Hebras y nodos

Hoy es viernes y las niñas más bonitas te vas a encontrar

Ilustración de Pablo Amargo. Hoy es viernes y las niñas más bonitas
Ilustración de Pablo Amargo.

Sé que no puedes ni olvidarme

Sé que ya todo terminó

Y yo no quiero hablarte

Quiero escribirte una canción

Porque lo voy a hacer todo por ti, todo para ti. Y sí, sabrás que te quiero —cómo no saberlo— porque la canción que te voy a escribir se llama así, se llama «Te quiero»; pero no la he hecho yo, la ha hecho David Summers, que me representa, aunque esa expresión todavía no existe, la verdad; pero me representa ese chico de Madrid que, a mis nueve años, y pese al lunar en el labio inferior y a su voz hipernasal, me parece irresistiblemente atractivo.

En mi pequeña ciudad

El portero de una casa

Tararea sin pasar

Una canción que ni él conoce

Las calles de Bahía Blanca disfrutan con el olor prematuro de las damas de noche a la caída de la tarde; ese olor es de lo poco que queda de lo que un día fue una preciosa ciudad jardín. Los niños de uniforme vuelven sudorosos de alargar la tarde en el colegio; los más jefes vuelven hablando con varias chicas per cápita tratando de fingir que quitan importancia a los triples obtenidos para el equipo. Y hay porteros, sí; hay porteros en las casas apurando las últimas horas de la jornada; los días se suceden de manera monótona para ellos; por eso, la luz anaranjada de hoy la perciben como un tránsito prometedor, como el salvoconducto para un cambio a mejor. El de mi casa se ve liberado y sonriente; lleva por primera vez en la temporada el polo blanco de verano. 

Sentados en sillas de madera

Se nos quedará el culo como una piedra

Y yo te daré un beso en la boca

Siento tu respiración cerca de mi cara

Hace mucho calor vamos a la playa

Siempre pasaba igual en el cine de verano; había demasiado ruido. De camino a La Ibense Bornay había visto ese anuncio de La vaquilla. Mi madre quería ir porque decía que era muy buena y muy graciosa. A ti te daba igual la película; a mí, en cambio, me estaba divirtiendo, pero también me hubiera resultado indiferente si me hubieran dado a elegir entre verla o irme contigo a bañarme a La Fontanilla. Ya sabía que no podía ser, que faltaban muchísimos años para completar mi anhelo de disfrutar de tu enorme y voluptuoso cuerpo; además, mi madre decía a todo el mundo que yo me había enamorado de «una niña de esas gordas». Tanta insistencia en mi error por su parte estropeaba mi postal, pero me ayudaba involuntariamente a armarme de paciencia para la eclosión sexual. Mientras, mi culo seguía como una piedra. 

Siempre que abras tus libros viejos del colegio

Y veas mi nombre escrito en aquella página

Que no recuerdas cuál es

Sonreirás y a la media hora

Te darás cuenta de que has pensado tanto

Que no recuerdas ni qué día es

Experiencias 4, de Santillana, está lleno de corazones; algunos —principalmente los de después de la primera evaluación— están perfectamente dibujados porque los he trazado con un abrelatas de Schweppes con la forma del órgano vital; dentro de ellos, los nombres van cambiando a medida que van pasando las páginas y los temas: Inma, Yolanda, Inma, Eva, Yolanda 2, Inma, Eva, Elisa, Inma. Algún día se me pasará. Algún día reparará. Sabrá que fue una orgullosa, una tonta, una subnormal; que el que valía era yo, que no era el que mejor jugaba al fútbol ni al baloncesto ni era el más chulo del barrio. Y nos encontraremos y será tarde y nos haremos los locos. Ella más. Pero ayer fue su cumpleaños y me gustaría que supiera que siempre me acuerdo, pero no tengo cómo hacérselo saber y, si pudiera, tampoco sería pertinente. 

Sin ti la piscina esta ya muerta

Tumbados en la hierba

Sin hablar

Tu piel mojada y mis labios secos

Se confunden en un beso

Acerco una toalla y te envuelvo

No sé muy bien qué hago aquí y no sé si estoy soñando, pero pasan los segundos, pasan los centímetros y tú sigues ahí, sin mostrar el menor gesto de desaprobación ni tampoco un atisbo de pudor. Creía que solo vendríamos a pasar el día en la playa; nuestros padres se conocen de siempre y yo me siento demasiado insignificante ante la grandeza de tu pelo castaño planchado sobre los hombros y tu bañador de niña mayor; desde lejos, veo tus pecas y tus pómulos sonrosados tras el día de sol. Sabes que me acerco y no te haces la loca porque no tienes ninguna necesidad, tal es tu dominio de la escena. Soy un invitado, pero hoy soy EL invitado. 

No puedo dormir,

estoy tan solo aquí;

y te necesito,

yo te necesito.

Sin embargo, me arrepiento de haberte dicho algo así. Si alguna vez te dije que te necesitaba, perdóname. Ya sé que me quieres —cómo no saberlo— y pronunciar esas dos palabras no respondió más que a la administración del impulso de la licencia poética; porque ¿qué pasa si te necesito? ¿Acaso sería un argumento para que te quedaras conmigo, si decidieras irte, para que cambiaras de opinión? Perdóname si te he hecho sentir que mi felicidad y mi destino dependían de ti —que te necesitaba— y gracias por haberme hecho comprender que, ante todo, me necesito a mí mismo. 

Voy a buscarte al colegio

Para estar contigo un poco más

Y yo me siento un poco viejo

Al verte de uniforme… ¡Qué preciosa estás!

Te dije que procuraras no repetir. Te lo dije. Ahora somos la comidilla del cole y de la pandilla. Encima, mientras llega el 205 que me va a regalar mi abuelo, tengo que coger el Renault 18 de mi padre; por suerte, todo el mundo me ha visto y me ha reconocido; pero nadie sabrá lo que estoy pensando; nadie está en mi cabeza para juzgar que a mis dieciocho años estoy homenajeando a Nabokov a través de tu falda verde tableada y, por supuesto, sin que ello acarree pleitesías o deudas con ninguna élite perversa y oscura. Esto es solo para nosotros. Ven aquí. Ven aquí.

Los litros de cerveza por las esquinas 

Las canciones que cantan todas las niñas

Tómate otro zumito de piña

Y échale un poquito de ron

La promesa de la juventud quedaba lejos, pero la podías palpar y saborear. Piensa: el pub a media luz, quizá con un espacio donde los jóvenes se concentran riéndose al aire libre mientras sus pieles morenas refulgen con las luces de neón azul que mangoneaban las relaciones visuales nocturnas en los ochenta; el eufemismo del zumito de piña rápidamente contrarrestado y provocando la carcajada de esa morena de pelo corto que se parece a una de las hermanas buenorras de The Corrs, aunque todavía no existan The Corrs; la canción que suena justo cuando haces cola para ir a mear, y mira que has aguantado hasta donde has podido; porque te habías encontrado con ella y querías saber que tu visita al baño no iba a significar la transmisión del testigo a cualquiera de los piratas que te acompañan en esta carrera de relevos. La noche; la noche estrenada, la noche cuando es fresca, cuando es inocente; la noche cuando aún huele a ducha.

La promesa de la juventud queda lejos, sí, pero la puedes palpar y saborear… siempre y cuando acudas a ver tocar en directo a Hombres G.

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