Deportes

El pedestrianismo: caminar hasta desaparecer

Un grabado de la época del pedestrianismo. (DP)
Un grabado de la época del pedestrianismo. (DP)

Hubo una época no muy remota en la que multitudes elegantemente vestidas pagaban una entrada para ver a un señor caminar en círculos durante seis días. Lo hacían con entusiasmo, con apuestas, con periódicos tomando nota, con esa gravedad social que permite a una comunidad convencerse de que mirar a un cuerpo degradarse lentamente pertenece al orden superior del deporte, la moral o la civilización, según la cantidad de humo que haya en la sala y el precio de la entrada. La escena parece una extravagancia victoriana, una de esas rarezas que se sacan en cenas en plan fun fact, y se trata del pedestrianism, que en castellano queda como pedestrianismo y suena a enfermedad de turista, consistía en caminar, caminar mucho, caminar hasta que la caminata perdía cualquier parentesco con el paseo y se convertía en una actividad casi minera, una extracción de kilómetros del cuerpo humano. Durante el siglo XIX, en Estados Unidos y Reino Unido, las carreras de marcha de larga duración llenaron recintos cerrados con una lógica que hoy parece absurda porque hemos cambiado los decorados, pero no la costumbre de sentarnos a observar el cansancio ajeno mientras alguien lo convierte en negocio. Seis días dando vueltas. Descansos mínimos. Comida rara. Champagne, carne, ostras, tónicos, supersticiones digestivas y un público que encontraba perfectamente sensato dedicar horas a contemplar a un hombre que avanzaba sin llegar a ninguna parte.

Hay mucha pureza en esa estupidez. El boxeo por lo menos ofrece golpes, sangre, una estética elemental de choque entre mamíferos. Las carreras de caballos tienen brillo, velocidad, la sospecha de que alguien rico va a perder dinero de forma hermosa. El fútbol acabó organizando la infancia de medio planeta a base de tribalismo. Pero caminar en círculo durante casi una semana exige otra clase de pacto. El espectador recibe administración de la agonía. Una imagina aquellas pistas cubiertas con un tipo avanzado a zancadas cada vez más torpes, la chaqueta del apostador, los murmullos, los vendedores, los periodistas con la pluma preparada para transformar un tropiezo en acontecimiento nacional, y cuesta no sentir una ternura malévola por el invento. Todo deporte necesita un grado de literatura para no quedarse en ejercicio muscular. En el pedestrianismo, esa literatura tenía que trabajar horas extra, porque el gesto central era el mismo que ejecuta cualquier persona que baja a comprar tabaco, huye de una conversación incómoda o busca el andén correcto en una estación mal señalizada. Caminar. La diferencia estaba en la duración, claro, y en esa voluntad tan moderna de convertir una actividad común en suplicio reglamentado cuando aparece un público dispuesto a pagar. El público siempre ha sido la parte más interesante del deporte, aunque los atletas, con comprensible egoísmo, crean que el asunto va de ellos. Quien observa construye la épica y reparte santos y villanos. En los grandes espectáculos de pedestrianismo, la multitud acudía a ver resistencia, pero también a comprobar el límite de un cuerpo que no era el suya. Se podía apostar sin caminar, padecer sin ampollas, admirar el sacrificio con un vaso en la mano. La civilización, en sus momentos más refinados, ha consistido muchas veces en tercerizar el dolor y aplaudir cuando sale rentable.

Los campeones de aquel deporte imposible fueron celebridades populares antes de que la celebridad necesitara community managers. Edward Payson Weston, Daniel O’Leary y otros caminantes de la era hicieron de sus piernas una industria narrativa. Había marcas, rivalidades, desafíos, discusiones sobre métodos, patriotas de taberna defendiendo a su favorito, y todo ese pequeño ecosistema de la opinión deportiva que permite a un señor sin talento físico sentirse parte de una gesta porque ha elegido bando con vehemencia. La condición de espectáculo de seis días posee una ironía que ningún guionista contemporáneo se atrevería a escribir por miedo a parecer demasiado obvio. Se caminaba de lunes a sábado y se descansaba el domingo, porque incluso el capitalismo deportivo respetaba ciertas formalidades religiosas. Seis días de cuerpo usado como caballo de alquiler, y al séptimo, Dios, o la taquilla, o ambas instancias, reclamaban una pausa. La Biblia flotando sobre una pista de tierra. A veces la historia hace chistes mejores que nosotros y luego los esconde en los periódicos antiguos para que una articulista del futuro se sienta ingeniosa al encontrarlos.

El pedestrianismo tuvo algo de laboratorio social. No en el sentido amable y universitario de la expresión, sino en el más literal, con sujetos dentro, mirada exterior y una pregunta: ¿cuánto aguanta una persona si alrededor hay dinero y gente mirando? Esa pregunta sigue siendo nuestra. La hemos llevado a gimnasios, redes sociales, ultramaratones, concursos televisivos, encierros voluntarios, retos de productividad y a esa variante del martirio contemporáneo en la que alguien cuenta que duerme cuatro horas, bebe agua tibia con sal y responde correos antes del amanecer como si estuviera fundando Roma desde un coworking. Pero el viejo pedestrianismo tenía mucha más sustancia que una metáfora sobre lo modernos que nos creemos mientras vamos erigiendo un culto alrededor del agotamiento. En la pista se acumulaban millas y alrededor se acumulaba una economía entera. Había taquilla, apuestas, cronistas,entrenadores, médicos y público que entraba y salía como quien sigue una novela publicada por entregas, con la diferencia de que aquí el protagonista podía derrumbarse cerca de la vuelta cuatrocientos y el capítulo siguiente olía a linimento.

Edward Payson Weston fue una de las primeras grandes figuras de aquella caminata convertida en industria. Su fama venía de antes, de esos desafíos de larga distancia que en el siglo XIX tenían todavía algo de excentricidad individual. Daniel O’Leary, irlandés de Chicago, añadió al asunto rivalidad, personaje y una eficacia física que lo convirtió en héroe popular. Charles Rowell, británico, llevó al circuito esa pugna transatlántica que tanto gusta a las culturas cuando necesitan fingir que un deporte representa el carácter nacional. Luego llegó el Astley Belt, patrocinado por sir John Astley, y la caminata extrema encontró su trofeo fetiche, su cinturón de campeón, su objeto brillante para que una actividad tan elemental como mover una pierna detrás de otra adquiriese la pompa de un combate homérico organizado por contables.

La categoría más delirante, y quizá por eso mismo la más honesta, fue la llamada go-as-you-please, donde los competidores podían caminar, trotar o correr según les diera el cuerpo o la estrategia. La expresión parece inventada por alguien que quería darle libertad poética a una condena. Los competidores avanzaban, descansaban en intervalos mínimos, comían en marcha, recibían friegas, volvían a la pista con la cara de quien ha visto algo al otro lado de la vigilia y preferiría no comentarlo delante de señoras. Algunas crónicas hablan de dietas que hoy parecen menús de un manicomio con presupuesto de balneario, con champagne, carne, ostras, caldos y tónicos. El siglo XIX confiaba mucho en el alcohol como combustible, anestesia y explicación general de la existencia.

También caminaron mujeres, y este detalle abre otra grieta en el circo. Ada Anderson, por ejemplo, se convirtió en una celebridad de la resistencia con pruebas de una duración muy loca, recorridos repartidos durante semanas, público de madrugada y una voluntad que la prensa observaba con una mezcla de admiración, paternalismo y morbo. En una época que administraba con celo la fragilidad femenina como si fuera una vajilla de porcelana, ver a una mujer vivir sobre una pista, comer poco, dormir menos y seguir andando tenía que resultar excitante, incómodo y comercial de un modo magníficamente hipócrita. El público podía pagar por verla desafiar el papel que la misma sociedad le había escrito, siempre que el desafío entrase por taquilla y pudiera narrarse como rareza.

Los recintos eran parte del espectáculo. La caminata necesitaba techo, luz, horarios, vigilantes, pizarras y marcadores, y el público regresaba para comprobar posiciones, como quien vuelve al hospital a preguntar si el paciente sigue vivo porque tiene una apuesta sobre cuando palma. La prensa hacía el resto. Un buen periódico podía convertir una noche de vueltas en un combate psicológico, exagerar una recuperación, insinuar trampas y fabricar épica. La modernidad estaba aprendiendo a vender continuidad, seguimiento, pequeñas variaciones dentro de una misma escena. El caminante daba vueltas y el relato avanzaba. Quizá por eso el pedestrianismo acabó consumiéndose cuando otros deportes ofrecieron velocidades más fotogénicas y reglas más complejas. El béisbol, el boxeo, el ciclismo y más tarde todo el aparato deportivo del siglo XX fueron apartando aquel espectáculo de resistencia circular hacia el almacén de las rarezas, pero la historia del pedestrianismo conserva cierta belleza. Fue un deporte nacido de una acción común y empujado hasta la alucinación por dinero, prensa y hambre de espectáculo. No necesitaba balón, caballo, guantes ni montaña, le bastaba una pista cerrada y una multitud dispuesta a creer que cada vuelta añadía sentido a la anterior. Seguro que todos los deportes empiezan así, con una estupidez cualquiera tomada demasiado en serio hasta que la repetición la vuelve cultura. En este caso, la estupidez consistía en andar. Andar hasta ganar o quebrarse. Andar hasta que el público, cansado de mirar, descubriera con una punzada de respeto que el tipo de la pista todavía tenía por delante otra vuelta, y que esa vuelta, por ridícula que fuese, ya pertenecía a la historia.

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