Sociedad

Guerguerat: la tierra de nadie que todo el mundo reclama. Crónica de un viaje al Sáhara Occidental (y 6)

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Foto: Luali Lebser.

Guerguerat se encuentra entre el Sáhara Occidental ocupado por Marruecos y Mauritania. Es ese lugar donde el mapa se vuelve incierto, donde las líneas dibujadas por potencias ausentes hace un siglo chocan con la realidad presente. Aquí comenzó en 2020 la nueva guerra entre el Polisario y Rabat. Hoy es uno de los lugares más minados de la Tierra y también una ruta para los inmigrantes desesperados que se dirigen hacia Canarias, hacia esa idea que tienen de Europa, hacia la salvación que creen que existe al otro lado del mar. Guerguerat es el lugar donde todas esas historias se comprimen en un espacio que nadie quiere, que nadie administra por completo, que pertenece legalmente a los saharauis, pero que Marruecos reclama como propio.

Los coches aceleran tras la bandera marroquí. Lo importante es que atraviesen cuanto antes ese espacio que separa el hito con el trapo jerifiano de la frontera con Mauritania. El tiempo aquí es sinónimo de seguridad. Guerguerat está vigilado por las Naciones Unidas —aunque «vigilado» es una palabra demasiado generosa para lo que hacen los observadores de la MINURSO—. Están ahí más para dar fe de lo que sucede que para impedirlo. Marcan casillas. Redactan informes. Cierran los ojos. Y, mientras tanto, los traficantes de personas son los únicos que conocen las vías seguras entre las miles de minas antipersona que delimitan la carretera como si fuera un cementerio ordenado.

Hay un momento antes de acelerar en el que aparece la estrella jerifiana. Junto a ella hay coches que se metieron más de lo debido en la arena y activaron una mina. Son monumentos a la desidia. Señales. Dicen que, además de la vigilancia de las cámaras del bastión militar marroquí, hay cadáveres de subsaharianos que nadie ha recogido. Se pudren al sol en este lugar que debería ser idílico, en esta península donde el azul del mar es tan hermoso que hace daño y que se ha convertido en una cicatriz dolorosa. Guerguerat es el lugar con mayor densidad de minas antipersona del mundo. Se encuentra en la península de La Güera, que fue provincia española del Sáhara Occidental. Es lo que queda cuando todos los imperios se han ido, pero sus armas permanecen.

La guerra «nueva» de 2020 fue simple: jóvenes saharauis bloquearon los camiones de mercancías durante semanas. Exigían lo imposible —que se respetara el acuerdo de paz—. Que se permitiera un referéndum. Que cesara la ocupación. Entonces el ejército de Mohamed VI irrumpió violentamente en aquel lugar donde reinaba la ausencia de ley. Solo que después, cuando reinó la ley de los militares, todo quedó en silencio. La violencia fue tolerada por Marruecos y por las Naciones Unidas. Aquí la MINURSO tiene como misión asegurar que todo se ajuste a los protocolos. Si se equivocan, lo comprueban. Más que guardianes de la paz son notarios. Sellan papeles. Firman lo que pasó como si eso lo hiciera legal.

Un militar mauritano intentó engañarme en la frontera. Con la excusa de que mi coche no tenía precinto de entrada —aunque sabía perfectamente que se lo había dado—, me dijo que tendría que rellenar muchos papeles para salir. Me señaló unos coches polvorientos con matrícula extranjera que se doblaban y se oxidaban a un lado de la valla. «No tienes mucho tiempo», dijo. «La valla se cerrará en pocas horas en Marruecos y, un poco más tarde, se cerrará la nuestra. No querrás dormir en medio de Guerguerat. No aparecerá tu coche ni tu cuerpo». Pidió un regalo —una pequeña donación— y selló mi pasaporte con un sello de salida para el viejo Opel. Acepté porque no tenía la opción de rechazarlo. Volví al coche, puse el motor en marcha y huí.

Llegué tarde. La valla marroquí estaba cerrada. En Guerguerat tuve que hacer noche. Escuché las risas de los militares marroquíes que, desde el otro lado de la valla, me recomendaban no alejarme mucho de su garita. Tomaron una fotografía de mi matrícula. Me acerqué a la pared buscando cobertura de alguna compañía telefónica marroquí para avisar a mi hermano. Le dije que dormiría en un lugar poco recomendable contra mi voluntad. El sol cayó rápidamente en Guerguerat. Aquí cae deprisa, donde no siempre conviene quedarse. La oscuridad es diferente aquí. Es más oscura.

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Foto: Luali Lebser.

Hace años, en los campamentos de refugiados saharauis, Hassana Abdelazziz me habló de La Güera. «Era un lugar precioso, fresco y vivo», dijo. Ahora es anciano y guarda tres fotografías. En todas aparece el mar al fondo; aunque sean en blanco y negro, se nota que es azul. Fue expulsado por la fuerza de su casa en 1975, cuando los españoles abandonaron la ciudad. No les importó saber que su padre trabajaba para la Administración española. La Güera fue invadida por Mauritania y su padre fue asesinado por los mauritanos a pocos kilómetros del lugar en 1978. Era un pueblo que suministraba agua potable y tenía una pequeña pero progresista industria pesquera. De ahí el nombre: La Agüera, la que abastece de agua.

Hoy La Güera es el asentamiento con más minas antipersona del mundo. Controlado por militares mauritanos, por la zona circulan una colonia de focas monje y varios pescadores imragüen —una etnia amazig nativa del lugar— que se niegan a abandonar su vida. Desde lejos, casi desde el puesto frontal de los mauritanos, se ve la torre de la iglesia de la Inmaculada Concepción, construida en 1965 y abandonada en 1975. No ha habido en toda la historia del Estado español un templo que haya durado tan poco. Una iglesia que vio pasar la historia en una década. Hassana recordaba: «La iglesia, aunque nosotros éramos musulmanes, era un centro importante en la vida del pueblo. Junto a sus paredes jugábamos a la pelota con colonos españoles. Pero un día, por orden del rey Juan Carlos, los militares españoles se llevaron todo menos a nosotros. Nos dejaron en manos de Mauritania, que colonizó aquella parte de la península». Los militares de Nouakchott duraron poco allí. Aquel lugar, tan difícil de defender, fue abandonado por el ejército mauritano en 1978 tras las continuas emboscadas del Polisario. Rabat no tardó en colonizarlo. Hizo lo mismo que con el resto del territorio, incluida Dakhla, que Mauritania abandonó tras perder la guerra contra la guerrilla del Polisario. Los marroquíes tampoco duraron mucho en La Güera. Hoy nadie quiere ir, excepto yo, que intenté sobornar a un coronel mauritano para que me dejara entrar y verla. Para mí, Ítaca se llama La Güera. Hassana no ha vuelto a ver el mar desde 1975.

Veo pasar gente desde el interior del coche, aparcado a un lado de la carretera, a escasos doscientos metros del puesto fronterizo con Marruecos. Como sombras, penetran en la arena hacia el oeste a través de senderos apenas perceptibles. Un guía camina a la cabeza con paso rápido. Dos se quedan rezagados y avanzan con dificultad. Se acercan a mi coche. El miedo ha invadido ya mi cuerpo cuando los dos hombres llegan a la ventanilla y me preguntan por señas si tengo agua. Abro la ventanilla a medias —me han dicho que es el peor lugar del entorno para confiar en nadie— y les ofrezco una botella que vacían como si fueran esponjas. Llevan tiempo sin beber. Hay poco riesgo: son dos personas desesperadas, no una amenaza. Seydou es maliense, de Tombuctú, nacido en la falla de Bandiagara, pero emigrado al norte del país por motivos laborales. «Nos vamos a España», dice con la seguridad de quien ya ha tomado la decisión final. «Allá hay guerra y no se puede vivir. Hemos pagado a un marroquí para que nos lleve a un lugar cercano, para coger un barco que nos lleve a Canarias». El otro, que no me dice su nombre, pregunta si he visto a los demás. Desde el interior del coche les indico por dónde han ido. Les doy otra botella sin salir, entreabriendo apenas la ventanilla. Antes de que se marchen, les advierto de cuántas minas hay. «Pisad solo donde veáis huellas». Se adentran en la oscuridad como espectros que zigzaguean por la arena. Los pierdo de vista. Pienso en Seydou. Pienso en su compañero sin nombre. Pienso en si alcanzarán Canarias o si se convertirán en números.

El amanecer aquí es más lento que el crepúsculo. A la primera luz le cuesta llegar desde oriente. La apertura de la valla marroquí se eterniza. Nunca ha habido nada que me haya indignado tanto. Soy la primera en la cola de entrada a Marruecos y hago los papeles rápidamente. Gendarmes y militares se ríen, se hacen selfis conmigo. ¿Qué fue de Seydou y de su compañero? No he oído ninguna explosión, así que quizá no pisaron donde no debían. ¿Llegarán a Canarias? ¿Se convertirán en cifras de desaparecidos en alta mar? ¿Se hundirán? ¿Qué hace la ONU ante este problema? ¿Marruecos? Es imposible no verlo. Imposible ignorarlo.

Solo en 2025, Mauritania contabilizó 17.555 inmigrantes ilegales. Aseguraron que era casi un cincuenta por ciento menos que en 2024. El país recibió ese mismo año más de doscientos millones de euros en inversiones empresariales para reducir la presión migratoria sobre Canarias. Un soborno internacional para que detengan a la gente antes de que llegue. Pero, ante mis ojos y ante las cámaras de Marruecos, la gente sigue pasando. Sigue intentándolo. Sigue muriendo.

Arranco el coche y tengo dos mil quinientos kilómetros por delante. Mil quinientos de ellos por lo que fue colonia española. En ese camino pasaré muchos controles. En uno de ellos, en Boujador, me preguntan si se duerme bien en Guerguerat. Saben todo de mí. Los policías, desde el sur hasta el norte, saben dónde he pasado la noche. Saben que dormí en tierra de nadie. De Laayoune pasaré de nuevo a Tarfaya, por lugares donde las cosas no tienen nombre, porque no había que poner nombre a lo que no se usaba. Pasaré por donde están los cuerpos de los desaparecidos durante la colonización española y la invasión de Marruecos. Pasaré cerca de Gdeim Izik, en Laayoune, donde, según Chomsky, empezaron las primaveras árabes. Pasaré por todo el país y escribiré sobre lo vivido y escuchado. Entonces pasaré de ser una turista que practica kitesurf a una periodista que recorrió el país donde oficialmente no pasa nada, porque nadie quiere que se cuente lo que pasa allí.

Volveré a pasar por el país invadido. Ser una periodista independiente aquí significa riesgo. Significa que alguien toma nota. Significa que hay un Kangoo blanco detrás de ti, siempre. Pasaré por las carreteras que recorrí antes de volver a casa. Pasaré y no podré regresar nunca. Es el precio de ver. Es el precio de contar lo que viste. Es el precio de decir que, en Guerguerat, en ese lugar que nadie quiere, donde las minas duermen bajo la arena, Seydou y su compañero sin nombre intentaron cruzar hacia la vida. Intentaron llegar a algún lado. Intentaron dejar de ser invisibles.

Y mientras yo salgo de aquí, ellos avanzan en la oscuridad.

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Foto: Luali Lebser.

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