
A Federico García Lorca la ciudad se le atragantó en el verano de 1929, y de aquella indigestión salió Poeta en Nueva York, con su aurora de palomas negras chapoteando en aguas negras; mucho antes, Walt Whitman había cantado la misma isla como un oleaje incesante de rostros que se le venían encima en el ferry de Brooklyn. Ambos fueron turistas accidentales en un Manhattan que ofrece mil universos a quien llega. Basta salir del hotel y caminar diez manzanas para tropezar con un museo catedralicio, con un coro de góspel que pone los pelos de punta en una iglesia de Harlem o con un teatro de improvisación en un sótano donde caben como mucho treinta personas. La ciudad reinventa como un laberinto mecánico para el viajero curioso, y quien viaja para ver un partido casi nunca se queda solo en el pabellón, las entradas para las atracciones de Nueva York son solo el comienzo del viaje.
Da lo mismo que las bellas artes no sean lo tuyo, porque en Nueva York el museo se impone por gravedad, casi por presión atmosférica. El MoMA custodia La noche estrellada de Vincent van Gogh junto al Broadway Boogie-Woogie que Piet Mondrian pintó cuando descubrió que el trazado en damero de Manhattan y el jazz eran la misma cosa vista desde ángulos distintos; el Guggenheim es, antes que su colección, la espiral blanca que Frank Lloyd Wright enroscó frente a Central Park para obligar al visitante a descender mirando; y el Metropolitan acumula milenios con esa indiferencia de imperio que tanto irritaba a los personajes de Edith Wharton. La Milla de los Museos —el tramo de la Quinta Avenida que va de la calle 82 a la 110— concentra tal densidad de colecciones que una tarde se queda invariablemente corta, y las tiendas de esos museos, dicho sea de paso, son una mina de recuerdos con criterio, infinitamente más elegantes que el imán de nevera.
Pecando quizá de mainstream, el New York CityPASS resuelve la logística de una primera visita con un precio fijo y cinco atracciones. Dos vienen dadas, el Empire State Building y el Museo Americano de Historia Natural, mientras las otras tres se eligen sobre la marcha entre el Top of the Rock, el ferry a la Estatua de la Libertad, el memorial del 11-S o el Intrepid, ese portaaviones reconvertido en museo del mar, del aire y del espacio. Pertenecen al circuito más previsible y aun así resultan inevitables, igual que nadie llega a París y decide, por sofisticación, saltarse la torre.
Los domingos por la mañana, las iglesias de Harlem abren sus puertas a una experiencia que desborda por completo lo turístico. Se trata ante todo de una ceremonia religiosa, con sermón largo, con feligreses que llevan décadas ocupando el mismo banco y con una comunidad que se viste con sus mejores galas para la ocasión, en ese barrio donde Langston Hughes escribió sus blues, donde Zora Neale Hurston recogió el habla de los suyos, donde Duke Ellington afinó una orquesta entera y desde donde James Baldwin escribió páginas que todavía queman. Cuando el coro arranca, la emoción se vuelve difícil de traducir, porque la música atraviesa el cuerpo antes que el entendimiento. Quien se asome debe recordar dónde pisa, ya que aquello constituye un acto de fe y no un espectáculo montado para el visitante. El teléfono, en silencio; las fotos, con discreción; la vestimenta, sin código estricto y con sentido común. La comunidad abre una rendija de su fiesta, y esa hospitalidad se agradece con respeto.
Comprar arte en Nueva York evoca de inmediato a millonarios con galería en Chelsea y paletas de subasta en Sotheby’s, imagen que la realidad matiza bastante. Existe un circuito accesible, pensado para quien desea llevarse algo hermoso a casa sin hipotecarse, con piezas que oscilan entre los cincuenta y los mil dólares. El Lower East Side, terreno de caza de Jean-Michel Basquiat y Keith Haring cuando el arte todavía se hacía en portales, concentra galerías jóvenes con obra original a precios razonables. La Affordable Art Fair, que se celebra varias veces al año, cumple exactamente lo que su nombre promete. En Brooklyn, The Brooklyn Art Cave reúne a artistas locales, y Philip Williams Posters, en el Tribeca histórico, funciona como cueva del tesoro para quien persigue cartelería vintage y láminas con biografía propia. Una pieza que gusta de verdad, comprada en una galería de barrio, guarda más alma que cualquier reproducción industrial y, además, cabe en la maleta.
Broadway acapara los titulares mientras el pulso teatral de la ciudad late en los sótanos. El circuito off-off-Broadway —salas diminutas, aforos mínimos, producciones que experimentan sin red— es donde dramaturgos y actores dieron y siguen dando sus primeros pasos, como Sam Shepard, que empezó escribiendo piezas breves en garitos del East Village mucho antes de que nadie lo comparase con Tennessee Williams, o como Patti Smith y Robert Mapplethorpe, que en Éramos unos niños dejaron el retrato definitivo de esa bohemia sin calefacción. Under St. Marks, en el número 94 de St. Marks Place, entre la Primera Avenida y la Avenida A, encarna el modelo con sus cuarenta y cinco butacas, su pared de arenisca y ladrillo que hace las veces de escenografía natural y su barra empotrada enfrente. Funciona como espacio experimental desde los años setenta y programa teatro independiente, performance y propuestas que no encajarían en ningún otro sitio. La intimidad del formato explica el hechizo, porque el actor respira a dos metros, ninguna amplificación media entre él y el público y cada función se vuelve irrepetible.
Ese don pertenece a Nueva York de manera casi exclusiva, la capacidad de ofrecer el espectáculo más caro del mundo y, tres manzanas más allá, una sala donde la entrada cuesta lo que un café largo. Edward Hopper pintó las dos ciudades sin distinguirlas, la del neón y la del cuarto vacío, porque sabía que la emoción, para el «cultureta» que sabe mirar, es exactamente la misma.





