Ciencias

Lo que un hongo le está enseñando a la neurociencia sobre Dios

Lo que un hongo le está enseñando a la neurociencia sobre Dios
Imagen: Arte sinestésico inducido por hongos mágicos/ Autor: Steve Jurvetson (CC)

La psilocibina no produce experiencias espirituales, sino que las revela. La diferencia es más relevante de lo que intuimos.

La afirmación que el materialismo filosófico más beligerante ha sostenido durante décadas es que la neurociencia reduce lo sagrado a la serotonina; la serotonina, a la evolución; la evolución, a simples accidentes, y los accidentes, a algo no especialmente significativo. Y han formulado este argumento con la satisfacción de quien ha vencido en un debate que llevaba siglos sin resolverse. Si la experiencia de Dios tiene un correlato químico identificado, entonces Dios no es más que ese correlato. O lo que es lo mismo, el místico y el psiconauta navegan en el mismo barco, y ese barco es una simple alucinación. Se acabó la discusión y punto.

Lo que ocurre es que la ciencia que supuestamente fundamentaba esta conclusión ya no la sostiene. Y a partir de aquí surge una historia que merece la pena contar.

El laboratorio más incómodo del siglo

En 2006, Roland Griffiths y su equipo de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore publicaron en Psychopharmacology un estudio que llevaba años gestándose, con la cautela de quien sabe que molestará a mucha gente. A treinta y seis voluntarios sanos —sin adscripción religiosa particular ni historial de consumo de sustancias, seleccionados como si se tratara de un ensayo clínico ordinario— se les administró psilocibina en un entorno controlado. El experimento tuvo lugar con música selecta, un sillón cómodo e investigadores formados para no interpretar ni dirigir la experiencia. Año y medio después, el 67 % de los participantes describía aquella tarde como una de las cinco experiencias más significativas de su vida, al mismo nivel que el nacimiento de un hijo o la muerte de un progenitor. El 79 % afirmaba que les había aportado un aumento sostenido del bienestar subjetivo, de la sensación de sentido y de lo que, con cierta prudencia académica, los cuestionarios denominaban «apertura a la trascendencia».

No fue un resultado aislado ni circunstancial. Se replicó en Oxford, Hamburgo y Zúrich. En 2024 y 2025, la flexibilización regulatoria permitió la proliferación de ensayos clínicos derivados del debate sobre la «crisis de salud mental» en Europa y Norteamérica. Los datos de estos experimentos se han acumulado hasta el punto de que la pregunta ya no es si la psilocibina produce algo parecido a las experiencias descritas por los místicos de las grandes tradiciones, sino qué significa exactamente que las produzca.

La poderosa lógica del adversario

El argumento que queremos discutir merece ser tomado en serio. Si tomas una pastilla y, apenas dos horas después, percibes que te has disuelto en el universo, que el amor es la sustancia básica de toda realidad y que la muerte ya no te produce miedo, ¿cuál es la primera interpretación que surge? Pues que la pastilla ha alterado tu percepción, no que se te haya revelado una verdad cósmica. El místico que llega a esa misma convicción tras veinte años de meditación zen en Kioto ha recorrido un camino radicalmente distinto. Ha entrenado, sufrido, renunciado y esperado. Lo suyo es la disciplina y no el atajo químico. Equiparar al meditador y al psiconauta parecería ofensivo para el primero y excesivamente condescendiente para el segundo.

A esta objeción se la conoce como objeción de la génesis. Fue formulada con solidez por filósofos como William Alston, quien afirmaba que el origen de una experiencia no determina su valor como conocimiento.

En la actualidad se difunde una versión alternativa más sencilla y popular, ya que el debate sobre la legalización terapéutica de la psilocibina ha pasado de las universidades a los parlamentos. Es la siguiente: si se puede conseguir una experiencia espiritual profunda en una clínica por seiscientos euros la sesión, ¿en qué queda su verdadero valor? ¿No significa esto la mercantilización total y la banalización de lo sagrado?

Lo que el escáner muestra y lo que no

Aquí es donde la neurociencia se vuelve aún más interesante y donde hay que prestar atención, ya que los titulares de los medios y las redes sociales suelen simplificarla y presentar una imagen sesgada.

La psilocibina actúa sobre los receptores de serotonina —los 5-HT2A— y produce una desorganización de la actividad de la red neuronal por defecto (RND), esa agrupación de regiones cerebrales que sostiene el monólogo interior, la narrativa del yo y su rumiación constante. Desde una perspectiva funcional, se trata del mismo efecto observado en la neuroimagen de meditadores expertos tras miles de horas de práctica. El lóbulo parietal superior, responsable de delimitar la frontera entre «yo» y «lo que no soy yo», se desacopla internamente. Y aumenta la conectividad entre regiones del cerebro que normalmente están aisladas entre sí. El cerebro, literalmente, se reorganiza en un modo de funcionamiento distinto.

Lo más llamativo es que el patrón es indistinguible. Los escáneres de Robin Carhart-Harris en el Imperial College —publicados en PNAS y replicados con una muestra más amplia en los años siguientes— señalan que el cerebro de un voluntario bajo los efectos de la psilocibina y el de un monje zen en estado de profunda meditación presentan patrones de activación sorprendentemente similares. No llegan a ser del todo idénticos, aunque son funcionalmente análogos. En ambos casos, la red por defecto se desorganiza, el filtro predictivo se relaja, la percepción se reorganiza y aumenta la flexibilidad cognitiva1.

Ciertamente, esto no es una prueba de que Dios exista. Pero sí echa por tierra una hipótesis que muchos daban por consolidada. Cuestiona radicalmente que el acceso a este tipo de experiencias requiera una vía específica y una mediación cultural con contenidos, doctrinas, etc. Frente a ello, la neurobiología evidencia la existencia de un mecanismo cerebral transversal.

El patrón que no se nombra

Es el momento de poner de relieve un concepto que comienza a aparecer en la literatura académica, pero que aún no tiene equivalente en el periodismo cultural. Es la idea de que las experiencias místicas, independientemente de la vía de acceso —ya sea la contemplación, una crisis, el arte, la naturaleza, el duelo o la psilocibina—, comparten una estructura fenomenológica bien identificable. Esta consiste en la alteración del tiempo, la modificación de los límites del yo, la presencia de algo que el sujeto no ha generado, la dificultad para expresarlo en el lenguaje común, la sensación de que es lo más real de lo real y un efecto transformador en la biografía posterior de los sujetos.

William James describió esta experiencia en 1902 con una precisión que no ha sido superada por la neurociencia del siglo XXI, y Rudolf Otto la llamó mysterium tremendum et fascinans. La investigación psicodélica contemporánea documenta esa experiencia de forma persistente en los datos de los cuestionarios de personas que no han leído ni a James ni a Otto ni la relacionan con ninguna tradición religiosa concreta.

Lo que muestran los estudios con psilocibina no es que la experiencia espiritual sea una ilusión fabricada a voluntad, sino que existe una capacidad humana —instalada en la arquitectura de nuestro sistema nervioso— para acceder a un modo distinto de percibir la realidad. Esa capacidad ya existía antes de que ninguna religión la organizara. Las tradiciones espirituales y religiosas, en todo caso, han sido sistemas articulados durante siglos para nombrarla, cultivarla y transmitirla. La farmacología actual es una vía de acceso más brusca y menos integradora, pero que llega a lo mismo.

Tres incómodos aterrizajes

Esto tiene algunas consecuencias que merecen ser consideradas, aunque no con el tono de un manual de desarrollo personal.

El primero. Si la experiencia espiritual no se produce por la doctrina, sino mediante una capacidad neurobiológica transversal, entonces el debate sobre si la religión es «verdadera» no está bien planteado. La pregunta más oportuna y relevante no es si Dios existe al otro lado de ese umbral experiencial, sino qué ocurre realmente en la persona que lo traspasa. Y los datos obtenidos, tanto en la investigación con psicodélicos como en la psicología que ha estudiado y documentado la contemplación clásica, apuntan en la misma dirección. En ambos ámbitos se producen los siguientes efectos: a) disminución del miedo a la muerte; b) aumento de la empatía; c) mayor sentido de pertenencia a algo que trasciende al yo individual. Los efectos, en ambos procesos, resultan funcionales, medibles y sostenidos, aunque lo que los produce sigue siendo una cuestión abierta.

El segundo. La gran paradoja de 2026 es que vivimos en la sociedad más secular de la historia documentada y, simultáneamente, en aquella en la que más personas buscan experiencias profundas para las que sus propias categorías culturales no les proporcionan nombres adecuados. Los retiros de meditación sin doctrina se llenan; las clínicas de ketamina tienen lista de espera; el «renacimiento psicodélico» terapéutico está siendo financiado con capital de riesgo en California y regulado con cautela en los Países Bajos. Algo busca salida y respuestas. Cuando una necesidad humana profunda pierde sus canales históricos de satisfacción, no desaparece, sino que encuentra otros, y no siempre más apropiados.

El tercero y el más incómodo. Si la experiencia de unidad, de disolución del yo y de conexión con algo más amplio reduce la violencia, aumenta la cooperación y disminuye el tribalismo, entonces estamos hablando de algo con consecuencias políticas. No en el sentido de que debiera verterse psilocibina en el agua potable —esto sería absurdo—, sino en el de que la atrofia de la capacidad contemplativa en una sociedad tiene costes colectivos que no se reflejan en el PIB nacional.

Volvamos al argumento inicial

Si se puede inducir una experiencia mística con un hongo, la conclusión obvia parece ser que la mística es mera química. Pero también hay otra posible conclusión, menos cómoda pero más precisa. Si es posible provocar, con el susodicho hongo (la especie Psilocybe cubensis, la más famosa y cultivada en el mundo), exactamente la misma estructura de experiencia que los contemplativos más rigurosos han descrito tras décadas de práctica, entonces eso no aporta nada en contra de esas experiencias, sino más bien algo sobre la profundidad de la capacidad humana que las produce.

El quid de la cuestión reside en aquello a lo que el escáner no puede acceder. Sí puede registrar que se desorganiza la red neuronal por defecto, lo que proporciona al cerebro una mayor flexibilidad cognitiva, pero no lo que la persona hará en lo sucesivo con esa apertura en su vida. La psilocibina abre con rapidez la puerta del mencionado umbral, pero no enseña a vivir con lo que los sujetos experimentan al otro lado, ya que eso seguirá necesitando lo que siempre ha requerido: práctica continua, comunidad de referencia, un lenguaje compartido y tiempo.

El voluntario de Johns Hopkins y el monje de Kioto atraviesan el mismo umbral. La diferencia no está en lo «real» de la experiencia, sino en si aprenden o no a habitar lo que hallaron. Eso es algo que ni la neurociencia ni la farmacología pueden ofrecer ni sustituir. Aunque ambas ya han comenzado a mostrarnos, con una precisión que nunca antes había estado disponible, que ese territorio realmente existe.


(1) Con la psilocibina, esta desconexión ocurre de manera forzada, inunda el sistema de entropía y provoca que el sentido del «yo» se vea sobrepasado por un exceso de información sin filtrar. Con la meditación, la desconexión se produce mediante un entrenamiento diario de desidentificación, en el que el individuo aprende a observar sus pensamientos autorreferenciales como meros eventos mentales pasajeros, lo que reduce gradualmente su carga energética.

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