Ciencias

Sin frenos y a lo loco: la aceleración de los cambios

Cole_Thomas_The_Course_of_Empire_Desolation_1836 cambio sin frenos
Las ruinas de una civilización abandonada, lentamente reclamadas por la naturaleza. El curso del imperio: Desolación, de Thomas Cole (1836).

De la cueva a la nube

Una característica sui generis de nuestra especie fue desarrollar una estrategia de supervivencia que consiste en prever el futuro. Una mente lógica y algunos indicios o indicadores nos permiten reducir el margen de error cuanto más cercano sea el futuro que se pretende predecir, mientras que este puede aumentar hasta el 100 % cuanto más lejano se encuentre —a ese margen se sumaría el error inherente a todo cuanto acontece y que nos puede hacer fallar a corto, medio o largo plazo, sin distinción—. Todos los humanos funcionamos así. Por lo general, pasamos el tiempo pensando qué vamos a hacer en las próximas horas y en los días siguientes, imaginamos una variedad de escenarios y resultados posibles, pero también tratamos de prever el futuro a medio y largo plazo planificando eventos de todo tipo o imaginando situaciones imposibles.

La ciencia ha llevado esta característica humana al máximo nivel determinando una gran variedad de indicadores y desarrollando modelos matemáticos para predecir una gran variedad de aspectos y situaciones que nos preocupan o queremos tener bajo control. Estos modelos abarcan desde las predicciones meteorológicas de los próximos días (que, al ser a corto plazo, son las más confiables, aunque siempre sometidas a márgenes de error), pasando por las temperaturas y otros aspectos del cambio climático —en la última década, el calentamiento observado y el deshielo ártico han superado en ocasiones las proyecciones climáticas iniciales, situándose en el extremo superior o por encima de los rangos previstos1—, hasta la extinción de especies (un tema escurridizo que iremos viendo).

Durante el 96 % de nuestra existencia como especie vivimos en pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores, sin cambios importantes respecto al número y a la complejidad social, pero hace unos 11 000 años, cuando los grupos humanos empezaron a organizarse en sociedades más numerosas y complejas, todo empezó a cambiar significativamente. No es que una mutación en nuestro genoma diera ningún salto cualitativo; simplemente, la interconexión de más mentes pensantes y la colaboración de más individuos para realizar las tareas de supervivencia fueron acelerando exponencialmente el proceso que nos llevó hasta la globalización. Durante mucho tiempo —y aún hoy en día— pensamos que el número y la complejidad de una sociedad eran algo muy positivo: cuanto más grande, más segura, avanzada y civilizada (véase a Jared Diamond en El tercer chimpancé). Pero es que aún no teníamos en cuenta el impacto en el medio y los cambios que sobrevienen, precisamente, sobre la base de esos dos aspectos que, desde hace ya algún tiempo, amenazan nuestra estabilidad. Los cambios, además, siempre llevan asociada la incertidumbre, una sensación que a los humanos nos pone muy nerviosos, pues vemos aumentar el margen de error en nuestras previsiones y cómo estas se convierten en impredecibles.

Todo lo que ahora amenaza nuestra civilización ha nacido y crecido de la mano de nuestro crecimiento y complejidad social: los cambios de uso de la tierra y el mar, la sobreexplotación pesquera, la agricultura extensiva y la tala indiscriminada, la desecación de acuíferos, la desertificación, el cambio climático, la contaminación por residuos plásticos y por la industria química y farmacéutica. No es necesario acudir a las políticas nefastas ni a contubernios judeomasónicos —pese a que haberlos, haylos—.

La atmósfera terrestre no es un manto estático de gases, sino un sistema dinámico cuya composición actual es el resultado de la actividad metabólica de los seres vivos en interacción continua con los procesos geológicos a través de los ciclos biogeoquímicos. Las cianobacterias primigenias tuvieron tanto éxito, evolutivamente hablando, que acabaron inundando la atmósfera de oxígeno, en lo que se conoce como la Gran Oxidación, y favorecieron la aparición posterior de formas de vida capaces de utilizar oxígeno para la respiración aeróbica, generando CO₂ como producto metabólico. Nosotros también estamos provocando cambios en la biosfera y la atmósfera a consecuencia de nuestro éxito evolutivo. Si nuestras sociedades no se hubieran hecho grandes y complejas, no habríamos podido desarrollar tecnologías para explotar los combustibles fósiles y, sin estos, no habríamos tenido tanto éxito y quizás no habríamos llegado a provocar un aumento global de las temperaturas. Pero, aunque individualmente siempre hay personas con ambiciones desmedidas y con menos escrúpulos que otras, nadie imaginó las consecuencias actuales: toda especie busca maximizar su supervivencia y reproducción, y eso fue exactamente lo que hicimos.

A los conservacionistas lo que les preocupa es que las especies se extingan de forma masiva al no poder adaptarse a la velocidad de los cambios y que nuestra civilización acabe muriendo de éxito. Es posible: las civilizaciones nacen, crecen y desaparecen, como también las especies. Pero no todo son malas noticias: ajena a nuestros desvelos, la biosfera siempre se está autorregulando en interacción con la atmósfera, la hidrosfera y la litosfera. En su seno, las propias especies disparan mecanismos inconscientes de autorregulación que son la consecuencia de sus actividades y formas de vida: en nuestro caso, estos se han traducido en una ralentización del crecimiento de nuestra especie en los últimos años.

Lo que no consiguió la voluntad humana a través de las crueles políticas de natalidad lo están consiguiendo los mecanismos automáticos de autorregulación: la población china lleva cuatro años consecutivos descendiendo; perdió alrededor de 3,4 millones de habitantes en 2025, tras las caídas de 2022, 2023 y 2024, y cerró el año en unos 1405 millones. Los nacimientos bajaron a cerca de 7,9 millones, frente a los 9,5 millones del año anterior, la cifra más baja desde 1949, con una tasa de natalidad de aproximadamente 5,6 por cada 1000 habitantes. No es un caso aislado. La población mundial ronda hoy los 8200 millones y crece al ritmo anual más lento desde 1950. La fecundidad media está en torno a los 2,3 hijos por mujer, uno menos que en 1990; ha descendido entre 2000 y 2025 en todas las regiones del mundo y en todos los niveles de renta, con la excepción de África y algunos países de renta baja. Dos tercios de la humanidad viven ya en países por debajo del umbral de reemplazo de 2,1 hijos por mujer, cerca de una quinta parte de los países tiene una fecundidad inferior a 1,4 —China, Italia, Corea del Sur y España entre ellos— y una de cada cuatro personas reside en un país cuya población ya ha tocado techo2. Pero, impulsados por la inmediatez de nuestras necesidades, esto no va a calmar nuestra preocupación por la aceleración de los cambios.

La lentitud de los procesos evolutivos

En los manuales clásicos de biología, la adaptación de las especies a los cambios sobreviene cuando se producen mutaciones beneficiosas, pero estas son extremadamente raras y suceden cada mucho tiempo. La biología evolutiva distingue entre cambios lentos, que se producen mediante mutaciones genéticas beneficiosas y la acumulación de cambios graduales a lo largo de miles o millones de años, y cambios rápidos, que no implican alteraciones inmediatas del genoma. Entre estos últimos se encuentra la plasticidad fenotípica —por ejemplo, cuando, en épocas de altas temperaturas y escasez de lluvias, como ahora, las plantas disminuyen el tamaño de sus hojas de forma considerable—. Otros cambios rápidos son los epigenéticos, en los que las condiciones ambientales activan o desactivan genes y pueden transmitirse a la descendencia sin cambiar el genoma, y también la microevolución: pequeñas modificaciones genéticas que se fijan en pocas generaciones, como en los procesos de domesticación o surgimiento de nuevas subespecies y razas, que no llegan a generar nuevas especies. También son cambios rápidos la transferencia horizontal de genes entre especies sin cruce sexual, documentada, por ejemplo, en pulgones que sintetizan pigmentos con genes adquiridos de hongos, y la hibridación o flujo génico por cruce sexual entre poblaciones diferentes de la misma especie, especies cercanas o subespecies, que puede generar incluso nuevas especies con relativa rapidez —como los peces cíclidos del lago Victoria o las aves del género Zosterops—. Otros cambios muy rápidos y extendidos son los comportamentales, que permiten a muchas especies hacer frente a un entorno en transformación acelerada variando sus horarios de forrajeo, épocas de apareamiento y cría, hibernación, etc.

Todos estos cambios rápidos, en la mayoría de los casos, no suponen adaptaciones en sentido clásico a las nuevas condiciones del entorno, como serían un sistema mejorado de autorregulación de la temperatura o un mayor aprovechamiento de los líquidos para las largas sequías —excepto en la transferencia horizontal y el flujo génico, que sí podrían proporcionarlas3—, pero permiten a las especies resistir el tiempo suficiente para que empiecen a operar otros cambios adaptativos más profundos.

¿Podrían ser estos procesos evolutivos menores los que favorecen una aceleración de la evolución en determinadas circunstancias?

¿Y si la evolución no fuera tan lenta?

Los paleontólogos se dieron cuenta de que en el registro fósil de las especies no suelen apreciarse cambios graduales, como sería propio de esa evolución enormemente lenta que predicen las mutaciones genéticas beneficiosas. Por el contrario, de pronto aparecen nuevas especies que permanecen inmutables durante largo tiempo antes de desaparecer. Esto llevó a Stephen Jay Gould y Niles Eldredge4 a proponer la teoría del equilibrio puntuado, según la cual en circunstancias excepcionales pueden surgir nuevas especies en períodos geológicamente muy breves —menores de 100 000 años—.

No hay circunstancias más excepcionales para los seres vivos que los cambios climáticos, las extinciones masivas y, en general, los cambios drásticos y extensos de cualquier índole, entre los que podríamos incluir los actuales. Ya hemos visto que las especies pueden disparar un abanico de cambios rápidos ante situaciones adversas habituales; tiene lógica que, en situaciones excepcionales, puedan mantenerse por más tiempo y propiciar cambios adaptativos más profundos. Por otra parte, estas circunstancias excepcionales empujan a las especies a desplazarse de un lugar a otro, recorriendo largas distancias, en busca de nuevos territorios más adecuados para su supervivencia. De esta manera se ponen en contacto con nuevos microorganismos y poblaciones de su propia especie y de otras cercanas evolutivamente, propiciando así el flujo génico y la transferencia horizontal de genes.

Lynn Margulis llegó a sugerir que los cambios evolutivos más significativos no proceden de mutaciones aleatorias, sino de la adquisición de genomas enteros5 a través de la fusión entre especies diferentes. Nuestro propio genoma contiene genes de bacterias y virus, y en la actualidad se piensa que la transferencia horizontal realizada por virus entre especies diferentes ha tenido un papel importante al generar diversidad genética6.

Distintas especies muestran ritmos evolutivos muy diferentes: algunas, como los cangrejos herradura, los nautilos y la anguila de la cueva de Palau, apenas han cambiado en cientos de millones de años gracias a hábitats que se han mantenido estables. Otras, como los peces cíclidos del lago Victoria o las aves del género Zosterops, han generado una enorme diversidad de especies en un tiempo relativamente breve gracias a la hibridación. Incluso el tuátara de Nueva Zelanda, considerado un fósil viviente, puede variar su ADN7 ante cambios ambientales tan sutiles que nos pasan desapercibidos. La vida no solo tolera los cambios radicales: a veces los necesita para dar sus saltos más audaces y seguir adelante.

Las que resisten y las que no

La extinción de fondo —la que sucede de forma continua y con baja intensidad— es la otra cara de la especiación, un proceso biológico, como lo es la muerte de los individuos; lo que preocupa es su aceleración.

Sobre la base de fósiles marinos, se ha calculado que una extinción «normal» —habría que definir a qué se refiere, pero, dado que lo que consideramos anormal es lo que está sucediendo con nosotros, quizá se refiera a cualquier otra situación «sin» nosotros— estaría entre 0,1 y 1 por millón de especies y año (E/MSY, extinciones por millón de especies y año, por sus siglas en inglés). Durante décadas se ha utilizado el valor 1 E/MSY, aunque otros investigadores lo rebajaron a 0,1 E/MSY. De Vos y colaboradores8 consideran la tasa de extinción actual unas 1000 veces superior a la de fondo y proyectan que las futuras serán unas 10 000 veces superiores —menos mal que, cuanto más lejos, más posibilidades de error hay—. Cowie, Bouchet y Fontaine dan cifras absolutas9: extrapolando desde los moluscos actuales, calculan que entre un 7,5 y un 13 % de los aproximadamente dos millones de especies conocidas se habrían extinguido desde 1500, esto es, entre 150 000 y 260 000, lo que equivale a entre 300 y 520 extinciones al año, o entre 150 y 260 E/MSY. Pero este número estimado de extinciones no ha podido comprobarse.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha recopilado un total de 951 especies extintas entre animales y plantas desde 1500. Entre los animales, una gran mayoría corresponde a gasterópodos —caracoles y babosas—, a los que se puede hacer seguimiento con mayor facilidad que a otros, pues se desplazan muy poco, pero, como son muy abundantes, tampoco se ha podido evaluar la totalidad de sus especies descritas. De hecho, en todos los grupos solo se ha podido evaluar una pequeña parte de las especies descritas.

Para acabar de complicar este tipo de evaluaciones, muchas de las especies de plantas y vertebrados declaradas extintas se han redescubierto posteriormente. Esto sucede cuando los datos de extinción se basan en bibliografía que se considera fidedigna, pero sobre la que no se han podido hacer comprobaciones minuciosas. Un equipo dirigido por la Universidad de Roma Tre10 revisó 36 especies vegetales endémicas europeas clasificadas como extintas y encontró que 17 no lo estaban. Casi la mitad del listado europeo. Tres se han reencontrado en el campo —Astragalus nitidiflorus, Ligusticum albanicum y Ornithogalum visianicum—, dos se conservaban en jardines botánicos y bancos de semillas europeos —Armeria arcuata y Hieracium hethlandiae— y el resto se han reclasificado como especies distintas a partir de datos taxonómicos nuevos. Respecto a los vertebrados, Scheffers y colaboradores11 documentaron al menos 351 especies de anfibios, aves y mamíferos redescubiertas en 122 años, con una media de 61 años desaparecidas antes del reencuentro. La mayoría tienen áreas reducidas y poblaciones pequeñas, y siguen gravemente amenazadas.

En cualquier caso, si queremos saber si 951 especies extintas desde 1500 es un número importante, deberíamos ponerlo en el contexto del número total de especies.

Pero aquí surge otro problema: desconocemos totalmente el número de especies del planeta; con toda nuestra curiosidad y avanzadas tecnologías, se nos hace una tarea imposible determinar cuántas especies hay ahora mismo en la Tierra. Hasta la fecha se han descrito algo más de dos millones de especies, de las cuales un millón corresponde a insectos. A principios del año 2000 se estimaba que el número de especies vivas debía estar entre diez y treinta millones, pero en los últimos años las estimaciones bajaron a entre 8 y 14 millones12. Esta valoración a la baja del número de especies vivas no se basa en que se hayan extinguido varios millones en algo más de dos décadas. No obstante, un trabajo de PNAS del pasado junio estima que solo de insectos podría haber entre 14 y 20 millones13. Este baile de horquillas demuestra lo poco que sabemos sobre las especies con las que compartimos el planeta y que las estimaciones pueden estar bastante lejos de la realidad en un sentido u otro.

Lo que sí sabemos es que cada especie suele tener varias poblaciones extendidas o diseminadas por diferentes territorios, y el número de individuos de estas e incluso el número de poblaciones están disminuyendo a causa de nuestras transformaciones y actividades. De manera que, a nivel local, desaparecen especies —y se declaran extintas— que no necesariamente han desaparecido de la Tierra, porque al menos algunos de sus representantes han podido migrar y sobrevivir en algún otro lugar. Estas son aquellas que se pueden desplazar y recorrer largas distancias o que pueden sobrevivir ocultándose, que pueden utilizar una variedad de recursos, ocupar nuevos hábitats y variar de comportamiento. Las más favorecidas en este sentido son preferentemente especies continentales y generalistas, pues también son las que tienen más poblaciones distribuidas en zonas biogeográficas que pueden abarcar varios continentes. Por lo tanto, también son las que tienen más potencial para que algunas de sus poblaciones puedan generar nuevas especies. Suelen ser, además, especies como los lobos, jabalíes, cabras y ovejas salvajes —entre otras— que, en su momento, tuvieron tanto éxito como nosotros al expandirse por la Tierra.

Sin embargo, en las políticas de conservación de la biodiversidad se valora principalmente a las especies raras como fuente de biodiversidad. Y aquí se genera otro sinsentido: como las especies raras suelen vivir confinadas en lugares concretos y reducidos, cuando se extinguen, lo hacen a nivel global. De manera que el número de poblaciones, es decir, el número total de seres vivos no humanos, podría estar disminuyendo de forma alarmante, pero, si se consiguen preservar las especies raras, aunque tuvieran muy pocos individuos, se consideraría un éxito de conservación.

Sin duda, las especies raras serían valiosas si no tuvieran una gran tendencia a extinguirse. En las tablas de especies extintas de la UICN14 podemos ver que las especies que más se extinguen son las de las islas, que a su vez son los lugares donde se concentran las especies raras. De las 951 especies extintas registradas por la UICN, 398 corresponden a islas oceánicas —Hawái, Polinesia, Mascareñas, Seychelles, Santa Elena, Galápagos, Canarias y demás archipiélagos alejados de los continentes—, otras 145 a islas grandes o próximas a las masas continentales, como Madagascar, Nueva Zelanda, Filipinas, Indonesia, Japón, Cuba, Gran Bretaña o Sicilia, y 233 a territorios continentales. Las 175 restantes no se han podido atribuir a ningún lugar: 81 tienen una descripción de distribución, pero sin ningún topónimo reconocible, y 94 no traen dato alguno de distribución en su ficha. En definitiva, 543 de las 951 extinciones documentadas desde 1500 son insulares, frente a 233 que son continentales.

Las especies raras insulares seguirían siendo las más propicias a extinguirse aunque los humanos no existiéramos. Porque sus poblaciones están confinadas a territorios reducidos, porque son especialistas en lugar de generalistas, porque solo pueden vivir en condiciones ambientales exclusivas… y porque los cambios siempre llegan, de una forma u otra, y quienes no pueden cambiar o migrar desaparecen.

Pero la otra cara de la extinción es la especiación, y, aunque la extinción sea ahora más rápida, los procesos evolutivos siempre están en marcha. Por ejemplo, todas las subespecies que existen en la actualidad y las poblaciones híbridas son proyectos de especiación que deberíamos considerar. Si se está haciendo, desde luego, no aparece en los titulares de las noticias.

Claro que resulta imposible ver el instante en que nace una nueva especie, pero sí se han observado casos de especies que se han recuperado a partir de unos pocos individuos. No debe ser algo tan raro si tenemos en cuenta que, después de cada una de las cinco grandes extinciones masivas, la vida se recuperó y diversificó de forma totalmente asombrosa en número y variedad15. De hecho, toda la diversidad de la vida del planeta —que ni siquiera podemos cuantificar ni clasificar— se ha generado a partir de una bacteria… o dos. Sí, es cierto que tuvo todo el tiempo del mundo… y, en cambio, ahora sentimos que el tiempo se agota. Pero no todo es cuestión de la extensión o contracción del tiempo.

Como ejemplo de recuperación rápida tenemos el del lobo fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii), endémico de Chile, que llegó a contar con hasta cuatro millones de individuos antes de la masacre a manos de cazadores europeos y norteamericanos que comercializaban su piel y aceite desde finales del siglo XVII hasta finales del XIX. La comunidad científica dio por extinguida la especie, pero en 1965 los científicos descubrieron una pequeña población de unos 200 individuos ocultos en la isla Alejandro Selkirk, en el archipiélago de Juan Fernández. Ese cuello de botella debería haber reducido drásticamente su diversidad genética; sin embargo, cuando se analizó la región control de su ADN mitocondrial16, en contra de lo esperado, la variación no resultó estar muy reducida en comparación con la de otros pinnípedos, pese a la severidad aparente del cuello de botella que habían sufrido. De aquellos 200 individuos se ha pasado a unos 220 000 en el archipiélago, según el censo de 2018, lo que convierte a la especie en el lobo marino más abundante del Pacífico suroriental.

Y este no es un caso único: hay otros, como el del guepardo, que sufrió un cuello de botella por culpa de un cambio climático prehistórico; el elefante marino del norte, el cóndor de California o el lince ibérico, sin ir más lejos. Estos tres últimos fueron llevados casi a la extinción por nuestra causa, pero también recuperados con nuestra colaboración.

La biosfera decidirá

La biosfera lleva al menos 3800 millones de años autorregulándose. En todo ese tiempo, las diferentes condiciones ambientales han generado diferentes ecosistemas que, como las especies que los conforman, aparecen, crecen, encogen, se transforman y desaparecen. La sensación de que lo que se pierde es irreparable no está exenta de razón; lo que es irracional es pensar que lo nuevo es necesariamente peor.

La biosfera ha sufrido muchos altibajos antes de que nuestra especie diera «el gran salto adelante»: cinco extinciones masivas no son peccata minuta. Cuando hacemos referencia a la capacidad de los ecosistemas para sobreponerse, siempre aparece la excusa del tiempo, del largo plazo… Pero a corto plazo también se producen cambios importantes:

En los años setenta, el río Llobregat, al acercarse a su desembocadura, fluía lentamente, cargadas de contaminantes sus oscuras aguas sobre un lecho de más de un metro de detritos. Sus márgenes mostraban la tierra desnuda, donde unas pocas gramíneas resistían tristemente mecidas por el viento. Tres décadas más tarde, no es un río totalmente libre de contaminación, pero una vegetación espesa y abundante mantiene frescas sus aguas, que ahora bullen de vida con peces, crustáceos, aves, insectos y mamíferos. Aún recuerdo la alegría del primer vídeo que mostró una nutria, en 2014, pescando un cangrejo rojo americano. Muchos animales —no solo la nutria— se han alimentado de él, aumentando sus poblaciones: algunos mamíferos, pero sobre todo aves17.

En la zona del Baix Penedès donde vivo, hasta los años cuarenta del siglo XX no quedaban más árboles que unos pocos olivos, algarrobos y encinas dispersos, pues el bosque había sido talado para el cultivo de la viña desde el llano hasta la misma cima de las colinas. A mediados de los setenta ya presentaba diferentes fases de recuperación, como la garriga y el bosque de pinos.

En espacios degradados y posteriormente abandonados por nosotros, como explotaciones mineras clausuradas donde se ha destruido literalmente toda la capa de suelo fértil y con ella todo su anterior ecosistema, en poco tiempo empiezan a crecer especies vegetales y llegan animales, creando incipientes ecosistemas. No son ecosistemas de bosques jóvenes, ni mucho menos maduros, pero albergan una variedad de vida.

Quizás la mayor sorpresa haya sido el caso de Chernóbil, donde, tras la evacuación y con un altísimo grado de radiactividad, los 2600 km² de la zona de exclusión pronto empezaron a ser recolonizados por plantas, animales, hongos, bacterias y protistas —a estos últimos siempre los olvidamos, pese a estar por todas partes y ser quizás los seres vivos más importantes para mantener la vida en la Tierra—.

¿Hemos iniciado la sexta extinción?

Bueno, cabe hacerse aún muchas preguntas… Por cómo vamos, cabe suponer que será rápida; esto ya responde a una de ellas. Pero seguramente no será tan rápida como la del límite K-Pg, que hizo desaparecer a los dinosaurios.

Aparte de esta, que fue meteórica, la extinción masiva que se completó en menos tiempo duró un millón de años (según datos de 2010). ¡Cuántas cosas pueden suceder en un millón de años! Incluso que nuestra especie desaparezca y las especies lleguen a un nuevo equilibrio ecológico hasta que aparezca la siguiente especie exitosa que desequilibre a gran escala el sistema biogeoquímico. Pero lo cierto es que nuestra propia especie, tan idéntica genéticamente y tan diversa en cuanto a adaptaciones territoriales —al frío, al calor, a las alturas, etc.— y culturales, podría ir variando en mucho menos tiempo que un millón de años; de hecho, en unas décadas o unos pocos siglos —como la propia historia nos demuestra—, aunque no exenta de conflictos y pérdidas, empujada por mecanismos autorreguladores y algo de voluntad propia. Al final, por pura inercia, tenderíamos hacia organizaciones sociales más autosuficientes, pequeñas y sencillas que, al mismo tiempo, favorecerían la recuperación de las poblaciones de otras especies. Este es el escenario imaginado que me parece más sólido.

Con todo, no niego la probabilidad de una sexta extinción: el futuro es tan impredecible que siempre es muy arriesgado afirmar o negar algo sobre él de forma categórica. Pero, si no podemos negar una extinción masiva, tampoco podemos negar los indicios y datos observados que configuran otros escenarios menos catastróficos. Al menos, tras la tempestad siempre llega la calma. Cuando me asalta la duda, recuerdo la imagen de la nutria en el Llobregat con un cangrejo americano entre los dientes.


Notas

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  2. United Nations, Department of Economic and Social Affairs, Population Division. (2024). World Population Prospects 2024: Summary of Results. United Nations.Oficina Nacional de Estadística de la República Popular China. (2026). Datos demográficos de 2025 [publicados el 19 de enero de 2026].Bloom, D. E. (2025, junio). El debate sobre la caída de la fecundidad. Finanzas y Desarrollo. Fondo Monetario Internacional.
  3. Boschetti, C., Carr, A., Crisp, A., Eyres, I., Wang-Koh, Y., Lubzens, E., Barker, G. L. A. y Tunnacliffe, A. (2012). Biochemical diversification through foreign gene expression in bdelloid rotifers. PLoS Genetics, 8(11), e1003035.Racimo, F., Gokhman, D., Fumagalli, M., Ko, A., Hansen, T., Moltke, I., Albrechtsen, A., Carmel, L., Huerta-Sánchez, E. y Nielsen, R. (2017). Archaic adaptive introgression in TBX15/WARS2. Molecular Biology and Evolution, 34(3), 509–524.
  4. Eldredge, N. y Gould, S. J. (1972). Punctuated equilibria: An alternative to phyletic gradualism. En T. J. M. Schopf (Ed.), Models in paleobiology (pp. 82–115). Freeman, Cooper & Co.
  5. Margulis, L. y Sagan, D. (2002). Acquiring genomes: A theory of the origins of species. Basic Books. Edición española: Captando genomas (Kairós, 2003).
  6. Mi, S., Lee, X., Li, X., Veldman, G. M., Finnerty, H., Racie, L. et al. (2000). Syncytin is a captive retroviral envelope protein involved in human placental morphogenesis. Nature, 403, 785–789.Sagan, L. (1967). On the origin of mitosing cells. Journal of Theoretical Biology, 14(3), 255–274.
  7. Hay, J. M., Subramanian, S., Millar, C. D., Mohandesan, E. y Lambert, D. M. (2008). Rapid molecular evolution in a living fossil. Trends in Genetics, 24(3), 106–109.
  8. De Vos, J. M., Joppa, L. N., Gittleman, J. L., Stephens, P. R. y Pimm, S. L. (2015). Estimating the normal background rate of species extinction. Conservation Biology, 29(2), 452–462.
  9. Cowie, R. H., Bouchet, P. y Fontaine, B. (2022). The sixth mass extinction: Fact, fiction or speculation? Biological Reviews, 97(2), 640–663.
  10. Abeli, T., Albani Rocchetti, G., Barina, Z., Bazos, I., Draper, D., Grillas, P., Iriondo, J. M., Laguna, E., Moreno-Saiz, J. C. y Bartolucci, F. (2021). Seventeen ‘extinct’ plant species back to conservation attention in Europe. Nature Plants, 7, 282–286. Coordinado desde Roma Tre, con Iriondo (Rey Juan Carlos), Laguna (Generalitat Valenciana), Moreno-Saiz (Autónoma de Madrid) y Draper (Lisboa).
  11. Scheffers, B. R., Yong, D. L., Harris, J. B. C., Giam, X. y Sodhi, N. S. (2011). The world’s rediscovered species: Back from the brink? PLoS ONE, 6(7), e22531.
  12. Sobre el extremo bajo: Mora, C., Tittensor, D. P., Adl, S., Simpson, A. G. B. y Worm, B. (2011). How many species are there on Earth and in the ocean? PLoS Biology, 9(8), e1001127.
  13. Colwell, R. K., Guzman, L. M., Steinke, D., Chao, A., Janzen, D. H., Hallwachs, W. et al. (2026). Constructing a lower-bound estimate of the global number of insect species on a hyperdiverse empirical foundation. PNAS, 123(27), e2524283123.
  14. IUCN. (2026). The IUCN Red List of Threatened Species (versión 2026-1). https://www.iucnredlist.org

IUCN. (2026). Table 3: Species by kingdom and class. En The IUCN Red List of Threatened Species (versión 2026-1). https://www.iucnredlist.org/resources/summary-statistics

IUCN. (2026). Búsqueda avanzada filtrada por categoría Extinct (EX), nivel especie. En The IUCN Red List of Threatened Species (versión 2026-1). https://www.iucnredlist.org/search

  1. Como la del Pérmico, que se estima que acabó con entre el 81 % y el 96 % de todas las especies y tras la cual, en el Triásico, se produjo una de las mayores renovaciones de la biosfera.

Extinciones del Pérmico:

Stanley, S. M. (2016). Estimates of the magnitudes of major marine mass extinctions in Earth history. PNAS, 113(42), E6325–E6334.

Raup, D. M. (1979). Size of the Permo-Triassic bottleneck and its evolutionary implications. Science, 206, 217–218.

Recuperación del Triásico:

Chen, Z. Q. y Benton, M. J. (2012). The timing and pattern of biotic recovery following the end-Permian mass extinction. Nature Geoscience, 5, 375–383.

  1. Goldsworthy, S. D., Francis, J., Boness, D. y Fleischer, R. C. (2000). Variation in the mitochondrial control region in the Juan Fernández fur seal (Arctocephalus philippii). Journal of Heredity, 91(5), 371–377.
  2. Ruiz-Olmo, J. y Clavero, M. (2008). Los cangrejos en la ecología y recuperación de la nutria en la península ibérica. En J. M. López-Martín y J. Jiménez (Eds.), La nutria en España: veinte años de seguimiento de un mamífero amenazado (pp. 369–396). SECEM.

Tablado, Z., Tella, J. L., Sánchez-Zapata, J. A. y Hiraldo, F. (2010). The paradox of the long-term positive effects of a North American crayfish on a European community of predators. Conservation Biology, 24(5), 1230–1238.

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