Carrer Can Sunyer, 46, 17007 Girona
Si es verdad que todos llevamos dentro un pequeño seleccionador nacional de fútbol, de baloncesto, de hockey, incluso de otros deportes solo aparentemente más autónomos como el tenis, el atletismo o el bolo montañés —¡el bolo montañés existe!—, no es menos cierto que dentro de uno de los más inaccesibles bolsillos del chaleco que ya casi nadie se digna en vestir, al menos con elegancia, en el lugar donde en otra época más humana pero también más sucia ocultábamos de las miradas criminales un reloj de bolsillo que ni siquiera solía ser de oro, justo allí tenemos enquistado, mediante un proceso que muchos coinciden en definir como patológico, un pequeño gastrónomo con unas ideas no solo particulares sobre lo que debe ser una buena comida, sino que por sí mismas forman todo un sistema ético, que podría ser admirado tanto por los antiguos griegos como por prestigiosos catedráticos de Königsberg o Heidelberg. Un sistema sólido, con su historia, sus maestros, sus disputas y sus largas épocas oscuras donde se pusieron en duda sus principios básicos, bastante más orientados hacia lo deontológico que hacia lo teleológico. Somos nacionalistas de la gastronomía, y en este aspecto el concepto de nación no solo no es discutido ni discutible, sino que sus límites están perfectamente trazados por las cuatro paredes que forman la cocina donde por primera vez divisamos un huevo frito o una morcilla de Burgos. En esa cocina donde nunca entró un bloc de foiegras.
Por supuesto hay vida más allá, e incluso hay quien sostiene que allí se encuentra el origen de todo lo que más tarde o más temprano termina sobre nuestros platos y en nuestros estómagos. La corriente que defiende lo contrario no es menos poderosa, y esta lucha dialéctica entre gourmands y triperos bien podría ser el principio animado que con tanto ahínco y tan poco tino llevamos buscando desde la época de los presocráticos. Ahí fuera, no muy lejos pero tampoco al alcance de la mano, existe un mundo de foros gastronómicos y estrellas Michelin, de trufa, caviar e hígados hipertrofiados, en el que cualquiera que tenga el valor y la suerte de adentrarse en él deberá hacer gala de una fortaleza de espíritu que llamaría la atención de los reclutadores de las agencias de inteligencia mejor organizadas. La locura acecha al no iniciado. Al volver a casa después de un día en Madrid Fusión, rematado con una cena en DiverXO, no es raro encontrarse uno en la cocina a altas horas de la noche, en un estado cercano al paroxismo, dando órdenes a pinches de cocina imaginarios, fustigando a unos y alabando a otros, revolviendo los botes de legumbres en busca de la lenteja de dimensiones perfectas, una lenteja de contorno no circular sino más bien elíptica según unas proporciones que nos han sido reveladas en uno de los talleres del fórum, o que hemos creído divisar como elemento fundamental del séptimo entrante de la cena. Uno se encuentra de repente allí, sin imaginarse que pueda estar en otro lugar más apropiado para esas horas de la madrugada, por ejemplo en una cama propia o ajena, como un dios clásico desquiciado, con un mazo entre las manos y derribando paredes para ampliar la cocina y hacer sitio al Roner1, a un wok de dimensiones geológicas, a una cámara de criogenización mediante carbonita… Allí estaremos, introduciendo los pañales usados del día en la Thermomix, buscando extraer unos humores esenciales y llorando por haber tirado la remesa de la semana anterior, cuando los podríamos haber conservado con el único propósito de lograr una maceración perfecta, el toque final que por fin nos diera esa primera estrella; y estaremos haciendo todo esto sin prestar mucha atención, aunque la oigamos perfectamente, a la conversación telefónica que llega hasta nuestros oídos desde una habitación cuyos pestillos se han cerrado hace ya unas cuantas horas: “Mamá, ven a buscarme… tengo miedo”. Hay que saber dónde se mete uno al cruzar el umbral de la alta gastronomía y nosotros, siempre preocupados por la salud mental de nuestros lectores, no hemos dudado en desafiar al peligro y describirles lo que pueden encontrarse allí para que se preparen adecuadamente si se deciden a dar el paso fatal.
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Entre las divertidísimas anticrónicas del Sr. Olalquiaga en las que parece que habla de todo menos de comida sin dejar de hacerlo en ningún momento, y esos fotones del Sr. Gamazo en los que una casi puede saborear la comida, casi compensa no haber ido nunca a El Celler.
¡Crowdfunding ya para que estos dos se vayan por España a traernos más maravillas como esta!
Puturroux, ¿crowdfunding es lo que los antigourmet llamamos normalmente «extra de queso»?
Si por «extra de queso» te refieres a «cooperación colectiva, llevada a cabo por personas que realizan una red para conseguir dinero u otros recursos, frecuentemente a través de internet» pues sí, es exactamente eso.
Sr. Olalquiaga, le ha quedado un poco largo.
Gran artículo. Divertido y muy bien contado. A ver si ahorro unos buenos cuartos y me voy a catarlo en vivo y en directo. Enhorabuena.
Muuuuu bonito tooooo…..
Ahora bien, cuánta hambre se queda sin saciar en estos antros…
Debes haber ido a muy pocos, por no decir a ninguno…
Felicidades por el artículo a Olalquiaga.
Muy buen artículo D. Fernando.
Un abrazuco
¡¡Hey!! ¡Pokito! (LOL)
Muy bueno, si señor.
Buenísimos los artículos, Fernando Olalquiaga ¿Cómo es que te puedo encontrar en Twitter, si es que tienes?
Hola Fernando:
Me podrás encontrar en @folalquiaga
¡¡Gracias!!
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