
En estos tiempos se echan de menos algunas viejas tradiciones de la industria musical, aspectos extramusicales que enriquecían el trasfondo de determinadas canciones, las cuales tenían una historia detrás. Una de esas tradiciones del pasado contemplar a dos músicos publicando canciones para decidir cuál de los dos era más macho. Sarcasmo, ironía y egolatría a partes iguales.
Mannish boy es uno de los grandes himnos del blues moderno (entendiendo aquí “moderno” como posterior a la electrificación). Es una canción que cualquiera ha escuchado alguna vez en su vida, y que a todo el mundo le suena, incluso aunque no sepa una palabra sobre blues. Tiene una estructura extraordinariamente simple, basada en un único fraseo de cinco notas que se repite una y otra vez. Aunque pese a su simplicidad y su categoría un clásico ha conocido relativamente pocas versiones, sí ha inspirado numerosos temas ajenos, desde Whole lotta Rosie de AC/DC a la famosa Bad to the bone de George Thorogood, la cual es prácticamente una relectura del original. Pero quizá lo más curioso es la manera en que surgió la canción, como resultado de un hilarante diálogo discográfico entre dos músicos. Uno de ellos empleaba la ironía en sus letras, el otro sencillamente se gustaba a sí mismo y tenía ganas de hacérselo saber al mundo.
Si hablamos de McKinley Morganfield, es probable que pocos sepan a quién nos referimos, porque el creador del blues moderno es mucho más conocido por su apodo. Siendo un niño, su abuela comenzó a llamarle Muddy Waters por su afición a encharcarse jugando en las aguas embarradas de los alrededores. Muddy tuvo una infancia pobre y creció entre los campos de algodón de Mississippi, donde se aficionó tempranamente a la música, absorbiendo el “delta blues” de Robert Johnson, Charlie Patton y Son House. Su grave voz, su guitarra y su armónica le conferían un sonido robusto y distintivo, pero la vida era difícil y a Muddy ni siquiera se le pasaba por la cabeza la posibilidad de convertirse en músico profesional. De hecho, iba camino de cumplir los 28 años y todavía se militaba a tocar en fiestas o saraos locales, porque más allá de su pueblo nadie lo conocía. Y eso que Robert Johnson, por ejemplo, acababa de morir a los 27 años habiendo tenido tiempo de cimentar una leyenda que se había empezado a extender por todo el país. Muddy, en cambio, era un músico completamente anónimo. Únicamente se dio cuenta de que podría dedicarse a la música de modo más serio a raíz de una anécdota relacionada precisamente con el difunto Robert Johnson: un investigador de la Biblioteca del Congreso viajó a Mississipi desde Washington para intentar grabar a aquel nuevo fenómeno del folklore llamado Robert Johnson y del que ya se estaba hablando en el norte, pero en la época las noticias viajaban despacio y al llegar a la región descubrió que Johnson había muerto envenenado tres años antes (supuestamente como pago por un pacto diabólico por el que había conseguido su talento, decía la leyenda, aunque en la práctica parece que fue asesinado por un marido celoso). El investigador se quedó sin registrar a Johnson, pero optó por aprovechar el viaje y grabar a algún otro típico bluesman del lugar. Fue entonces cuando descubrió a Muddy Waters, uno de los mejores de la región. Le grabó un par de canciones y después le regaló una copia. Cuando Muddy se escuchó a sí mismo por primera vez en vinilo, tuvo una revelación: supo que era bueno, que sonaba bien, que podía aspirar a dedicarse profesionalmente a la música.
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Pingback: Canciones con historia: Mannish Boy
¡Enorme Muddy Waters! Dicen que en su entierro había una cola de gente de varias manzanas y todos decían haber tocado en su banda. Y es posible que no mintiesen.
Gran artículo, sí señor, se me han puesto los pelos de los huevos como escarpias…
Y el bueno de Johnny Winter, ¿sigue arrastrando todavía su cuerpecillo por los escenarios?
(Sólo una cosa más: traducir «son of a gun» como «hijo de una pistola» es demasiado literal. Mejor «cabronazo», o «caradura», en el buen sentido)
Delicioso. La herencia de big Muddy es eterna…ya lo han dicho arriba, pero «son of a gun» significa algo así como «cabronazo», como llamar a un tipo «hijo de…» por suertudo.
También se aplica a niños bastardos, de padres «dudosos». Como en la canción de Kitty, Daisy & Lewis.
Estupendo artículo! Me ha encantado. Enhorabuena al autor. Los artistas del Delta del Missisipi son mi debilidad, y aunque me guste personalmente más la voz y el estilo del «lobo aullador», Don Muddy Water es una maldita leyenda.
lo han vuelto a hacer. articulazo. la versión con johnny winter, el disco en sí, es espectacular.
enhorabuena de nuevo por el texto.
Cuando vas a Chicago y visitas lo que queda de Chess Records sientes la presencia de Waters, de Dixon, el Lobo y de todos los demás… Allí se grabó Mannish Boy. Uf…
Delicioso el artículo, deliciosas las grabaciones a las que hace referencia… un placer leeros!!!
Buen artículo con buenas palabras. Me quito el sombrero. Gracias.
Pd. No me extiendo más con insulsas alabanzas porque no son necesarias. Pero podría..
Para gustos….colores. En mi caso es imposible encontrar algo mejor que esto.
http://www.youtube.com/watch?v=sc_GVeeo-20
Excelente articulo!…La fabulosa «Bo Diddley» que como comentas apareció en la otra cara del «I’m a man» acabó trayendo incluso más cola que ésta, ya que su ritmo lo han fusilado de Buddy Holly a los White Stripes pasando por los Clash. Adjunto enlace a una entrada que recopila diferentes versiones del «Diddley Beat» por si a alguien le interesa echarle una ojeada:
http://bailarsobrearquitectura.wordpress.com/2013/10/13/bo-diddley-beat/
Saludos y enhorabuena por la entrada y por al revista en general!
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