Jot Down Cultural Magazine – Carta de amor a Macondo

Carta de amor a Macondo

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De El libro de las hojas muertas, un volumen de ilustraciones de Cien años de soledad. Imagen: Pablo Torrecilla / Valnera.

Querida mía,

Estos días andarás muy ajetreada y llena de turistas, de curiosos y devotos que estarán recorriendo tus calles, tus plazas y tus páginas. Habrá quien llegue a ti por primera vez, incrédulo y excitado el mismo tiempo, y quien al pasear por tus caseríos y tus galleras se sienta como un peregrino que regresa al hogar. Habrá quien te cubra de halagos —a ti, que nunca recibirás los suficientes— y quien intente tomarte medidas para hacerte un traje gris con olor a estantería académica. Unos y otros haremos lo indecible por buscar un rinconcito en el que sentarnos a esperar que vuelvan los gitanos con sus imanes y sus artificios de platero. Porque todos los que tenemos la indescriptible felicidad de conocerte te recordamos de pequeña, cuando aún no eras más que una aldea de veinte casas de barro y cañabrava. Después llegarían el insomnio, la guerra civil, la dictadura de Arcadio, las imágenes vivas del cine, la compañía bananera, los trenes repletos de cadáveres y los cuatro años, once meses y dos días de lluvia y el vendaval que habría de arrasarte para siempre. Veíamos cómo te ibas esfumando poco a poco, cómo la ruina iba, certera, adueñándose de ti. Fueron tiempos difíciles aquellos, aunque a todos nos salvó la certeza de que en nuestros corazones siempre serías aún más legendaria que la Arcadia griega de la que tomaron el nombre muchos de tus ciudadanos más ilustres.

Hoy, ya ves, sigues tan joven y luminosa como siempre, a pesar de haber conocido las miserias más oscuras del ser humano y sus pasiones. Por eso te amamos, querida Macondo. Por eso y porque gracias a ti supimos que más allá de este turbio lodo al que llamamos realidad hay un pequeño pueblo en el que lo cotidiano y la fantasía van de la mano sin que nadie se asombre por ver volar a una cándida muchacha o porque un comandante de la guardia amanezca muerto de amor.

Querida, tú sabes bien que la ficción es un cálido cobijo donde los lectores nos despojamos de la niebla aséptica de la rutina. Pero también, y esto es curioso, es un motivo frecuente de disputa: hay a quienes les gusta un autor o género o estilo determinado y no consiguen comprender que otros sean felices con otros distintos. Ha habido casos, incluso, en que los mismos autores son los que se increpan los unos a los otros como si la literatura fuera un arma arrojadiza y no un caudal de puentes para asegurar el paso firme desde nuestro presente unipersonal hacia todo aquello que fue, lo que pudo ser, lo posible, lo imposible y lo indecible. A muchos nos gusta recordar que a pesar de todo esto hay algo que une a todos los amantes de la literatura, sean cuales sean sus gustos o su edad: el hecho irrebatible de que todo lector es, ante todo, un viajero. A veces la lectura nos transporta a lugares reales que por el hecho de aparecer negro sobre blanco dejan de ser tan reales. Otras, en cambio, aparecemos en Comala, en Yoknapatawpha, en Región, en Pemberley, en Nunca Jamás, en Liliput, en Utopía, en el País de las Maravillas, en Hogwarts, en Fantasía, en La Comarca, en R’lyeh, en Invernalia o en tantos y tantos otros lugares que conforman ese formidable magma del que todos hemos soñado alguna vez formar parte: esa extraña nación —formada por lugares inolvidables— de las que tú deberías ser la capital absoluta.

Pero no quiero entretenerte más. Te conozco lo suficiente para saber que con los preparativos estarás revuelta y nerviosa para que todo esté a la altura. Imagino que Pietro Crespi habrá puesto a punto la pianola para que Rebeca y Amaranta, amigas y hermanas de nuevo, puedan bailar juntas la más luminosa de las mazurcas. Melquíades, sonriente, estará observando con la curiosidad de un niño cómo, tras fundir todos sus pececitos dorados, el coronel Aureliano Buendía está a punto de terminar su pieza más amada: una sencilla corona, apenas más pesada que una pluma, con la que su padre José Arcadio Buendía pretende obsequiar al rey que ha de llegar. Todo ello, cómo no, bajo la supervisión de Úrsula, que ya se ha acostumbrado a tener la casa llena de mariposas amarillas.

Van a ser unos días grandes, querida. Somos multitud los que quisiéramos estar allí para presenciar de primera mano la celebración más grande que ha recorrido tus calles desde los funerales de la Mamá Grande. No habrá nadie entre tus vecinos que no sienta la inaudita ilusión de acercarse a dar la bienvenida a quien mejor conoce tu historia y ha vivido para contarla. Te deseo de corazón que todo salga como tienes previsto, como solo tú sabes festejar las más grandes ocasiones, con los balcones adornados con diademas y faroles de papel y estruendo de fuegos artificiales.

Nosotros, por nuestra parte, tendremos que enfrentarnos a un mundo un poco más oscuro y más terrible, pues uno de los mejores escritores de todos los tiempos ha cerrado sus ojos para siempre. El mundo seguirá andando, por supuesto, pero a partir de ahora lo hará con la terrible certeza de compartir un destino aún peor que el de los Buendía. Ellos conocieron una condena de cien años, sí. Pero nosotros, ahora que él se ha ido, desde hoy nos sumimos irremediablemente en una soledad que arrastraremos hasta el final de los tiempos.

11 comentarios

  1. Pingback: In memoriam: Gabriel García Márquez

  2. Qué declaración de amor, de cariño. Me arrancó las lágrimas!

  3. Pingback: Carta de amor a Macondo | Ernesto Filardi

  4. que buen artículo…emocionante, nos retrae a Macondo de manera brillante

  5. Maravilloso homenaje.

  6. Siempre volveremos a Macondo, huérfanos pero no solos

  7. Hermoso homenaje, Ernesto. Todos tenemos un recuerdo de Macondo, que visitamos cuando éramos adolescentes románticos o jóvenes menos cínicos. Aquí va el comienzo de seis de las novelas de García Márquez http://cort.as/8qxM para recordar por qué le queremos tanto. Un saludo cordial.

  8. Pingback: Por qué queremos a García Márquez | Después del hipopótamo

  9. Pelos de punta. Genial texto.

  10. Cuando lei Cien años de soledad, hace mucho, mucho tiempo, busque en los mapas el pueblo de Macondo. Días y días buscando sin parar. No daba crédito a que hubiera podido salir de la cabeza de ningún escritor. A partir de ahí me hice lector. Necesitaba una patria. Y mi patria, a partir de ese momento, fue Macondo.

  11. Pingback: Esta semana...

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