
Hay una profunda ingenuidad del hombre contemporáneo, que cree que las cosas materiales son neutras. Cualquier cosa material genera dependencia. No existe la neutralidad axiológica de las cosas. Todo en el mundo, toda materia, todo acontecimiento, genera una serie de movimientos interiores y exteriores, y afecta a nuestra forma de vivir y a nuestra forma de ser. Da igual que sea un objeto o una inteligencia artificial. Todo nos modela, nos modifica y atraviesa nuestra alma
Llorenç Sagalés y Àlvar Sánchez: Lo invisible y lo invisible. Diálogos entre un monje y un físico. (CEU ediciones).
Contrariamente a lo que se suele escuchar, las innovaciones tecnológicas nunca son neutrales. O se usan para bien y mejoran el mundo, o se usan para mal y lo empeoran. Lo dice quien ha sido personaje del momento en España durante unos días, el papa León XIV, en la encíclica Magnifica humanitas que ha dedicado a la inteligencia artificial. Los autores de este artículo, dos profesores de instituto frikis que nunca han tenido ni tendrán un smartphone ni redes sociales, tampoco son neutrales: están convencidos de que, en el ámbito que pueden observar mejor, el de la escuela, la inteligencia artificial se está usando sobre todo para mal, es decir, en detrimento de la calidad de la educación que se imparte y se recibe.
Esto es así, piensan, por una serie de ideas engañosas y dañinas que flotan en el ambiente, la mayoría surgidas ya antes de la introducción de la IA, pero sin duda alimentadas por su uso imparable, y que hoy ya parecen haber calado hondo entre alumnos y también entre profesores. En este artículo —para nosotros, se notará, puro desahogo— hemos identificado cinco de estos mantras y tratamos de desmontarlos.
El profesor no hace mucha falta
Es jueves, casi hora de cenar, y un docente recibe un correo de una alumna que está estudiando Historia para la selectividad. Le pide ayuda porque no ve clara la diferencia entre lo que es un «gobierno provisional» y un «gobierno de concentración». Según le cuenta, no se sabe si con franqueza o más bien con ingenuidad, primero ha intentado resolverlo con la inteligencia artificial, pero no acaba de entender la respuesta que obtiene. Así que, plan B, ha pensado en consultárselo a él, que inmediatamente se pone a redactar una respuesta lo más completa posible, al tiempo que desatiende de forma temeraria las sucesivas llamadas para la cena de su esposa e hijos.
Para un profesor, recibir este tipo de correos ha llegado a ser motivo de alegría. Porque son poco habituales. Los alumnos casi siempre quedan satisfechos con la respuesta del chat, que, es evidente, funciona bastante bien, sobre todo en cuanto a rapidez y eficacia; o bien —plan A, o plan B más frecuente— se consultan entre ellos a través del teléfono.
En cambio, lo que sí se ha vuelto cada vez más evidente es que, en clase, el profesor tiene la sensación de no ser demasiado escuchado ni demandado, ya sea con dudas, preguntas, miradas expresivas del tipo «no te sigo» o simples comentarios… Hasta el punto de que hay días en que son bienvenidas incluso las intervenciones menos acertadas.
No es que los alumnos se porten mal y pasen de aprobar la materia. A cierta edad, la mayoría quiere —o exige, como veremos más adelante— sacar buenas notas. Lo que pasa es que, solo de cuerpo presentes, casi siempre están pensando, cuando no haciendo, otra cosa: los deberes de otra materia quizá más temible o el repaso para un examen que tienen a continuación.
Hijos de su tiempo, prácticos, inmediatistas, acostumbrados a hacer lo que quieren cuando quieren, si no perciben amenaza alguna —un examen sorpresa, una mala nota de actitud— funcionan por prioridades, plenamente confiados en que, cuando lo necesiten, dispondrán de la inteligencia artificial para ayudarles a entender el tema que el profesor intenta exponer en ese justo momento, cual ruido de fondo o televisor encendido al que nadie hace mucho caso.
Cuenta Carla, estudiante de Periodismo recién licenciada, que, en la universidad, donde los alumnos tienen sus dispositivos constantemente encendidos —será que ya han alcanzado la madurez requerida para hacer buen uso de ellos—, es práctica corriente grabar la clase mientras se avanzan otras tareas. El objetivo no es escucharla luego con calma, sino disponer del contenido, del material, a partir del cual la inteligencia artificial podrá generar después resúmenes, formular posibles preguntas de examen, etcétera.
Según Carla, ella y sus compañeros de promoción se asombran de cómo pudieron estudiar el bachillerato sin la ayuda de la IA.
Todo ello, cae por su propio peso, está debilitando la figura del profesor en numerosos aspectos: reconocimiento, autoestima, motivación, autoridad… Se diría que cada vez son más aquellos a quienes cuesta identificar su vocación original con la visión tecnocrática que se impone del docente. Este va quedando reducido a una suerte de portavoz del sistema, mero encargado de comunicar y, sobre todo, acreditar los conocimientos —perdón, las «competencias»— que marcan las autoridades de turno, con un lenguaje que siempre, mande quien mande, combina asombrosamente lo concreto con lo difuso. Como botón de muestra, cualquiera podría tomar la designación de la «competencia específica 1 de la competencia transversal 1, que es la ciudadana», o «CC1», cuya explicación se encuentra en un documento de unas cuarenta páginas, todas con idéntico tono.
Frente a semejante desdibujamiento o rebajamiento, hay quien aboga por aparcar todavía más el contenido tradicional y emplearse en enseñar a hacer un uso responsable, inteligente y ético de la IA. Salida honrosa que muchos comparten; perspectiva poco halagüeña para unos cuantos que, en tal caso, se imaginan más en el papel de alumno poco aventajado que de profesor.
Equivocarse está mal…
…y sé que si utilizo ChatGPT no me voy a equivocar.
Y, lo más importante, no me voy a estresar por ello.
Dos líneas apenas que condensan una idea que se extiende perturbadoramente entre los alumnos, a modo de epidemia silenciosa. Ya es habitual entre el profesorado escuchar en clase cómo el estudiante se queja ante lo que le explican y no entiende, ante lo que debe razonar y no tiene del todo claro, ante lo que debe escribir y no sabe qué poner o ni siquiera cómo empezar…
Pero se trata de una queja que, en muchas ocasiones, encierra un estado emocional tan próximo al agobio que se funde o, como mínimo, se confunde con él. Porque una inmensa mayoría de los estudiantes abomina del error, por cuanto lo considera impropio de acontecer en un presente digital caracterizado, precisamente, por el imperativo de la felicidad inmediata.
Tiempos imperiosos, pues, en los que la atención a lo analógico, en forma de instrucción directa en las aulas —aquella en la que el profesor planifica su sesión con explicaciones y tareas evaluativas adecuadas—, queda aplastada por el resplandor de las pantallas, donde la solución puede encontrarse con facilidad, a golpe de clic, en la inteligencia artificial. Es así como el docente se encuentra, las más de las veces, ejerciendo de coach emocional ante el suspenso de un alumno que ha sido obligado a estudiar del modo tradicional, esto es, utilizando la memoria y sus habilidades cognitivas sin ayuda externa, y que constata que no ha alcanzado los objetivos mínimos establecidos en la asignatura.
Suspender fue siempre una consecuencia natural en la vida académica de un joven estudiante, que le permitía localizar sus errores —metodológicos, de concentración, de trabajo…— y poder, voluntad mediante, enmendarlos en el futuro para seguir avanzando. Ahora no. Ahora supone una especie de contratiempo en el estado de bienestar perpetuo en el que se ha instalado y que incluso cuenta con la desaprobación de las propias familias, coetáneas de las ilusorias redes sociales del momento, que exigen felicidad absoluta para sus hijos y a las que se conoce como madres o padres helicóptero.
El yerro tradicional era una baza tan buena como el acierto en el proceso de aprendizaje del alumno, por lo que negárselo o justificárselo para que no se deprima constituye un craso error, en tanto que el mensaje que se le transmite es que, solo por el hecho de existir, tiene derecho a un estado de bonanza emocional donde no hay lugar para la decepción.
Que los padres se preocupen porque sus hijos sean felices no significa nada nuevo bajo el sol. El problema aparece cuando, por un exceso de celo, tan o más dañino que el defecto de aquellas familias desinteresadas en la educación de sus hijos, se deriva en una contraproducente sobreprotección. Afirma la psicóloga Alison Gopnik en su interesantísimo ¿Padres jardineros o padres carpinteros? (2018) que, si no hay ninguna probabilidad de que nuestros hijos fracasen como adultos, es que no lo hemos hecho bien como padres.
Una sobreprotección llevada al extremo en una nueva modalidad que algunas familias ya están poniendo en práctica con sus hijos adolescentes: la geolocalización, una aplicación tecnológica del móvil que permite supervisar las veinticuatro horas del día los movimientos que están realizando. De madres o padres helicóptero, pues, a madres o padres dron.
El fracaso, como parte del crecimiento, es, sin duda, necesario. Interiorizarlo como algo natural evita esos estados de angustia generalizada que se observan en las escuelas por parte de una generación a la que el psicólogo Jonathan Haidt califica de ansiosa, producto del binomio «sobreprotección en el mundo real + infraprotección en el mundo virtual = generación ansiosa».
En la graduación de un grupo de 2.º de Bachillerato, durante los agradecimientos de los estudiantes, una figura sobresalió por encima de profesores, coordinadores, jefes de estudios y demás personal del centro: la del psicólogo con despacho propio en la escuela. Intentando articular un discurso que superara el estado lacrimoso en el que se encontraba, la persona que hablaba en representación de su promoción realizó un sentido homenaje a la ayuda prestada a todos aquellos que, a lo largo del curso, habían padecido… ansiedad.
Hay una respuesta para todo. El caso del trabajo de investigación o, mejor dicho, de frustración
—¿Hoy hay trabajo de investigación?
—Me temo que sí.
—Qué pereza…
Un lunes cualquiera, un instituto cualquiera, dos profesores cualesquiera.
Durante un curso, o a caballo entre dos cursos, los alumnos de Bachillerato tienen que hacer un trabajo de investigación. La parte de búsqueda de información siempre ha costado. Especialmente desde que hay internet y los adolescentes, igual que sus mayores, no distinguen demasiado entre fuentes rigurosas y fuentes poco fiables. Lo que pasa es que, hasta ahora, al menos una mayoría tenía que esforzarse por estructurar y redactar un trabajo que disimulase algo el origen de la información. Como ya se ha dicho, con los años, y con contadas excepciones, los resultados se han ido volviendo cada vez más mediocres. Pero la gracia del asunto estaba en pedirles que creasen otro apartado, volviesen a redactar un párrafo, propusiesen un título alternativo, corrigiesen una falta…; que pensasen un poco, en definitiva.
Así se iba cociendo, con todas sus limitaciones e imperfecciones, una pequeña obra con un mínimo sello personal y que preservaba algo del espíritu original de toda investigación: acercarse un poquito, por poquito que fuera, a algo más verdadero, aclarando enseguida que por «verdadero» —palabra proscrita, lo sabemos— entendemos aquí, muy modestamente, algo que es cuestionado, reflexionado, dialogado. Un proceso en el que, al menos, normalmente para bien y a veces para mal, la relación entre profesor y alumno se vuelve más próxima, más real. No siempre resultaba un éxito, por supuesto; los más eran dignos fracasos. Pero, como se ha dicho, todavía se podía encontrar cierto espíritu.
Ahora hemos entrado en otra fase, más fría y retorcida. La inteligencia artificial no solo encuentra la información, sino que además propone la estructura y redacta el contenido. Los alumnos entregan —«comparten», se dice ahora, cuando es justo lo que menos se hace— textos impolutos, sin faltas, con párrafos bien equilibrados, de contenido irreprochable… Piezas que, como muestran todos y cada uno de los ejercicios que hacen en clase con su inteligencia natural, son absolutamente incapaces de elaborar por sí mismos y, lo que es mucho peor, a las que no hay por dónde meter mano. Porque en ellas todo está bien, o suficientemente bien, mientras que, en el fondo, el profesor sabe que todo está mal.
¿Cómo hacerle entender a ese alumno que te mira con aire autosatisfecho, plenamente convencido de haber cumplido su cometido, que nada de lo que pone se puede rebatir —nada es incorrecto—, pero que, al mismo tiempo, aquello no vale para nada y que habría sido mucho mejor un texto plagado de faltas, incoherencias, ingenuidades y confusiones, pensado y escrito con su propia cabeza? Entonces al profesor no le queda otra que ponerse puñetero y pedirle al alumno que profundice en tal parte o tal otra, lo que no sirve más que para alargar la farsa, pues ambos saben muy bien que el resultado será un nuevo texto perfectamente inmaculado e impersonal hecho por la IA.
La cuestión de la fiabilidad de las fuentes va más allá. Con un registro propio ciertamente logrado, que se esfuerza por transmitir objetividad y corrección, el chat ofrece respuestas que sabemos que beben de fuentes muy diversas, que no han sido introducidas en función de su calidad, sino que son fruto de volcados masivos e indiscriminados. Contenidos solo posterior y débilmente filtrados por los llamados «moderadores de contenidos», tal como describe El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo, la aterradora investigación de la periodista especializada Karen Hao sobre la historia de OpenAI y de ChatGPT. Estos moderadores, conviene saberlo, son casi siempre personas de países pobres en situaciones desesperadas. Su cometido, por supuesto muy mal pagado, consiste en pasarse el día seleccionando todo aquello potencialmente censurable —pornográfico, violento, de odio…— que se ha colado en la base de datos del chat. Una colección infinita de horrores que, para ellos, es fuente inevitable de traumas y enfermedades mentales.
El resultado de todo ello, decíamos, se nos presenta con un tono aséptico que los profesores ya estamos empezando a identificar, no solo en los trabajos propiamente académicos, y eso a pesar de las aplicaciones que introducen erratas estratégicamente para «humanizar» el texto, porque, a pesar de las apariencias, sí, parece ser que errar es humano. Intuimos al chat, por ejemplo, detrás del discurso de final de curso que quiere ser entrañable y emotivo de una alumna dirigido a sus compañeros de promoción. O del correo afectuoso de agradecimiento de un padre al tutor por los cuidados procurados a su hijo a lo largo del curso. Ojo, sin que ello implique falta de sinceridad; no se trata de eso, y ese es precisamente el problema: que aquí la mayoría no quiere faltar a su deber académico o moral —tramposos siempre ha habido y siempre habrá— y, sin embargo, la sensación es que cada vez «faltamos», desaparecemos, más; que todo es menos real y da menos de sí.
Si puede hacerlo la IA… yo puedo hacer otra cosa mejor
—Hay profesores que preparan los exámenes con el chat —observa Luis, alumno de 3.º de ESO.
—¿Y en qué se nota? —le pregunta su padre, que es profesor y siente curiosidad.
—A veces en que está copiado y pegado de la aplicación o en que nadie habla con frases así; otras veces, simplemente, se nota— responde el chico.
El uso de la IA para fines profesionales crece, efectivamente, entre los profesores. Razones no les faltan: «Es que estoy con las correcciones de otro curso» —dicho en tono lastimero, como de disculpa—; «así no tengo que corregir en casa» —reivindicativo—; «es que tengo que preparar demasiadas versiones distintas del examen por la cantidad de alumnos con necesidades especiales que tengo» —irritado—; «es que no puedo más»…
Ya circulan algunos estudios sobre el uso de la IA en las aulas; se diría que todos quedan rápidamente obsoletos, a tenor del ritmo al que crece el fenómeno. Dos cosas sí permiten sacar en claro, aunque quizá sean la misma: que los profesores la usan menos que los alumnos y que los profesores jóvenes la usan más que los mayores. En febrero de este año, El Mundo se hacía eco de uno de estos estudios: «Solo el 35 % de los profesores de la ESO usa la IA en España». Ese «solo» del titular es una buena muestra del entusiasmo, entre fatalista y temerario, con el que la escuela y la sociedad en conjunto han acogido la inteligencia artificial. Como si fueran pocos, y eso que son bastantes más que en Francia (14 %). Nada nuevo bajo el sol: los profesores todavía recordamos cómo se nos invitó primero y se nos exigió enseguida usar la tecnología en el aula, formándonos intensivamente para ello, solo para que, un par de años después, se nos ordenara evitar a toda costa su presencia.
La justificación que suelen esgrimir quienes delegan en la inteligencia artificial es que esta les permite ganar tiempo para realizar otras tareas más gratificantes, significativas y creativas, como, en el caso de un profesor, preparar clases, actividades o materiales, formarse y profundizar en lo que uno enseña o, simplemente, pensar o hablar con los compañeros sobre lo que cada uno hace y sobre los alumnos que comparten. Ocurre que el número de documentos, informes, programaciones, rúbricas, tablas, encuestas y formularios que los profesores deben rellenar entre clase y clase, o después de clase, se ha multiplicado en los últimos años, con mención especial a la paradójica manera de evaluar, a final de curso, de forma numérica y cuantitativa —sobre cuatro puntos, eso sí, no vaya a parecer una nota— las ya mencionadas competencias, que se suponía designaban aspectos más cualitativos tradicionalmente ignorados.
Entre el aumento de este tipo de tareas y la administración de los múltiples correos y plataformas —que si ausencia, retraso, incidencia…—, la sensación es que la jornada del docente se ha ido fragmentando y, a la par, mecanizando cada vez más en una sucesión de pequeñas acciones cuyo sentido general hace tiempo que cuesta percibir. Se trata de alienación: el sentimiento de ser piezas de un engranaje cuyo fin último nos es desconocido, nos resulta ajeno; el mismo que Chaplin denunció cuando eran otros Tiempos modernos.
Semejante forma de funcionar ha llegado a tal punto que cuesta creer que el tiempo que supuestamente ganamos apoyándonos en la IA nos libere realmente para cultivar el arte que decimos amar. Y, como ya se sabe que todo arte requiere una práctica perseverante, cuesta creer que el tiempo que la IA nos «regala» no lo empleemos para hacer más de lo mismo y seguir cumpliendo con las infinitas pequeñas obligaciones que hemos ido sumando; en definitiva, para ser más productivos y eficientes.
Durante la sesión final de reflexión de un curso sobre IA, los profesores, divididos entre entusiastas y escépticos, se ponen de acuerdo en algunos puntos que parecen tranquilizarlos a todos: «Hay que saber cuándo usarla y cuándo no». O bien: «Yo le digo qué hacer y qué fuentes utilizar». Una cierta esperanza de conservar el control de la situación parece recorrer la sala… Claro que son las dos de un viernes tórrido de junio y es mejor dejarlo aquí, ponerle la señal de «hecho» e irse ya a casa.
Sin embargo, en el ya citado El imperio de la IA, su autora también nos descubre cómo, si bien en sus primeros pasos la IA estuvo orientada por un cierto altruismo y una cierta precaución, su desarrollo pronto pasó a estar dominado por un afán de dominación y de lucro despiadados y descontrolados. Temprana e irreversiblemente, en la investigación y el desarrollo del sector se impuso la lógica única y excluyente de la «escala»: quien logre disponer de más datos y alimentar con más información a la máquina será quien obtenga más dinero y más poder, aunque esos datos y esa información se consigan a costa de agotar aún más el planeta y de explotar y denigrar de formas todavía más crueles a sus habitantes. Capitalismo en su estado más salvaje.
Vaya, que la inteligencia artificial, «ella» —que incluso se va personificando mientras nosotros nos cosificamos—, ha sido creada para devorarlo todo, para no parar jamás. Es lo que supo anticipar muy bien la película Her (2013), en la que, felizmente, la aplicación de IA protagonista, después de aprender todo lo que podía, acababa autodestruyéndose por amor a la humanidad, sabedora de que era lo que más le convenía. Nosotros estamos muy lejos de haber llegado allí: todavía estamos en los inicios de esta tecnología insaciable que nos domina y nos afecta, atravesando todo lo que toca y a todo el que la usa.






Gracias por el artículo!!!!
Comparto buena parte del diagnóstico, aunque creo que la inteligencia artificial no ha creado el problema: simplemente ha encendido la luz. Y resulta que el cuarto ya estaba bastante desordenado.
Si un alumno resuelve un ejercicio en treinta segundos con ChatGPT, quizá la pregunta no sea por qué usa ChatGPT, sino por qué seguimos mandando ejercicios que ChatGPT hace antes de que el profesor termine de decir «podéis empezar».
Y, ya que estamos confesándonos, que levante la mano el profesor que nunca le ha pedido a la IA una idea para preparar una clase, resumir un texto o buscar una explicación mejor. No pasa nada. Yo tampoco puedo levantarla. Lo preocupante sería que solo pudieran usarla los profesores y a los alumnos les pidiéramos que aprendieran como en 1998.
No creo que la respuesta pase por prohibir o demonizar la inteligencia artificial. Creo que pasa por revisar qué merece la pena enseñar y, sobre todo, cómo demostrar que se ha aprendido. Quizá la IA no haya dejado en evidencia a los alumnos, sino a un modelo educativo que llevaba demasiado tiempo sin hacerse preguntas.
Gracias de nuevo por el artículo. Ha conseguido algo que no es tan frecuente: que la conversación vaya más allá de si los alumnos usan o no la IA y nos obligue a discutir qué entendemos realmente por educar.
El problema de cualquier innovación es la forma en la que se usa, igual que cuando en el Neolítico la tecnología propició armas más precisas y afiladas, y de ahí hasta hoy con los drones que convierten la guerra en un videojuego con víctimas reales.
En el campo de batalla educativo, como bien dice el anterior comentario, no tiene sentido enseñar de la manera tradicional según qué asignaturas. Quizá hay que cambiar los instrumentos de evaluación y enfatizar más la expresión oral y que el alumnado sea capaz de explicar un trabajo ante el resto de la clase que encomendarle la enésima tarea que la IA le va a resolver en un santiamén.
Yo soy profesor de FP de informática, y para mí la IA es una ventaja. Quizá soy rara avis, pero no podemos ponerle puertas al campo. A mí el uso de la IA me ahorra muchísimo tiempo no solo diseñando exámenes y contenidos, sino también con la más tediosa de las tareas: la corrección. Los resultados que obtengo corrigiendo exámenes y trabajos son de una precisión que, en el peor de los casos es igual al celo que puedo poner corrigiendo a mano. La desviación o margen de error que puedo obtener corrigiendo un examen con ambas técnicas no es significativa (lo he comprobado), teniendo en cuenta que siempre hay un punto de subjetividad en la corrección manual. El hecho de la IA en el ámbito educativo no es ni peor ni mejor, simplemente es. La mayoría de mis módulos son procedimentales, lo que me permite dejar al alumnado que consulte internet y la IA durante los exámenes. Les exijo evidencias en forma de capturas con sus usuarios bien visibles en los correspondientes pantallazos de las máquinas virtuales. Si el objetivo de la FP, como su propio nombre indica, es la formación e inserción profesional, ¿qué sentido tiene prohibirles su uso cuando en las prácticas en empresa o cuando trabajen, lo que al empresario le interesa realmente es su rendimiento? En una empresa tendrán acceso a la IA y a todos los recursos posibles.
Cuestión diferente es la ESO y Bachillerato, pero hay que ser conscientes de que los profesores seremos prescindibles en un futuro no demasiado lejano, al menos a partir de la Enseñanza Secundaria. Si en 2009 ya se implantaron los primeros grados online en universidades punteras como Harvard, iniciando una tendencia que se ha propagado hasta el resto de universidades e instituciones formativas hasta el día de hoy, ¿qué creemos que va a suceder con la introducción de una tecnología como la IA que solo lleva 2 años y medio y que está revolucionando todos los ámbitos sociales? El único freno será el legislativo, pero el poder de las leyes no es un dique tan resistente para contener las embestidas de una tecnología que, junto a la eclosión de internet y las redes sociales, ha transformado el mundo en 20 años tanto o más que en los milenios precedentes.
Hola, soy profesor de secundaria y estoy de acuerdo en general con lo que expone Dani.
Me llama sin embargo la atención el último comentario por erróneo. Las leyes no flotan en el cielo desconectadas de la realidad terrenal.
El legislativo hará las cosas bien, mal o regular, pero es imprescindible. No hay mercado, no hay servicios públicos, no hay infraestructuras de todo orden, no hay desarrollo social por tanto sin el marco jurídico que proporciona el Estado y que tiene su base (y su cúspide, depende de como se mire) en el legislativo. Otra cosa es que tenga que hacer bien su labor.
Quiero decir, no habría IA si no hubiera legislativo(s) que hubiera(n) posibilitado su existencia (como el de cualquier desarrollo tecnológico).
Sí sí por supuesto. Quizá no me he explicado bien. Pero el marco legislativo en algo tan intangible como la tecnología, internet y la IA es más fácilmente eludible. Solo hay que trasladar una web determinada a un paraíso legislativo, como ha sucedido por ejemplo con los juegos on-line como el póquer. La ventaja de la legislación en este caso (IA) viene de que al estar concentrada en los 4.5 gigantes tecnológicos, paradójicamente será más fácil (sin que esto signifque que lo vaya a ser necesariamente) pararle los pies a que si estuviera fragmentada como las múltiples webs pornográficos o de azar.
Es muy evidente que la IA va a cambiar la forma en que las nuevas generaciones adquieren eso que hemos dado en llamar «formación». También es evidente que, hoy por hoy, nadie sabe por dónde deben ir los tiros. Y lo más evidente es que los autores del artículo no serán quienes den con la tecla.