
Me espera en el helipuerto del Polarstern (el buque oceanográfico rompehielos alemán en el que me he embarcado tres veces) el piloto más veterano del viaje que realicé a caballo entre 2003 y 2004. Estoy un poco desconcertado, porque en teoría no me toca volar, un placer que se suministra a cuentagotas y que me ha tocado hace muy poco (el día anterior) para ayudar a transportar material a la base de los foqueros de Joaquim Plötz (del Alfred Wegener Institute alemán) en Atka Bay, el punto más meridional del Weddell que vamos a visitar. Me he pertrechado con mi equipo fotográfico. Al llegar al hangar me dicen que me enfunde el traje para los «vuelos difíciles», uno con el que puedes sobrevivir unos diez o veinte minutos flotando en el agua sin morir congelado (en condiciones normales no sueles durar más de un par de minutos por el frío). Extrañado, me embuto en una vestimenta que hasta a mí me va grande (digamos que soy de «complexión fuerte»… o que tengo los «huesos anchos» como hubiese dicho mi abuela, según se mire). El piloto me dice que entre en el aparato, obedezco y veo que manipula algo a mi espalda. Aparte del cinturón convencional, un gancho me sujeta desde la parte superior de la cabina. Antes de entrar, el piloto me mira y abre la puerta: voy a volar con la cabina abierta para poder hacer fotos. Estoy en una nube. A casi nadie se le permite hacer eso. Los dioses y Wolf Arntz (el jefe de la campaña antártica en esa ocasión) están de mi parte. Emprendemos el vuelo y noto que se me calienta la sangre, la adrenalina empieza a hacer su efecto. Va a ser un vuelo del todo diferente a otros que he tenido la suerte de hacer, lo presiento. Y así es. Volamos a una pingüinera, donde cientos de pingüinos emperadores, adultos y crías, se hacinan al sol. Es un espectáculo de primera magnitud, el piloto se acerca todo lo que puede sin asustar a los animales y yo me siento un privilegiado. Tras hacer una serie de fotos que nunca serán dignas de National Geographic pero que me dejan satisfecho, el piloto se dedica, en su camino de vuelta, a hacer una serie de piruetas solo para mí. Cuando aterrizamos le doy un abrazo de agradecimiento, sé que es muy posible que una ocasión como esa no se repita en toda mi vida.
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«¿Por qué nos caerán tan bien los pingüinos?»
Será a ti, porque yo les tengo una rabia que es que no puedo con ellos, tan bobos, tan gregarios, tan cobardes… ¡Qué asco !
No hay necesidad de exagerar y ser desagradable. Con un «a mi no me gustan» habría sido suficiente.
Desagradable, ¿quién…? ¿Menguele…? No, yo lo encuentro muy agradable. Además, compartimos opinión sobre pingüinos. Cuando están ahí, todos juntos, formando un círculo y procurando no salirse de él, los mataría a cañonazos. Lo mismo me pasa cuando veo como andan…
Hay que respetar todas las opiniones, incluyendo las de personas con desórdenes mentales como Menguele y un servidor.
No, no tengo por qué respetar ninguna opinión (lo único que tengo que respetar es a la persona que pronuncia la opinión, si lo merece), mucho menos una tan irracional y absurda.
Sin dudas sos un buen blanco para que usemos el rifle sanitario. Gente como vos son las que llevan el mundo a la ruina.
Los pingüinos molan.
Yo les votaria