Cuando me propusieron escribir este artículo intenté decidir cuál era mi libro preferido. Pero como era complicado quedarme sólo con uno, lo confié todo a los números: el que me haya leído más veces. Se pueden contar con los dedos de una mano las novelas que haya releído, y en todas las ocasiones lo he hecho sólo una vez excepto en un caso: El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. He disfrutado con las andanzas de Voland y Beguemot por Moscú unas cuatro o cinco veces y supongo que eso quiere decir que el libro tiene para mí un magnetismo que el resto no tiene.
Cierto es que me aventuré a comprarlo por primera vez cuando estaba en una época de “rusofilia” y me dio por leer todo lo que pudiera de Dostoyevski, Gógol, Tolstói, Pushkin y cualquier otro compatriota suyo; así que la predisposición era buena ya de inicio, pero la misma (o más) tenía cuando empecé Anna Karénina y lo terminé sólo porque nunca abandono un libro, siempre con la esperanza de que en la última página la historia dé un vuelco insospechado y haga que me enamore de la novela, cosa que ni siquiera el tren del novelón de Tolstói consiguió. Pero con El maestro y Margarita me sentí subyugado ya desde el principio: el diablo aparece en Moscú acompañado de su séquito entre el que hay un gran gato parlante llamado Beguemot (Hipopótamo) y empieza a hacer de las suyas. ¿Puede haber un planteamiento más atrayente que ese?
Cuando la sorpresa inicial debido a lo inusual del argumento empezaba a desvanecerse y quedaba solo el interés por la trama (que no era poco), se acabó el primer capítulo. Impaciente, empecé el segundo… y me dejó totalmente descolocado: de repente me encontré leyendo una especie de Biblia remastered: Jesús de Nazaret, Pilatos, Judas… Ateo como soy gracias a haber estudiado en un colegio de jesuitas durante doce años, torcí el gesto pensando que me las había prometido muy felices pero que a ver si eso iba a desembocar en un folleto de los que te dan los mormones tras preguntarte si conoces a Jesús. Falsa alarma, nada más lejos de la realidad. No era más que un relato sin intención alguna de proselitismo.
Y así fui devorando las páginas del libro, donde se iban alternando los capítulos sobre las diabluras del “wild bunch from hell” en el Moscú del siglo XX con los de Jesús en el Medio Oriente del siglo I, hasta que lo acabé. Y, algo inaudito en mí, me vinieron ganas de volver a empezar; pero refrené el impulso y no fue hasta al cabo de unos meses que volví sobre él. Me gustó tanto como la primera vez, y así ha sido en cada ocasión. Es un valor seguro.
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