«Muy fuerte, argo jorobao, bizco de los dos ojos, un poco sordo, de vos bronca que paese sale de una tinaja, y muy ancho de espaldas. Está argo enfermo y se ajoga cuando corre mucho», así fue descrito el bandolero Bizco del Borje por alguien que lo conoció. Y que no debía tenerle mucho aprecio, sospechamos. ¿Pero qué sitio deja este amargo retrato al bandido como héroe romántico, ese rebelde a quien «las mujeres adoraban, los hombres temían. Robaba a los ricos y se lo daba a los pobres»? ¿Cómo eran realmente aquellas gentes de trabuco, patillas y vida airada?
El antropólogo Julio Caro Baroja se preguntaba por qué han provocado siempre tanto interés. Y la primera respuesta que daba es que, sencillamente, la violencia es más divertida que la mansedumbre. Para que aquellos que la ejerzan acaben siendo los protagonistas de las narraciones populares y literarias ya solo faltaría entonces otro ingrediente: que su actividad sea considerada delictiva por las autoridades pero no por el pueblo llano. Tal cosa podía ocurrir en el caso de sociedades muy poco igualitarias, donde las clases bajas considerasen que sus intereses eran distintos, e incluso opuestos, a los de las clases pudientes. Eso fue lo que pasó en Andalucía, la región de España que tradicionalmente estuvo más vinculada al bandolerismo. Ya desde los lejanos tiempos de la reconquista y el reparto de tierras que trajo consigo, que favoreció su concentración en unas pocas manos. Es decir, el latifundismo. Esto además tuvo como consecuencia la formación de ciudades relativamente grandes rodeadas de extensas zonas despobladas, donde los bandidos podían campar a sus anchas. Especialmente si contaban con accidentes geográficos, que pudieran emplear como refugio, más concretamente Sierra Morena. Por otra parte, Sevilla llegó a convertirse en una de las ciudades más grandes y ricas del mundo gracias al comercio con América, lo que atrajo toda clase de fauna humana, tal como cuenta en su libro autobiográfico Julián Zugasti (un curioso personaje sobre el que luego volveremos):
Pordioseros, cortabolsas, mandilejos, espías y coberteras de todos los crímenes, ladrones de toda especie, facinerosos de todas marcas, tunantes de todos calibres, birladores de todas cuantías, viejos en todo linaje de levas y trampas, viejas traficadoras en todas clase de pecados, mozas del partido, mendigas del uñate, poltrones de todas tallas, pícaros de todas estofas y hampones de todas castas escuchaban, obedecían y acataban con profundo respeto al archihampon ó archipámpano, que se ostentaba en su cotarro como un general ante su ejército, como un rey ante su trono, como un emperador en su imperio.
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Me encantan los artículos de Javier Bilbao.
Con las bazofias de guiones que se llevan al cine y que no haya un director que haga una buena película española histórica…
Porque no hay un productor que se atreva a financiarla.
Teniendo en cuenta que la mayoría del público español tiene catalogado el cine español como «malo» independientemente de temática y autor, no les culpo.
… mire usted que si resulta que es malo… pero malo con avaricia… y no por prejuicios, porque sacan peli nueva y te dicen «que esta sí, que es como las de otros países, de nivel» y ahí va uno de buena fe, pensando, «por fin» y nada: más de lo mismo. Y aplíquese a series.
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Bonito artículo, sí señor.
Te ha faltado el último bandolero Juan Mingolla Gallardo, Pasos Largos, al que mi abuela conoció en persona, según me contaba.
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Buena película de bandoleros andaluces del siglo XIX
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