Desmontes y voladuras Opinión

José Antonio Montano: El libro y la película

La vida privada de Sherlock Holmes

Lo primero que leí del Libro del desasosiego no fue en libro sino en periódico. Yo tenía diecisiete años y supuso una revelación. Fue en el suplemento literario de El País, que publicó una selección con motivo de la salida de la obra en España. Aquella edición de Seix Barral, con traducción de Ángel Crespo, sería pronto la mía. Hoy tengo otras dos en portugués, una comprada en Lisboa y otra en Río de Janeiro, y sé que Acantilado sacó una traducción nueva en español. La propia Seix Barral ha reeditado el libro con una portada diferente. Pero la que yo leo sigue siendo la de 1984, con Pessoa en su mesita, prototipo del escritor envidiable.

Aunque la revelación, como digo, fue en el periódico. Descubrí aquel día el nombre de Fernando Pessoa y descubrí que se podía escribir así. Yo no lo sabía. Para el adolescente es vital encontrarse con lo que se puede hacer; no me refiero a “lo que está permitido”, sino a “lo que es posible”. Aquello que es posible hacer pero nunca se había imaginado. Yo no sabía que se podía escribir con esa intimidad, con esa transparencia y con esas dudas. Yo no sabía que se podían expresar tan abiertamente las tribulaciones. Ni contar que no se es nadie, y que se está al margen, y que la vida pasa como un río ajeno. Que se podía ser tan original reduciéndose al máximo. Que era posible despojarse de toda retórica positiva. Que se podía escribir sobre el vacío de un modo tan suave y elegante, con tan poca tragedia.

Luego he encontrado a lectores que se sintieron abrumados con el Libro del desasosiego, y que lo rehúyen porque les deprime. A mí me salvó la vida. Para el adolescente es un alivio saber que no hace falta estar completo, ni conocer mundo. Que el mundo que uno ocupa —y constituye— es bastante. Que cuando la voluntad decae, aparece otro territorio que merece exploración: el de la falta de voluntad. Sin agonías. Baudelaire se había puesto histérico con el spleen, pero Pessoa lo habita. O mejor dicho: su semiheterónimo Bernardo Soares, a quien atribuye las páginas del Libro del desasosiego (en Pessoa sí hay histerismo, pero está en Álvaro de Campos). Bernardo Soares es ayudante de contable, que en portugués se dice ajudante de guarda-livros; por lo que el Livro do Desassossego sería aquel en el que lleva la contabilidad (fragmentaria) de sus pensamientos y sus sensaciones.

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4 comentarios

  1. Gracias por otro excelente artículo.

  2. Pessoa, Holmes. Falogocéntricos, solitarios, autosuficientes, misóginos —ambiguos, correctos, elegantes, sobrios. Sin necesidad de viajar, de salir de la ciudad; habitaban su propio laberinto mental.
    Una consolatio proporcional

  3. Pessoa, Celine, Bernhar….Sé con toda certeza que hay autores que seguiré leyendo o escuchando el resto de mi vida.

  4. Muy parecidos ellos dos al Quentin de Faulkner.

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