Arte y Letras Literatura

Roberto Bolaño, el último perro romántico (y II)

Roberto Bolaño1

En una de esas extrañas muestras de sincronía que a veces tiene la vida, un amable lector de Jot Down me avisó a través de Twitter de que el día siguiente a la publicación de la primera parte de este artículo se iba a presentar en la Casa América de Barcelona un documental del mexicano Ricardo House sobre Roberto Bolaño . Así que ahí me presenté, en una sala de proyecciones llena a rebosar, y pude ver la segunda parte de la trilogía documental La batalla futura , un ambicioso proyecto que pretende recoger los años mexicanos de Bolaño en la primera película, la etapa catalana en la segunda y los años chilenos (básicamente su infancia) en la tercera.

El documental recoge cálidos testimonios de sus amigos y vecinos en Blanes y de Carmen Pérez de Vega, cuya triste descripción de los últimos días de Roberto resulta desoladora. En la charla posterior, el crítico literario y amigo personal de Bolaño Ignacio Echevarría hizo notar que faltaban muchas voces en el documental, como A.G.Porta, Vila-Matas, la viuda Carolina López y sus hijos Lautaro y Alexandra (testimonios que recoge otro documental complementario y muy tierno, Bolaño cercano de Eric Haasnoot). Tal vez por la escasa iluminación, House tenía un aire al David Carradine de Kill Bill, pero en lugar de desenvainar una katana para destripar a Ignacio le dio la razón, lamentando la imposibilidad de reunir a todos los cercanos a Bolaño en un mismo proyecto debido a ciertas desavenencias que el lector avispado podrá adivinar. Sólo el ubicuo Rodrigo Fresán repite en ambos documentales.

En cualquier caso, la imagen que ofrecen de Bolaño los entrevistados (en un tono espectralmente similar al de los narradores de Los detectives salvajes al hablar de Belano) muestra a una persona tan encantadora que sólo puedo pensar que si existiera la máquina del tiempo viajaría al 2003 para darle un trozo de mi hígado. Pero mientras se inventa la tecnología adecuada, tendré que conformarme con reemprender el artículo desplazándome mentalmente a 1977, cuando un joven Roberto desembarcó en Barcelona…

Vida de perro (romántico)

“ Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”. Roberto Bolaño

Los primeros tiempos de Bolaño en Barcelona fueron durísimos: en su piso de la calle Tallers vivía en la pobreza y encadenando mil trabajos eventuales. Su preferido fue el de vigilante nocturno en el camping Estrella de Mar, de Castelldefels, que pasó a ocupar un lugar central en el mito bolañiano: «nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión)”. Tal vez allí empezó su costumbre de escribir de madrugada (“era muy lechuzo”, recuerda Echevarría), casi siempre poemas garabateados con hambre y frío.

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20 comentarios

  1. muchas gracias
    magnífico compendio: ‘lapidario’
    …y habiendo leído Estrella distante y Soldados, nunca me ‘acerqué’ a la verdad…eso sí que ha sido una sorpresa (digna de ser glosada por quién yo me sé)

    saludos

    • Yo no me di cuenta cabal de las similitudes hasta releer «Estrella distante»… En el documental «Bolaño cercano» aparecen Cercas y Bolaño lanzándose mutuos piropos, y se hace evidente que había un aprecio tanto personal como literario. Como digo en el artículo, en «Soldados de Salamina» veo más una inevitable influencia positiva de Bolaño en la escritura de Cercas que otra cosa.

      Leí hace poco a Cercas comentando con una cierta ternura melancólica la época en que compartía mesa y tertulia alcoholizada con Vila-Matas y un semidesconocido Bolaño antes de Los Detectives Salvajes…

      Saludos y gracias por tus amables palabras. :-)

  2. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Roberto Bolaño, el último perro romántico (I)

  3. Gracias por estos dos artículos. Las sombra enorme de Bolaño sigue cubriéndolo todo… Hace un par de años cazé uno de esos bufalos de los que hablaba Bolaño con un relato muy relacionado con él… si alguien quiere echar un vistazo está por aquí

    http://www.portaljovenclm.com/documentos/artistas/384/limitesficcion.pdf

  4. Heisenberg Dufresne

    Respecto a «el estúpido prejuicio propio de los happy few de que cuanto más conocido es algo menos calidad alcanza» no es actitud propia solo de los gafapastas.
    Hace poco en el artículo «Un secreto de dioses» para El País, José Carlos Llop escribe: «Todos hemos tenido nuestros autores secretos. (…) Cuando alguno (…) empezaba a ser más conocido por los lectores (…) el hecho de compartirlo no producía felicidad alguna, sino cierta incomodidad. Una de las consecuencias (…) era la expulsión de aquel autor de nuestro paraíso privado».

    P.D. Sería interesante saber su opinión concreta (o mismamente un artículo) sobre La Fiera Literaria, ya que en su momento me produzco una impresión clandestina ante la empresa cultural elitista, pero con el tiempo detecté esa bilis que comentas.

    • La verdad es que cada vez aguanto menos esa especie de esnobismo egoísta que pretende reservar los mejores autores para el consumo secreto de una presunta elite ilustrada.

      También leí ese artículo de Leila Guerrero en El País, y me chirrió mucho la frase de Llop que citas, porque a mí me ocurre exactamente lo contrario: a mí me divierte y apasiona compartir, difundir y popularizar un autor brillante pero poco conocido… Vale que la frase de Llop aparece en el prólogo de «Diccionario de literatura para esnobs», lo que ya es una declaración de intenciones, pero en fin. Imaginemos por un momento que Llop retrocede en el tiempo y lee a Bolaño justo después de publicar «La literatura nazi en América», que tuvo éxito de crítica pero no de ventas. Llop lo lee, queda fascinado, y lo incluye en su lista de autores secretos que comparte sólo con los happy few, porque al fin y al cabo «compartirlo no le produciría felicidad alguna sino una cierta incomodidad». ¿Qué le hubiera parecido esa actitud al Bolaño que se alimentaba de «yogures y cigarrillos» y sufría por el bienestar de su familia?

      El éxito de ventas de un autor de culto, por otro lado, proporciona un arma sencilla para criticar a un escritor sin que sea necesario tomarse la molestia de leerlo… «Bah, este es puro marketing, un fenómeno editorial nada más». Vale, ¿pero lo has leído, piltrafilla?

      Resumiendo: me fascina la gente que se queja de que el mainstream es cutre y falto de calidad y AL MISMO TIEMPO lamenta que las obras de calidad se vuelvan conocidas y entren en el mainstream. ¿En qué quedamos, por el amor de Cthulhu?

      En cuanto a «La fiera literaria»: tengo la impresión de que han acabado devorados por su propio personaje y por su obsesión con Marías. La crítica corrosiva y asesina tiene su lugar, sin duda, y sirve como ejercicio de esgrima, pasatiempo y control de calidad… Pero por querer hacer una enmienda a la totalidad a Javier Marías acaban cargándose el sacrosanto derecho de cualquier escritor a torturar el lenguaje si con eso consigue sus objetivos artísticos. Los de la fiera han publicado páginas y páginas de «crítica acompasada» dedicadas a criticar que Marías use «ambos» en una frase cuando lo correcto hubiera sido emplear «sendos». Es ponerse a disertar sobre la manicura del dedo que te señala la luna, y lo que es peor, es pretender que un autor deba escribir con la corrección de un estudiante aplicado en su redacción de fin de curso, y no tal y como buenamente le salga de los cojones mientras produzca el efecto que busca en el lector.

      Con Marías tengo una relación ambivalente. Me encantan especialmente «Corazón tan blanco» y «Todas las almas», pero dos de cada tres veces en que le oigo hacer declaraciones me chirrían los dientes. Demasiada autocomplacencia, tal vez. En cierta ocasión le leí hablando sobre Bolaño con una cierta condescendencia estomagante, más teniendo en cuenta las muchísimas ocasiones en que Bolaño puso por las nubes el talento de Marías como prosista…

  5. Como ‘bolañista’ acérrimo agradezco su artículo. Equilibrado, informado y con cariño. Gracias.

  6. Excelente artículo del inmenso Roberto Bolaño. Gracias por descubrir la relación con Cercas. Gracias por traer de vuelta a mi cabeza a tantos inolvidables personajes.

  7. Enhorabuena por el artículo. Me ha gustado aunque esperaba otra cosa, ya decidirás tú si eso es bueno, malo o regular.

    Bolaño fue un poeta que tuvo que dejar de serlo por las circunstancias. Tener mujer e hijos le salvó (le alargó) la vida, pero ahogó a Arturito Belano. Todos damos gracias por que se decidiera a ser Bolaño y no Belano, pero a lo mejor él habría preferido ser más Papasquiaro, leer libros bajo la ducha en vez de escribirlos bajo el flexo. Al menos no se sometió del todo al establishment.

    Quizá por eso su melancolía latente en cada libro. Quizá por eso habla tanto de la derrota, de la cuesta abajo sin frenos que nos lleva a todos a donde queremos, de cómo nos acojonamos y apoyamos la suela en la calzada.

    A mí, que vivo un poco obsesionado con la muerte (aunque no lo quiera reconocer), me fascina la carrera de Bolaño, esa contrarreloj frenética que le llevaba a escribir mientras la parca le adelantaba por la derecha, esa agonía que imagino le suponía saber que no iba a tener tiempo para plasmar todo lo que quería contar, que no viviría hasta 2666.

    Estoy convencido de que 2666 habría salido bastantes años más tarde y que habría tenido bastantes más de mil páginas. Habría sido el moscardón enorme que justificaría toda esa telaraña que empezó a tejer y tuvo que dejar a medias.

    Qué perra es la vida, Arturito, que le diría Auxilio Lacouture mientras le mesaba los cabellos con la mano derecha y le llenaba el vaso con la izquierda. Al menos tú no acabaste en el manicomio. O sí.

  8. me gusteria recibir copia de esos poemas que le mostrò su hermano de montane y bolano.
    fuera posible ?
    gracias

  9. Jose Rivarola

    jueves, 19 de junio de 2008

    Te agradezco el articulo, Josep, y te envío este artículo que escirbí en mi blog «sed de camino» en el que cuento mi encuentro con Bolaño al principios de los ochenta y la impresión sobre sus obras maestras

    El animal escritor

    A principios de la década de los ochenta después de vender bisutería con un tapete en la universidad de Nanterre pasé la frontera de Port Bou con un contrabando de chales horteras comprados en la Rue de Temple que, según parece, se vendían como agua.
    Conseguí un puesto en el mercadillo de Girona, hasta el seis de enero, día de reyes.
    Hoy para vender el mercadillo de Girona hay que presentar hasta el análisis de orina y colocarse en una lista de espera de 634 desesperados.
    En ese entonces, ¡que tiempos!, pagué 300 pesetas a un francés que se encargaba de los puestos y expuse los chales que sí, salían uno detrás del otro.
    Contento con el éxito de mi venta, lo festejé en un recorrido de vinos por los bares de la judería hasta terminar en una taberna romántica, de muro medieval, fogón, vinos, humos, voces y una diana para tirar los dardos, pero mis dardos apenas rozaban el perímetro y otros daban en la pared “¡por la rechucha no pego una sola de esta huevada!” exclamé con fuerte acento chileno.
    Se me acercó un tipo despeinado con cara de dormido simpático.
    ¿Tú eres chileno?, preguntó con el mismo acento.
    No, yo soy argentino pero por culpa de mis amigos chilenos y de una polola que una vez me cayó del cielo, cuando me coloco hablo chileno pueh.
    Le dio mucha risa ese hibrido, y me invitó a unos vinos. Se llamaba Roberto, dijo ser poeta, había huido de Pinochet y había vivido un tiempo en Méjico, y pensaba afincarse en Cataluña. Dijo que con la poesía no comía y tenía pensado pasarse a prosista, que por el momento practicaba recortando las noticias más diabólicas e inverosímiles de los periódicos para sacar una prosa mas real y viva, (entre las noticias estaba el caso de aquel desgraciado que murió aplastado por una roca cuando estaba enculando una gallina) (la gallina murió antes)

    Durante esa semana con Roberto tomamos distintos cafés por todas partes hablando de libros y autores, Malcolm Lowry, Kafka, Cortázar, Borges, Nicanor Parra, Allen Ginsberg Jack Keruac, Corso, Burroughs, Faulkner, Jack London, Joseph Conrad, Jonathan Swift., Macedonio Fernandez. Él fue sacando del bolso de la memoria autores que ni bien nombrarlos se desvanecían en el sonido de las cafeteras, en el resplandor de la barra, y en la estúpida música de los tragamonedas.

    Una mañana me dijo, estoy perdidamente enamorado de una uruguaya que vende frente a tu puesto, pero el gallo de su marido con pañuelo de Krishna al cuello se queda ahí dando vueltas como guardia de presidio, entonces hago media hora de árbol. ¿Qué es eso? La miro desde el árbol durante media hora y después me voy con el corazón compungido.
    Roberto tenía fuertes dolores de estomago, y un artesano peruano, con forma de indio gigante que dijo ser digitopuntirista, le aplicó un apretón entre el dedo índice y el pulgar. Cuando soltó Roberto le dijo, creo que me has curado pero ya no voy a poder acariciar a nadie.

    Lo que hemos hablado en esos días encaja en un mes del tiempo corriente, y las imágenes y situaciones de las novelas que se presentaron en esas mesas encajan en años de literatura

    No lo volví a ver, y en los años que pasaron no tuve ningún encuentro con un tipo como ese que siente el escribir desde ese abismo en el que sondea. Me faltaba alguien que pueda ver lo que hago y la nostalgia me recluía en una soledad con algo de protesta y esa falsa impresión que estoy escribiendo en secreto.
    Y un día, hojeando una librería vi un titulo «Llamadas telefonicas» lo recogí y al abrir la primera pagina lo encontré al amigo Roberto en la foto de la solapa.
    ¡Bien! ¡Publicó el huevón! Pasó el tiempo, otro libro “La Pista de Hielo» y otro; “Estrella Distante”
    Muchas veces imaginé encontrarlo en una feria del libro y recordarle los dardos, la diana, la uruguaya, las conversaciones en el café, la inyección de vitamina que le daba al hablar de obras tan dispares como “El Castillo” de “La Sinagoga de los Iconoclastas” de «Bomarzo» «El Almuerzo Desnudo» y una serie que mejor obviarla para no llenar la pagina.

    Y siguieron rodando los días hasta ese 2 de noviembre de 1998 cuando vi en la Babélia del País que Roberto había ganado el premio Herralde con “Los Detectives Salvajes”
    La foto era simpática, el finalista era un tipo elegante de chaqueta y corbata. El ganador se sentaba encorvado con un cigarrillo en los dedos, grandes gafas y el mismo pelo revuelto de cuando me preguntó si yo era chileno.

    Sin embargo no lo compré, leí algunos párrafos en una librería y me parecieron tan auténticos que podían influir en lo que yo estaba escribiendo. Cuando termine lo mío, me dije.
    Un mañana del 2003 en esa misma Babélia leí la noticia de su muerte por un cáncer al hígado.
    Entonces compré “Los Detectives Salvajes” y me lo llevé a la India y lo leí en el ashram de Ramana Maharshi al pie de la montaña sagrada de Arunachala.

    Cuando el resto de los huéspedes leían las iluminaciones y los ejemplos de los santos y los yoguis, yo leía hasta las cuatro de la mañana las benditas bestialidades de Arturo Belano y Ulises Lima, y no sé si fue por la vibración de la montaña o vaya uno a saber, el temblor que me dio al verme frente a una obra maestra. Entonces encontré el amigo que buscaba.

    Volviendo a 1981 en uno de esos cafés, yo le digo que me impresiona la prodigiosa memoria de Keruac porque escribió On the Road mucho tiempo después sin tomar apuntes de nada y sin embargo los detalles están como si lo hubiese vivido unos minutos antes.
    ¿Sabes por qué?, dijo Roberto, porque Keruac tenía incorporado el animal escritor. Mientras tú viajas el animal escritor registra tomado nota de todo lo que ve y lo que siente, luego está en ti la capacidad de despertarlo y algo muy importante, hay que dejarlo que escriba, no se te ocurra interrumpirlo o darle un consejo porque te mata de un mordisco.

    Años después lo entendí mejor:
    El animal escritor es un animal salvaje que trota en la inmensidad plagada de espejismos, devora los papeles y escupe personajes, furias, vinos, trenes, carreteras, lagrimas, el desequilibrio de un cerebro como ropa de lavadora, amores en la penumbra, gritos, fuegos en las ventanas, sabanas retorcidas, caballos con locura en los ojos, maremotos que arrasan las palmeras, puntitos lejanos en una playa solitaria, y escupe todo un universo de colores y de blanco y negro y de sepia y salta por encima del lenguaje, trota solitario rumiante de palabras y preposiciones que puede repetirlas hasta el cansancio por orden de su propia naturaleza.
    Huye de las poblaciones intelectuales. Se larga a toda carrera sorteando abismos, lejos siempre de los escritores ovejas de los escritores camello de los escritores cabra de los escritores bueyes, o los escritores gatitos o gatas o perros falderos.

    El animal escritor suelta la baba delante del océano y tiene un olor fuerte a vida curda y salvaje. Olor que algunos lectores rechazan y otros enloquecen y deciden romper sus casillas y salir a la llanura y ponerse a escribir.
    Y ese olor que se siente en algunas librerías viene de aquellos estantes donde están “Los Detectives Salvajes” y “2666” de Roberto Bolaño.

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