
Nota del autor: aquí no encontrarás (casi) spoilers, aunque se escriba sobre una serie y mencione a sus primas del pueblo. Esto no va de esto. Además, he perdido las gafas de pasta y la capacidad de análisis en otoño está muy mal vista. Esto va de percepciones, poesía, listados y papel de periódico que envuelve merluzas o que trasciende su propia naturaleza. No busques, por tanto, ni sesudos análisis ni respuestas finales; tan solo sensaciones que a nadie importan. Creo que de eso va el cine y sus esquejes. Y, por supuesto, pero por si acaso, me estoy refiriendo a la temporada uno.
La frase del titular no es mía, aunque quizá tengas un déjà vu respecto a ella. Se la dijo, hace mucho, un galileo muy famoso a un gobernador romano. Pero es perfecta, en fondo y forma, para ilustrar la siguiente digresión.
Me pasa mandanga de la buena uno de mis muchos camellos cinematográficos; una camella —dromedaria, más bien, porque es rubia—, que siempre circula por el carril del vitriolo audiovisual, aunque últimamente se está volviendo un poco vaga: será esto la prima de riesgo.
En el mensaje me dice que eche un vistazo a la lista del New York Times con las mejores series —TV shows las llaman ellos de una manera mucho más gráfica— del siglo XXI. Yo ya ando un poco estragado con el dichoso temita de los rankings, porque tomando como hoja de ruta su listado de las cien mejores películas de lo que llevamos de siglo, escribí una saga veraniega poniendo semejante panfleto de vuelta y media. Por resumir, el mero hecho de que ni aparezca en ella La gran belleza, de largo la mejor película de lo que llevamos de siglo, convierte a este inventario en el papel de periódico que usaban para envolver los peces muertos que le enviaron a Sonny Corleone dentro del chaleco antibalas de Luca Brasi. En el caso que nos ocupa, entre otras muchas aberraciones han colocado a True Detective —hablamos siempre de la temporada uno— en el puesto 35. Y el problema no es el número, sino que forme parte del conjunto, paisaje audiovisual con canon de fondo, porque, como he dicho antes, no es de este mundo, como el nazareno.
Pero yo se lo explico a mis colegas periodistas del New York Times.
True Detective pertenece a otro arte, que aglutina a todos y que, quizá, aún no ha sido concebido.
Puede que no sea necesario bajarme al barro, pero nunca está de más recordar que Breaking Bad y The Wire, que ocupan meritoriamente los dos primeros puestos, son auténticas joyas audiovisuales, grandes productos, especialmente la primera, que sublima su propio género para colocarse en un lugar indefinido, cerca del cielo probablemente, algo que no logra la segunda. Ambas, sin embargo, están cosidas desde el primer al último plano, a diferencia de las restantes, ya sabes, ese mal endémico de todas las series —y cuyo paradigma es curiosamente la que les sigue, Mad Men—, que van añadiendo absurdos colgajos a una trama seminal, convirtiéndolas en caricaturas de sí mismas. Breaking Bad y The Wire son, pues, series río, piezas indiscutibles de esta mal nombrada «era dorada de la televisión», pensadas desde el principio hasta el final, como sus hermanas mayores las películas, con un admirable arco dramático y coherencia narrativa. Pero siguen siendo eso, series de televisión. Y como productos audiovisuales se acabarán perdiendo en el tiempo como una lágrima en la lluvia. Quedarán en las estanterías de su arte, pero no en las de la alta cultura.
True Detective, en cambio, ha trascendido su propia esencia, porque nunca quiso ser «solamente una serie de televisión». Tal vez esa fuera la idea primigenia de Nic Pizzolatto —en la partitura— y Cary Fukunaga —con la batuta—, pero la cosa se les fue de las manos y se convirtió en un poema hecho imágenes, quizá involuntario, una mezcla de Malick y Bécquer, curado por Poe y visitado por Seven, Arde Mississippi o Zodiac, de las que es sobrina y a las que desborda. Toda ella es un verso en ocho estrofas, abriéndose por las únicas costuras posibles, las de la poesía, para concentrar el alma humana, sus espíritus, sus abyecciones, su naturaleza oscura y luminosa a un tiempo. True Detective no es solo metafísica o metalenguaje; es la explicación de la materia de la que estamos hechos, como aquel halcón maltés, solo que esta vez los sueños se han transformado en pesadillas. Ella mira al cosmos sirviéndose de Marty y, sobre todo, de Rust en urdimbre con el humanismo lynchiano pero con su propia métrica, hasta alcanzar el prodigio de proyectarse más allá de su género —rellenar a tu gusto—, el thriller policíaco, el prosaico whodunit telúrico, hasta la buddy movie mortuaria, para situarse en la alta cultura, esa que sirve a todos los seres humanos que alguna vez hayan sentido. Dirás, con cierto derecho, que no es comparable un artefacto de ocho capítulos con el mastodóntico relato de las antes aludidas, diez veces más anchas. Medida empírica, cuantitativa; como si El guardián entre el centeno no pudiera compararse con En busca del tiempo perdido.
Prometí no analizar sus versos, tan solo vomitar sensaciones. Pero nadie que alguna vez la haya habitado puede abstraerse de su epílogo, en el que se atisba la claridad en la oscura noche. Y, como pasa siempre, nos dimos cuenta de su verdadera naturaleza al final. Al final de verdad. La última secuencia de True Detective, triunfantes y derrotados, es prácticamente el monólogo del propio libreto en boca de Rust, apoyado, física y emocionalmente, en Marty, y cae del lado del mejor Malick, definiendo así la serie, dándole carta de naturaleza a ella y, de paso, a los que habitamos esta esfera: «Creo que no lo has entendido. Lo del cielo. Tiempos atrás solo hubo oscuridad. Si me preguntas, la luz gana».
Mal que le pese al New York Times.






