
Avanza incontenible. Maillot rojo pegadito al cuerpo, ojos azul ártico, pelo rubio cayendo a guedejas sobre la frente sudada. Es una visión hermosa, sí, pero también atemorizante. Qué podría hacer, qué hará. Émbolos a ritmo, brazos tensos, los riñones empujando.
El resto, a un mundo.
El resto, de otro mundo.
Espartanos… au, au, au.
Seguro que han visto ustedes películas, documentales, esa cumbre del conocimiento humano que son los hilos de tuiter. Sobre Esparta. Sobre guerreros de Esparta, más bien, que ilotas nos importan una mierda. Pero los mazaos, los fitness boys, los criptobros de la antigua Laconia… oh, joder, esos sí, esos molan mucho entre huestes de quienes nunca (nunca, jamás, imposible, never) leerán libros explicando el tema.
Ay.
En esta admiración por Esparta muchos fijan mirares allá por el Taigeto. El Taigeto como símbolo, el Taigeto como actitud metafórica. Si tienes problemas… al Taigeto. Y allá te las apañes con lobos y pedruscos. Trasladen esa idea hasta la preparación exhaustiva, cruel, intransigente, de los chicos. Darwinismo social para quienes deben combatir. Tampoco entraré yo mucho a explicar mímesis, que bien diáfanas nos surgen.
Bueno, pues eso (o parecido) ocurre con las bicis en la Unión Soviética.
Comienzos dudosos. Y vergonzantes, por ser claros. Los rojeras que no pintan na en esto del ciclismo. Y no pintan na en esto del ciclismo cuando el ciclismo tiene un potencial gordote para los parias de la tierra, en pie famélica legión. Proletarios de la bici, trabajadores a pedales. ¿Saben esa peliculita de los Lumière, la de obreros saliendo de una fábrica? Pues, allí, mogollón montando en sus bicicletas. El velocípedo fue herramienta de emancipación para la menestralía, tanto urbana como rural. Permite, a los segundos, conocer de forma fiel, de forma no figurada, las extensiones de predios que posee un señor. Permite, a los primeros, desplazarse hasta el centro fabril, así que ya no debemos albergar siete familias en viviendas urbanas tipo «Madrid, barrio céntrico, coqueto ático con muchas posibilidades». Hasta las competiciones… deporte individual que se practica en equipo. Nadie es más que la suma de los otros. Etcétera.
Perfecto.
Si hasta hubo una vuelta ciclista de creciente fama tras el Telón de Acero. La Carrera de la Paz, le dicen. O la Friedensfahrt, en germano. Wyścig Pokoju, si prefieren Polonia. Závod Míru, Checoslovaquia. Resumen de lo que fue, de lo que representa, una competición que cruza, desde 1948, esos tres países. Vuelvan a leerlo: habían estado matándose una miaja apenas añucos ha. Y, ahora, auspiciada por periódicos del Partido, con impulso del Partido, con multitudes en las carreteras… Concordia ciclista. Si hasta el maillot de mejor equipo (color azul) llevaba cosida una paloma de la paz picassiana. Perfecto para todos los obreros del mundo.
Humillante para los soviéticos.
Que no pintan nada, que no son nadie. Así que, poco a poco, buscan crecer. Darwinismo, de nuevo. ¿Qué tenemos? Mogollón de gente, así que hagamos selecciones muy tempranas en escuelas, detecciones de aptitud y luego entrenamientos asesinos, entrenamientos superando cualquier umbral del dolor, para que la materia prima vaya moldeando gemas. Kilometradas imposibles, recuperaciones con desarrollo pequeñín (lo de hacer rodillo tras el esfuerzo lo practicaban los soviéticos desde hace medio siglo, solo que ellos le decían al asunto «treinta kilómetros suaves para terminar»), disciplina absoluta, un régimen igualitario donde quien ganaba era la Nación, y no un ciclista específico.
Y empezaron a dominar. A dominar mucho.
Elipsis hasta los años setenta.
Un chico de oro, el otro Hinault
Era perfecto.
Perfecto.
Era alto, rubio, tiene mirada color azul, mirada de gélido norte. Gasta piernas que moverían el acorazado Potemkin a pedales, piernas para devorar raspútitsa como si fueran helados de tutti frutti. Ningún maillot encarnado era más rojo, más brillante, que el suyo. Y ganaba, ganaba mucho, ganaba siempre.
Era perfecto, dijimos.
Se llamaba… uf, esto es complicado. A ver, llamarse se llamaba Сергей Николаевич Сухорученков, pero eso a ustedes nanai, eso ustedes ni papa. Así que le llamaron, por periódicos y libros, Serguéi Nikoláievich Sujoruchenkov. O Soukhoroutchenkov. O Sukhoruchenkov. O Soukho, la mayoría de las veces. No importa. Ese, el rubio, el soviético. El que va en cabeza.
Y todos saben.
Serguéi era el mejor de los otros. De los que competían más allá del Muro, de los que solo podían constar como amateurs. Quien domina y humilla. El que, dicen, podría mirar a los ojos de Hinault. El que sobrevive a las selecciones, al entrenamiento durísimo, a la crueldad que rastrea genios. Quien llega más lejos que los otros.
Serguéi (Briansk, 1956) sigue el mismo proceso de todos los niños soviéticos que quieren montar en bici. Y él destaca, destaca para ganar en terrenos amigos. Por Cuba, por Hradec Králové. También Závod Míru, esa Carrera de la Paz que se pensó como sutura para países devastados, como lacito en naciones que se destruyeron no hace mucho, qué de connotaciones. Fue, dicen, el Tour de Francia del Este. Ganó allí Soukho una dupla, luego les hablo.
Porque, entre medias, L’Avenir.
L’Avenir, el Tour del Porvenir por estos lares, tenía marchamo de Tour chico. Misma organización, parecidas leyendas, orografía familiar. Y, sobre todo, el formato open, ese que permite participar a los no profesionales. Como los soviéticos. Que, a ver, eran no profesionales bastante profesionales, pero se me entiende. Y Serguéi trincó dos consecutivos, fue segundo otro par. Incontenible. En 1978 encabeza un triple soviético, junto a Galaletdinov y Morosow. Doce meses más tarde enlaza Giro de las Regiones (con exhibición epatante en Campo Cesina), Carrera de la Paz (con exhibición epatante en los Montes Metalíferos) y L’Avenir (con exhibición epatante en… bueno, en casi cualquier lado). Sumen, a eso, su obra maestra. El oro olímpico. En Moscú, cómo no.
Aquellos Juegos. Los del boicot, los de las celebraciones suaves, los del público educadísimo. Circuito, en bicis, que construyen ex profeso, porque los comunistas somos así, echaos pa’lante. Es en Krylatskoye. Subidas pequeñas, ásperas. Catorce vueltas. Debe ganar uno de los ruskis, no se admiten errores. A mayor gloria del Kremlin.
No querían a Soukho allí. No lo quería Kapitonov. Demasiado suave, ese perfil es demasiado suave, deberíamos currar todos a una para Nikitenko o Averine. Pero la realidad es tozudísima (posiblemente la realidad sea lo único más tozudo que Kapitonov). Serguéi sale, Serguéi ataca, Serguéi destroza. Desde el primer giro a tirones. En solitario cuando faltan cuarenta kilómetros. Tres minutos con Czesław Lang y Yuri Barinov. Roche, por citar alguien que quizá les suena, llega cinco después. Éxito absoluto, el himno de Aleksándrov retumba mogollón. Peter Crinnion, seleccionador irlandés, lo tiene clarísimo: «Creo sinceramente que incluso Eddy Merckx en su época de esplendor debería haberse exprimido a fondo para igualar a Sujoruchenkov».
No hay nadie como él. Ningún ciclista puede derrotarlo.
Pero, después, desaparece. Y, más después, retorna.
El silencio.
Edipo en la URSS
Claro que, entre medias, tuvo que matar al padre. Y en la Unión Soviética, hablando de bicis, el padre se llama Viktor Arsénievich Kapitonov. ¿En pocas palabras? Un mito. ¿En las mismas palabras? Un tirano.
Uno que nace en Kalinin, años treinta. Solo que también nace en Tver, porque no están hoy las cosas como para recordarte al viejo Mijaíl. Sitio… pues complicado, para qué les voy a contar gaitas. Nueve grados de media anual, saquen los inviernos. Así que el joven Viktor se dedica al patinaje, pero pronto pasa a la bici, que es más sencillo. Más sencillo destacar, más sencillo defender a la URSS. Ya saben, poco nivel.
Hasta Roma.
Todo fue en Roma.
Juegos Olímpicos, año 1960. Kapitonov que casi ni acude, porque tuvo caída fea en la Friedensfahrt, y parecía doliente. Pero luego sí, luego hay épica. Hace calor, en Roma. Calor asfixiante, en Roma. Qué de sed, por Roma. Infierno para quienes participan aquella tarde, fondo en carretera, ciclismo olímpico. Knud Enemark, danés, incluso muere sobre el asfalto, la piel ardiente, anfetas en sangre.
Allí ataca Viktor. Sesenta hasta el final, muy lejos. Todos se miran, todos cautos. Salvo Livio Trapè, chaval de Montefiascone, cerquita del Foro. Igual… Los dos hacen camino, los dos llegan juntos. Esprint y… ya, Viktor ha ganado.
Viktor es oro.
Solo que… no, no, espera. Nuestro soviético deja de pedalear, hace gestitos, Trapè continúa apretando bien fuerte. Hostia, que queda otra vuelta, tú, que aceleré antes de tiempo. Insultos, desprecios grandotes, juramentos tipo Dostoyevski, con referencia a los antepasados y demás. Retorna Viktor, esprinta otra vez. Ahora sí.
Campeón olímpico.
Viktor Kapitonov es campeón olímpico. Los soviéticos han desembarcado en el planeta velocipédico.
(Esa misma noche cena con Pier Paolo Pasolini. Cuentan que lo lleva hasta suburbios y arrabales de Roma. No todo reluce, no, en el lejano oeste).
Cuatro añitos más duro, sobre su máquina. Cuatro añitos y a dirigir. Porque Kapitonov tiene formación como pedagogo, es un seguidor ferviente del método científico, analiza de forma milimétrica todo lo que deben y no deben hacer sus muchachos para ser mejores que nadie, mejores que el mundo. Y lo ponen como seleccionador. Y ahí es donde choca con Soukho.
Demasiado individualista, dicen que dice. Demasiado viejo, dicen que dice. Ya lo ganaron en el Porvenir, allá por 1980. Que, vale, medalla de oro, pero lo ganaron en el Porvenir, allá por 1980. Alfonso Flórez, colombiano trágico. No estamos, en la selección, para mantener egocéntricos y ancianos como tú, Serguéi. Has perdido las ganas, te comportas con la misma decadencia moral de nuestros rivales de Occidente. Necesitamos aire fresco. Gana L’Avenir de este 1981, gana la Závod Míru. O fuera.
Fue fuera.
Segundo en ambas. Y en la Paz todavía, que triunfa su compañero Şahit Zahretdinef (es que los nombres son acojonantes, macho), pero allá por Francia lo menea muy mucho Pascal Simon. Casi ocho minutines. ¿Veis?, dijo Víktor.
Y eso. Que fuera.
Años atrás muchos equipos occidentales preguntaron por él a la Federación Rusa. Hasta el millón de dólares, si hacen caso ustedes a las habladurías. Imposible: nadie quiere que su estrella, que el ídolo del pueblo, manche maillots con publicidades y dinerines. No, eso sería vergüenza, oprobio. Sigue aquí, Serguéi. Sigue aquí.
Con los tuyos.
Y eso. Que fuera.
Viktor gana. Todos pierden.
Ítaca queda muy lejos
Así que nada le queda, a Serguéi. El hombre de los ojos gélidos, el de la melena rubia, el ciclista arrollador… ya no lo es. Ciclista, digo. Dónde vas a competir, si tienes cerrao el acceso a selecciones. Nada, carreritas, una Quebrantahuesos, post en el Insta, cosas del aire. Crisis de los cuarenta sin haber cumplido a mitad de veinte.
Se reengancha, eh. Por no parar brusco, que paras brusco y te pones como un tonel, te pones que da cosa. Y por tocar un poco los huevos, a qué engañarles. Al Viktor, ay el Viktor, cómo me motivo contra el Viktor. Que no pedalea, Viktor, pero sus chavales sí, y ellos no tienen culpa, pero yo los masacro, te lo juro por Gueorgui Zhúkov que los masacro. Así que entra, Serguéi, en un equipín de lo más modesto, allá por San Petersburgo (que traía otro nombre por la época, obvio). Y vuelve a competir. Y vuelve a dominar. Y burrea a esos mozos de Kapitonov como si no costase. ¿Ves, Viktor Arsénievich, ves? Pues ahora sufre, cabrón. Y el Kapi que mira para otro lao, uy, no te vi, qué hiciste. Y vuelve a mirar para otro lao. Y a otro. Y a otro más. Qué terquísimo, oye, este Arsénievich. Nueve victorias trinca Soukhoroutchenkov aquel año gulaguesco. Y, viendo lo que rinde Serguéi, hasta Kapitonov debe rendirse.
Vuelve Soukho a la selección soviética (qué preciosura los maillots, qué rojo más… en fin, más rojo). Vuelve y vuelve a lo grande, ganando la Carrera de la Paz. Tras él, un búlgaro (Nentcho Staykov) y el germano Olaf Ludwig. «Kapitonov me confesó que hubiese preferido perder aquella prueba antes que ganarla conmigo». No tuvo suerte.
No la tendrá.
Porque le llegan tarde, las oportunidades, a nuestro Soukho. Perestroika en bici, apertura hacia Occidente. Los soviéticos que disputan, novedad absolutísima, nuestra Vuelta a España. Edición de 1985. Están también, por allí, unos mozucos con maillot de Xerox-Philadelphia. Son malísimos, oiga, pero también son yanquis. Sí, coinciden, en la Vuelta de Perico y Recio, los rojos y los americanos. Y, como la organización es de natural graciosilla, los mete en el mismo hotel bastantes noches. Debía tener aquello más paisanos bilingües que una peli de James Bond.
Pero eso, que está Soukhoroutchenkov quemado, para entonces. No es viejo, qué va a ser viejo, si no cumplió los treinta (antes se envejecía más, eso sí, porque no había redes sociales ni hashtags tipo #sinoentrenascumplesaños, #todalavidapordelante y @mensajesprivadosabiertos). Pero eso, que igual aún… Solo que no. Que motor con más kilómetros que un Renault 4 en Bejes. Exigencias, entrenamientos tipo Chuache antes de Conan, todas las privaciones y los sacrificios posibles. No brilló, no, nuestro Serguéi con los pros. Ni siquiera cuando ficha por Alfa Lum, experimento a medias entre San Marino, Italia, la Unión Soviética y el constructor de bicis Ernesto Colnago. Cobraba, entonces, quince dólares al día. Quince dólares. Y eso viviendo en Rímini, que los habían trasladado allí. Quince dólares. El chico del millón, el oscuro objeto de deseo, Le Blaireau tras un Muro. Quince dólares.
Era ridículo.
Terminó, Soukho, dando pedales por Chile. Terminó en el equipo Lada-Ghzel, dando pedales por Chile. Qué lejos quedan, sí, los tiempos del Ejército Rojo, los tiempos en que fuimos los mejores, en que fuimos imparables. Terminó trincando la Vuelta a Chile, oigan. Solo que detrás ya no leías Roche o van der Poel. Omar Alirio Trompa era, y William Molano. Ya les dije, estaba quemadísimo.
Ahí acabó, Serguéi.
El hombre que, dicen, era tan bueno como Bernard Hinault.
Solo que en rubio.






