El periodismo se enfrenta, en este primer cuarto del siglo XXI, con una búsqueda de su propia identidad; de su función en el “nuevo orden” de la aldea global. La corriente mayoritaria cree que este periodismo debe apoyarse en las nuevas tecnologías, en el breve mensaje de 140 caracteres y en la imagen digital como irrefutable guardián de la verdad. Frente a esta concepción —tan válida como cualquier otra— nace un periodismo de largo aliento que rescata el relato y la crónica extensa. Un periodismo de alianzas: con la literatura y con la realidad. Un periodismo de fogones y sabores frente al periodismo de gourmet de las redacciones uniformadas por la comunicación de agencias. En México encontramos el ejemplo más palpable de esta nueva manera de entender el compromiso social del escribiente, del narrador. De quien tiene por oficio hacerse incómodo. Son los narcocronistas.
Se trata de un puñado de jóvenes y avezados periodistas mexicanos. Bastantes hombres y muchas mujeres. Especializados en asuntos sociales, políticos y de derechos humanos. Formados en periodismo por diversas universidades. Estudiantes valiosos que han seguido, en los diversos medios para los que trabajan, los preceptos aprendidos en sus facultades de Comunicación; aquellos que dictaba el Manual de Periodismo de Vicente Leñero y Carlos Marín (Grijalbo, 1986. Con su nueva edición, revisada, ampliada y mejorada del 2003). El de las noticias de la pirámide invertida cien por cien informativas, neutrales, honestas. Con sus datos, con sus hechos. Una suerte de Curso general de redacción periodística de José Luís Martínez Albertos en España, pero de menor extensión, de 352 páginas solamente. Luego, son periodistas de título y con formación. Esa es una característica que les une a la mayoría.
Muchos de estos reporteros se conocieron cuando coincidieron en la redacción del diario mexicano Reforma. Ese periódico que nació en los noventa con aires renovadores, paradigma del periodismo moderno en México; que se asentaba en el periodismo informativo, el de la objetividad de los datos, el de las “opiniones son libres pero los hechos son sagrados”, o algo así. Este puñado de periodistas cubría los acontecimientos, los sucesos y cumplía con su quehacer diario, con una escritura pulcra y aséptica. Esta experiencia les aportó oficio y un adiestramiento en la elaboración de noticias. También les dotó de un conjunto de parámetros éticos que hasta 1993, cuando nació Reforma, no se aplicaban con rigor en el periodismo mexicano y que, como me comenta el cronista Luis Guillermo Hernández, les inculcaron tenazmente (esa es, seguramente, una de las grandes aportaciones de Reforma al periodismo mexicano): el reportero no recibe dinero de las fuentes; el reportero paga sus viajes de trabajo; el reportero y el funcionario no son amigos y mucho menos cómplices; el reportero solo recibe dinero de la empresa periodística que le paga por su trabajo; el reportero se basa en hechos; el reportero es un profesional del periodismo y publica aquello que ha confirmado o de lo que tiene una prueba.
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Excelente artículo. Gracias por las numerosas propuestas de lectura.
Maria, el trabajo periodístico bien llevado es admirable. Aún más cuando ocurre en zona de violencia. Pasaré por MéxicoDF pronto y me aseguraré de comprar algunos de estos trabajos recomendados por ti. Estoy compartiendo esta lectura con algunos de los alumnos comunicólogos que tuve en Mexico, estoy segura de que tu artículo tocará carne. Y eso es lo que se busca.
muy buen panorama
saludos !!!…
Enorme.
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Artículo magnífico que a algunos nos abre puertas para conocer a los cronistas mexicanos.
Es una reflexión clara y comprometida.
Por cierto, a mi generación tampoco le tocó nada relacionado con la mejor escritura de la crónica. Entre las materias estaban redacción de noticia, reportaje, entrevista, y listo. Esta labor la ha hecho, en muchos sentidos, la Fundación de García Márquez y ahora nuevas escuelas como Taller Arteluz. De ahí este boom actual pienso yo.
Un placer de lectura. Llevo años pensando que parte del mejor periodismo del mundo se está haciendo ahora mismo en México de la mano de muchos de los periodistas que mencionas y algunos otros. Periodismo de investigación, de rastreo, de puro afán, comprometido con la realidad hasta el punto de poner en juego sus vidas por evitar el silencio, la impunidad, el olvido; periodismo de cuerpo a cuerpo, de morder el polvo, de sentido del deber, de creer en lo que uno hace y llevarlo hasta las últimas consecuencias. Una escuela.
Coincido contigo en que sobresale la crónica de Daniela Pastrana. Es también la más descorazonadora.
Sin palabras María! Gracias y que disfrutéis mucho el taller del sábado!
Impresionante y conmovedor, María. Más que felicitarte, necesito abrazarte. El periodismo “establishmet” por estos lares -Argentina- tampoco habla del enorme -enoooorme- y amado Rodolfo Walsh.
Te invito -sería un honor- a mi facebook
Abrazo, amiga
Norma Rossi
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