No cederé ante ti

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Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.

Wagner, huyendo hacia París, escapando de sus acreedores, con su mujer y con su perro, quedó atrapado en un temporal. A esta anécdota y a la lectura de Las memorias del señor de Schnabelewopski debemos El holandés errante.

La leyenda de alguien maldito y condenado a vagar hasta el final de los tiempos comenzó como un cuento antisemita. Se dice que un judío se negó a dar agua a Cristo en el camino del Calvario. Dios, en ese momento, pensó: «voy a redimirlos a todos menos a ti». Y por esto un hombre, al que se le han dado muchos nombres, está obligado a vagar por el mundo hasta el fin de los tiempos.

Al capitán de la ópera de Wagner no lo pierde dejar sediento al mesías, sino su insolencia: en mitad de una tormenta violentísima se empecinó en girar un cabo. «Juró y maldijo con necia arrogancia: “No cederé ante ti por toda la eternidad”». Entonces Satanás le tomó la palabra y desde ese momento está forzado a surcar los mares hasta el día del juicio. Tiene, sin embargo, una escapatoria: una vez cada siete años puede tomar tierra y si, por casualidad, diera con una mujer que lo amase con fidelidad, quedaría absuelto y podría, al fin, morir en paz.

La ópera también comienza con una tormenta, en la que la tripulación del barco de Daland, un patrón noruego, se ve arrastrada muchas millas justo cuando iba a llegar a casa (no hay que esforzarse mucho para recordar aquí la Odisea). En esa desviación se topan con un barco, el del Holandés, cuyo capitán está desesperado por tomar tierra. Al enterarse de que Daland tiene una hija (¡una posibilidad para salvarse!), el Holandés le ofrece tesoros valiosísimos por su hospitalidad. Y da la casualidad de que la hija, Senta, está obsesionada con la leyendita, y se pasa las horas mirando el retrato de ese capitán tan infeliz. Así que, como son tal para cual, tan pronto Daland los presenta («todos los padres desean un yerno rico»), ella le promete amor fiel.

En el pueblo hay fiesta: los marineros han vuelto. Claro que cuando los paisanos intentan convidar a los tripulantes del barco del Holandés, terminan por inquietarse: los fantasmas no son precisamente dicharacheros. En esto aparece Erik, que es cazador en un pueblo lleno de navegantes, y reprocha a Senta su encaprichamiento por el Holandés, cuando es a él a quien le ha prometido amor. Entonces el Holandés, sintiendo traicionado el juramento y la fidelidad, revela públicamente su identidad y la de su tripulación, manda desplegar velas y zarpar. Senta, en cumplimiento de su palabra, y para redención de ambos, lo sigue, arrojándose desde un acantilado.

Hay que reconocerle a Erik la sensatez de su sorpresa: ¿cómo está Senta tan perdidamente enamorada de alguien a quien no conoce y cuya historia, hasta hace dos minutos, era una fábula de marineros? Pero Senta no necesita conocer al capitán, porque ella no está enamorada de una persona, sino de su desdicha. Y esta es la historia de El holandés errante: la compasión. No en vano Wagner usará el motivo de tres notas descendentes que se asocia a Senta desde la balada (en que cuenta la historia del marinero maldito) a lo largo de toda la obra. Y es que en esta ópera Wagner, que está empezando a intuir el empleo de leitmotiv que caracterizarán sus óperas posteriores, asocia a los personajes a unos motivos musicales. Esto se ve muy bien en la obertura, que es, de algún modo, una condensación de la ópera completa: ahí ya están las trompas que persiguen al Holandés, que por una parte recuerdan a su osadía y por otra al juicio, la dulce melodía de Senta, la alegre cantinela de los coros (el femenino de las hilanderas que remiendan las redes, el masculino de los aguerridos marinos noruegos), los gritos de los marineros, la fiesta en el pueblo, el soniquete de Daland, pero también la violencia del destino, la dureza del mar, la esperanza en la redención y la compasión.

Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.

Los personajes del Holandés (escritos por Wagner, que prescinde de libretistas) son todos ellos mastodónticos y fortísimos. El Holandés es un maldito, un hombre que padece la crueldad de un dios inmisericorde que lo cogió en un renuncio. La eternidad y la repetición lo han envilecido. «Lancé mi navío contra las escolleras, allí donde yace el espantoso cementerio de barcos: nunca hallé la muerte». Tengamos en cuenta que, cuando parece que la hija de Daland puede ser la mujer, lo que grita la alegre marinería es «Eterna aniquilación, haznos tuyos». Padecen la convicción de que la muerte libera. Daland es un tipo miserable al que los ojos le hacen chiribitas en cuando ve amontonadas las joyas; pero es un mal a través del cual se abre paso el bien: el encuentro improbable entre el Holandés y una mujer lo suficientemente estrafalaria como para querer salvarlo. Y es que debemos reconocer que Senta es un personaje difícil: sus compañeras se mofan de ella porque se pasa el día abrazada al retratito de un personaje legendario. Y cada vez que abre la boca es para hablar del Holandés: que si el desdichado esto, que si el infeliz lo otro. Está obsesionada con salvarlo. Ante este «mi reino no es de este mundo», el pobre Erik, el cazador (un hombre literalmente con los pies en la tierra) se tira de los pelos. Es un personaje sensato puesto en un contexto donde todo es extraño y radical. Y además están los fantasmas: en la ópera de Wagner conviven dos planos, el de los que están en el tiempo y el de los que no. Porque un fantasma vive en un presente continuo: está privado de porvenir.

El holandés errante es la primera ópera de Wagner siendo Wagner. Hay, como suele decirse, un enorme «salto creativo» entre la anterior, Rienzi, y esta. El compositor empieza a intuir el camino que lo llevará hasta sus grandes obras: el empleo de motivos conductores, los grandes temas de sus óperas (la redención, la compasión como forma más elevada de la sabiduría, etc.) y la eliminación de los números (arias, duetos, números corales, etc.) en favor de estructuras más amplias.

Me contaba Àlex Ollé que, pensando dónde serían posibles hoy estas historias (la creencia en espíritus, que un padre venda a su hija, que la muerte sea una salida deseable) se cruzó con Chittagong, el enorme desguace de barcos al que suelen llamar los titulares más recargados «El infierno en la tierra». Así que el montaje que La Fura dels Baus ha preparado para El holandés errante, que está en estos días en cartel en el Teatro Real, consiste en un barco enorme y herrumbroso que va siendo desguazado durante la función, y en una playa donde, entre la violencia y la pobreza, conviven los personajes: las hilanderas recogen desechos, Erik es un capataz y lleva un Kalashnikov, Senta trabaja entre llantas oxidadas, los marineros bajan por una escalera empinadísima que se pierde entre las bambalinas y un ancla rotunda se precipita contra la superficie inflable que a veces es la playa y a veces el lecho marino.

El barco es, en la tormenta con que comienza la obra, realmente imponente: una proyección lo anima y lo hace navegar delante de las narices del público. De tan colosal, tiene algo de majestuoso, de solemne, que choca con el óxido, la pobreza y el desmantelamiento.

En el foso está Pablo Heras-Casado, que dirige su primer Wagner, que ya es bastante decir. Dirige con tensión y vigor, y la noche del estreno ofreció momentos realmente potentes y un final formidable. Yendo a las voces, la Senta de Ingela Brimberg está colosal, no solo en lo vocal, sino también lo dramático. También muy bien Kwangchul Youn como Daland y Evgeny Nikitin como el Holandés. Nikolai Schukoff, Erik, tuvo un traspiés en el estreno.

Yo, que apenas soy wagneriano, salí muy impresionado de la función. Nunca he sido de los que desean fervientemente ir a Bayreuth a tragarme la tetralogía. No sé qué gustos particulares tenía el público del estreno, pero al final se aplaudió con entusiasmo.

Foto: Javier del Real, cortesía de Teatro Real.

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1 comentario

  1. luchino

    Me encanta el Holandés, la encuentro menos pesada, menos plúmbea que sus otras obras.
    Un par de apuntes, buscar sensatez en el argumento de una ópera es como buscar honradez en un político del Pp, o sea, perder el tiempo. Solo que en la ópera nos encanta.
    Y el otro, Wagner prescinde de libretistas creo – ahora no estoy del todo seguro – siempre. De hecho, él se tenia por un literato genial, no por un músico genial. En esto fallaba estrepitosamente.
    ¿ Porqué a todos les dá ahora por vestir a los personajes operísticos de mamarrachos ?

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