
Sentada a las puertas del probador, abrazando bolsas, bolsos y abrigos que no me pertenecían, el otro día me vino a la cabeza la noticia que publicaba The Daily Mail hace poco más de un mes: «Un hombre se suicida en un centro comercial tras pasar cinco horas de compras con su novia».
Según el diario británico esto pasaba en China. Y como acostumbran las noticias que nos llegan de este país, la letra pequeña era tan digna de estudio como la de un contrato leonino.
Al parecer, Tao Hsiao de treinta y ocho años, decidió saltar por el balcón del centro comercial cuando su novia le reprochó a gritos que era un tacaño por no dejarla comprar más zapatos. Damos por supuesto que el hombre tendría más razones que esa bronca para acabar con su vida, pero, volviendo al tema de soportar un día de rebajas, me acordaba de Tao y llegué a entender su desespero.
Ir de tiendas, de compras, de shopping, o como se le quiera llamar se ha convertido en una forma de ocio. Pero aquí hay algo que no me cuadra. El ocio es, según la RAE, la diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio que se toman regularmente por descanso de otras tareas. «Reposo, ingenio y descanso», tres conceptos que no encajan en lo que yo, a fecha de hoy, conozco como ir de compras, pero vamos, seguro que esto es solo cosa mía.
Si se supone que uno pasa sus ratos libres haciendo aquello que le gusta, que le divierte, que le inspira y esto es comprar, ¿por qué no veo a gente feliz mientras compra? Miraba las caras de esa gente en las tiendas y no desprendían felicidad. No veo gente sonriendo mientras hacen cola para pagar, ni mientras rebuscan entre las estanterías esa ganga que prometen los carteles del escaparate. Tampoco veo que la gente sea feliz cuando un fabricante decide tomar como modelo el palo de una escoba para diseñar vaqueros que no sientan bien a ningún cuerpo. Son cosas que no hacen gracia a nadie y, sin embargo, puede decirse que acumular pertenencias —y comprarlas— produce un no sé qué en el cerebro que nos hace sentir felices.
En un país como España con un 26 % de tasa de paro, fomentar el consumo para estimular la economía se sigue tomando como el modelo más viable para salir de la crisis. Esta idea ya la defendía a principios del siglo XX el economista Bernard London en su libro The New Prosperity. En 1933, cuando EE. UU. no sabía cómo afrontar la Gran Depresión y tenía un 25 % de desempleo, London propuso reactivar la economía fomentando el consumo entre la población mediante la obsolescencia programada obligatoria. Este concepto significaba poner una fecha de caducidad a todos los productos para, pasado ese tiempo de uso «legal», ser retirados y destruidos por el Estado. De esta manera la producción no cesaría y, como consecuencia, el empleo tampoco.
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Interesante post, no deja de ser como la vida misma y aún así…no queremos despertar. No queremos ver que esa es nuestra realidad más cotidiana.
Este artículo no lo has hecho yendo de shopping. Imposible, con lo que te curras los textos tú. Además yo tengo el libro ‘No logo’ y no me lo he podido acabar nunca.
A pesar de esta mentira piadosa, que paso por alto, muy entretenido el artículo, menos largo de lo habitual en JotDown, y la foto de Marilyn siempre queda bien.
Enhorabuena!
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«Cuántas veces nos hemos comprado algo que nos encanta por su diseño, pero dejamos de usarlo porque nos sentimos parte del rebaño cuando vemos que lo lleva todo el mundo.»
¿Nunca?
A ver, a todos nos influye el aspecto exterior de algo, sobre todo si hablamos de cosas cuya función principal es lucirse, como la ropa – lo de abrigarse es secundario – pero me compré el coche por la relación equipamiento/precio, el ordenador por el procesador y la RAM, las botas por el Gore-Tex y así un largo etcétera. Y, evidentemente, también escogí el color del coche que más me gustaba (de entre los que no implicaban pagar un extra, no jodamos) y las botas que me parecieron más chulas, pero no se me ha ocurrido dejar de usar el coche porque vea a diario docenas como el mío.
Y no creo ser el único. Vamos, que sí, que merchandising, que consumismo, que todos caemos de una manera o de otra, pero algunos caen más que otros y no porque sean más débiles o más tontos sino porque, sencillamente, QUIEREN caer.
Sentados en las escaleras de mármol
de un Zara,
se encuentran los yonquis de la mercancía.
Tirados en el suelo, rodeados de bolsas,
los ojos perdidos en el tránsito constante,
los músculos estirados más allá de los límites del hombre,
descansando,
atrapados,
fatigados como una amante extasiada.
Subo las escaleras de mármol
de un Zara,
observando intranquilo
a los yonquis de la mercancía.
soy una Tao en potencia… interesante artículo con atractivo estilo. felicidades