
Francisco de Vitoria declaraba que no era lícito empezar una guerra solo por diferencias de religión. Por su parte, Erasmo, en su Institutio Principes Chistiani (Educación del principie cristiano), un manual de conducta elaborado para la formación de un joven Carlos I, le proporcionaba al futuro emperador una buena ración de moral cristiana, le recordaba que la ley de Dios estaba por encima de la ley humana y se atrevía incluso a decirle que un «rey debe abandonar el cetro antes de cometer una injusticia». Naturalmente, Carlos I, como todos los demás reyes de la época, se limpió el culo con los libros de estos dos grandes humanistas. Y lo de limpiarse el culo no es metafórico. En esa época, uno se limpiaba el culo con cualquier papel que tuviera a mano, ya fuera una de las primeras ediciones del Quijote, ya fuera un documento oficial de cualquier cancillería o consejo de los muchos existentes. Los cronistas de la época nos refieren curiosos hallazgos bibliófilos y archivísticos en las cuadras y cuartuchos de las posadas, mesones, hospederías y demás establecimientos hoteleros del momento, donde las buenas gentes iletradas se limpiaban las partes con valiosísimos legajos que habían llegado hasta allí no se sabe por qué oscuros caminos (aunque se puede imaginar: saqueos, ventas de nobles arruinados, robos…).
No, mejor dicho, Carlos I acabó haciendo caso al bueno de Erasmo, solo que unos treinta años más tarde, cuando abdicó en 1556. Un año después de dejar que su hermano Fernando se entendiese con los protestantes alemanes, a los que se les concedió la libertad religiosa. ¡Pero ojo! Se les concedió la libertad religiosa a ellos, a sus nobles personas, a nadie más. Es decir, que si tal o cual duque o conde o príncipe quería ser protestante o católico todos sus súbditos tenían que seguir su religión, sin posibilidad de libertad o de disconformidad alguna. Es lo que se conoce como «Cuius regio, eius religio». Vamos, que en ese momento, a más de uno le tocó cambiar de religión de un día para otro, por las buenas o por las malas, y a callar se ha dicho.
¿Cuántas guerras de religión tuvo que librar Carlos I para llegar a la Paz de Ausburgo, que para él era simplemente una derrota total? ¿Cuántos muertos? ¿No hubiera sido mejor hacer caso al fraile salmantino, que se molestaba en escribir en castellano, no como otros que escribían en latín para ponerlo más difícil?
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como ateo creo q no hay guerras de religiones. Al final todo es poder y dinero. Pienso lo mismo de los nacionalismos. Al final los desgraciados nos vamos tragando mentiras y somos capaces de morir y matar por ellas.
Justo lo que dice el señor Azúa ;)
Pingback: Primero los matamos, luego los prohibimos (y otras historias edificantes)
Amén
¡Buenas!
Rafael Sánchez Ferlosio distingue, a la vieja usanza, como Max Weber, dos tipos de ética guerrera: la guerra justa o injusta, y la guerra de religión. La primera se efectúa conforme al derecho; la segunda, conforme a obtener la victoria. La primera no entiende de malos o de buenos, sino de una causa ajena a los combatientes para empezar la guerra. La segunda, la religiosa, necesita de un malo, de un enemigo vil y despreciable, porque la causa de Dios está de lado de quien es por definición «El bueno».
Me temo que las guerras actuales (las guerras de Irak), son todas religiosas.
Ojo, no en el sentido de que sean católicas o cristianas, sino en el sentido de ABSOLUTAS, en el sentido de que en ellas luchan el Bien contra el Mal, y de que el Mal debe perecer por necesidad trascendente. La victoria se convierte en garantía de llevar la razón, y los muertos son sólo sacrificios al Dios de la victoria.
El dinero es la excusa racional que encubre unas razones irracionales, pero tan narcisistas como asimismo evidentes: el Yo de la nación que guerrea, y que sólo puede satisfacerse a través de la victoria contra el enemigo.
En las guerras de derecho, había una ética de guerra: ciertas acciones o ciertas armas estaban prohibidas. En la guerra de religión, cualquier cosa que acerque a la victoria es útil y bueno.
Si no se convencen, lean las declaraciones de Bush cuando atacó a Irak. O, por usar del ejemplo de Ferlosio, fíjense en cómo Javier Solana se quita de en medio las muertes «colindantes» que puedan causar sus bombas:
«El paradigma más cabal se concentra en esta frase del entonces secretario general de la OTAN, don Javier Solana: «Milosevic es el único responsable de lo que le pase a Serbia». Lo completo de esta formulación está en dos cosas: en decir «el único», en lugar de «será responsable» o «también responsable», como para apurar la exclusión de cualquier otro posible; y en decir «le pase», en vez de «le hagamos» o por lo menos «se le haga». «Le pase», un impersonal sin sujeto, que significa que le pasará automáticamente, sin que nadie se lo haga, porque ya está conectado el resorte, y el único que puede apretar el botón para desconectarlo es el amenazado. Así es como la precisión lingüística logra expresar la proyección de la responsabilidad como una cosa literalmente inhumana.»
Sigo citando de Ferlosio (que lo dice más claro que yo):
«América no puede hacer más que una guerra justa, porque América, los americanos en cuanto americanos, son «los nuestros», y por definición «los nuestros son los buenos». Nadie lo comentó más lúcidamente que el entonces director de Le Monde, Jean-Marie Colombani: consideraba la mezcla de poder y buena conciencia como un «cóctel corrosivo», que borra cualquier duda o inhibición e impide la autocrítica. «Al cabo», decía literalmente, «la convicción absoluta de ser un país ‘fundamentalmente bueno’, tal como el año pasado declaró a Fox News el presidente Bush, tiene por consecuencia lógica la de satanizar al adversario; y una vez que esté deshumanizado, que sea el mal, todo está permitido contra él». Por mi parte, siempre he comentado cómo se equivocaba aquel personaje de Dostoievski que decía: «Si Dios no existe, todo está permitido». Es cuando hay Dios cuando todo está permitido. Así que nadie tan ferozmente peligroso como el justo, cargado de razón.»
Pondría mil ejemplos más, pero en este mundo hay fuerzas más poderosas que el dinero. El armamento, por ejemplo, cuesta una pasta. Y sin embargo los países (su Ego) más poderosos no dejan de armarse y armarse, hasta el punto de que, en el ataque a Panamá por parte de USA contra Noriega, uno de los fines declarados de un bombardeo, fue el de «probar» el nuevo bombardero Stealthy «en combate real».
La guerra se ha convertido en Dios porque se ha hecho absoluta. Ya no hay guerras entre hombres: entre hombres que se tengan como combatientes en un mismo plano de derecho, como seres humanos que pelean entre sí.
Ahora la guerra es entre un Bueno y un Malo. Y el fin de los Buenos es exterminar a los Malos.
Como cierre (y perdón de la extensión), otro texto de Ferlosio que sintetiza muy bien el factor religioso de las guerras. En una guerra de derecho, los muertos son víctimas de esa guerra, y la cantidad de muertos ni autoriza ni desautoriza. En una guerra de religión, los muertos son sacrificados, ofrecidos, como en holocausto, a la Causa Suprema. ¡Oh Dios, he aquí tus muertos, que te rinden pleitesía! Los soldados ya no son un elemento instrumental para ganar la guerra: son un modo más de tener razón, un pago que se hace a Dios a cambio de la victoria:
«Cuentan que Napoleón, en no me acuerdo ahora qué batalla, al ver la gran cantidad de muertos propios que yacían en el campo -«el alto precio que había habido que pagar por la victoria», como hoy suele decirse-, se despachó con este comentario: «Todo esto lo remedia una noche de París». Su inmenso amor a Francia comportaba que para él los franceses no contasen más que como sumandos en el censo; mientras se mantuviese el índice de productividad genética preciso para suplir las bajas y cubrir las vacantes, todo -o sea, Francia- seguía marchando bien. Pero así Francia, en realidad, venía a convertirse justamente en enemiga mortal de los franceses, al erigirse en algo respecto de lo cual se había de dar por reparado en cada nuevo nacimiento lo para siempre irreparable de cada muerte singular, al igual que en el empedrado de las calles el adoquín gastado se reemplaza en seguida con el nuevo, sacrificando, en fin, en el altar del ídolo la insustituibilidad de cada vida humana y su recuerdo. Mucho más tarde, Mao, más generoso de carne china viva de cuanto hambrienta de ella llegara a serlo jamás la tierra misma del sísmico país, se declaraba dispuesto a hacer ofrenda de hasta trescientos millones de habitantes para perpetuación de su Celeste Imperio.
¿Qué era, pues, China, si podía sobrevivir incluso al hecho de que cada chino viese morir a otro junto a sí? Después Sadat dijo que Egipto estaba dispuesto a sacrificar hasta un millón de egipcios para recuperar el canal de Suez y el Sinaí; de modo que Galtieri tenía ya precursores cuando ofertó sus 40.000 muertos por la soberanía de las Malvinas.»
Creo que algo se me ha quedado por el camino, pero yo no tengo ninguna duda de que cada vez es la soberbia, el anhelo de llevar razón y de ser el Único, el que hace las guerras. Y tanta irracionalidad se oculta en el comodín del dinero, que vale para justificarlo todo, y por eso mismo resulta una razón tan falsa y tan sospechosa.
Muchas gracias, Altea.
Siguiendo también a Ferlosio: ¿Dónde queda, entonces, el papel de los (supuestamente nada más que) medios? ¿De los instrumentos, poderosísimos, inventados por los hombres, y cuya neutralidad en cuanto a los fines para los que hayan de ser utilizados, es uno de los (más estúpidos) dogmas de fe del individualismo liberal y de la filosofía que lo sustenta? (Ya saben, el individuo libre, racional y autónomo, que sabe quien es y lo que quiere y le conviene, va por un lado, y los cacharros que usa, a su voluntad y de acuerdo a los fines que el propio individuo libremente elige, por otro; nítida división entre el sujeto y sus objetos, lo activo y lo pasivo, el observador y lo observado: no puede uno menos que carcajearse ante tanta presunción). Porque, ¿quién se cree que instrumentos que involucran tamaña red de intereses de todo tipo y cuyo poder mortífero es de proporciones enteramente bíblicas pueden ser efectivamente «usados por», controlados por sus usuarios, de modo que los medios sean una prolongación de esa libre, autónoma y racional conciencia humana? Hay quien sospecha que esto no puede ser así y por eso aquello de: mientras haya una industria de guerra permanente, nos hallamos en un estado de guerra permanente. O desde otro punto de vista, los fines están inscritos en los medios. O más aún: guárdate de creer en la separación entre medio y fin. Y es a lo de «instrumentos que involucran tamaña red de intereses de todo tipo» donde quería dirigirle mi comentario, Altea, pues usted ha dicho que los intereses económicos actúan a modo de racionalización, ocultando la adoración de dioses menos respetables que la supuestamente fría racionalidad económica. Pero yo me pregunto si no cumplen, esos intereses económicos implicados, una parte fundamental. Es decir, el tamaño de la trama económica que supone el medio es, a fin de cuentas, lo que determinaría en gran medida lo poderoso de su alcance y, por ende, su capacidad de invertir la relación habitual entre órgano y función, o sea, de someter a los supuestos utilizadores de los instrumentos a los originales designios y diseños de estos instrumentos (anulando así el libre albedrío sobre el que se asienta nuestra vigente idea de individuo). Lo cual me lleva a pensar que no es extraño que los flujos de dinero, las expectativas de ganancias y los temores de pérdidas, en fin, la propia inercia creada por la gigantesca superestructura (con perdón) alrededor de esas relaciones económicas sea fundamentales en este giro de la relación hombre-medio. Tengo para mi que es el propio medio-dinero el que ha creado la plantilla, el molde para este fenómeno. Todos los medios creados bajo sus designios, mediados por él, no pueden sino participar del poder de sumisión de sus supuestos amos del que participa el invento original…
Solamente un apunte; el dicho es «El hombre propone y Dios dispone». Disponer es decidir.