
Al igual que los tiburones, los especuladores inmobiliarios de sol, playa y dientes afilados se sienten a gusto tanto en las mansas aguas caribeñas de Cancún o Miami, como en el espumoso oleaje del Pacífico. Y en las playas de Baja California Sur, los depredadores merodeaban. A 1 600 kilómetros de Tijuana, en la frontera estadounidense, a través de la árida península que separa el Pacífico del mar de Cortés, Los Cabos debería ser tierra de naturaleza salvaje y solitarios surfistas con ejemplares de John Steinbeck, Ken Kesey, Jack Kerouac o, tal vez, Carlos Castaneda en la mochila. Pero no es así. Ni tan siquiera en las playas aún relativamente desérticas al norte del Cabo San Lucas por la costa del Pacífico. «¡Todo vendido! ¡Todo vendido!», repetía triunfante Martín, un tatuado bróker inmobiliario argentino que representaba a la inmobiliaria Cerritos Surf Residences, en el municipio de El Pescadero, mientras señalaba dos bloques medio construidos de condominio en el viejo ejido colindante al océano; tierra colectiva creada tras la revolución de 1910, ya vendida y revendida. Detrás, las olas rugían y echaban una espesa espuma blanca como un animal cazado. El Pescadero era la nueva —tal vez la última— frontera de la colonización turística del desierto de Baja California Sur. Miles de segundas residencias con opción a la multipropiedad, cientos de comunidades de jubilados estadounidenses y resorts de golf con firma de Jack Nicklaus o Greg Norman ya se extendían por la costa. Ahí se juntaban con los megahoteles de brazaletes todo incluido o, al igual que los que encontramos en la Riviera maya, el nuevo modelo del «todo exclusivo» para los turistas más selectos. El ejemplo más reciente: el elegante Nobu Los Cabos Luxury Resort, cuyos socios incluían a Robert de Niro, la última conquista de la cadena de gourmet japonés que arrancó su expansión global en el Caesar’s Palace Las Vegas y pronto aterrizaría también en las narcoplayas de Tulum. En El Pescadero se habían construido 60 residencias exclusivas con piscina privada y vistas al campo de golf en el mismo conjunto que el hotel de lujo, con su icónico restaurante, todo en un entorno de sofisticado minimalismo japonés. Los chefs de la escuela de Nobu Matsuhisa ofrecían platos como el sushi-maki de jurel con jalapeño, el nigiri sashimi de atún toro, o el plato insignia de la cadena: tempura de camarón roca con salsa cremosa. Era una carta de increíble diversidad marisquera, aunque todo importado, ya que la cornucopia de vida marina de Baja California Sur ya no era lo de antes. Nobu anunciaba su misión de «garantizar el lujo sostenible». «Feel the exclusivity», rezaba un cartel en una urbanización cercana. En Cerritos Surfside el mensaje era «Te espera el paraíso».
Más adentro, en el pintoresco pueblo de Todos Santos, reconstruido al gusto de quienes preferían Nuevo México a México, los turistas estadounidenses y algún nómada digital consumían ostras en una galería de arte y antigüedades que exponía retratos de Frida Kahlo y un busto en mármol de Napoleón por 9 500 dólares. Afuera, cuatro integrantes de la nueva guardia nacional mexicana, en uniforme de guerra, armados con ametralladoras de alta potencia, circulaban saludando a los transeúntes desde un carro blindado. No era desproporcionado. A fin de cuentas, a cinco horas en ferry, por el mar de Cortés, desde la capital de Baja California Sur, La Paz, se encontraba el territorio conquistado por el narco de Sinaloa.
Una hilera de letreros flanqueaba el camino de tierra hasta las playas del Pacífico: «929: For sale, Richard Friend, 1032 For sale, Rick Kessler». Más arriba, con vistas a una cala virgen, otros anuncios de inmobiliarias globales —Sotheby’s o Century 21 Richard Ellis y Prudential Realty— subastaban cientos de lotes junto a playas de agua tan limpiamente azul que los publicitarios del Nobu la calificaban como «agua de zafiro». Eso sí, estaba tajantemente prohibido nadar en las playas del mal llamado Pacífico, de resaca letal aquí, que rápidamente convertiría una experiencia única, según la frase predilecta de los hoteleros, en la experiencia última. Pero para el inversor de un inmueble de tiempo compartido en El Pescadero bastaría contemplar la magnífica vista, la franja de arena blanca, las rocas taladradas por el viento y la solitud del furioso océano Pacífico. A fin de cuentas, la sobreexplotación de las famosas playas de Los Cabos, a 70 kilómetros más al sur, había convertido un paseo en la arena en una experiencia todo menos que exclusiva. «La gente ya está harta del estrés en Los Cabos; quieren paz aquí», me dijo Martín, que, tras seis meses en Los Ángeles durante el bajón de la pandemia, había vuelto a la costa de Baja California Sur con ganas de hacer negocio. (…)
En Baja California, al igual que el en Caribe, turismo aniquilaba todo lo que supuestamente codiciaba. Todo lo que alimentaba sus fantasías era también la herramienta de la destrucción. Ya se empleaba a fondo en los alrededores del pueblo una inmobiliaria con sede en Los Ángeles, cuyo nombre, Iron Gate (puerta de hierro), resumía con elocuencia la filosofía del nuevo desarrollo de lujo e hiperseguridad vallada: Costa Palmas. Dos hotelazos, entre ellos el sospechoso habitual Four Seasons, con su obligatoria infinity pool, que permitía fusionar bajo la mirada del huésped el agua de la piscina con el mar, así como 400 viviendas de alto standing, que se vendían entre 2,6 millones y 26 millones de dólares. Eran casi todas segundas residencias, la mayoría ya asignadas a soñadores-inversores estadounidenses de California o Arizona que veraneaban en Baja California Sur. Había 20 restaurantes y un campo de golf, un cine, piscinas y un puerto marítimo repleto de yates ostentosos, pero al mismo tiempo banales, hechos de fibra de vidrio, casi siempre blancos, que convertían los puertos en estacionamientos de lujo. Todo a lo largo de tres kilómetros de playa y sobre un humedal vital para la fauna y la pesca, y a escasos metros del acuífero subterráneo que abastecía a los pueblos de Baja California Sur. Mientras tanto se secaban los arroyos que bajaban en la efímera estación de lluvia desde la sierra. La crisis del agua en un clima desértico amenazaba también la reserva de la biosfera de Sierra de la Laguna y sus dos especies endémicas de colibrí. Un turista utilizaba dos veces más agua que un habitante originario y el resort medio de Los Cabos consumía tanta como una ciudad de 12 000 personas, calculaba Carmina Valiente, geógrafa de la Universidad de La Paz. Sin incluir el campo de golf, equivalente a otras 7 500. En puerto Los Cabos, 500 lanchas esperaban la próxima excursión al emblemático arco de piedra, pero la nueva ciudad apenas tenía infraestructura pública. Cuando John Steinbeck recorrió la costa de Los Cabos en 1940, un año después de la publicación de su obra maestra Las uvas de la ira, mientras la Segunda Guerra Mundial estallaba al otro lado del Atlántico, comentó, incrédulo, en repetidas ocasiones la asombrosa biodiversidad del mar: «Un trocito del arrecife podría ocultar 30 o 40 especies», escribió en su crónica Por el mar de Cortés, tras contemplar los corales atestados de decenas de clases de cangrejo y otros crustáceos, de gusanos fluorescentes, de erizos camaleónicos, de esponjas resplandecientes en azul eléctrico. «Todo vibraba y pulsaba de vida feroz». Pero Steinbeck ya presentía lo que vendría. «En la orilla de La Paz se levantaba un nuevo hotel y parecía muy caro; los aviones pronto traerán a los excursionistas de Los Ángeles y de la preciosa ciudad brotará la fealdad de Florida», advirtió. Y, efectivamente, las playas desiertas salpicadas de conchas exóticas donde Steinbeck y sus compañeros amarraban el barco Western Flyer ahora eran muros de hoteles y campos de golf como los que vimos en Miami. Done la pluma del premio Nobel describía «olas que sisean y peces que saltan», los jet skis y windsurfistas serpenteaban entre los yates de lujo.
Este texto es un fragmento del libro Turismo de terror, del periodista y escritor Andy Robinson, que reproducimos por cortesía del autor y de la editorial.






