
Viene de la primera parte
13
Joan se levanta del aburrimiento, como si el sopor fuese una silla demasiado cómoda. García Robles está convencido de que no es la primera vez que Bill y su mujer juegan a Guillermo Tell. Después de todo su vida consiste, cuando no se observan los pies, en correr por las azoteas, buscando el arrullo del abismo y su brisa. No hay atisbo de turbación en el gesto de Joan, como si estuviese deseando que Bill la retase. Está tranquila. En el fondo, confía en la telepatía que la une a Burroughs cuando están muy colgados. Se coloca el vaso sobre la cabeza y cierra los ojos. «No puedo mirar, no puedo soportar ver sangre», dice con humor de yonqui. En mitad del juego, se vuelve una efigie de piedra, de mirada feliz y profunda, a la que un escultor estuviese a punto de hacer hablar. Burroughs retrocede algunos pasos, hasta quedar a tres metros de la estatua. Comprueba que la pistola está cargada. Extiende el brazo. Apunta brevemente. Aprieta el gatillo. El vaso rueda intacto por el suelo, y el dibujo que traza suena como un violonchelo.
14
Ciudad de México les había prometido la felicidad al fin de la escapada, cuando un día emprendieron la huida de Nueva Orleans. En realidad, Nueva Orleans también les había hecho promesas. Se habían instalado al otro lado de la ciudad, cruzando el Mississippi, después de vender su terreno en Texas, porque era fácil conseguir heroína y morfina. La droga posee una geografía propia, con sus asentamientos. Joan ya ha dado a luz a William S. Burroughs III. Ella y Bill están otra vez atrapados en la ecuación. Bill es un enfermo total, postrado, y los bajos fondos de Nueva Orleans le ayudan a perfeccionar su locura. En cuatro años lo ha visto todo, salvo el yagé. «He consumido la droga bajo muchas formas: morfina, heroína, dilaudid, eucodal, pantopón, diccodid, diosane, opio, demerol, dolofina, palfium. La he fumado, comido, aspirado, inyectado en vena-piel-músculo, introducido en supositorios rectales. La aguja no es importante. Tanto te da que la aspires, la fumes, la comas o te la metas por el culo, el resultado es el mismo: adicción». A finales de 1949, en Nueva Orleans empieza a cruzarse con demasiados agentes de policía. No quieren yonquis en la ciudad, pero Bill necesita la droga «para salir de la cama por las mañanas, para afeitarme, para tomar el desayuno». Una tarde la policía le da el alto. Su coche va lleno de heroína y marihuana. Cuando registran su vivienda, encuentran marihuana, cápsulas y un revólver del 38. «Ahora su marido es propiedad del Tío Sam», le dice uno de los agentes a la mujer de Bill mientras se lo llevan. Es el momento de buscar la felicidad en otro sitio. La policía había cometido el error de registrar la casa sin mandato judicial, y William queda en libertad, a la espera de la vista oral. Pero «el juicio en Nueva Orleans por tenencia de heroína y marihuana —admite en Queer— parecía tan poco prometedor que decidí no acudir a la cita del tribunal». Hacen las maletas. México los espera.
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Genial. Me ha encantado. Y tengo que admitir mi absoluta ignorancia hasta ahora por Burroughs y la generación Beat. Gracias
Me ha pasado lo mismo que con los libros, no he podido parar de leerlo hasta el final, muy buen artículo.
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Tengo un amigo que se siente fascinado por Bourroughs. Yo confieso que todavía no he podido considerar la idea de ponerme a leer a un tío que me parece un perfecto gilipollas. O sea, a ver si me explico, necesito sentir al menos un gramo de respeto por alguien para leerlo.