Defensa apasionada de Ventajas de viajar en tren - Jot Down Cultural Magazine

Defensa apasionada de Ventajas de viajar en tren

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A ustedes no sé, pero a mí Ventajas de viajar en tren me lo recomendó mi amiga Verónica porque en su facultad, que era la de psicología de San Sebastián, tenía cierto predicamento. Ocurrió en el año 2001 y desde entonces hasta hoy me ocurre con Antonio Orejudo —Madrid, 1963— lo que a los seguidores originales de Wes Anderson cuando dirigió Bottle Rocket, por ejemplo, o a los que descubrieron a Amy Winehouse con el primer disco en lugar de con el segundo; que evocamos con nostalgia aquellos tiempos mejores en los que sólo nosotros sabíamos que la Obra existía e intentamos remediar la pérdida de esa arcadia de lo petulante dejándole claro a nuestros contertulios culturales que nosotros, eh, ya los conocíamos antes de que fueran best sellers. Como acabo de hacer ahora mismo, quiero decir. Síndrome del fan antiguo, propongo llamarlo, y es un mal muy extendido también entre los seguidores de Kubrick, de Queen y de Murakami. Orejudo, no obstante, no es aún best seller en su acepción reventona ni ha superado ese techo de cristal a partir del cual los empleados de la Fnac hacen pequeñas pirámides con tus libros. Aprovechando que habrá por ahí quien no le conozca y hasta quien no sepa de qué coño estamos hablando, hoy en Jot Down queremos invitarles a que sean con nosotros fans de Orejudo. Ahora fans a secas, sí; pero fans antiguos dentro de un tiempo. Descubrirán que cuando se trata de según qué libros, invertir en futuro sí que merece la pena.

Ventajas de Ventajas de viajar en tren

Si las ventajas de viajar en tren nos las descubre Orejudo al final de su novela homónima, las que son a su vez las ventajas de Ventajas de viajar en tren no se hacen tanto de esperar. La novela empieza desde su primerísima frase una entrada en harina tan poderosa que, aunque inicial, resulta como si El padrino empezase por su escena final o Cartas de mamá por su último párrafo. Pocas páginas después de empezar la novela —y pocas antes de acabarla, porque es cortita— el lector descubre no obstante que si el autor empezó así, con duende y con tronío, no fue seguramente para intentar igualar el efecto de otros empezadores concienzudos tal que Nabokov o Haneke, por ponerles un ejemplo, sino porque Orejudo es, cómo decirlo, el anti Haneke. Y Ventajas de viajar en tren es ante todo un libro agradecido escrito por un autor generoso que no parece pensar que para recompensar al lector haya que hacerlo sufrir primero. A Orejudo, en otras palabras, le caen bien los lectores, y eso se nota. Les deja que crean lo que quieran, les incluye en las primeras del plural y les regala chucherías sin venir a cuento. De no ser escritor, columnista, ensayista y profesor de literatura, Orejudo sería una abuela con delantal de las que salen en los anuncios de pizza y sus nietos, los lectores del supuesto, estarían gordos como palomos. Aunque no es aquí nuestra intención, aviso, desvelarles ni el principio ni el final ni ninguna de las demás pirotecnias en la trama o el discurso, que de todo hay, por más que queramos vender la moto. No, porque los espoilers están feos y porque además, un regalo no se regala.

Cómo describir Ventajas sin decir “caleidoscópico” ni “matrioska”

Al que les habla le dijo en una ocasión Alejandro Gándara que una historia jamás, pero es que nunca, debe empezar con un encuentro en un tren. Y el dogma debe ser tan de fe que Ventajas, descrita en al menos dos ocasiones como una obra maestra, ya luego les cuento por quiénes, comienza exactamente así: con un encuentro intrascendente en un tren que viene del norte y la pregunta peregrina que uno de sus partícipes le hace al otro: “¿Le apetece que le cuente mi vida?”. A partir de ahí, la narración va “multiplicándose y convirtiéndose en un mar de historias”, parafraseando al propio autor, en el que se cruzan y entrecruzan como sintonizadas por el dial de una radio las voces de un coro de personajes peculiares y de realismo variable que tienden a llamarse, no me pregunten por qué, como accidentes geográficos; Ander Alkarria, por ejemplo, nos descubre que la historia de lo literario podría ser una inmensa conspiración y Martín Urales de Úbeda, que esa misma conspiración podría ser no ya la de la literatura, sino la del propio mundo. El alcance cosmogónico de Ventajas es limitado, no obstante, pues que la mayor parte de sus personajes, entre ellos los que acaban siendo el mismo, sufren esquizofrenia, paranoias y demás trastornos de la percepción de la realidad. Y los que no los sufren tampoco suelen estar para grandes cosmogonías; “El problema de Helga Pato con las personas —nos cuenta el narrador al principio del segundo capítulo— es que confundía a los narradores con los autores y a éstos algunas veces con los personajes”. Cervantina y exacta a más no poder, en Ventajas no sólo se concatenan con solvencia realidad y ficción a golpe un mise en abyme detrás del otro, sino que consigue ese challenge fundamental logrado tan pocas veces que es que el discernirlas acabe realmente dando lo mismo. Para hacerlo Orejudo juega al efecto Droste y al teatro isabelino, contándonos una historia dentro de otra que en realidad lo es dentro de otra y pulsando muy mucho las cuerdas de conceptos de resultados tan efectivos pero teorizar tan repelente como la narración delegada, el narrador implícito, la distancia diegética y en fin. Ese tipo de cosas. Y adereza, mientras lo hace, con espontáneas indirectas a los asuntos verdaderos del mundo y apelaciones honestas al lector, cuya atención obtiene mirando a cámara de cuando en cuando no vaya ser que entre tanto vete y ven se sumerja demasiado en una trama que, aunque laberíntica y escheriana, es y acaba siendo una única historia con su planteamiento, su nudo y su desenlace. Lo último que quiere Orejudo es nos olvidemos de que estamos leyendo un libro algo enrevesado, crudo a ratos y hasta experimentalista en otros, pero lúdico y divertido en última instancia. Lo que quiere, y no es poco, es que disfrutemos de él.

Desfaciendo entuertos

Y ha tenido que pagar un precio, no se crean, por cultivar “una idea no demasiado trascendente de la literatura”, utilizando de nuevo sus propias palabras. Al escritor nacional, lo sabrán, y al cultureta en general, con frecuencia lo persiguen como pollitos una serie de preguntas que aparecen y reaparecen en tanta entrevista conceda a este lado del Pirineo. Si a Elvira Lindo le preguntan por la España de fuera de España y a Pérez-Reverte por la relación de España con su propia historia, a Antonio Orejudo le ha tocado compartir mantra de entrevista con Eduardo Mendoza, Pablo Tusset o Rodrigo Muñoz Avia: el humor en éste, nuestro país. Y con frecuencia se enfrenta el hombre a esa pregunta tan complicada de qué es lo que pasa, eh, con la literatura y el humor en España, presa un poco del mismo problema sobre el que es interrogado al no haber escrito un libro de humor, sino divertido. Él responde, por supuesto, porque ya se ha dicho que es un tipo bastante amable y porque además enseña literatura en la universidad, de lo que se deduce que de esto sabe seguramente más que usted y que yo. “Hay una idea penitencial de la lectura —dice al respecto. La gente cree que, o le duele, o la lectura no aprovecha”. En los libros de Orejudo, en todo caso, el humor nunca llega a ser un fin, sino una herramienta. La utiliza a veces para el recreo —en donde más, seguramente, en Ventajas de viajar en tren—, pero sobre todo para asirse y hacer toma de tierra cuando pisa terrenos de alto voltaje. Que son varios aunque aquí, por cuestión de síntesis y por tratarse de los dos únicos constantes en todos sus libros, resumiremos en dos: la desmitificación del oficio literario —con el consecuente desahucio de su panteón si fuera necesario— y la puesta a caer de un burro de la casta sesuda del mundo. Si en su primera novela le metía mano a la Generación del 27 y los escritores —Fabulosas narraciones por historias, de 1996, reeditada por Tusquets en 2007—, en Ventajas de viajar en tren le llegaba el turno sobre todo a crítica, lectores, editores y demás actantes en segundo grado del intríngulis editorial. Y cierra una trilogía que no lo es Un momento de descanso —Tusquets, 2011—, que acontece allí donde acaba la digestión literaria y la creación, después de ser lectura, acaba por sedimentarse en cultura; la universidad, la academia, las Letras y los estudios literarios. Entre ellas también figuran Reconstrucción –Tusquets, 2005–, la que es con toda probabilidad su novela más clásica, y una serie de pequeñas obras de ficción de menor catálogo y difusión como La Nave —Junta de Andalucía, 2003— o su participación en Páginas Amarillas —Lengua de Trapo, 1997– ¡Mio Cid! –451 Editores, 2007– y Feliz cumpleaños… erótico –Tusquets, 2011.

Pidiendo a gritos una edición extendida

Lo de la obra maestra, que no se me olvide. Así denominaron a Ventajas de viajaren tren Juanjo Millás y Rafael Reig. El primero lo hizo cuando la novela ganó el XV Premio Andalucía de Novela, allá por el año 2000, y el segundo en 2011, cuando Tusquets le pidió una video reseña para la reedición. Con la ocasión también supimos de boca del propio Orejudo que Ventajas en realidad se iba a llamar Selva y que tenía originalmente algo así como cuatrocientas páginas, reducidas a su elemental de ciento cincuenta no sólo tras pulir con la lija fina, que también, sino tras quitar tralla directamente porque el mejor escritor —palabras suyas, no mías— no es el que más escribe, sino el que más quita. Una gran verdad, estarán conmigo, que no obstante se llevó por delante la mayor parte cuantitativa de lo que, por cualitativo, por lo efervescente de su efecto y por lo mucho que tiene de buque rompehielos, bien hubiera agradecido doscientas, cien o cincuenta páginas más. Aunque fueran sólo diez, miren. O cinco. Habrá que esperar, mientras tanto, a que se imponga en literatura la moda de la edición extendida o a que algún hacker horrible y desaprensivo entre en su ordenador y le robe el manuscrito. Desde aquí hago un llamamiento a la industria editorial, pues, y a los hackers horribles del mundo; nunca dejen que un buen escritor les estropee una buena historia.

15 comentarios

  1. El enlace a la video reseña de Reig apunta a una pequeña presentación de Orejudo. El correcto es: http://www.youtube.com/watch?v=36a_nrYawIU

  2. ¡Plas, plas, plas!

    Me quitaría el sombrero, si lo tuviese, ante su artículo. No solo me encanta Ventajas de viajar en tren, el primer libro que descubrí de Orejudo —en mi caso, a través de una edición de Círculo de Lectores dentro de una colección de “nuevos y sorpresivos autores”, o algo así—, sino que comparto con usted ese síndrome del “flan antiguo” que tenemos algunos lectores de Auster, Murakami, Manolo Rivas u Orejudo, entre otros. Como puede comprobar, no se me escapa uno. Con usted me ocurre algo similar, y con el tiempo va avejentándose —que no decreciendo— mi admiración por sus escritos.

    Volviendo al artículo y a Orejudo, lo cierto es que en mi caso Ventajas… resultó una lectura apasionante pero Reconstrucción, sin dejar de gustarme, desinfló un poco mi afición por él. Por lo clásico, claro, y por creer que mi amor por él había sido como una estrella fugaz: hermosa y fulgurante pero efímera. Tras leer la entrada, y de cuando en cuando, leyendo la columna de opinión del autor, me dan ganas de releer este libro y de acercarme por fin a Un momento de descanso que se me antoja interesante.

    Por lo pronto, animo a futuros lectores a convertirse en fanes suyos e ir ganándose con el tiempo la solera necesaria para convertirse en miembros gold de nuestra colectividad. Y aprovecho la ocasión para solicitar al autor del artículo muchos más de estos y, puestos a pedir, un futuro libro. He dicho.

    Buenos días y mejor viernes.

  3. De Orejudo he leído “Un momento de descanso” y “Fabulosas narraciones por historias”. He de decir que el primero, aunque no me gustó demasiado, me sirvió para apreciar un estilo de escritura rompedor y una organización muy original de la narración (aunque en este caso es parte del problema que tuve con el libro). Le di una oportunidad y me leí -mejor dicho devoré- el segundo y, ahora sí, creo que me voy a lanzar a por “Ventajas de viajar en tren” en cuanto pueda comprarlo por un precio razonable.

  4. No es por fastidiar a los seguidores de Orejudo que por aquí andan (bueno, sí es por fastidiar, qué coño) pero a mí me firmó “un momento de descanso” en la feria del libro y hasta me dio conversación y todo. Desde entonces le amo platónicamente, le sigo por facebook y estoy dispuesta a ejercer de fan histérica al más puro estilo Take that. Chincha rabiña yo tengo una piña que me da piñones.

  5. He leído “Ventajas de viajar en tren” y “Un momento de descanso”. En ambas obras se percibe a un humorista con talento y buen narrador. Sin embargo la estructura de esas novelas, que se basa en fragmentos enlazados, deja la sensación de no ir a ninguna parte al final, de “tó esto pa qué”. Me parece que este autor se encontrará mejor en el cuento que en la novela, donde intenta hacer una especie de libro con muchas ventanas abiertas que, desde mi punto de vista, no consigue redondear. Ambas obras son interesantes y espero ver a este escritor en un formato donde pueda desarrollar de verdad sus enormes dotes para la ironía, el sarcasmo y la parodia. De momento distan mucho de ser obras maestras, aunque muestran a alguien que puede continuar con un poco de fortuna, y si deja de empeñarse en hacer novelitas-Facebook, con el legado de los Eduardo Mendoza o García Hortelano.

  6. Orejudo es de lo mejor que le ha pasado a la literatura española. He leído sus cuatro novelas “largas” (tiene una corta, pero no la encuentro) y son apasionantes y únicas. Mi preferida es, sin duda, Fabulosas narraciones por historias, una explosión de imaginación que se lanza al abismo de la libertad creativa y asciende flotando con un puñado de globos en la mano.

    Yo también soy un fan previo al pequeño y merecido boom del escritor. Me ha gustado mucho tu artículo, Rubén.

  7. Lo mejor del libro la historia de la conspiración de los basureros contra el mundo. Muy ingenioso y creativo.

  8. Descubrí a Orejudo con su primera novela, Fabulosas narraciones por historias, no mucho después de que se publicase en Lengua de Trapo (de paso, descubrí esa editorial también: gran cantera de escritores desconocidos). Era finales de los noventa. Por aquel tiempo, otro descubrimiento: Bolaño y sus Detectives Salvajes… Desde entonces, ningún escritor en nuestra lengua me ha atrapado tanto como estos dos (quizás Rodrigo Fresán, ya en el presente siglo). Eso sí, aun espero que Orejudo acabe publicando algo tan grande y vital como lo del añorado chileno.

  9. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Rubén Díaz Caviedes: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

  10. Ventajas de viajar en tren es un libro que te acompaña para toda la vida. No hay escapatoria.

  11. Pingback: Buscando a la Maga | cuadernosdetodo

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