Chess Metaphors Ciencias

La melancolía siempre sucede a bordo de un barco

Se suicidó junto a su esposa, al otro lado del mundo. Había viajado por Sudamérica en aquellos cruceros transatlánticos de los años treinta que respetaban la disociación entre cuerpo y alma, siguiendo, de algún modo, la estela de uno de los viajes más importantes de la ciencia, el viaje del Beagle. A Stefan probablemente no le interesaba mucho Charles Darwin, o quizá sí, vaya uno a saber desde este lado de la historia. Había huido de la Europa convulsa invadida por los nazis y no pudo soportar el salto al vacío. Un viaje que aún persiste, en la tibieza de nuestro tiempo, pero que no acabará jamás.

Darwin embarcó en el Beagle el 27 de diciembre de 1831: fue un viaje que duró cinco años alrededor del mundo. Se dice pronto. Con veintidós añitos, un naturalista aficionado, entra a formar parte de la tripulación de un barco explorador para distraer a un capitán con tendencias a la depresión; melancolía que lo llamaban entonces. Resulta que a Darwin también le podía la melancolía. Y así hay que imaginarse a un capitán encerrado en su camarote, con sus mapas y astrolabios y su juego de ajedrez y su melancolía.

El Beagle, tal como aparece en el libro de Darwin, El viaje del Beagle. (DP)
El Beagle, tal como aparece en el libro de Darwin, El viaje del Beagle. (DP)

Porque el capitán Fitz Roy era aficionado al ajedrez. Claro, ¿qué hacer cuando el viento no empuja la mayor, la flacidez del horizonte se torna insoportable, las olas no suben, ni bajan y la corriente no basta para desplazar el barco? El ajedrez, por supuesto. Una buena partida de ajedrez, parece una salida honrosa al tedio, al abismo de un océano quieto y, tan cercano, tan distante.

Y entonces surge la pregunta. ¿Jugó Charles Darwin al ajedrez? Porque cinco años da para mucho y si bien el joven Charles tenía suficiente con observar y documentar la geología de islas y continentes, la fauna y flora de los valles y costas, los fósiles de caminos y vaguadas, las formas y tamaños de los picos de los pinzones, en algún momento hay que pensar en el capitán Fitz Roy ordenando, sí, ordenando, al joven científico que se deje de morondangas y tenga a bien pasar por su camarote y jugarse una partidita.

Young Charles, por favor, venga a jugar un juego de ajedrez.

La educación ante todo. Quizá la invitación/ordenanza venía acompañada por una taza de té, si es que el estómago del pobre Darwin no andaba revuelto del mareo, poco acostumbrado como había estado hasta entonces a estas aventuras por el mar.

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8 comentarios

  1. Una pasada. Te superas a ti mismo en cada artículo y mira que te lo estás poniendo difícil.

  2. Tus palabras trascienden el alcance de esta historia y traspasan el alma… Qué bien escrito y cuanta humanidad encierran!!!

  3. Abel el viejo

    En estos tiempos en que la banalidad impera, en donde la palabra pierde todo su contenido y valor, ésta recobra su más hondo sentido en tu magnífico relato.

  4. Precioso, honesto, emocionante y brillante texto, Diego. Nos has invitado a navegar por recónditos espacios de nuestra naturaleza: Las partes más brillantes y las más oscuras, en un sólo texto. Todo cabe en una partida de ajedrez. Enhorabuena por tu prosa, BroInLaw.

  5. ¡Gracias por vuestros comentarios! Mientras se publicaba el relato en JotDown, se me fue un gran amigo y colega, Werner Callebaut, en la misma Viena que añoraba Stefan. Es curioso cómo se anastomosan las cosas, las vidas, las muertes, las soledades nutridas de melancolía. Con Werner hablábamos de Darwin y nos cagábamos en Lorenz y bebíamos la vida en honor de los muertos. ¡Te echaré de menos, profesor!

  6. Por más que me esfuerzo, no consigo entender por qué sólo con el título sabía que dentro aparecería Stefan Zweig y su Novela de ajedrez.

    Muy buen relato.

  7. Pingback: Los últimos días de Stefan Zweig | Club de Lectura

  8. Pingback: ¿Por qué hacemos listas a fin de año? - Jot Down Cultural Magazine

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