Mitomanía o baile de máscaras - Jot Down Cultural Magazine

Mitomanía o baile de máscaras

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Los boxeadores del fin de siglo, un tanto naif, tomaban prestados para sí los nombres de sus ídolos. Ese es el caso de Fabien Avenarius Lloyd, que tomó prestado el “Arthur” de su ídolo Arthur Rimbaud y el “Cravan” de Cravans, el pueblo de una novia suya, si mal no recuerdo. Así, Fabien Avenarius Lloyd, púgil, poeta y otras cosas, pasó a ser conocido por todos como Arthur Cravan; y desde ese día, muy buen día, se acostumbró a maravillar al mundo con sus boutades, como no podía ser de otra forma por parte de un boxeador:

“En mí lo efímero tiene raíces profundas.”

Viene ocurriendo algo curiosísimo aquí, en Madrid, desde hace unos meses. De este suceso, como supongo que pasará sin pena ni gloria y se olvidará —si es que ha habido algún momento en el que haya sido advertido por cualquiera—, me gustaría dejar constancia.

En la calle Hartzenbusch, esquina ya con Fuencarral, en la fachada lisa de una sucursal de cadena de ropa —creo que de lencería— y entre la arista del edificio y una ventana, apareció un buen día, negro sobre blanco, una pintada. Era una pintada a modo de firma, esto es, un nombre: Arthur Cravan.

Un par de días después volví a pasar por ahí y volví a fijarme, y ya no estaba. Se intuía todavía, pero la habían tapiado con pintura. Quedaba coqueto, disimulado, el nombre de Arthur Cravan con esa veladura, a pesar de la caligrafía.

Total, que ahí se había quedado la cosa. Pero un tiempo después volví a divisar otra firma, que luego pasarían a ser dos, en la calle Cardenal Cisneros, por donde confluye con Luchana. Evidentemente, el autor, este Arturo Caravana, dadaísta de Chamberí, había sacrificado un poco la exhibición por la temporalidad, como un tarado de gabardina que enseña el muslo lascivo, como rubia de autostop, en vez de abrirla reventando costuras de par en par; las pintadas siguen todavía ahí. Quiero apuntar que siempre me he preguntado si alguno de los tíos que se masturbaban delante de las chicas en el Parque del Oeste lo harían por dadaísmo.

Tiene la calle Cardenal Cisneros algo de lupanar: grupos de adolescentes acurrucadas y muy juntas, como queriendo ser sólo una, más guapa y más borracha, haciendo botellón en los recovecos que van ofreciendo alternativamente salidas de emergencia de los garitos feos que abundan en la calle, los comercios cerrados y los retranqueos de los garajes. Supongo que ayuda también la suciedad y la dejadez que se respira en ella, en la calle, amén del orín, y ese espíritu angosto que tiene, propiciada por los pasajes de andamiaje con sus correspondientes contenedores donde todo cabe; paquebotes perezosos. Esa estrechez que parece especular siempre en abandonarse, abriéndose en cruces. Pero las pintadas están —aunque algo esquinadas, escondidas por unos casetos para reciclaje— , como digo, en la unión con Luchana, calle de aspecto más pulcro, más ancha y un tanto más transitada.

Entre descubrimiento y descubrimiento, vi como editaba Periférica las cartas (de amor) de Arthur Cravan a Mina Loy, la que fue su mujer, con el meridiano título de Cartas de amor a Mina Loy. Creo que podría especularse acerca de una maniobra viral muy, muy fallida entre las pintadas y la salida del libro, aunque desconozco las fechas exactas de una y otra. También con que quizá el mayor mérito de la vida o de la obra —que al fin y al cabo son lo mismo— de Cravan haya sido su historia de amor o, más bien, haber enamorado a una mujer como Mina Loy (navaja suiza de la modernidad, eran, en el fondo, tal para cual).

A lo mejor enamoró también a Arturo Caravana, el que le va rindiendo tributo por Madrid, como un ingenuo boxeador de 1900: el potencial seductor de Cravan era enorme (y es. Recordar lo que escribió Vicente Molina Foix en un magnífico artículo sobre Cravan):

“Es justo señalar el gran poder de seducción que una figura tan marginal, tan estrafalaria y tanto tiempo olvidada ha ejercido en los últimos treinta o cuarenta años dentro de España.”

Dentro de España y también fuera. Isaki Lacuesta rastreó sus huellas en un magnífico trabajo documental, Cravan vs Cravan; Orson Welles fantaseaba con contar la historia de un Cravan maduro que no hubiese naufragado, lo que se cuenta también en la novela de Philippe Dagen, Arthur Cravan nest pas mort noyé (Arthur Cravan no murió ahogado), donde se le puede ver por París vendiendo las obras completas de Oscar Wilde; un amigo y yo, de hecho, hablábamos, mientras aparecieron las pintadas y se publicaban las cartas, de escribir un cortometraje sobre un cravan. Ni Welles empezó el guión ni creo que nosotros lo lleguemos a empezar nunca. En cualquier caso, ejemplos hay, muchos más si cabe, incluso imaginados. Por ejemplo, una versión alternativa de Bande à part, de Godard, donde Arthur, uno de los dos protagonistas, no le diga a Odile —Anna Karina— disparando en las barracas de feria que se apellida Rimbaud, como su padre, sino Cravan.

Esta impronta que ha ido dejando Arthur Cravan ya no es sólo por su innegable atractivo físico, con su cuerpo de titán, del que se pavoneaba diciendo que medía 2 metros, cuando poco pasaba del metro noventa —Colossus le llamaba Mina— y sus rasgos marcados pero finos, ni tampoco por su enfanterriblismo (uno más), ni por su mayor o menor talento para la literatura, sino por su voracidad vital. Cravan era una sinceridad devoradora, hasta tal punto que se podría decir que encarna perfectamente lo que sería su tiempo, parte clave del siglo XX: una serie de torrentes sanguíneos desbocados, imposibles de abrazar, que quieren llegar a algún sitio sin saber ni siquiera a dónde; y su carácter seductor radica precisamente en eso, en la fuerza descontrolada, de plaga, que hace de esa voracidad, promesa constante de cambio, su única virtud; de una vitalidad esquizoide siempre con pulso tanático: un cáncer que, para vivir, se propaga devorando su sustento hasta que, llegado un punto, no le queda nada por devorar y muere: vive para la nada.

El querer serlo todo y la insaciable búsqueda de un algo acaban por convertir a Cravan en la figura errante y convulsa que, como un cigarro, engancha y deja ganas de más. J’avais 34 et j’étais cigarre, lo dejó escrito Cravan, desapareciendo con 31; lo recupera Leopoldo María Panero en Como escribía antes de matarme. Y estas pintadas lo han demostrado un poco, y aquello que decía Balzac de que “la Providencia es causa de que, algunas veces, el mismo hombre reaparezca en siglos diferentes” parece que se cumple en parte porque, en definitiva, es tan fácil matar al auto, cuando en el autor no hay obra, como revivirlo (poniéndose la máscara) o, más bien, poseerlo (como a un títere).

Otro día, y esto sí que fue una sorpresa mayúscula, me encontré de nuevo la firma Cravan en otra fachada, esta vez en una de las pequeñas plaza de Malasaña, siempre informes como, por otra parte, deben ser las plazas, poco platónicas (no recuerdo exactamente cuál).

Y ya no volví a ver más hasta hace unos días.

Porque hace unos días volví a pasar yo por Cardenal Cisneros entrando desde Bilbao, esto es, por Luchana. Caminaba por la acera de la derecha según se emboca la calle desde Luchana y, más o menos a la altura, pero enfrente, de donde estaban las firmas primigenias, en la acera contraria, había otra. No negra, era (estaba) de un color cerca del marrón, un color esquivo. Estaba en una horizontal, una especie de cornisa encima de una peluquería, cerca de un local blanco puro, cartesiano, de estética de uñas, manicuras y esos tinglados, regentado por chinos. Pero esta vez era diferente, porque, además de la firma característica, Arthur Cravan, en mayúsculas en realidad, ARTHUR CRAVAN, había escrito una fecha con interrogante: 1918?

ARTHUR CRAVAN 1918? Ésta sí que es ya la última que he visto. Al menos, de momento.

1918 es la fecha en la que Cravan se murió, supuestamente. Supuestamente es un decir. Porque cuando se montó en el velerito en que presuntamente se abandonó, se abandonó tanto que no se ha encontrado ni su cuerpo. Simplemente desaparecido, un suicidio sublimado.

Recuerdo una historia, recorte de periódico de hace años, de una mujer ya madura y por debajo del umbral de la pobreza, que tanto se oye por estas fechas. Creo que era en La Coruña. Se la recordaba en un bar, donde, cada día, pulcra, iba a tomarse un café con leche. Un día dejó de ir y se la encontraron en el Orzán: presuntamente se había metido al mar a morir, tal era la conclusión según las pruebas. El Golfo de Méjico desconozco si es tan bravo como las aguas de La Coruña, pero sí, quizás se lo tragó para siempre, convirtiendo el destino en poesía, que se suele decir, a no ser que se hundiese sin querer, habiéndole sido en ese momento muy socorrido el merde pour la poésie! de su admirado Rimbaud. Quién sabe. Hipótesis hay para todos los gustos; como por ejemplo una buena hipótesis es que Rimbaud se fue a Harar a lo mismo que se fue Gaugin a la Polinesia, a salvar a los indígenas puros del progreso: Gaugin increpando como un descosido a los misioneros y Rimbaud dándoles pistolas a los nativos. Poesía última.

Yo prefiero pensar en que se murió ahí, en Veracruz, a bordo de su velero, un poco como el William Blake de Jim Jarmusch, aunque sin tanta bala. Pensar en un suicida es mucho mejor que pensar en alguien que se muere por una casualidad más bien estúpida, sobre todo en temas de mitomanía. Además, todo apunta a ello. En las últimas cartas que le envío Arthur a Mina, en 1917, desde Méjico, y ya siguiendo la línea de muchas otras, se ve a un hombre desesperado que especula con la muerte como quien especula con qué sello mandar la postal. La vida le parece atroz, y explícitamente lo escribe: “La vida es atroz”. Desengañado, buscando como un loco asirse al amor para con Mina y su recíproco, así como a promesas de nuevas partidas, un orden que quiere y necesita, ascético incluso, pero no lo encontrará (jamás) porque, entre otras cosas, lo detesta. A mí me parece un dandy arrepentido al igual que la mayoría de los que han pretendido serlo de esa manera: lo demuestra cualquier póker de figuras de este calibre, todo individualismo extremo acaba desparramándose.

No hace más falta que leer los apuntes de Baudelaire para que afloren todas las contradicciones del que le ve las orejas al lobo, como su apego último al trabajo —y ya no su perinde ac cadaver para con el dandysmo—: “haz todos los días lo que requieren la prudencia y el deber”, escribe; “La pereza temible” es la réplica de Cravan, cuando había escrito Baudelaire que le debía a la ociosidad el haber crecido; y la pena por su soledad irremediable: “Hasta la fecha no he gozado de mis recuerdos más que en soledad. Hay que gozar a dúo. Convertir en pasión los goces del corazón”. Qué decir de las súplicas de Cravan porque Mina lo acompañase, rogándole incluso por un mechón de su pelo. También el marcado catolicismo final de Baudelaire (un tanto plus ultra, a veces), que se correspondería con las lecturas bíblicas de Mina y Arthur en Central Park.

“Mi cuerpo está cada vez más quebrantado y estoy continuamente repitiéndome la frase de De Musset: “El alma había roto el instrumento” (…) Piensa que estar locos de dolor, como tú y yo lo estamos, es el privilegio de los elegidos. (…) Te digo que me he convertido en un santo. Comprobarás que no miento, porque si no vienes, voy a ofrecerte mi vida.”

Esto lo escribe Cravan el 30 de diciembre de 1917, y no parece, desde luego, el mismo hombre que decía que “la gloria es escándalo”, o lo de “soy el profeta de una vida que sólo yo viviré” y que se paseaba suntuoso epatando a un Berlín que no tardó en dejar de aguantarle, cargando cuatro putas a la espalda y diciendo por ahí “si veo a alguien mejor vestido que yo me escandalizo”. Ni siquiera se parece al mismo que se enfrentó con el negrazo y flato Johnson en un paripé digno de dos payasos de circo en Barcelona, mientras nadie les hacía demasiado caso sino leyendo al día siguiente alguna crónica deportiva sobre su pantomima. Ahora es ese mártir de sí, que se dice “soy como el hombre que va a ahogarse; me parece inútil resistir.”

Lo que, por otra parte, resulta curiosamente profético.

Aunque no sería descabellado pensar en que sólo esté allanando el terreno para una última mamarrachada y así librarse de dar explicaciones, lo que se ajustaría a alguna de las hipótesis, como la de la propia Mina Loy, que se pasó la vida buscándole; las máscaras, que son de quita y pon, hubieran facilitado el trabajo, y ahora las biografías son siempre, en parte, pura especulación, escurridizas como culebras.

Es difícil no simpatizar con tanta voluntad de escena…”, apunta Luis Antonio de Villena en una pequeña reseña sobre las cartas. Y es cierto, todo eso. Estas cartas no sé hasta qué punto están rellenas de manierismo y cuánto no, rococó sentimental; la voluntad del yo de Cravan es enorme. No se le puede, creo, culpar, ya que esta voluntad es la de prácticamente todos los artistas de vanguardia y posteriores, haciéndose más patente en los artistas sin obra que, no conformándose con ejercer mayor o menor influencia en sus coetáneos, deciden hacer exhibición gratuita, parecido a alguno de los Jacques, a un Rigaut o un Vaché (así sería Cravan icono de Breton, tanto como Vaché), aunque la vocación escenográfica y teatrera de Arthur no tiene límites. Puede verse muy claramente en su única obra física —sin, obviamente, contar la correspondencia—, su revista (fanzine casi) Maintenant (Ahora), redactada enteramente por él bajo su propia firma y diversos seudónimos, a excepción de Ernest Lajeunesse, antiguo contertulio de Oscar Wilde.

Hay un libro maestro en la mitología cravaniana (o cravanesca, que elija cada uno), clave de la resurrección del personaje en España: la biografía que le dedica Maria Lluïsa Borràs. Aparece en él un capítulo dedicado a Maintenant:

“Cravan publicó en Maintenant, en total, cuatro poemas, tres textos sobre Oscar Wilde, una virulenta crítica de arte (que le llevó a los tribunales) y diversas notas y anuncios. (…)

En conjunto, todo cuanto escribió en Maintenant, constituye una autobiografía desgarrada, una de las más subversivas y malditas que nos ha legado su generación. Una autobiografía que oscila entre el lirismo y el sarcasmo más grosero y que sitúa a Cravan de pleno derecho entre los precursores de la aventura dadá.”

Ser precursor de la aventura dadá significa ser precursor de todos los ismos, lo que, a su vez, quiere decir que es precursor de todo tipo de artes de la acción. En cualquier caso, haciendo un poco de arqueología digital, he llegado incluso a leer un texto donde se argumenta que Cravan, con Maintenant, es claro y digno precursor de los bloggers; crítica moderna, a lo Malherido. Bueno. Cosas.

Decir que no es azar que el único otro ajeno a Cravan que firme en Maintenant sea Ernest Lajeunesse. En el mismo capítulo de la biografía citada aquí arriba puede leerse:

“Lajeunesse, hombre de letras, articulista y colaborador ameno de la prensa, desde la Revue Blanche hasta el Cri de Paris o el Intransigeant, era además crítico de arte y ocasionalmente dibujante, así como autor de numerosos prefacios, entre ellos uno para la versión francesa de Salomé de Wilde publicada en 1907, delicadamente ilustrada por Louis Jou, en el que se mostraba lleno de comprensión y elogio hacia el dramaturgo (“Jamás existiera más completa víctima de un malentendido entre la gente y el poeta”). Pertenecía por ende al reducido círculo de Cravan.”

Algo que no he mencionado y es fundamental para entender a Cravan es que se autoproclamaba sobrino de Oscar Wilde —además de púgil, poeta y otras cosas—, cosa que en realidad era, pero político, no carnal. La no carnalidad es importante porque siempre tuvo latente la fantasía o la esperanza de que Wilde fuera en realidad su padre biológico. En definitiva, Cravan era fanático de su tío, lo que le llevó a escribir en su Maintenant un texto fundamental (fundamental en la cravanística) titulado ¡Oscar Wilde está vivo!, en el que habla de una manera bastante cruda de un Wilde viejo que se le aparece la noche del 23 de marzo de 1913, noche lluviosa, pasadas las 10, bajo el nombre que había usado Oscar durante su exilio en Francia, Sébastien Melmoth, y con el que charla entusiasmado como un niño —si charla tal como lo narra— sobre diversas materias.

La verdad es que es curioso pensar en cómo Cravan resucita a Wilde y compararlo con la posesión de una firma, la de Arthur, por parte de algún rebelde de calle, la que me ha llevado a escribir esto. También es curiosa la relación que pueda establecerse en esta ambientación lúgubre y festiva con la anécdota del plan de Cravan de hacerse el muerto oficial para poder escribir sus obras póstumas estando vivo. Quizá se puedan hasta trazar paralelismos con todos esos muertos vivientes que siguen escondidos bajo sombras tostadas en alguna isla brasileira, donde conviven en idilio altos cargos fascistas, estrellas como Elvis Presley y otros tantos mitos, muy arrugados y muy felices.

Al final, tanta insistencia en adular a Wilde hasta el punto de resucitarlo no puede ser otra cosa que, aparte de demostrar una enfermiza idolatría, un ejercicio de crítica más o menos obvia. Si uno lee El crítico como artista, de Oscar Wilde, que viene a ser su manifiesto estético, se puede topar con fragmentos como éste:

“La influencia del crítico reside en el mero hecho de existir. Significará el “arquetipo” perfecto. La cultura del siglo tendrá conciencia de sí misma en él. No tiene otra finalidad que la de su propia perfección. La inteligencia sólo pide, como se ha dicho muy bien, sentirse viva. El crítico, ciertamente, puede sentir deseo de imponerse; pero si es así, no tratará al individuo, sino a la época, a la que intentará despertar a la conciencia, conmoverla, creando nuevos deseos y ansias y prestándole su amplia visión y sus estados de alma más nobles. El arte de nuestros días lo interesará menos que el arte de mañana y mucho menos que el de ayer (…).”

Cravan bien podría entenderse como lo que es, un hombre anuncio cuyos estados de alma son más nobles cuanto más bestiales, un todo-crítica que anuncia a dadá, una crítica hecha carne que con su vida y en cinco números de su revista puso patas arriba todo cuanto pudo, alto (sobre todo) y claro, ya tuviese mayor o menor difusión —él mismo la vendía con un carrito de verduras (Breton dixit) a la salida del hipódromo— o ya se le hiciera más caso o menos; se fuese más condescendiente con él o menos; se tuviese más o menos paciencia.

En el potente prólogo de Mauricio Dupont a la edición de Maintenant de La Caja Negra puede leerse el siguiente fragmento, aparte de muchos otros.

“En Dada, art and anti-art, Hans Richter nombra a Cravan como uno de los padres del “antiarte”, y dice que su “tesis” (la de Cravan) era más o menos ésta: que el arte es inútil y está muerto, que es la autoexpresión de una sociedad decadente, y que la acción personal debe tomar su lugar. Como si esto no alcanzara, agrega que Cravan fue un “héroe nihilista”. Los ribetes cómicos de la vanguardia leyendo a Cravan. La simple idea de Cravan sosteniendo una tesis, cualquiera fuere, mueve a risa. Al igual que a Baudelaire “la palabra progreso lo hacía estallar a carcajadas” (Mina Loy) (…) “Me cago en el arte y sin embargo si hubiera conocido a Balzac habría intentado robarle un beso”. Robarle un beso a Balzac, eso es el arte para Cravan.”

Me cago en el arte”. También dice, por cierto, “¡hay artistas, me cago en Dios! Dentro de poco en la calle no veremos más que artistas y tendremos toda la dificultad del mundo para encontrar un hombre” y “me comería mi mierda”. Suena a risa, por más serio que sea, sobre todo después de ver como a través del tiempo poses como la de Cravan –si bien al final sería Duchamp el gran zapador- acabarían por derivar en ismos que engendrarían obras tales como la merda d’artista de Piero Manzoni, puro concepto, que demuestra, ni más ni menos, si se me permite la broma fácil y la grosería, que arte es lo que le salga del culo al artista, para, al final, que ocurriese lo que tanto decía odiar: que hubiese más artistas que hombres. Parece claro es que los derroteros que ha tomado el arte en nuestros días deberían agradecerle a la gente como Cravan y Vaché, padres, su pecho descubierto que no es otro que su nihilismo animalizado.

Odiaba el “cerebralismo”. El arte era para él un medio (un medio para hacer dinero, conseguir mujeres, viajar, hacerse un nombre, etc.), no un fin”. Cravan, en su poema protosurrealista Notas (única obra conservada además de la revista): “oro o toro”. En fin. El cerebralismo que tanto odiaba y que respaldaba gran parte de sus “actuaciones”, acabó manifestándose, siempre, ya digo, con mucho que agradecerle, en el conceptualismo superficial que se viene padeciendo que, en el fondo, es lo que él practicaba de alguna manera. Cravan era, perdón si me repito, puro zeitgeist: un mundo pequeño que ir devorando para, mientras se va digiriendo, empezar a comerse los pies y piernas, como una imagen románica, entre la inercia de hambre y la gula; el cáncer del que hablaba antes.

Más adelante, y por destripar un poco más el texto, el prologuista Dupont incluye a Cravan en dos series. Una es, según dice, la clásica (de rebeldes): Baudelaire, Rimbaud, Latréaumont, Jarry. Otra, la que se compone de los muertos que dejó la vanguardia: Jacques Rigaut, Jacques Vaché, Julien Torma y Antonin Artaud, con el que le encuentra la similitud en la paranoia que dice que Cravan sufre, alegando la psique enferma que muestra el coloso Cravan en sus últimas cartas a Mina Loy. Algo nada descabellado, como ya habrán podido comprobar someramente.

El caso es que qué sentido tiene el recuperar a Cravan, el resucitarlo. Ninguno, supongo, más allá de la crítica supuestamente culteranista (culturista me he visto tentado a poner, que igual hubiese sido mejor). Es imposible pasar por alto ciertas coincidencias temporales entre los dos badenes que hemos tenido por cambios de siglo. La incertidumbre febril de Cravan pudo haberla sentido fácilmente el que firma cualquier mañana que le diera por salir a la calle a comprar el pan; pudo haberlo sentido en su casa mirando por la ventana, como el que espera que caiga una bomba oyendo a los gorriones del árbol de enfrente, plantado en la acera. No lo sé. Igual se busca que alguien que la vea, la pintada, busque a Cravan en el móvil y se lea la biografía por encima o vea su foto, rollo conceptual, bendita instantaneidad, lo que hará que lo más probable es que pierda el interés enseguida. O a que alguien especule sobre ello en un artículo más o menos banal, siempre inocuo.

Pregunto que quién será el que se ha puesto el traje de A.C. y va firmando Madrid; si leerá esto ahora o no, o dentro de un tiempo. Qué será lo que piensa o cómo es; cuánto tendrá de shandy o si trabajará de frutero. O si va al instituto, porque lo probable es que sea un chaval que ha descubierto a Cravan y prefiere poner eso que una A metida en una O, o que acudir a la plantilla de un Rimbaud que quizá no haya leído —siempre se da por supuesto que se tiene que haber leído, a Rimbaud, así que no se lee, o se lee a escondidas; algo parecido a Bukowski, que sólo hay un día en la vida de cada uno propicio para leerlo, aunque no tengo claro cuál será; o si a algunos les llega con 15 y a otros con 34—. En realidad, Rimbaud está más visto, y tiene obra, y menos careta. Porque lo que veo un acierto en lo de Cravan es el haber elegido a alguien sin obra, alguien en el que el drama de acción sea precisamente el haber actuado y no hecho, aunque se quede en patetismo seductor: porque no lleva a engaño ninguno.

“Es cuando hablo con la gente que tiene veinte años más que yo, cuando veo claramente las características de la generación de que formo parte. Nosotros venimos de los libros. Nosotros hemos leído y leemos libros. Los libros nos han dado la esperanza de algo. Hemos esperado años y años que algo se produciría. ¿Qué se ha producido? Nada. Esto nos ha llevado a suponer que los libros dicen una cosa y que la vida dice otra muy diferente. (…) ¿De qué hablan los poetas? ¿Qué sentido tiene lo que dicen los poetas? ¿Por qué hablan de esta manera? ¿Quién les hace hablar así?”

Esto lo dijo un joven Josep Pla, y bien podría ser lo que piense el grafitero; posiblemente es lo que pensase también Cravan. Pla era diez años exactos más joven que Arthur Cravan, y Rimbaud, al que se le viste a veces de Sid Vicious, era poeta, y hablaba de banderas de la carne que sangra y de flores del ártico, de entrar en espléndidas ciudades, armados de paciencia, al amanecer. ¿Quién le hace hablar así? Cravan gruñe, se pone un guante de boxeo para matar moscas y mata el ansia y acaba exhausto, que es lo que importa, cansarse los nervios y dormirse pronto.

Pero habrá que dudar, ya no por lo intelectual (el afirmar es más biológico, el dudar es más intelectual, que dijo Baroja), sino aunque sea por matar el aburrimiento. Leo un artículo sobre Arthur Cravan, de 2009, de una de las últimas veces que editaron Maintenant en español, que acaba diciendo que “Cravan naufragó en el océano, Morrison en la bañera. Los dos quisieron el mundo en sus ahoras.” “Punk avant la lettre”, dice Mauricio Dupont. Le deseo lo mejor al Cravan castizo, que no se ahogue demasiado en algún vaso de agua. Para terminar, el epitafio con el que le rindió tributo Philippe Soupault, cofundador del movimiento surrealista francés:

“Los mercaderes de las cuatro estaciones han emigrado a México
Viejo boxeador has muerto allí
Y ni siquiera sabes por qué
Gritabas más fuerte que nosotros en los palacios de América
Y en los cafés de París
Nunca te miraste en un espejo
Pasaste las vacaciones en el hospital
¿Qué vas a hacer al cielo, viejo?
Ya no tengo nada que esconderte
El Sena aún corre ante mi ventana
Tus amigos son muy ricos
Me muero por fumar.”

Las fotografías pertenecen a CRAVAN, un magazine, edición de 200 copias, a cargo de Adrian Notz, Caroline Pachoud y Kerim Seiler; Cabaret Voltaire (Dadá Zürich), 2008.

 

9 comentarios

  1. Muy bueno.
    Yo también vi los grafitis. A ver si viene hasta aquí el grafitero y deja su firma.

    • Gracias.
      Efectivamente, a ver si se pasa, y esperemos que se porte mejor que A.C. con Gide.

      Un saludo.

  2. Buen artículo.

    Hay otro importante Arthur Crava contemporáneo a tener en cuenta: los valencianos Arthur Caravan, una joya del pop independiente en catalán.

    http://arthurcaravan.bandcamp.com

    ¡Saludos!

  3. No hay estrategia publicitaria tras la firma. Y, menos aun, intención dadá.

    El autor es un postadolescente tardío que ya roza la treintena, pijo de Majadahonda sin oficio ni beneficio y que vive de mantenido, casualmente, en Cardenal Cisneros. Ya ves, ni que alejarse tiene.

    Lo que sí tiene es un triste blog de poesia donde ni un verso se salva. Y perfil de facebook bajo el pseudónimo. Y también una lejana intuición estética de qué puede considerarse cool andergraunmente. Pero me juego el culo a que no ha leído una sola de las pocas lineas de Cravan y que solo supo de él a través del documental catalán

    En Huertas ese puto tag se repite, sin intención alguna que no sea sentirse punki una borracha noche de sábado, saturando el mismo muro veinte veces.

    Así que la firmita como hilo conductor para el artículo, vale. Pero la verdad que hay detrás es triste, ridícula y, lo peor de todo, nada cravanesca.

    • ma funeste pluralité

    • Hay que estar muy malito de la cabeza para andar por ahí escribiendo estas cosas, y tener muy poca vida, o tener una muy triste. ¿Qué te han hecho para que des tanta penita? ¿Es normal que alguien tenga algún interés en andar escribiendo éstas cosas por ahí desde el anonimato, sobre alguien a quien parece conocer, hasta tal punto de conocer su entorno? ¿Qué te han hecho? ¿Qué te ha hecho este pijo de Majadahonda? ¿Qué envidias o qué quieres para ti? ¿Escribimos un artículo sobre ti? ¿Es eso? ¿Qué haces con tu vida? ¿Eres investigador privado de la vida de los grafiteros o blogueros? ¿Has venido aquí a desvelar toda la verdad? ¿Por qué es tan importante para ti lo que haga o deje de hacer esta persona? ¿Cómo sabes que no ha leído a Cravan? ¿Tú si que sabes lo que es Cravanesco o deja de serlo? ¿Es el mismo Cravan el que escribe estas líneas?

      DAS MUCHA PENA. De verdad te lo digo, y yo que tú, me lo haría mirar, mierda seca. Que andes así por la vida, detrás del anonimato, es muy triste, más aún para alguien que demuestra que no es un quinceañero ni un “postadolescente tardío”. Esto demuestra la rata cobarde, evidiosa, pedante, prejuiciosa y acomplejada que eres. Tienes que tener una bonita máscara en tu día a día para andar así, haciendo éstas cosas en la oscuridad y la soledad. ¿Le dices a tus amigos que andas haciendo éstas cosas en internet, mierdaseca? ¿Así pasáis el tiempo tú y tus amigos? ¿O así lo pasas tú después de matarte a pajas una tarde en la que, tristemente, no tenías nada que hacer? ¿Quién es el postadolescente tardío? HUELES MAL.

      FDO: Un amigo cercano de éste ARTHUR CRAVAN ;)

  4. Yo también he visto alguna de las firmas de las que hablas, la verdad que me sorprendieron. Sobre ‘Maintenant’, comentas acerca de una edición de La Caja Negra, yo la que tengo es una de El Olivo Azul publicada en 2009.

    http://www.elolivoazul.es/catalogo/26/maintenant/

    Un saludo.

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