
“Llegué a este país con dos dólares y medio en el bolsillo, pero con la esperanza de ganar un millón. Nunca abandoné esa esperanza” (Carlo Ponzi).
“Carlo Ponzi era un perdedor. Él lo sabía. Todo el que lo conocía lo sabía. Pero estaba desesperado por ser algo más. (…) La gente se interesó en su inversión porque para ellos tenía sentido, aunque no pudiera funcionar” (James Walsh).
Los números, que en economía muchos consideran un argumento incontestable, pueden sin embargo convertirse en una herramienta perfecta para camuflar el engaño. A poca gente se le ocurre discutirlos cuando se imprimen en negro para representar unos cuantiosos beneficios, incluso aunque después esos mismos números milagrosos puedan conducir al desastre. Esto es algo que todos experimentamos en nuestras propias carnes desde aquel 15 de septiembre del 2008, fecha en que el gigante Lehman Brothers fue a la quiebra provocando una crisis de confianza financiera y arrastrando consigo a buena parte de la economía mundial, en una cascada que quienes no entendemos mucho de estas cosas contemplamos con perplejidad. Lehman Brothers, como otras firmas del estilo, había edificado un castillo de naipes que casi nadie osó discutir mientras produjo números… hasta que cayó cuando la mera fuerza de la gravedad desbarató sus etéreos cimientos. No ha sido el único ejemplo de gran espejismo financiero a gran escala; por citar otro bien conocido podemos recordar al coloso estadounidense ENRON, que cayó después de que su fraudulenta prestidigitación contable fuese unánimemente ensalzada durante años por toda la prensa especializada. ENRON fue presentada como un ejemplo a seguir en el mundo empresarial y se le dedicaron loas, artículos, columnas y comentarios favorables hasta que empezó a hacer aguas cuando el artículo entrometido de una periodista se cuestionó el origen de sus fastuosos beneficios (quien todavía no haya visto el extraordinario documental ENRON: The Smartest Guys in The Room, ¡debería verlo cuanto antes!, pasará un buen rato rememorando las hazañas de sus directivos corsario y sus agentes tiburón). Otro buen ejemplo ha sido el superbroker Bernard Madoff, durante varias décadas establecido como uno de los mercaderes más exitosos y respetados de Wall Street. Se necesitaron años para cubrir que había terminado embarcándose en una partida de poker financiera, otro enorme castillo de naipes que vendía humo a cambio de amasar una espectacular fortuna con todo el establishment financiero sancionando su éxito con inane aprobación. El caso de Madoff ha sido especialmente revelador, ya que su modo de operar era una estafa a gran escala basada en el llamado “esquema Ponzi” o “pirámide Ponzi”. Pero, ¿qué es un esquema Ponzi? Para aclararlo deberíamos rastrear ese apellido. Viajaremos a los años 20 y narraremos las andanzas de Carlo Ponzi, un joven inmigrante italiano que pisó América con dos dólares y medio en el bolsillo pero también con la firme intención de hacerse rico. Y lo consiguió, a su manera, aunque para ello causó la ruina a miles de personas. Una historia chocante en su momento, pero que hoy en día —por desgracia— no nos resulta completamente desconocida y que se parece más de lo deseable a ciertos usos de las grandes finanzas actuales. A Ponzi, sin duda alguna, le hubiese encantado vivir en nuestro tiempo.
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Buen artículo, el hombre es el único animal q tropieza dos veces con la misma piedra (y tres y cuatro…)
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que buen artículo! en mi país Colombia abundan este tipo de esquemas, es bueno conocer la historia. Por cierto, una película sobre Carlo Ponzi sería un hit!
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