La intimidad de los travestis españoles de los años ochenta - Jot Down Cultural Magazine

La intimidad de los travestis españoles de los años ochenta

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Escena de Vestida de Azul. Imagen: Serva Films.

Escena de Vestida de azul. Imagen: Serva Films.

Mi padre prefería dos hijas putas a un hijo maricón. (Tamara, travesti gitano)

Prefiero que seas travesti a que seas un carterista o un subnormal en una silla de ruedas. (Conversación entre hermanos en Vestida de Azul)

1983. 17 de septiembre. Donostia. Festival de San Sebastián. Eloy de la Iglesia estrena El Pico. Una película que se presumía iba a montar un pifostio de cuidado deja más bien indiferente al respetable y el entorno abertzale la tacha de oportunista. Al día siguiente, en El País, el gran Ángel Fernández-Santos escribe que es un «falso y rebuscado escandalillo». No obstante, con el paso de los años, la película terminó dejando huella en el público.

Hete aquí una prueba. En nuestros días, cuando Juan Carlos Monedero, en un acto de Izquierda Unida youtubeado tiempo después, dio crédito a la leyenda urbana de que la policía distribuía heroína para acabar con los jóvenes abertzales, palabras refrendadas en televisión por Eduardo Inda y Pablo Iglesias al alimón sin aportar ni una sola prueba, las redes sociales se llenaron de palmeros aludiendo a El Pico como testimonio del fenómeno denunciado. Para ellos era prueba definitiva. El porqué no lo sé.

Pero la película de Eloy de la Iglesia, podemos decir treinta años después, ha triunfado.

Al día siguiente de El Pico se estrenó Vestida de azul, de Antonio Giménez-Rico. Esta vez el crítico de El País dijo que el escándalo era «no tan oportunista y mucho más comedido». La película era un documental sobre la vida de seis travestis madrileños que se dedicaban a la prostitución y al cabaret. Contaban su vida, sus preocupaciones y sus anhelos. Pero tampoco le gustó a Fernández-Santos, escribió esta vez que se quedaba en la «epidermis de la epidermis». A su juicio, el autor debería haber indagado más en «la patética existencia de ese hombre en su inútil pasión de ser mujer». ¿Inútil? ¿Patética? Eran otros tiempos.

En La Vanguardia presagiaron que tendría gran éxito en los circuitos comerciales. En ABC dijeron que funcionaría en la calle, pero que como cine «dista mucho de resultar conmovedora». Al final, ni una cosa ni otra. La película cayó en el olvido y yo solo logré verla en una cadena de televisión local de chiripa, no sé si sería la de Frade. El caso es que muy poca gente la conoce.

Podemos decir, treinta años después, que la película de Giménez-Rico no triunfó.

Pero cuando la vi se me quedó grabada. Era una maravilla. Original, documento de una época impresionante y hablaba de algo importante, los problemas de los travestis, el patito feo de la liberación gay. Y así permanecía, en un vago pero grato recuerdo, hasta que un día me topé con que Rafa Morata publicó una escena de la película en su blog Celuloide de paso, se la pedí y me la pasó para compartirla como buenamente puedo en una nueva entrega de «Busco en la basura algo mejor».

Antes de entrar a comentar la cinta, unas breves pinceladas sobre la situación de los travestis en España antes del advenimiento de las libertades, el europeísmo, el ladrillo y la cocaína para todo el mundo. Cito de un artículo de Mondo Brutto de otoño de 2007 un extracto del libro Celtiberia Gay de Jesús Alcalde sobre cómo era la infancia de un niño transexual:

Unas veces la madre no encuentra colegio donde meter a su hijo y la única alternativa que le ofrecen es dejarlo en una institución para niños subnormales, donde se criará hasta los catorce años y aprenderá a leer y escribir de un modo peculiar, subnormal; otras veces completará su educación rural en algún colegio de frailes o instituto, donde permanecerá hasta los doce o catorce años. O bien la madre se lo llevará con ella al espectáculo, donde empezará a actuar, casi de niño, con la condición de que ella alterne en la barra.

Y en otro libro que menciona ese mismo texto, Pecar en Madrid, de Antonio D. Olano, disponible en las bibliotecas públicas de la Comunidad, tenemos todavía más pistas. El autor dice sobre la noche gay madrileña antes de 1976 que «salir con atuendos nada equívocos en el Madrid de aquellos tiempos, tenía mucho más valor que ponerse delante de un toro de cinco años, sin capote ni defensa alguna». Sin embargo, el fenómeno existió incluso en los años duros:

En el espectáculo español, sobre todo el que se produce en Barcelona, no falta el travesti o el tapado, que lleva atuendos masculinos, pero muy feminoides. Aún en tiempos de mayores restricciones de censura, actúan en viejos teatros de revista o en salas de fiesta los Antonio Amaya, Fernando Vargas «el Titi» y los cancioneros, como Tomás de Antequera y un amplio etcétera, que juegan al equívoco. El travesti actúa en muchos locales madrileños de un tiempo a esta parte [1976]. Participan en él las figuras más destacadas. Unos son travestidos y otros han cambiado, voluntariamente y tras cruentas operaciones, de sexo. Un doctor español, Antonio de la Granda, médico y sociólogo, no vaciló en afirmar: «El derecho al sexo es, jurídica y moralmente, admisible».

Por cierto, un fenómeno que tenemos que agradecer una vez más a la que entonces era con muchísima diferencia la capital cultural de España, Barcelona. Sigue Olano:

«Es que Barcelona es más europea…» se restregaba a los madrileños una y otra vez. Vista la vida nocturna de una y otra ciudad, el madrileño asentía: es que tienen razón. El Molino, con el Lindo Johnson, Barcelona de Noche con el más amplio muestrario de travestis, daban la razón a quienes esto afirmaban. Hasta que un día, bajo la mano empresarial catalana, un asalto de fiestas en el centro de Madrid, en los bajos del Hotel Nacional, vecino a la estación de Atocha, nació el Gay Club. Como gran figura, una «importación» de Barcelona de Noche, Paco España. Canario de nacimiento, casado y rey del travesti durante mucho tiempo. Con él, en el elenco, una serie de artistas que van cambiando periódicamente.

Pero siempre con la ingratitud y ciertos gajes del oficio:

¡Y a lidiar con el toro del público madrileño, tantas veces ofendido en su virilidad porque se permiten bromas con ellos! A escuchar, en tono de protesta: ¡Esto es una mariconada! O las ironías de los espectadores que, conscientes de lo que van a ver, creen que han de demostrar, sobre todo si llevan compañía femenina, que a ellos esto de los maricas no les va ni un pelo y que no les hace gracia. Lo cual no obsta para que, una vez dejadas las damas en casa, o al día siguiente si es que son casados, un gran número de «machos» acuda con pretensiones de ligar a algunos de aquellos artistas.

Todas estas situaciones, la vida de estos artistas, su lado más humano, quiso retratarlas Antonio Giménez-Rico con una película, pero no una al uso, con actores profesionales y una historia de ficción. Él escogió a un grupo de transexuales reales, bien conocidos en el ambiente y el mundo del espectáculo, y les puso a discutir entre ellas, además de forzar algunas situaciones, de corte televisivo actual, como un encuentro entre una de ellas y su primera novia antes de que empezara a travestirse.

Escena de Vestida de azul. Imagen: Serva Films.

Escena de Vestida de azul. Imagen: Serva Films.

La vieron 248.081 espectadores. A Giménez Rico le preguntaron qué le había parecido a Pumares su película —en aquella época había empezado en la radio con su programa de crítica desatada— y contestó que suponía que no le habría agradado. Pero el periodista le llamó y le dijo que sí, que le había gustado mucho. Era el mayor tesoro de este trabajo, su capacidad de sorprender a cualquiera, a quien menos te lo esperas. No sé si esto servirá como sello de calidad o de lo contrario, pero hoy día, una película cuya primera escena son un grupo de travestis haciendo la calle entre un Chrysler 180 aparcado, una cabina de teléfonos de las antiguas y una papelera verde de hierro sujeta a una farola, aunque solo sea por esos momentos visuales «magdalena de Proust», ya debe guardarse en casa junto a las joyas de la abuela.

Ese grupo de travestis llevan abrigos de piel y lencería debajo. Se acercan a enseñar cacha a los coches que doblan la esquina. De pronto, uno aparca. De él se bajan dos señores, un tolai y un tío barbudo y con el pelo rizado a lo micrófono, vistiendo una cazadora de borreguito nada menos y vaqueros con dobladillo. Ayer, un triste madero; hoy, el dios de las pasarelas. Haber nacido más tarde. El caso es que cuando estos dos individuos están a pocos metros de las protagonistas de este filme, Lorena —una de las protas— empieza a gritar «¡Nena, nena, nena, la secreta!» y todas echan a correr, las pobres, con sus tacones. La imagen se congela y aparece una leyenda: «Todos los personajes de esta película son reales. Los hechos y situaciones que se viven son de verdad».

Así arranca Vestida de azul, con imágenes de acción. Aunque en seguida llega el glamour, la cosa sigue con todas las chicas reunidas en el precioso Palacio de Cristal del Retiro tomando unas bebidas en una amena charla. Hablan sobre la cárcel de Carabanchel. Una se queja de que ahí dentro «tienes que joder con todo el mundo a la fuerza». Otra replica: «mentira, jodes con el que tú quieras». Yo no sé en qué situación terminarían los transexuales en el esa prisión, ya desmantelada. Pero conocí a un caballero, ya tristemente fallecido. El Soto, que estuvo interno en ella y me contó que su celda estaba extraordinariamente situada, porque desde la ventana podía ver la galería de los travestis y hacerse pajas a todas horas. Así que en algún momento les separarían por los graves motivos que apuntaban en esta película. Pero pongan el testimonio en duda si les interesa el tema y confírmenlo con otros exinternos si tienen ocasión.

A continuación, habla Lorena. Está su casa, tranquila. Resumo lo que dice: «Nací en Cádiz, mi madre fue viuda a los cuarenta y ocho años. Mi hermana se metió en un convento a los veintiuno, cuando mi madre más la necesitaba. Mi segunda hermana fue bollera (sic). La tercera tuvo cinco niños y luego llegué yo. Los pueblos son lo peor del mundo. Fui mayordomo de gente bien situada. Eran gentes para los que ser marica era delito, pero luego eran todos adúlteros. Eran la gente más degenerada, pero para ellos el delito siempre lo cometía el pobre».

Y una vez que se encontró a sí misma, de nuevo de bruces contra la España negra. Vuelvo a resumir: «Me dedico a la prostitución. Tenemos que comer. Si no hay trabajo para los demás cómo lo va a haber para nosotras. Hasta las mujeres decentes dicen que se van de asistentas y se van a hacer lo que puedan. Yo, los días que gano seis mil pesetas, ya me quito de en medio. Tengo miedo a que me coja la policía».

Sobre operarse el pecho, explica: «Me criticaron mucho al ponerme tetas, pero luego todos las tenían como las mías».

Y la mili: «Hice un amigo allí y como soldados íbamos con las cejas depiladas todo pintadas. Venía todo el pueblo detrás de nosotras. Una vez nos vio un teniente y nos metió cuarenta días detenidas. Los dos pelones. Decía que éramos una deshonra para la mili. ¡Pues no haberme traído!».

El siguiente testimonio es el de René Amor Fernández. En Youtube está su fragmento, en el cuenta cómo le dijo a su madre que ella, en realidad, se sentía mujer desde niño.

José Antonio Sánchez, después, es Mayte. También se dedica a la prostitución. Y tiene una charla telefónica con un posible cliente que es para ponerle un marco… por lo del Ministerio y la racanería con trampitas, no por otra cosa, eh… Vean, vean.

—¿Dígame?
—Hola, ¿es casa de Mayte?
—Sí.
—Mmm… Mira, estoy con un amigo y… ¿Estás sola ahora?
—Sí, estoy sola, tranquilo. Puedes hablar.
—¿Puedo pasar por ahí?
—Mejor sería que pasaras un poquito más tarde.
—Es que me me vendría bien ahora porque tengo que entrar al Ministerio a las cinco…
(…)
—¿Cuánto saldría?
—Esto saldría a doce mil pesetas el servicio de un hombre.
—Sí. ¿En qué consiste?
—Un servicio completo.
—¿Qué es?
—El completo es el griego.
—¿Y qué es el griego?
—¿Que qué es el griego? Pues el servicio completo de una señorita, haciendo el amor con ella, pero analmente.
—Sí, y si vamos dos qué pasaría, ¿nos saldría igual?
—No, si venís dos serían veinticuatro mil pesetas
—¿No podría ser un poquito más barato?
—No, esto no es el Corte Inglés, esto es una casa de masajes, aquí no hay rebajas.
(…)
—Al cliente nuevo se le trata mejor.
—No, el cliente nuevo tiene que acostumbrarse a pagar mejor para que se le trate bien.
—De acuerdo, adiós.
—Adiós.

Mayte quiere hacerse respetar, como se deduce en esta conversación. Dice que lleva un abrigo de piel para que le traten como a una señora, no «como a maricones». Luego sale el tema de la adopción y dice: «No quiero tener hijos que tengan un padre travesti, cuando seamos respetados como personas normales podremos adoptar como personas normales».

Escena de Vestida de azul. Imagen: Serva Films.

Escena de Vestida de azul. Imagen: Serva Films.

Y el remate lo pone su hermano con la frase que abre este artículo: «Prefiero que seas así a que seas un carterista o un subnormal en una silla de ruedas». En dura competencia con un sacerdote al que Mayte va a ver después, ya que ella se declara «católica, una especie de católica un poco rara». El religioso, siempre del lado de los «débiles» como viene siendo habitual, afronta el tema por la óptica de que el que se sale del guión, luego tiene que apechugar con el rechazo —el mismo argumento de que los gais no deben adoptar porque luego en el colegio se meterían con sus hijos—.

—La Iglesia siempre ha dicho: no os digo que seáis castos, pero ser cautos. Tú te vas a enfrentar abiertamente contra toda la sociedad, queriendo ser creyente, cuando vienes a la iglesia, las mujeres no te olfatean ¿no sufres con eso?
—No. En la tierra soy la ridiculez, pero pienso en Dios como en alguien que me entiende.
—Lo mismo que se entendió a las brujas, pienso que si los travestis hacéis campaña fuerte interrogaréis a la Iglesia y no está acostumbrada.
—Yo no vivo con la Iglesia, vivo con Dios.
—¿Y eso te tranquiliza?
—Totalmente.

El espacio de Mayte, desgraciadamente, concluye con una intervención un tanto desafortunada, pero que se puede entender como anticipación de un futuro neoliberal y falocrático, para criticarlo, no porque estemos en él ahora: «Un cuerpo de mujer con un cerebro de hombre que se dedique a la prostitución puede ser una máquina de hacer dinero». Toma ya.

Después viene Eva, natural de Hellín, Albacete. Ocho hermanos. Aparece en su hogar, junto a todos ellos. La aceptan perfectamente. «Me dedico al espectáculo, y a veces ejerzo la prostitución», confiesa. Por eso «la policía me rompía el carné de identidad». Dice que en casa de algunos de sus clientes «te encuentras fotografías de él dándole la mano al rey». Y sobre su futuro, añade melancólicamente: «Cuando eres joven tienes que guardar dinero, tener cabeza que yo no la tengo. Si no tienes nada no te quiere nadie. Imagínate un travesti con cincuenta años…».

Lo relevante de su parte es que aparece una operación de aumento de pecho y se ve perfectamente, como en En buenas manos. Un detalle que no gustó nada al crítico de ABC tras el estreno. Eso ya era demasiado.

Escena de Vestida de azul. Imagen: Serva Films.

Escena de Vestida de azul. Imagen: Serva Films.

La siguiente es Tamara. Gitana. Su situación es la más dura y estremecedora de todas. Las leyes gitanas entonces eran implacables:

De pequeña me veía niña, una niña con un pito, pero una niña. Me he ido poco a poco dando cuenta de que como hombre no podía estar. No podía. A mí siempre me han gustado los hombres. Acostarme con ellos, claro. A los trece años empecé el mariconeo y a vestirme de mujer. Mi familia lo sabía, se dieron cuenta. Siempre estaba con las niñas, pero mi padre me decía que me tenía que casar. Me decía: Juan, cásate y ten muchos hijos. Yo le decía: papa, que no puedo. Me echaba a palos.

De pequeña he sufrido muchísimo. Me han pegado muchísimo. Mi padre me hinchaba a palos. Es que los gitanos tenemos otro modo de pensar. Otra mentalidad. No comprendemos esto de los travestis, no… no hay muchos travestis gitanos, no. Payos sí que hay, gitanos no hay.

Mi padre prefería dos hijas putas a un hijo maricón. Los gitanos nos sentimos muy machistas, muy machos, pero mira aquí el macho dónde está (risas). Tengo que estar sola, viviendo mi vida. Muchas veces estaba en casa y venía familia de fuera, a lo mejor yo estaba acostado y me he tenido que levantar, salir corriendo descalzo por el patio e irme hasta que no se fueran, días y días por ahí fuera buscándome la vida.

Una vez mi padre me pegó porque yo le dije que me iba a ir de casa. Mi padre no me daba dinero porque me lo gastaba en ropa de mujer, una falda, unos pantalones estrechos. Entonces me buscaba la vida y me hacía algún cliente que otro. Se empieza por ahí. Una vez me dijo: tú hoy no sales de casa. Le dije que sí: yo quiero salir porque quiero ser libre, te juro, le dije, que cuando me haga el carné, porque no lo tenía, solo tenía trece años, me voy de la casa. Se fue para mí, yo me fui para mi cuarto, mi madre diciendo que lo mata que lo mata, mi hermana agarrando a mi padre, él empujó la puerta, me tiró a la cama y empezó a pegarme, me dio un dolor, me reventó.

El resto de entrevistas y discusiones siguen por caminos ya transitados. Aunque sí hay que mencionar las escenas en las que vemos como una de ellas va a tallarse, a la primera cita que había con el servicio militar.

En la Wikipedia tenemos un breve epílogo de la película. Lorena se sabe que falleció hace algunos años. René murió en Gijón en 2012, a los cuarenta y nueve años, se desconoce el motivo de su muerte. José Antonio Sánchez Sánchez (Mayte), actualmente tiene cincuenta y un años, se hace llamar Nacha y sigue trabajando en la prostitución callejera en Madrid. Los hermanos José y Ángel Ruiz Orejón Casado, los del vídeo de la mili, terminaron como el rosario de la aurora y «Ángel acabó enganchada en la droga y con un trastorno mental». Y de Tamara la gitana no se sabe absolutamente nada.

Bueno, una cosa sí se sabe, todas ellas eran más valientes que todos los marines del mundo. Busquen esta joya de película.

16 comentarios

  1. Pingback: La intimidad de los travestis españoles de los años ochenta

  2. Tremendo lo que nos trae. Gran artículo.
    Un apunte chorra. El ‘patético’ de Fdez. Santos puede tal vez ir en el mismo sentido en que un argumento patético no tiene porqué ser un argumento de mierda, sino más bien un argumento que apela a los sentimientos?

  3. ¿Leyenda urbana lo de la droga en Euskadi?

    http://elpais.com/diario/1995/07/09/espana/805240806_850215.html

    Vamos, que gente que era capaz de secuestrarte y enterrarte en cal viva no es capaz de usar la droga en la guerra sucia.

    • Pacheco,

      La Guardia Civil, la Policía, muchos traficaron con drogas en Euskadi. También, según un informe muy famoso que apareció en el año 85, ETA lo hizo. Pero el fin fue lucrarse, porque eran corruptos, o financiar la guerra sucia. Nadie ha podido acreditar que lo hicieran para anular a la juventud vasca y su rebeldía. Esa es la leyenda urbana.

  4. Documentese: informe “Navajas”, el narcotrafico con epicentro en Intxaurrondo.

  5. Al parecer ese mito también es aceptado en Irlanda del norte. En ese caso es Inglaterra quien proveía.

    Alguno pensará que sencillamente usaron la misma táctica de anulación pero la verdad es que esos paralelismos son muy típicos en las leyendas urbanas.

    • Probablemente lo copiasen de los Panteras Negras que lo difundieron años antes para justificar que la juventud prefiriera drogarse antes de irse de revoluciones con ellos
      (Lógicamente, muchos miembros de los Panteras terminaron yonkis y algunos fueron traficantes)

      • El error probablemente es querer ver conspiraciones personales, hombres detrás de las cortinas, cuando es cuestión abstracta, estructural, de oferta que crea demanda. Pero a la manía conspiranóica la pongo en el mismo nivel (qué demonios: un palmo largo más alto en dignidad, ya que al menos siente la certeza de la fuerza casi imparable de ciertos condicionamientos, aunque yerra al identificar al enemigo) que a la consideración de índole liberaloide que pone toda su miope vista en que “los individuos quieren/eligen/prefieren”. Da mucha más grima, creo que es porque se adivina el desprecio por la naturaleza social de ciertos asuntejos.

  6. Pingback: Ambiente G / Gossip Gay del 25 al 31 de octubre - Ambiente G

  7. La película es una maravilla, y un documento preciso de como era la España de los ochenta para aquellos que se “salían de la normalidad”. La recomiendo a todo aquel que tenga sensibilidad por estos temas

  8. Como ha cambiado la vida, son épocas que se lo digan a los travesties de hoy en día si hubieran podido aguntar la represión de esos años.

  9. Yo tendría diez años cuando encontré a mi padre viendo esa película, con mucho respeto. La frase “que nos traten como a señoras y no como a maricones” se me grabó a fuego.

    Esa secuencia sirvió para que yo creciera entendiendo esa clave de la transexualidad y tratando a las personas transexuales que conocí de acuerdo a lo que son y sienten ser. Convenció a uno, por lo menos.

  10. tamara la gitana murio de sida en 1995 a los 2 aňos

  11. Pingback: Trans-tolerancia, un primer paso frente a la transexualidad

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