Dog Soldiers

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Robert Stone

Libros del silencio

 

Por contextualizar un poco: esta novela fue agraciada con el National Book Award de 1975, galardón no especialmente meritorio, pero tampoco fácilmente asequible; Norman Mailer solo lo ganó una vez, por ejemplo. Además, aparece en una extrañísima lista de los 100 mejores libros en lengua inglesa del período 1925-2003 (¿Por qué?), lo que tampoco constituye un gran mérito si tenemos en cuenta que La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, está considerada por muchos la mejor comedia en lengua inglesa del siglo XX. Para ir haciendo mucho caso a las listas.

Entrando al tema en sí, esta fue la primera novela que abordó uno de los aspectos más sórdidos de la guerra del Vietnam: el Saigon de la retaguardia, lleno de escaqueados y vividores. Lo que en su momento supuso una conmoción social y literaria, 35 años después no resiste una lectura apasionada: absolutamente todo lo que nos cuenta huele a rancio, como la cena del día anterior recalentada con microondas. Y Robert Stone no tiene la culpa, ni mucho menos. Es en esta obra donde se nos muestra por primera vez la otra cara de la guerra: los aprovechados, el ambiente asfixiante del Vietnam, el miedo al retorno, la prostitución, las drogas o el mercado negro. Todo ello en los años de Woodstock, la Creedence Clearwater Revival, los putos hippies, el reinado de la heroína, la generación del desarraigo y las contradicciones de la sociedad americana acerca de la guerra del Vietnam. Joder, que todo esto ya lo hemos visto mil veces, pensará el lector con criterio. Y con toda la razón del mundo.

El libro está dividido en dos partes claramente diferenciadas: las cien primeras páginas transcurren en el Vietnam lleno de los tópicos que luego nos hemos hartado de ver en peliculones como El Cazador, El Regreso o Apocalypse Now y ya, para chaladura, El Gran Lebowski, como nos sugiere Rodrigo Fresán en su magnífico prólogo, donde se esfuerza en resaltar la problemática del retorno que, según él, constituye el nudo gordiano de la novela. Pero créannos, esta parte no da para tanto ni mucho menos. Quizá en 1975 colaba, pero ahora ya no. Resultan mucho más acongojantes, creíbles e impactantes los diez primeros minutos de Apocalypse Now con la sensacional actuación de Martin Sheen que toda la parte vietnamita de Dog Soldiers. Por decir algo del argumento, esto son un par de pirados que deciden llevarse tres kilos de jaco a Estados Unidos sin tener ni puta idea de cómo funciona el negocio. Luego, lo de siempre: polis corruptos, narcos mexicanos y todo lo que se han hartado de ver y leer en los últimos veinte años. Una vez introducida la droga empezará otra novela totalmente diferente: un híbrido entre los típicos viajes escapistas de Cormac McCarthy y la acción característica de las obras de Don Winslow. Huidas, tiros, persecuciones y un encadenamiento de tópicos que hacen que leída hoy en día —no olvidemos este matiz en ningún momento— resulte una novela sosa y previsible. Y es que este es el gran problema de la obra: lo que en su día pudo parecer genial o innovador no ha resistido el paso del tiempo. Resulta casi grotesca la parte estadounidense de la novela (unas 300 páginas, más o menos): imposible encontrar una sola página dónde no aparezca alguna referencia a las drogas, el consumo de medicamentos psicotrópicos o el amor libre. Y aún es más difícil esquivar las alusiones a toda la música hippie, con la Creedence, Janis Joplin o Jimi Hendrix de abanderados (la generación Woodstock, por resumir). Y así, página tras página. Hasta el hartazgo.

Si han tenido el placer de leer Vineland, de Thomas Pynchon —que aprovecho para recomendar encarecidamente—, sabrán de qué les hablo: una generación anclada en el tiempo, sin presente, sin futuro, sin pasado. Pero Robert Stone no es el culpable, ni mucho menos: él solo cometió el pecado de ser el primero en afrontar la temática. No resulta procedente achacarle que el paso de los años haya dejado desfasada esta obra. Él abrió el sendero por donde transitaron artistas de todas las disciplinas. Seamos pues condescendientes y tratemos esta obra como merece: una gran novela primigenia que luego sería superada por todos sus sucesores. Y es que Stone, al igual que Pelé, fue el primero en intentar meter un gol desde el centro del campo. Ninguno de los dos lo consiguió, pero su gesto fue admirado, imitado, mejorado y finalmente conseguido por las siguientes generaciones. Observen la portada del libro: ese ser desquiciado con un rifle al hombro que recorre una carretera eterna. Pues hasta en American Dad, una serie de dibujos trivial por costumbre y ocasionalmente genial en sus referencias cinematográficas han mejorado notablemente la foto, con un Steve Smith magistral que empequeñece a muchos personajes del género y que provoca una angustia en el espectador solo comparable a las grandes películas del género.

Pocos años más tarde, Siniestro Total firmaría una de sus mejores canciones, Mata hippies en las Cíes. Inevitablemente, es la melodía en que pensamos durante su lectura. No por el movimiento hippie en sí —que también—, sino por la sensación de hartazgo que en el 2011 nos produce esta temática. Pero bueno, tampoco es cuestión de culpar a los hermanos Lumiére de que su obra sea mejorada año tras año. O a los hermanos Wright de que existan los aviones modernos. En cualquier caso, todos preferimos ver Blade Runner o viajar en un Airbus que embarcarnos en historias ya caducas.

Si es usted un pobre enfermo aficionado a los beatniks y le gustó On the Road, de Kerouac, este es su libro. Si es un amante de Don Winslow y no le importa consumir metadona de la mala, también está hecho a su medida. Si por el contrario se considera una persona normal, tenga siempre presente que cualquier librería de barrio esconde tesoros ocultos. Como por ejemplo, El Corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en la cual parece inspirarse la novela, pero a la que no se acerca ni de lejos. Usted verá, pero luego no vaya diciendo por ahí que en Jot Down no le avisaron.

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7 comentarios

  1. Me ha encantado el artículo, y coincido en la impresión sobre el libro. Lo compré hace unos meses incitado por la recomendación de James Ellroy, y por el tema central de la novela, que parecía interesante, pero está más que pasadita y repleta de tópicos. Me aburrió soberanamente. Conclusión: Ellroy no coincide con mis gustos, pues “No hay bestia tan feroz” de Buker también me pareció pasada, pasada, pasada.

  2. Por cierto: no habéis asignado “categoría” a este artículo y no aparece al entrar a la sección “Literatura”. Arreglad el pequeño despiste…

    • Ricardo J.

      No se trata de un despiste, sino cosas de la organización de la web. Los artículos no se listan en sus categorías hasta unos días después de su publicación. En cualquier caso, gracias por estar atento.

    • Me pasó lo mismo. La compré recomendada por Ellroy. Yo tengo un problema y es que Ellroy ha colmado casi el 100% de mis inquietudes literarias. Sé que es un problema mío. Me compro libros, los leo y son buenísimos pero lo comparo todo con los dos primeras partes de la trilogía americana y todo me sabe a poco.
      Un saludo,
      Pablo

  3. Tan sólo añadir que hay una muy estimable adaptación, dirigida por Karel Reisz y que a veces aparece homónima a la novela y a veces con el título de la canción (usada en la banda sonora) “Who’ll Stop The Rain?”

  4. Pingback: In Memoriam: Robert Stone. « Algún día en alguna parte

  5. Pingback: Con “El corazón de las tinieblas” de fondo | nodormirporhaberleido

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