario». Conviene que nos preguntemos por qué y a partir de qué. ¿Por qué debe interesarnos un diálogo entre la Iglesia y el arte o la cultura? ¿Qué punto de partida encuentro en mi propia experiencia humana que haga interesante y hasta urgente este diálogo?

León XIV responde sin vacilaciones: «en el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad», y la Iglesia, «en cuanto experta en humanidad […] no se desentiende de nada verdaderamente humano». El arte, en sus diferentes formas, es una expresión de ese ADN. El artista logra expresar de forma genial lo que nosotros vivimos, pero tal vez no conseguimos declinar con claridad, lucidez o belleza. ¡Cuántas obras de literatura, poesía, música, pintura, escultura, arquitectura, cine, teatro, danza pertenecen a nuestro patrimonio personal o cultural porque han sabido expresar de forma única lo más genuinamente humano: el amor, el dolor, la belleza, el deseo de justicia, la nostalgia, el temor ante la muerte, el anhelo de felicidad…!

Ahora bien, ese ADN se declina en todos nosotros, en palabras de Banderas, en «grandes interrogantes»: «¿Quiénes somos? ¿Qué sentido tiene la vida, y el dolor? ¿Qué significa amar… de verdad… al prójimo… como a uno mismo? ¿Qué hay más allá?». El actor malagueño daba un paso más al afirmar que «en ese ejercicio de búsqueda, todos nosotros nos acercamos, quizá sin saberlo, a lo trascendente».

Es aquí donde el encuentro entre la Iglesia y el mundo de la cultura o el arte se torna urgente. Reducir a la Iglesia a una mera portadora de una moral o a una institución anacrónica de poder implica no ser leales con lo que ella dice de sí misma, por mucho que sus expresiones históricas lo hayan podido traicionar en más de una ocasión. León XIV, delante de todos nosotros, volvió a proclamar el núcleo de la fe cristiana, que no puede no interesar a todo hombre y toda mujer que se pregunta por el significado de la vida: «la eternidad […] irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo».

Lejos de toda formalidad, tal vez porque viene del otro lado del océano, tal vez porque ya no hay tiempo que perder, el papa nos invitó a que esa eternidad «pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano». Los poblados de Galilea y las calles de Jerusalén fueron testigos de esa reconciliación entre lo humano, que constituye nuestras entrañas, y lo divino, que anhelamos. «¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad?», decía el papa con desarmante sencillez, dejando a sus espaldas más de un siglo de incomprensiones.

Este nuevo inicio se juega en todos nosotros. Cada uno, a partir de su propia responsabilidad, que en primer lugar es responsabilidad con la búsqueda personal de significado, expresada en la creación cultural o artística. En un tiempo marcado por el sufrimiento y la violencia, el mundo anhela esas creaciones en las que la eternidad llega a impregnar lo cotidiano.

Me aventuro a proponer un camino que puede facilitar este reencuentro tan necesario entre la Iglesia católica y el mundo de la cultura y el arte. Se trata de la lealtad radical a la propia experiencia humana. Esto implica que el artista pueda expresar, sin miedo, con libertad y sin cortapisas, aquellas experiencias en las que ha tocado lo sublime, lo más bello, lo más humano, pero que, a la vez, no tenga miedo; más aún, que tenga el coraje de mostrar por entero el propio camino humano, dando voz a aquellas experiencias en las que el artista toca el límite, aquellas que dejan un poso de amargura, aquellas que nos indican: «no es por aquí». Un punto de partida como este no solo para el artista, sino también para la Iglesia en sus expresiones históricas, nos convierte en compañeros de camino.

Conmueve pensar que Jesucristo se confió por entero a nuestra experiencia humana como «criba» (es decir, criterio) capaz de reconocer la verdad de su propuesta. La misma afirmación del papa en el Movistar Arena, «Jesucristo no nos quita nada y nos da todo», quedaría como una frase hueca si no fuera verificada en la propia experiencia, cargándola de significado. Esta es la audacia del papa. Este es el camino a recorrer.

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Un comentario

  1. Dice el refranero español, «zapatero a tus zapatos».
    La intención de mezclar cultura e iglesia no es mas que un error (ademas de imposible de llevar a cabo)
    La cultura es sinonimo de libertad, cuando la iglesia es precisamente lo contrario.
    La iglesia, desde tiempos inmemoriables hasta el dia de hoy, se introduce imponiendo criterios pensando que estan bajo el mandado divino, ya sea en lo politico, social, cultural etc.
    Entiendo que ven una opcion de captación, como estan haciendo otras iglesias, pero no nos engañemos.
    En el S.XXI, la mentalidad es muy distinta

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