Libros

Literatura para gente de ciencias como epítome de la literatura hipervincular

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Imagen promocional de Misfits, 2013

Recuerdo cuando, siendo poco más que un adolescente, cayó en mis manos Academia Zaratustra, de Juan Bonilla. El libro relataba el periplo del autor recorriendo Europa en busca de unas escuelas donde presuntamente se enseñaba a ser superhombre según las teorías de Nietzsche. Yo venía de leer ciencia ficción casi en exclusiva, y encontrarme con un texto así fue un bautizo de intelectualidad. Sin entender del todo qué estaba leyendo, en cada página encontraba alguna idea que me resultaba fascinante y que me derivaba a otro autor, a otro mundo. Internet no era todavía el aire que respirábamos, de modo que el hipervínculo no se había convertido aún en nuestra forma natural de movernos por el conocimiento. Y sin embargo el alma de aquel libro era exactamente esa, hacerte recorrer espacios estimulantes conectados con el pensamiento.

Llamo literatura hipervincular a la que se comporta así. No la que incorpora enlaces, que de eso ya hubo bastante en los noventa y ya hemos visto cómo se ha vuelto irrelevante por el linkbuilding y la explotación del dominio de autoridad. Su valor no se mide por lo que dice, sino por la expansión de horizontes que provoca. El mundo de Sofía o El teorema del loro son también de esa naturaleza y han hecho por la filosofía y las matemáticas más que todo el bachillerato. Son libros que, contraintuitivamente, no terminan cuando cierras la última página sino que sales de ellos con la necesidad de buscar un cuadro, una sinfonía, una teoría científica o una novela que apenas aparecía mencionada en un párrafo. Son obras que no aspiran a agotarse en sí mismas, sino a funcionar como nodos de una red infinita de curiosidad.

Cuento todo esto porque acabo de incorporar un nuevo ensayo a esta categoría de la literatura expansiva. Lleva por título Literatura para gente de ciencias y su autor, Francisco J. Tapiador, es una de las personas más cultas e ingeniosas que conozco. Profesor de Física de la Tierra, divulgador brillante y lector omnívoro, pertenece a esa rara estirpe de científicos que no consideran la literatura un pasatiempo elegante, sino un híbrido entre herramienta para comprender la realidad y una forma superior de hedonismo. El libro, publicado en la colección Iluminaciones de la editorial Renacimiento, lleva por título un disclaimer que hace todo el trabajo comercial del volumen. Tapiador quiere convencer a ingenieros, médicos e informáticos de que la poesía no son versos con rima consonante para expresar emociones primarias y de que el teatro puede y «debe ser más memorable que cualquier escena real que hayamos presenciado nunca».

Entre las muchas ingeniosas digresiones con las que Tapiador tesela el libro, propone leer la novela literaria como un modelo dinámico, con sus condiciones iniciales, sus condiciones de contorno y una dinámica no lineal que evoluciona a partir de ambas. La comparación no es un adorno pedagógico sino que conecta con el método científico y las clásicas condiciones iniciales que determinan su naturaleza experimental. Explica de una vez, y para un lector que trabaja con ecuaciones diferenciales, por qué una novela puede permitirse cualquier cosa menos traicionar sus propias leyes internas. La Regenta funciona porque Ana Ozores no puede salirse del campo de juego que Clarín levanta en los primeros capítulos. La levitación de Castroforte del Baralla en La saga/fuga de J. B. es legítima porque pertenece al universo que Gonzalo Torrente Ballester ha construido, mientras que un giro abrupto para desatascar una trama que el autor no ha sabido componer delata que se ha perdido el control del sistema. Un lector de ciencias entiende eso en un párrafo y no lo olvida nunca más. Es una de las mejores descripciones de verosimilitud que he leído en años.

literatura para gente de cienciasCuando Tapiador explora para el lector, el libro hipervincula a lo bestia. La sección sobre la mecánica del endecasílabo, con el verso de once sílabas presentado como el grupo fónico mayor del castellano, siendo lo más largo que se puede decir sin respirar, invita a encadenar nuestros pulmones con Garcilaso, a Garcilaso con Petrarca, a Petrarca con Dante y, casi sin darte cuenta, acabas preguntándote por qué el cerebro humano encuentra belleza en una determinada cadencia respiratoria. Un capítulo sobre la estructura del soneto desemboca en fisiología, acústica y psicología cognitiva sin que el tránsito resulte forzado. Lo mismo ocurre cuando habla de Cervantes, de Borges o de Proust: nunca se limita a explicar una obra, sino que la conecta con una constelación de ideas que obliga al lector a seguir tirando del hilo.

El análisis del verso de Robert Frost, ese headless aftermath que según el autor suena mejor leído en inglés desde el castellano precisamente porque no admite traducción, es de esa finura a la que uno no está acostumbrado y que deja una huella que no es carbónica, ni digital sino sináptica. Y hay una honestidad epistémica que sostiene el conjunto, la de un señor que analiza Cien años de soledad durante tres páginas y aclara de pasada que a él no le gusta —algo previsible, ya que el realismo mágico nunca ha sido un género especialmente hospitalario para las mentalidades cartesianas—. No intenta disimularlo ni pedir perdón por ello y por eso la frase vale más para persuadir a un escéptico que doscientas páginas de entusiasmo institucional.

Queda una paradoja que me parece el hallazgo involuntario de esta lectura. Literatura para gente de ciencias defiende la lectura lenta, la atención sostenida, el mirar dos veces la misma página, y funciona en cambio como un navegador con veinte pestañas abiertas. Predica quietud y produce dispersión. Sospecho que esa contradicción no es un defecto sino la definición misma del género. La literatura hipervincular es la que consigue que el enlace, en lugar de dispersarte, te retenga más tiempo del que pensabas dedicarle. Uno sale de estos libros con más obligaciones lectoras que cuando entró, y sale contento.

Y aquí está, creo, lo que hace que la cuestión importe más allá de un volumen concreto. Llevamos veinte años delegando en máquinas la tarea de decirnos qué leer a continuación. Un motor de recomendación no ha leído nada, correlaciona conductas y no responde de sus consecuencias, y su objetivo declarado es que no dejes de mirar la pantalla. El hipervínculo literario es exactamente lo contrario. Lo pone una persona con gusto, sesgos, manías y biografía, que firma con su nombre y responde de lo que manda. Tapiador lo admite sin rodeos cuando escribe que su selección es un autorretrato, y lo confiesa orgulloso y eudaimónico. Por eso los libros hipervinculares son hoy un artefacto de resistencia al funnel estadístico y por eso conviene distinguirlos de las listas de la temporada. Uno te devuelve la biblioteca. El otro te devuelve al catálogo.

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