Opinión Portero delantero

José María Albert de Paco: Hacia el medio y centradito

A Carme Traveria, in memoriam

Primero fue el Waldorf, al que mi padre me llevó a ver, el veinticuatro de diciembre de 1976, King Kong. Debimos de ir a la sesión de las siete porque esa noche, como cada Nochebuena, cenamos en casa de mis abuelos, en la Barceloneta. No, no he rastreado la hemeroteca para dar con la fecha exacta, sino al contrario; gracias a que la recordaba con absurda nitidez, como recuerdo casi todo lo demás, localizar la cartelera de ese día no me ha resultado difícil. Tal vez es que soy un tipo impresionable y lo soy, además, en un sentido literal, algo así como un memento inverso. Pero estábamos en lo alto del World Trade Center. No en vano, el King Kong al que me refiero no es el clásico, sino el de Jessica Lange y Jeff Bridges. Por entonces, el Waldorf era un cinerama de los de pantalla curva, como lo fueron el Nuevo y el Florida. Y eso mismo sería durante los siguientes nueve años. Hasta que el veintiuno de diciembre de 1985, y tras un periodo más o menos fantasmagórico que coincidió con el auge de los primeros videoclubs, pasó a convertirse, con cuatro salas, en la primera multisala de Barcelona (el Publi, el Alex y el Casablanca, con dos salas, no podían considerarse multisalas, y el Pelayo y el Comedia, pese a su condición de pioneros en la atomización de la oferta, no pasaban de tres pantallas). Ese día, sábado, se proyectaron, en riguroso estreno, las películas Legend, Santa Claus, Comando y Las minas del Rey Salomón. Llama la atención cómo en la cartelera de aquellos años, cuando menos en la de La Vanguardia, los títulos venían acompañados de una exigua leyenda que daba una pista acerca de la película en cuestión. Un gancho, en suma. Así, Legend, la película de Ridley Scott, en cuya breve filmografía se contaban ya dos clásicos, Alien y Blade Runner (esos dos filmes, de hecho, se publicitaban como aval en el cartel); Legend, decía, llevaba como reclamo el subtítulo «mucho más allá de la imaginación». Lo de Santa Claus no era tanto un subtítulo cuanto un eslogan sesentero, como de agencia de Mad Men: «Un personaje de leyenda, que maravilla a grandes y pequeños»; la propuesta de Las minas del Rey Salomón viraba hacia el avance de programación típicamente televisivo: «La estela de la aventura llega a su cota máxima con Richard Chamberlain»; y el señuelo de Comando se inclinaba por la sinopsis desganada: «Un hombre que destruye a cuantos se interponen en su camino».

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2 comentarios

  1. El CINE que en mi infancia y adolescencia disfruté, ha evolucionado según dicen (o perdido su encanto, según creo).

    Que ha perdido su esencia como punto de encuentro social es evidente, pero la sociedad que llenaba las salas también ha cambiado su educación, respeto y emociones, hasta tal punto que cuando nos hemos encontrado casi solos en una sala, la película se disfrutaba como nunca.

    ¡Qué recuerdos al evocar «Los Fantasmas Del Roxy»!

  2. Horacio Montelimar

    Para mí no supone ningún problema la desertización de las salas exhibidoras, porque la última vez que pisé uno de estos locales -en las multisalas Yelmo- creo que fue para ver Malditos bastardos, o sea que ya ha llovido un poco desde entonces. Veo ahora más cine y series que nunca desde la gran comodidad de mi sala de estar, mi sofá con chaise longue y mi pantalla de 42 pulgadas. Cuando quiero y lo que quiero, sin nadie que moleste hablando, comiendo palomitas o arrugando papeles de chocolatinas. Tampoco tengo que soportar la mirada arrogante y hostil de ese acomodador alto con gafas y bigote, que debe pensar que soy tan alto como él y encima más guapo mientras me parte la entrada por la mitad con gesto de oler mierda.
    En fín, que la nostalgia es muy cabrona y nos puede llevar a hacernos creer que esta maravillosa forma de ver cine que he descrito más arriba, es un asco si la comparamos con los cines de barrio de los años 50 y 60, con su olor a orines y desinfectante.
    Seguro que Serrat lleva siglos sin pisar un cine. ¡Pues no estará él poco cómodo tumbado en su chalet con el pantallón de home-cinema! Que una cosa es predicar y otra dar trigo…

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