Correo extranjero Opinión

Pablo Mediavilla Costa: El oficinista Hubert

A las dos y media de la tarde más calurosa del verano, en el norte de la isla de Ibiza, el oficinista Hubert asomó la cabeza por el acantilado y encontró algo que llevaba horas buscando, algo que quizá pensó nunca volvería a ver. Abajo, en una lastra, las niñas buscaban caracolas, una labrador negra de año y medio husmeaba junto a ellas y nosotros, siete adultos en bañador, le mirábamos sin decir palabra. Hubert lucía un sombrero de tela gris oscuro marca McKinley y una gafas deportivas negras y cuando se puso en pie con mucho trabajo, las piernas y los brazos se le fueron en un extraño baile sobre el filo, como un abuelo llevado por un ventarrón.

En la primera triangulación neuronal —el instinto, digamos— lo tomé por un loco o por uno de esos espíritus que vagan por la isla ciegos de drogas y de mugre. Muy pocas veces he visto a alguien encaramado en la lengua rocosa que protege a la cala de Ses Formigues de las inclemencias del noreste, y el acceso por tierra desde el primer pueblo o casa lo imagino largo. En la segunda ráfaga, pensé o, mejor dicho, supe que el oficinista Hubert, con su inexplicable y angustioso número de marioneta en las alturas, iba a tirarse o a caerse sobre las rocas, delante de las niñas que llorarían y de la perra, de nombre Calma, que iría ladrando a lamer la sangre entre mucho sobrecogimiento y mucho apartar la mirada.

Ramón padre debió sentir algo parecido y le gritó primero en inglés y luego en alemán. El hombre respondió con una frase que se quedó en el limbo o que terminó en un suspiro inaudible, acompañada de ligeras muecas y miradas en bucle al sol implacable y a la caída de unos 15 metros. «Telephone, telephone», acerté a entender. Ramón padre, con las palmas abiertas y los brazos en alto, le dijo que estuviera tranquilo y que tratara de llegar hasta la punta del acantilado, más baja y accesible, donde le recogeríamos con el barco y podría llamar a quien quisiera. El oficinista Hubert asintió y empezó a caminar en la dirección adecuada, pero pronto decidió descolgarse por el primer escalón de rocas ante el susto general. Lo consiguió y buscó la siguiente grieta. Al caer esta vez, tropezó, perdió el equilibrio y sólo en el último de sus histéricos pasos hacia el borde, consiguió clavar recta y firme la pierna derecha para apuntalar la vertical y el latido del público. Sonrió o se mordió el labio, es difícil decirlo ahora. El último salto, el que habría de desmontar mi profecía, lo solventó a la perfección y se quedó un segundo de pie ante nosotros para luego fundirse entre las rocas murmurando «schatten, schatten» —sombra, en alemán.

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4 comentarios

  1. Muy bonito y sencillo, Pablo.

  2. Pedro Vicente

    Un final plausible, coherente y sencillo, como la pura realidad de nuestra vida. Puestos a especular ¿Vió algo en la cueva que le dejó en tan lamentable estado? O, ¿Quizás se deprimió por su inmediato regreso a su siniestra oficina? O, o…

  3. «…o en un turista en el refugio en el que la muerte se embosca en nuestro plácido día a día occidental»

  4. Pingback: Marramiau : El blog de Marta Martín de la Cuesta

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