
En el extremo contrario de esta prevalencia materna estaría la hija que acaba agotándose en su defensa contra la influencia de la madre, porque es una defensa que se impone a todo lo demás. Una hija así, fundada en su rebeldía, sabe lo que no quiere —no quiere parecerse a su madre—, pero apenas tiene claro su propio destino. Toda su energía queda invertida en defenderse de la madre, sin reservas para construirse con el tiempo una vida propia.
El feminismo deconstruyó las tesis jungianas por considerarlas esencialistas al asignar una psicología innata a la feminidad, polarizando la figura de la madre en estereotipos patriarcales que devaluaban a la mujer, como consecuencia de un punto de vista excesivamente masculino. Asimismo la literatura reciente ha mostrado la enorme complejidad de la relación materno-filial: su importancia va mucho más allá del planteamiento jungiano. Los textos y las opiniones han sido muchas, pero, en todo caso, resulta útil recordar a Jung para comentar el último libro autobiográfico de la escritora Laura Freixas, Mi madre en el espejo (Tres Hermanas, 2026), porque precisamente entra de lleno en el escenario jungiano al plantear, y, como opera siempre la autora, hacerlo con franqueza y libertad interior, la compleja relación con su madre (¿y cuándo no es compleja dicha relación?), especialmente conflictiva en la disputa sobre la feminidad de la hija respecto a la ostentada por la madre frente a ella. Es un libro que las lectoras de Freixas esperábamos desde hace tiempo, porque en obras anteriores —fogonazos en sus diarios, o bien apuntes más explícitos en Adolescencia en Barcelona (2007, 2021) o en el mucho más logrado A mí no me iba a pasar (2019), centrado en la experiencia de su matrimonio y posterior divorcio— la autora hacía comentarios familiares que se diría que a ella misma le resultaban insuficientes pero que pugnaban por salir. Los apuntes esbozados sobre la relación materno-filial en libros anteriores exigían un relato secuencial, una horología íntima, de dicha relación: una experiencia vital, en todo caso, de la que me atrevo a pensar que in nuce ha sido la generadora del largo compromiso de la escritora con el feminismo.
Coincido plenamente con Manuel Alberca quien en su reseña del libro publicada en The Objective habla de una praxis que encaja muy bien con la trayectoria de Freixas y es la de la autobiografía permanente, una escritura que en lugar de volcar la experiencia de una vida en una sola oportunidad, en un solo libro, la disemina, la disecciona, la distribuye en diferentes textos, todos vinculados abiertamente a quien firma las páginas. Textos que prefieren analizar sentimientos, decisiones, experiencias propias antes que salir a la búsqueda de héroes o antihéroes en el vasto mundo de la ficción. Sería el caso de Karl Ove Knausgård, de Annie Ernaux o de Patrick Modiano, por citar tres ejemplos claros de una praxis literaria reciente y sistemáticamente vinculada a la experiencia vital de sus autores. Laura Freixas, después de algunas tentativas con la novela, ha encontrado en todo ello, en lo que Ivan Jablonka denomina «el tercer continente» (la literatura de lo real) el espacio narrativo más adecuado a su propia sensibilidad e intereses, que podrían resumirse en uno, esto es, la necesidad de esclarecimiento de su propia vida, íntima, privada y profesional, porque de todo hay en su escritura. No en balde Freixas, en su etapa como editora de Grijalbo, impulsó una magnífica y entonces novedosa colección titulada «El espejo de tinta» donde dio a conocer los diarios de Joe Orton, las memorias de Paul Bowles, las cartas de Emily Dickinson o de Sylvia Plath, auténticos descubrimientos todos ellos para los lectores españoles de los años ochenta.
De modo que Mi madre en el espejo concluye con el fallecimiento de su progenitora y se escribe toda vez que la relación puede darse por cerrada. Es entonces cuando su autora se decide a abrir su memoria explorando qué hubo de verdadero amor y cuánto hubo de distancia y de dolor contenido en la relación entre ambas. Como digo, Freixas centra el conflicto en la feminidad. Su madre, procedente de una modestísima familia castellana, al casarse en Barcelona con el propietario de una empresa textil y pasar a formar parte de aquella burguesía catalana —que no es toda, obviamente— que vive en Pedralbes, veranea en el Ampurdán y lleva a sus hijos al Liceo Francés o a cualquiera de los exquisitos colegios privados de la zona alta de Barcelona, se esfuerza por no desentonar en el nuevo ambiente (y no lo hace: es una mujer culta, que lee incansablemente, habla francés con soltura y juega al bridge). Pero el nuevo ambiente social le exige una presencia física que ella mima al máximo, cifrando en su cuidado aspecto su manera de estar en el mundo; una decisión que traslada o proyecta en su hija, como quien transmite un legado ancestral y valiosísimo hecho de vestidos, maquillaje, cremas, zapatos… Un mundo, antes exclusivamente femenino, que la industria de la moda viene exprimiendo hasta la extenuación, muy consciente de toda la carga psíquica que conlleva el aspecto femenino en la forma de estar en el mundo de las mujeres. Y aquí se gesta el conflicto de la escritora con su madre —como ya anticipaba Jung—, en medio del amor rendido que la autora del libro siente hacia su progenitora. Y es un conflicto que pervivirá entre ellas, nunca resuelto, porque resolverlo significaría que hay una sola forma (oligosémica) de ser mujer, frente a la realidad (polisémica) de las mujeres.
Laura Freixas, quien en sus diarios nos tiene al corriente de los avances y retrocesos de su psicoanálisis, ofrece en Mi madre ante el espejo una narración de cuño autobiográfico, fruto de ese trabajo psicoanalítico de largo recorrido que le sirve para firmar el relato con la mayor ecuanimidad. De modo que nos habla de sí misma y esta vez en relación a uno de los aspectos más importantes en la vida de una mujer, la relación con su madre, sin la hipocresía de querer quedar (moralmente) bien, sin átomo de narcisismo, sino muy al contrario haciendo un esfuerzo por explicar-se de dónde viene como mujer, qué mimbres maternos la formaron, pero también la violencia emocional con la que ha venido cargando al alejarse del rol que se le había asignado para lograr ser ella misma.







