Arte y Letras

E. J. Rodríguez: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

invasion

En ocasiones veo vivos.

A veces, cuando uno lee o escucha opiniones sobre literatura o cine da la impresión de que las grandes cuestiones, los asuntos de fondo de la condición humana, solo fueran adecuadamente tratados por las obras “serias”, esas consolidadas como cánones y constantemente citadas para reflexionar sobre los temas más importantes y profundos.  Es una tendencia muy generalizada en la que caemos todos, y me incluyo, esta de recurrir a los títulos universalmente venerados para metaforizar sobre las preguntas eternas. Por poner un ejemplo: qué mejores obras para hablar de la conciencia que La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha o Crimen y castigo. ¿Les suenan? Sí, es inevitable citar constantemente a los clásicos, aunque hay a quienes contemplar a todos los críticos, intelectuales y diletantes hablando siempre de las mismas obras les produce urticaria. No es mi caso; de hecho, creo que la existencia de hitos universales sobre los que todos tenemos algo que opinar es positiva, porque no hay mejor manera de situar a alguien en el espectro de los gustos artísticos.

Pero esa urticaria provoca que algunos desarrollen la tendencia opuesta, o deberíamos decir “contracultural”, y terminen pecando exactamente de lo contrario: de intentar encontrar esos significados en obras menores, de género, ligeras, o menospreciadas por la crítica “seria”. Lo cual genera otra corriente que puede producir no menos urticaria, cuando hay quienes se empeñan en encontrar significados ocultos en títulos que simple y llanamente no los tienen. Esta tendencia suele resultarme menos simpática —a mí personalmente— especialmente en esos casos donde las interpretaciones de determinadas obras, que podríamos tildar de superficiales, resultan gratuitas y caprichosas por el mero afán de extraerle petróleo a cualquier nimiedad. Hay muchos libros y especialmente muchas películas que no encierran grandes significados por más que un sector de críticos, siempre deseosos por encontrar algo original (y aquí empleo “original” como “diferente a todo”, no como “enraizado en los orígenes”), se empeñen en afirmar que esos significados están ahí.

Pero hay excepciones. En el cine, sin ir más lejos. Existen películas que podemos considerar obras relativamente menores —hablamos aquí de serie B— pero que pueden sugerir interpretaciones interesantes… algunas de las cuales tienen mucho fundamento y otras, aun sin ese mismo fundamento, ¡también podrían encajar!

Una de mis películas favoritas, y no se trata de ninguna broma aunque así lo crean quienes conocen mis gustos habituales entre los que no predomina el cine de terror, es The invasion of the body snatchers, de Don Siegel. Aquella película de 1956, rodada en plena fiebre de la ciencia-ficción barata con componentes terroríficos… lo que llamamos el cine de la era atómica. Vista muy por encima, podría parecer un “flick” de género como otro cualquiera, no muy distinta de otros de aquellos años. Fue estrenada en medio de una oleada de la serie B estadounidense que produjo muchos títulos entrañables pero poco cine aprovechable, y la verdad es que The invasion of the body snatchers, al menos en un principio, no tenía grandes pretensiones filosóficas. Era un trabajo para el entretenimiento de la masa, un simple encargo que no obstante fue tomado muy en serio por su director, ansioso de realizar una pequeña obra de arte con los escasos medios de que disponía. Dicho y hecho, terminó siendo una de las películas cumbre de Don Siegel, aquel extraordinario director a quien la crítica —a causa de su estilo adusto y su carrera como industrioso peón a destajo, de dócil asalariado de los estudios—se empeñó siempre en calificar como “eficaz”, “sólido”, “fiable”… pero con ningún término de esos con los que se ensalza el talento de otros artistaa que quizá hagan peores películas que Siegel, pero menos convencionales y más “personales”.

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6 comentarios

  1. Rafa Valdemar

    Bravo!

  2. Aquella escena donde ¿Kevin McCarthy? queda atrapado en un mar de claxons, gritando como un poseso ante un tráfico infernal, es realmente antológica, y tiene algunas más dignas del mejor cine de terror…
    El libro lo tengo pendiente desde hace tiempo, a ver si un día de estos lo saco de la Biblioteca.

    Salut!

    P.D – Para soledad como muerte en vida, recomendar con tu permiso el personaje de Vilnius Lancastre («Aire de Dylan» – Enrique Vila-Matas).

  3. Brillante artículo, casi tan angustioso como la película y el libro.

  4. Sobre la novela de Jack Finney, The body snatchers, Matt Groening, creador de Los Simpson, en su tira de publicación de cómics de estos mismos, en uno de sus capítulos, copió la misma historia de la novela de Jack Finney.

  5. Junior Garcia

    ¡Me quito el sombrero! bueno, no tengo.

    Genial artículo.

  6. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Los extraterrestres y sus respetables costumbres

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