Cine y TV

Imprescindibles: House of Cards (1990)

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El maquiavélico Francis Urquhart y la periodista Mattie Storin, personajes protagonistas del retorcido thriller político House of Cards (imagen: BBC)

En 1990 la BBC estrenaba una miniserie de cuatro episodios titulada House of Cards, ambientada en el núcleo de poder del partido conservador. No excesivamente renombrada en el extranjero, fue sin embargo un éxito en el Reino Unido. Se emitió justo cuando el partido elegía nuevo líder después de la renuncia de Margaret Thatcher, en una época delicada para la política británica. De hecho, hasta los propios políticos la siguieron con atención.

Serie inclasificable donde las haya, ha sido a veces calificada como sátira política, pero en realidad no lo es, al menos no como pudo serlo la fantástica The Thick of It, de 2005 y también producida por la BBC, en la que se parodiaba con mucha acidez el funcionamiento interno de un ministerio británico (ah, quién tuviese una BBC en España). El principal objetivo de House of Cards no es bosquejar un retrato paródico de la política británica, aunque la desentrañe sin excesivo detalle como contexto necesario del argumento. Pero si no es una sátira política, ¿qué es? Más que parodia del poder es una metáfora de la ambición, personificada en un único personaje, que convierte a las personas de su entorno en instrumentos y se comunica con el público mediante recursos muy teatrales, como el de hablar directamente a las cámaras. Tiene bastante más de Shakespeare que de parodia televisiva, aunque la historia se presenta bajo la estructura de una parodia.

Durante sus cuatro episodios de una hora acompañamos al mefistofélico Francis Urquhart, jefe del grupo parlamentario conservador. De origen aristocrático, Urquhart es un cínico encantador que de vez en cuando se aleja de la acción principal para mirar a la cámara y lanzarnos guiños cómplices con los que ganarse nuestras simpatías, exactamente como hace con los demás personajes de la serie, a varios de los cuales él mismo nos presenta. Le vemos poner en marcha un sinuoso plan para quitarse de encima a los rivales políticos que le impiden alcanzar su gran sueño, convertirse en primer ministro del país. En un juego que como digo es muy heredero del teatro, Urquhart hace partícipe al público. Consigue que los espectadores entendamos sus motivaciones cuando sus viejos colegas lo dejan de lado cuando están sumidos de lleno en la formación de un nuevo gobierno. Pero después, poco a poco, iremos conociendo su verdadera naturaleza. En un magistral uso de la llamada «cuarta pared», conforme Urquhart se acerca al poder, va poniendo distancia entre él y los espectadores, aniquilando progresivamente la confianza que creíamos haber ganado con su juego inicial. Quien al principio parecía un pícaro simpático se transforma ante nuestros ojos, de la misma manera en que al principio de cada episodio aparece su rostro sonriente para, en cuestión de segundos, adoptar una expresión mucho más sombría. House of Cards contiene intriga política, sí, pero su arco argumental primario es el que nos permite contemplar la caída de las capas de cebolla que envuelven al verdadero Francis Urquhart.

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18 comentarios

  1. Isobel Pantoha

    ¿Y sabe usté si en el mercadona que hay al lao del talego podrian comprarmelos?

  2. Oleee.

  3. Jotdown hizo justicia.

  4. Pingback: Imprescindibles: House of Cards (1990)

  5. Diga cinco lustros, no tres.

  6. Solo falta la referencia a Yes Minister…

  7. Acabo de terminar la serie y, si bien me alegro de haberlo hecho, me pregunto si, Emilio, has revisado la misma antes de hacer la crítica o de verdad dos personas pueden interpretar algo de forma tan diferente. Me refiero a que, desde el primer momento, Francis Urqheart, habla CONSTANTEMENTE al espectador, sin sutileza alguna, como tampoco tiene sutileza al explicar sus verdaderas intenciones para con quien le rodea. Sin ánimo alguno de contradecirte en el resto de la crítica, me ha llamado la atención especialmente ese punto.
    Un saludo.

  8. Además de ver la serie en YouTube, se puede comprar en Amazon a muy buen precio. Maravillosas las continuaciones. En To play the king se analiza las complicadas relaciones entre la a Corona y el Gobierno. The final cut nos depara una pequeña sorpresa con la señora Urheart.

  9. Me encanta el cine británico y adoro a los actores ingleses, que son los mejores con diferencia. Ian Richardson está sublime en la versión inglesa. Pero no debemos caer en la falsa nostalgia, o pensar que cualquier serie pasada fue mejor. La versión americana de «House of cards» es notablemente superior a la serie inglesa que, por cierto, ha quedado bastante anticuada a excepción de la enorme interpretación del protagonista. Vivimos la edad de oro de las series de TV, y la comparación entre una buena serie de 1990 y la magistral versión de 2015 deja las cosas muy claras al respecto. Saludos

    • Tu comentario deja muy a las claras lo poco que sabes de series de televisión, películas, obras de teatro (sobre todo Shakespeare) o incluso de la vida misma.

      Igual hasta eres un guionista español…

      • Me temo que te equivocas sobradamente. Habré visto infinidad de series, y en cuanto a cine ni te cuento. Por cierto, también tengo a Shakespeare entre mis monstruos favoritos (especialmente por «Ricardo III»). ¿Qué he dicho para que un intelectual como tú me degrade al nivel de guionista patrio? Vivimos la edad de oro de las series de tv, he visto las dos versiones de «House of cards», y la inglesa está viejita, salvándose la excepcional interpretación del protagonista. Pero si te sienta mal que los americanos hagan mejor cine es tu problema, no el mío. Lince, que eres un lince.

  10. En mi poco humilde opinión, la versión británica le da mil vueltas a la serie americana. No es una cuestión de nostalgia, pasado o edad de oro. Sencillamente es una cuestión de gusto.

    Excelente artículo Emilio de Gorgot, pero hay algunas erratas sobre el nombre del sublime actor Ian Richardson. Te empeñas en llamarle Ian anderson en el antepenúltimo y penúltimo párrafo.

  11. Perfecto comentario, que pone el dedo en la llaga. Yo añadiría dos cosas:

    Uno, la serie británica era crítica con los políticos. La americana, como no podía ser de otro modo viniendo de los USA, es servil, o superficialmente crítica.

    Dos, la serie británica era muuuuuuucho más amena. La americana es plúmbea.

  12. Alguien sabe donde puede conseguirse la serie británica La caída de las aguilas?

  13. La serie está bastante bien. Recomendable para la gente que le guste el mundo de la política, el poder, los medios de comunicación, etc…
    Buenos actores, el protagonista sublime y buenas actrices. Me da pena que Susannah Harker no la cogiera Hollywood y le diera su ración de películas. En la serie está para que te enamores de ella. Y la chica negra, luego la vi en Los amigos de Peter y… también desapareció… No sé, son esos actores que crees que merecieron una mejor carrera…
    La historia está muy bien, no pretende ser «realista», sino mostrar como es la política y los políticos (aunque sea a toda velocidad), y realmente es interesante. Hay que entender que es una serie de 4 capítulos de una hora cada uno, así que había que «comprimir», pero no se nota «apelotonamiento», y las historias se van siguiendo bastante bien.
    Tal vez, hubiera estado bien que la serie hubiera durado más, y hubiera permitido más «matices», pero bueno… para mi le doy un 8 sobre 10.
    CRÍTICA (spoiler)
    El gran fallo para mi de la serie es el FINAL… Demasiado «peliculero». Alguien tan inteligente, sutil, sagaz, etc…, que acabe así con la chica… No me gustó. Podía habersela cargado de otra manera. Tal vez que la chica periodista hubiera perdido la «inocencia» y hubiera entrado en el mundo del «cinismo», sería una metáfora perfecta de la pérdida de inocencia… O que los medios presionados por el «prota» la hubieran «callado» mandándola a la sección de cultura y espectáculos, en fin….
    En definitiva, gran serie, lo que nunca se vio en EL ALA OESTE DE LA CASA BLANCA…
    Y siempre me acordaré de Susannah Harker, qué guapa estaba.

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