Deportes

Pedalead, pedalead, maltidos

Major Taylor en el Vélodrome Buffalo de París, en 1908. (DP) pedalead
Major Taylor en el Vélodrome Buffalo de París, en 1908. (DP)

El velódromo tenía la crueldad elemental de las cosas redondas, eso de prometer que existe una meta mientras devuelve al corredor al mismo sitio, ante el mismo humo, bajo la misma luz, con el mismo público mirando cómo un hombre que ya no parece del todo despierto insiste en seguir pedaleando. En las carreras ciclistas de seis días, que hicieron del Madison Square Garden una pecera con apuestas y olor a linimento, el ciclismo se quedaba encerrado en una imagen mucho más fea que la de los carteles. Un óvalo y un cuerpo al que se le había quitado casi todo menos la obligación de pedalear y pedalear.

La cosa venía de lejos, de esa edad del deporte moderno en la que cualquier actividad adquiría importancia si alguien la hacía durante un número inhumano de horas. Caminar hasta que los pies revienten, pedalear como si la vida necesitara una prueba de estupidez muscular, sentarse en lo alto de un poste como un santo idiota de la sociedad del récord. Las primeras carreras de seis días tuvieron antecedentes británicos en el siglo XIX y, cuando el negocio cruzó el Atlántico, Nueva York descubrió que un hombre sobre una bicicleta podía llenar un recinto durante casi una semana si se le colocaba el sufrimiento en la distancia adecuada. Se corría seis días porque el domingo todavía imponía su freno religioso, pero el resto de la semana quedaba disponible para una devoción más rentable, una en la que el público no rezaba por el corredor, simplemente pagaba para comprobar cuánto tardaba en dejar de parecer humano.

En las pruebas individuales, las más salvajes, ganaba quien acumulaba más millas. El tiempo fuera de la pista era distancia perdida. Dormir significaba regalar vueltas. Comer demasiado despacio equivalía a una pequeña traición. Los cuidadores, que hacían de enfermeros y segundos de boxeo con derecho a empujar la conciencia del corredor cuando empezaba a apagarse, mantenían la máquina en marcha con masajes, café, gritos al oído y lo que cada época considerase una ayuda aceptable antes de que la palabra dopaje empezara a llenar con más hipocresía el botiquín del deporte. La bicicleta, que en los anuncios prometía aire y piernas felices, se convertía allí dentro en un aparato de encierro. Pedalear era girar alrededor de la propia condena.

El caso de Teddy Hale en 1896 parece escrito por alguien que desconfiara de la sutileza. Ganó en Madison Square Garden después de completar más de mil novecientas millas, recibió cinco mil dólares, que en aquel mundo sonaban menos a premio que a rescate, y salió de la pista con una cara que los relatos de la época compararon con la de un muerto. La frase que se le atribuye, «he dado diez años de mi vida por unos pocos miles de dólares» parece correcta. En los deportes de resistencia siempre se habla de lo que uno gana, porque hablar de lo que se entrega estropea la mentira publicitaria del esfuerzo.

Major Taylor, que todavía no era la figura monumental en la que se convertiría después, participó con dieciocho años en aquella carrera de 1896 y terminó octavo, con más de mil setecientas millas en las piernas y una alucinación. Dijo que no podía seguir con seguridad porque un hombre lo perseguía por la pista con un cuchillo. Un ciclista negro, jovencísimo, dando vueltas en un jardín cerrado de Nueva York mientras el sueño le fabrica un asesino a la espalda. Pagas la entrada para ver deporte y el deporte, si se le deja sin dormir lo suficiente, empieza a producir literatura de terror.

Los periódicos se escandalizaban con una mano y vendían ejemplares con la otra, que es una de las costumbres más duraderas de la prensa. Había artículos sobre corredores que se ponían raros de la cabeza, sobre rostros deformados por el cansancio, sobre hombres que insultaban a sus cuidadores porque el sistema nervioso, después de muchos días, deja de conservar las buenas maneras. La indignación era el complemento moral de la taquilla.

Las ciudades toleraban el espectáculo hasta que el espectáculo se volvía demasiado visible, demasiado difícil de presentar como deporte. En 1898, Nueva York e Illinois limitaron las carreras a doce horas diarias por corredor, una medida que parecía destinada a devolver algo de humanidad al asunto y acabó produciendo una solución empresarial más cómoda para todos menos para los ciclistas. A los promotores se les ocurrió poner dos corredores por equipo. Si la ley quería que cada hombre descansara doce horas, el negocio podía seguir funcionando veinticuatro. Uno corría mientras el otro se recuperaba, y el público conservaba su carrusel de cuerpos en movimiento.

De esa trampa legal salió la Madison, llamada así por el Garden, con los relevos a mano lanzada que todavía sobreviven en el ciclismo en pista. Un corredor agarra al compañero y lo arroja de nuevo a la carrera, como si el descanso fuese una culpa de la que hay que desprenderse cuanto antes. La belleza del movimiento no limpia su origen porque pocas cosas se parecen tanto al deporte como una explotación que ha aprendido coreografía.

A partir de ahí las seis días cambiaron de forma sin perder su fondo. Hubo parejas célebres, dinero en serio, sesiones rápidas para levantar al público y celebridades en las gradas. El Garden, Berlín, Gante y otros velódromos europeos entendieron que el formato permitía fabricar una semana entera de relato con una pista y una administración cuidadosa del cansancio. El público iba por algo más turbio que el resultado. Volvía para seguir una novela circular, para saber quién atacaba, quién se hundía, quién parecía recuperado y quién empezaba a mirar el óvalo con esos ojos de animal que ya ha comprendido demasiado tarde la forma de la jaula.

Sería cómodo mirar aquellas carreras como una rareza de bigotes decimonónicos y maillots de lana, con hombres fumando bajo techo y señoras abanicándose cerca de la pista, pero el deporte contemporáneo sigue viviendo de una pregunta que aquellas pruebas de seis días formulaban casi directamente: cuánto aguanta un cuerpo antes de que su destrucción acabe con el espectáculo. La cultura del rendimiento ha aprendido a decirlo con palabras más limpias, a colocarle ciencia y patrocinio, aunque la vieja fascinación permanezca ahí, cuando el corredor se vacía, cuando el ultrafondista vomita en una cuneta, cuando alguien convierte su agotamiento en contenido y nosotras lo miramos con la tranquila superioridad de quien cree estar admirando disciplina. Las carreras de seis días enseñan el momento en que el deporte empieza a parecerse demasiado al trabajo llevado a su caricatura. Fichar, resistir, producir vueltas, descansar lo justo, volver al circuito antes de que el descanso se convierta en sospecha. El corredor no escapaba de la fábrica subiéndose a una bicicleta. La fábrica había adoptado forma de óvalo, se había llenado de espectadores y pagaba mejor a quienes eran capaces de no caerse cuando el sueño ya les había ocupado media cabeza. 

Al sexto día, cuando el público esperaba el desenlace y los cuidadores apretaban los dientes con su intimidad tan profesional, ganaba quien había conseguido permanecer dentro de la rueda sin que la rueda lo expulsara del todo. En esa imagen de un ciclista lanzado otra vez al óvalo, muerto de sueño, con las piernas haciendo lo que la cabeza ya no entiende, queda una definición perfecta del deporte cuando se le quita el barniz épico. Dar vueltas hasta que alguien decida que tu cansancio deja de valer dinero.

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