Jot Down Cultural Magazine – El futuro de Hollywood se llama Jeff Nichols

El futuro de Hollywood se llama Jeff Nichols

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Imagen: Hydraulx Entertainment.

Esta es mi apuesta: en veinte años, Jeff Nichols será considerado uno de los maestros del cine estadounidense contemporáneo. Habrá ganado algún Óscar como director y seguramente también como guionista. Varias de sus películas se contarán en el panteón de clásicos de primera mitad del siglo XXI. Gente que hoy desconoce o ignora su trabajo terminará comparándolo con algunos grandes nombres del pasado. Gozará de superior reputación artística que algunos directores de esta generación que son mucho más famosos que él (lo del éxito en taquilla ya lo veremos).

Soy tan bueno haciendo predicciones como patinando sobre hielo (¡no pregunten!), así que no acostumbro a intentar anticipar el futuro, pero en el caso de Nichols hay muchos motivos para albergar el convencimiento de que nos hallamos ante un coloso en ciernes. Primero, por la pericia que ha demostrado en sus cinco primeras (y por ahora únicas) películas. Pero también por todo lo que explica sobre su cine en entrevistas y conferencias. Es un buen director, pero además demuestra una y otra vez que sabe por qué hace lo que hace. Hasta el momento, cada vez que le han preguntado sobre cada una de sus decisiones artísticas, se ha destapado con respuestas inesperadamente elaboradas y clarividentes. Es un tipo muy inteligente, pero cuando habla de cine no se anda por las ramas con elaboraciones abstractas; su discurso es llano, directo y pragmático; como dirían en su país, no bullshit. Cuando habla recuerda, pese a su juventud y salvando las distancias, a aquellas esclarecedoras lecciones magistrales que en su día dieron Hitchcock o Billy Wilder en sendas entrevistas célebres convertidas en libros. Por descontado, Nichols es todavía un director que está en la fase inicial de su carrera. Pero sus cinco primeros largometrajes son todos buenos y pensar en su futura evolución es como para ir encargando toneladas de palomitas (aunque, ya que hablamos de palomitas, no es un director cuyo cine vaya a agradar a todo el mundo). Nadie es infalible y supongo que en algún momento de su carrera tropezará y dirigirá alguna película mediocre. Pero eso es lo de menos. Lo impactante es ponerse a pensar que sus mejores obras podrían estar todavía por llegar.

Sé que es tentador ponerse a anticipar, pero no siempre el futuro trae lo que esperábamos. Que levante la mano quien después de ver El sexto sentido no creyó que, a estas alturas del siglo XXI M. Night Shyamalan habría acumulado ya varias obras maestras en su repertorio. Todo el mundo lo pensó, porque a final de los noventa nadie en su sano juicio hubiese negado que Shyamalan era un director de gran talento con un potencial infinito. Sigue siendo talentoso, porque el talento no es algo que desaparece. Pero la inspiración sí puede desaparecer. Durante los tres lustros transcurridos desde El sexto sentido Shyamalan nunca ha dirigido esas películas que el mundo esperaba de él. Sigue ahí, porque pese a las malas críticas que han plagado su carrera, es un cineasta rentable y casi nunca ha dejado de funcionar en taquilla. Shyamalan todavía es lo bastante joven —cuarenta y seis años mientras escribo estas líneas— como para permitirnos mantener la esperanza, y quién sabe, su gran película podría llegar en cualquier momento, pero también es cierto que nadie la espera. Si llega, bien estará. Si no, ya nos habíamos hecho a la idea.

Con este tipo de precedentes, cabe preguntarse por qué alguien repetiría el error y apostaría por el futuro de Jeff Nichols. Pero no es por capricho. Para empezar, Nichols viene de otro lugar que Shyamalan. El sexto sentido era solamente la tercera película de Shyamalan, pero recaudó más de seiscientos cincuenta millones de dólares. Dicho de otra manera; es más dinero del que han recaudado algunas películas de la saga Star Wars. Una barbaridad. Shyamalan se vio de repente en los zapatos de Steven Spielberg, porque le pedían que fuese igual de taquillero pero también que le pedían que desplegara un torrente semejante de creatividad. La etiqueta de «nuevo Spielberg» puede convertirse en lo peor que puede pasarle a un director de éxito. Imaginen la presión. Su empeño por conseguir repetir éxito comercial manteniendo una casi impecable reputación artística era una tarea de gigantes; casi como era de esperar, su cine se resintió y sus películas resultaban cada vez menos convincentes. Diez años después de El sexto sentido, Shyamalan era frecuente motivo de chanza. Aunque la mera impresión de su apellido en un cartel solía garantizar buena taquilla, y eso salvó su carrera, no demostró la misma habilidad y astucia de Spielberg para reponerse de los tropezones (recuerden las collejas que le cayeron a Steven por la debacle de 1941, y la manera en que los devolvió).

Jeff Nichols no tiene el problema de vivir a la sombra de un mega éxito mundial (bendito problema, dirían algunos, porque Shyamalan no duerme entre cartones precisamente). Sus cinco primeros largometrajes apenas han dado que hablar entre el público y, salvo uno, han recaudado lo justo para cubrir gastos por los pelos. Él se mueve en otro nivel, donde las presiones y exigencias son mucho menores. Piensen en esto: el peor, el más doloroso batacazo de taquilla de Shyamalan desde que es famoso, La dama del agua, recaudó cuatro veces más que la película más «exitosa» de Nichols. El propio Nichols casi parece aliviado por ello. Es un tipo relajado y campechano, que concede entrevistas a casi cualquiera que se lo pide; muy consciente de que todavía está aprendiendo, no niega su ambición pero dice no sentirse preparado para manejar un presupuesto de superproducción: «He tenido el suficiente poco éxito en mi carrera como para que nadie me haya hecho aún esa oferta de trabajo a la que no podría negarme aunque no estuviese todavía listo». Además, no está dispuesto a convertirse en un mercenario de los estudios y no parece tener prisa por embolsarse un cheque por prestar sus dotes a algún film de superhéroes o algo parecido, que es el camino rápido por el que otros directores prometedores han conseguido su estatus de estrellas. Nichols insiste en que solamente quiere dirigir películas que él mismo haya escrito. Los grandes estudios ya le han contratado, pero bajo los términos que él impone, lo cual le conlleva renunciar a mayores presupuestos y campañas de publicidad. Empezó como director independiente, y ahora que trabaja para los grandes continúa en la misma línea, volando bajo el radar.

Pese a la escasa repercusión popular de su cine, el entusiasmo que ha despertado entre la crítica es equiparable, si no superior, al que produjo Shyamalan en su día. Shyamalan nunca ha dirigido cinco largometrajes consecutivos que hayan conseguido, casi, el consenso de la crítica internacional. De los muchos críticos cuyas opiniones suelo leer, casi ninguno tiene algo que decir que no sean palabras de pasmado elogio o, como mínimo, de un respetuoso reconocimiento. ¿Una moda cultureta? ¿El ansia por descubrir al próximo genio antes de que el resto del mundo lo descubra? No, no se trata de eso. No es tan simple. Eso sí ha podido suceder otros directores, pero el cine de Nichols es demasiado impactante, está demasiado bien hecho, como para que alguien necesite sobrevalorarlo y tratar de inflarlo hasta convertirlo en algo que no es. Sus obras no son perfectas, pero nadie con cierto criterio podría decir que no sorprende su elevado nivel medio viniendo de alguien con tan poca experiencia como director.

El principal problema de su cine, hasta ahora, es lo difícil que se lo pone a un público amplio. Sus películas son lentas, contemplativas. Varias de ellas son difíciles de situar en un género concreto y en ocasiones resultan desconcertantes. Su estilo como cineasta es muy directo (muy a lo Clint Eastwood, para entendernos) y la estructura de sus películas suele ser extremadamente sencilla, pero es una sencillez engañosa. Su principal objetivo no es el de entretener. Como guionista, casi nunca escribe algo que no se preste a dos o más interpretaciones diferentes. Algunos de sus finales producen estupor la primera vez que los vemos. Rara vez se molesta en aclarar las cosas de manera explícita. Sé de bastante que gente se aburriría con sus films, porque apenas hay acción o movimiento. Para cuando llegan las escenas de clímax (que no abundan, aunque cabe decir que se le dan de maravilla cuando decide incluirlas) han transcurrido muchos minutos de lenta cocción, de inadvertido retrato de personajes, de diálogos muy sucintos, de escenas que parecen simples pero donde uno no capta todas las sutilezas que encierran hasta que las ha visto dos o más veces. Su lenguaje artístico se compone, sobre todo, de elementos leves, desde los movimientos de cámara (Nichols le concede importancia extrema al punto de vista y sus implicaciones) hasta una intricada relación entre personajes que, paradójicamente, siempre es representada mediante elementos mínimos.

Muy pocas veces Nichols recuerda a alguno de sus ídolos (como el propio Spielberg, sin ir más lejos) y sí a eso que llamamos «cine de autor»; esto es, un cine que prima la necesidad expresiva de su director por sobre la necesidad de atraer a una audiencia variada que solo quiere divertirse en su butaca. Dicho de otra manera: si se sienta usted a ver las cinco películas que Nichols ha estrenado hasta el momento, es muy probable que le suceda una de estas dos cosas. Una, que se agobie por la lentitud y ambigüedad de su cine. O dos, que quede fascinado, preguntándose por qué demonios no le había prestado atención hasta ahora. Aunque sus estilos son opuestos, Jeff Nichols es un poco como David Lynch. Si consigues meterte en su mundo experimentas una especie de revelación y con rapidez se convierte en uno de los cineastas actuales cuyo próximo trabajo esperas con más impaciencia. Pero si no consigues conectar, vas a pensar que sus fans acérrimos están mal de la cabeza o son un puñado de esnobs sin remedio.

Un ejercicio muy interesante es visitar cualquier página donde los espectadores den sus opiniones sobre películas y ver lo que dicen partidarios y detractores. Quienes no conectan con su cine suelen criticar su lentitud, pero también, por ejemplo, lo perplejos que se sienten cuando películas terminan sin un desenlace claro, dejando al espectador con dos palmos de narices, sin una resolución explícita a la que agarrarse para entender todo lo que han visto. Ahí, creo yo, está la clave. Lo importante de las cinco primeras películas de Nichols no es el desenlace lógico del argumento, ni tampoco el sentarse a pasar un rato, ni el salir satisfecho del cine con una respuesta fácil o una resolución emocionalmente satisfactoria. Por ejemplo, las secuencias más intensas rara vez están en los últimos minutos, y no abundan las escenas destinadas a que el espectador reciba una explicación. El cine de Nichols parece sencillo hasta que uno empieza a intentar entenderlo. Lo importante, y lo más placentero, es precisamente el trabajo que el espectador tiene que hacer por su cuenta para analizar todo lo que ha visto. Por eso digo que es un director muy poco lynchiano en la forma, pero bastante lynchiano en el fondo.

A la espera de comprobar cómo evoluciona su cine, haremos un repaso de sus cinco películas.

Shotgun Stories (2007)

Imagen: Lucky Old Sun Production / Muskat Filmed Properties / Upload Films.

Actores principales: Michael Shannon, Barlow Jacobs, Douglas Ligon.
Género: Drama rural.
Sinopsis:
Dos grupos de hermanos, hijos de un mismo padre pero pertenecientes a diferentes familias, inician una absurda escalada de tensiones y violencia en la que ninguno de ellos tiene nada que ganar.
El subtexto: Análisis de un ambiente marcado por la incapacidad de los individuos, sobre todo los varones, para expresarse y comunicarse incluso con sus personas más cercanas.
Lo que Nichols dice: «La escribí específicamente para Michael Shannon. Es una historia de venganza. En las historias de venganza, al final el héroe consigue lo que merece y eso nos hace sentir bien, pero quise subvertir esa idea».

Para entender lo underground que fueron sus comienzos como cineasta, piensen que esta película se estrenó en 2007 pero se había rodado bastante antes, en 2004, cuando Nichols tenía veintiséis años. Por entonces, claro, no era nadie. Tras estudiar cine en la universidad, y mientras trabajaba en la tienda de muebles de la familia allá en Arkansas («estaba rodeado de colchones»), se decidió a escribir un guion. Su propósito inicial había sido escribir una película sobre mafiosos neoyorquinos, en la tradición de El Padrino o Los Soprano. La temática estaba muy trillada, y Nichols ni era neoyorquino ni sabía mucho del asunto. Fue su padre quien le abrió los ojos pronunciando una lacónica frase: «Será mejor que escribas sobre algo que tú sí conozcas y los demás no». Tras aquella revelación, todas las películas de Nichols han transcurrido en zonas rurales y suburbanas de su tierra, Arkansas, o de otros estados sureños. Aunque Nichols es un tipo con buena formación y nivel cultural, sus largometrajes están protagonizados por personas de clase trabajadora y limitada educación, como las que pudo conocer en su entorno.

Tras desechar la idea de los mafiosos, pero aún decidido a escribir una historia sobre violencia, trasladó la acción a su propia región. Lo curioso es que, pese a ser un completo desconocido que jamás había dirigido, escribió su primer guion teniendo en mente un actor muy determinado: Michael Shannon, al que había visto en un par de películas. Por entonces Shannon era mucho menos conocido que ahora, pero su carrera ya había empezado a despegar, así que cabe imaginar su estupor cuando se le presentó aquel joven Don Nadie de Arkansas ofreciéndole la «oportunidad» de participar prácticamente gratis en una película amateur que Nichols iba a financiar con dinero de su familia y amigos, que sería rodada con un equipo de aficionados formado por no más de quince personas (incluyendo a unos cuantos intérpretes no profesionales) y todo en el culo de América, lejos de Hollywood o de cualquier otro centro cultural. Casi cualquier actor con cierta perspectiva de ascender en el negocio, como la que Shannon tenía por entonces, hubiese dicho que no, por supuesto. Pero Shannon leyó el guion, habló con Nichols, quedó convencido por su entusiasmo y, desoyendo todos los consejos que le dieron en su entorno, aceptó despejar veintiún días en la agenda para protagonizar, a cambio de poco menos que las gracias, una película cuyas posibilidades de despegue comercial eran completamente nulas.

La insólita participación de un auténtico actor profesional en su proyecto marcaría el porvenir de Jeff Nichols como director. Como habrán podido suponer, Michael Shannon ha seguido siendo el «actor fetiche» de Nichols. Ha aparecido en sus cinco películas, tres veces como protagonista y dos como secundario. Es muy difícil concebir toda etapa inicial de la carrera de Nichols sin la presencia de Shannon. Ambos forman uno de esos tándems que se producen a veces entre director y actor, en los que cada uno de ellos condiciona al otro. Por citar algunos ejemplos famosos, Shannon es para Nichols lo que Clint Eastwood fue para Sergio Leone, lo que Toshiro Mifune fue para Kurosawa, o lo que Jack Lemmon fue para Billy Wilder. Por supuesto, no estoy intentando comparar a Nichols con Kurosawa y los otros. Aún tiene mucho que demostrar para que se le pueda considerar un grande, cosa que, de ocurrir, será dentro de unos cuantos años. Pero en cuanto a Michael Shannon lo tengo bastante más claro. En mi modesta opinión, es ahora mismo uno de los mejores actores de su generación en Hollywood. Incluso diría que el mejor. Verlo en acción, cuando una película de verdad le interesa y no participa en ella por dinero, es como contemplar a Peter Lorre en los treinta, a Brando en los cincuenta o a Pacino en los setenta. Shannon es una fuerza de la naturaleza, capaz de salir airoso de toda clase de registros (aunque por su físico en Hollywood suelan darle papeles de villano o tipo inquietante). Su actitud hacia el cine comercial se parece a la del propio Nichols y contiene un mal disimulado cinismo; tras el estreno de Batman v. Supermán, en la que había interpretado el papel de Zod, Shannon admitió que se había dormido viendo la película. ¡Él, que había trabajado en ella! Pero bueno, cuando decide entregarse a un film, su trabajo es siempre digno de contemplar. Algunos lo recordarán mejor como el alucinado agente Van Alden de la serie Boardwalk Empire, pero el personaje, aunque muy bueno, era tan excesivo que mucha gente pasó por alto que Shannon puede ser un intérprete mucho más sutil. En cualquier caso, sin él no estaríamos hablando de las mismas películas y el cine de Nichols hubiese tenido matices muy distintos.

Michael Shannon, Barlow Jacobs y Douglas Ligon, los tres hermanos Hayes, protagonistas de Shotgun Stories.

Shotgun Stories narra la escalada de violencia entre dos familias, cuyos grupos de hermanos comparten un mismo padre pero pertenecen a diferentes círculos sociales. Los tres hermanos protagonistas son pura white trash, individuos de clase baja a quienes su padre abandonó para formar otra familia, de granjeros acomodados y educación cristiana. Pese a la temática, no imaginen que la película es un festival de violencia y tiros, ni siquiera en su tramo final (de hecho, especialmente no en el momento final, que es bastante anticlimático). Como sucede siempre en las películas de Nichols, el argumento es casi secundario y la película es una especie de lienzo que sirve para retratar a unos personajes nacidos, crecidos y educados en un determinado entorno. El largometraje es un pausado pero fascinante paseo por una Norteamérica de segunda clase que pocas veces vemos retratada con tanto realismo en el cine. Nichols quería trascender estereotipos y, por ejemplo, los tres hermanos protagonistas, típicos paletos sureños que en otras películas americanas suelen aparecer como villanos y responsables de la violencia, aquí son tratados como seres humanos con sus fallos pero tan dignos de atención y análisis como los demás.

Muchas de las características típicas del posterior cine de Nichols ya se manifiestan aquí. La mencionada lentitud. Y la perspectiva abiertamente varonil de sus guiones; no me entiendan mal, no es que lo llene todo de testosterona… no hay nada menos parecido a una película de Rambo que las películas de Nichols. Se trata de algo mucho más complejo y muy relacionado con las raíces culturales de sus personajes. Nichols escribe con mucha sinceridad sobre los problemas que plagan a los varones en general y a los del entorno rural sureño en particular; hombres de origen proletario, educados bajo el principio de que la vida es dura y hay que trabajar mucho y quejarse poco; todos ellos tienen dificultades para comunicarse, ya sea entre hombres (padres e hijos, hermanos, amigos), con las mujeres (madres, parejas, hijas) y con el mundo en general. Prisioneros cada uno de ellos en su propia coraza, y afrontando solos sus frustraciones y problemas, se descomponen cada uno a su manera, náufragos y aislados aunque estén cerca unos de otros, incluso viviendo juntos si son familia.

Como guionista Nichols sigue un principio sagrado: evitar que sus personajes digan cosas en la pantalla que nunca dirían en la vida real; así, escribe sobre hombres que han recibido una educación emocional pobre y no comete el error de escribir diálogos en los que, de repente, estos hombres se pongan a contar ante los espectadores todo lo que sienten para que la gente en sus butacas pueda entenderlos mejor, como se hace tantas veces en Hollywood. Al contrario, él toma el camino más difícil y sus personajes masculinos, aunque en el fondo suelen ser vulnerables y sensibles, se niegan a admitirlo, hablan poco y expresan sus emociones de manera deficiente, cuando las expresan. Se relacionan entre sí a fuerza de sobreentendidos, de «digo una palabra y tú ya sabes lo que quiero decir», y esto también vale para los espectadores, que han de esforzarse para entenderlos y adivinar lo que están pensando. Esto consigue que sus películas sean muy realistas, pero implica que Nichols depende mucho de la habilidad de sus actores para comunicar información de manera no verbal, sin resultar artificiosos e histriónicos. Por eso es tan importante que haya desarrollado su estilo como cineasta junto a un actor como Michael Shannon, cosa que comprobarán fácilmente si ven el film. Es imposible imaginar Shotgun Stories protagonizada por alguien que sobreactúe, o por alguien que no consiga transmitir información mediante gestos mínimos. Pocos intérpretes pueden funcionar de esa manera y Nichols entendió, quizá de manera instintiva, que Shannon podía conseguirlo (además, detalle no nimio, Shannon es natural de Kentucky y se ha criado en un entorno similar al de Nichols, por lo que no tiene problemas para encarnar personajes sureños).

Otro rasgo central en el cine de Shannon que también aparece aquí es la manera en que convierte al entorno geográfico y físico en un personaje más. Los paisajes, los edificios, las carreteras, los ríos; todo ello es mostrado de maneta muy calculada para contribuir a delinear el carácter de los personajes humanos que los habitan. Cada persona es presentada en un entorno determinado, y ese entorno la define. En Shotgun Stories, el entorno es tan vivo que por momentos parece que estemos viendo un documental. Nichols agradece esa verosimilitud al hecho de que, como el rodaje parecía cualquier cosa menos profesional, «a nadie le importaba lo que estábamos haciendo». Podían rodar en cualquier parte (gasolineras, cafeterías, etc.) sin ser molestados, y los ambientes quedaban plasmados tal cual eran, casi como en un noticiario. Eran los ambientes que Nichols conocía de primera mano.

Al ver la película terminada, lo primero que llama la atención es que pese al carácter amateur del rodaje, la calidad de imagen es muy buena. Para conseguirlo, Nichols se negó a grabar en video digital, que era mucho más barato, y gastó casi todo el presupuesto de que disponía, que no era mucho, en cinta de celuloide de 35 mm. («la cantidad de información visual que ese tipo de película recoge es enorme»). Haciéndolo renunciaba a otros gastos como la iluminación, y evitó cuidadosamente cualquier secuencia nocturna que pudiera suponer un sobrecoste, o travellings que requiriesen de material adicional, etc. Es algo que planeó desde el principio. Como guionista y director, ya desde el principio, Nichols sentía aversión por la improvisación —nunca se lo vería rompiendo páginas del guion sobre la marcha como hacía John Ford, así que para no tener que inventar soluciones de bombero en pleno rodaje, planificó una historia que estaría compuesta de planos fijos, panorámicos y casi siempre diurnos. Lo importante para él era tener buen celuloide, que ofrece una gran calidad de imagen con luz diurna. Eso, junto al hipnótico trabajo de un comprometido Michael Shannon y el instinto innato del joven director para elaborar una historia a fuego lento, hicieron que cuando por fin Shotgun Stories consiguiera entrar en el circuito de festivales independientes —¡tres años después de haber sido filmada!—, la crítica comentara con incredulidad un debut cinematográfico cuya calidad artística, de manera casi inexplicable, superaba con mucho el presupuesto irrisorio con el que había sido realizado. El cine estadounidense tenía un nuevo talento al que prestar atención.

Take Shelter (2011)

Imagen: Hydraulx Entertainment.

Actores principales: Michael Shannon, Jessica Chastain.
Género: Drama psicológico (o más bien psiquiátrico) con toques de desvarío metafísico.
Sinopsis:
Un hombre entregado a su familia y con una apacible vida que sus amigos envidian empieza a obsesionarse con la futura llegada de una apocalíptica tormenta de la que solamente él tiene noticia.
El subtexto: En principio es una película sobre la esquizofrenia, pero también puede ser interpretada como una metáfora sobre las inseguridades de un padre de familia, incluso sobre la crisis económica. También encierra un poderoso mensaje sobre la falta de cobertura sanitaria que sufren en Estados Unidos quienes pierden su trabajo o no están en una posición financiera privilegiada.
Lo que Nichols dice: «La escribí en 2008. La economía estaba colapsando, el clima se estaba volviendo loco y mi mujer estaba embarazada. Yo estaba muy nervioso, lleno de ansiedad. Y quise hacer una película sobre ese sentimiento».

Para cuando consiguió dinero con el que poner en marcha su segundo proyecto, Nichols ya había escrito dos nuevos guiones. Uno trataba sobre la relación entre dos chavales adolescentes y un fugitivo; Nichols había escrito el papel para Matthew McConaughey, pero por entonces la idea de que un estrellón como McConaughey se dignara siquiera a responder la llamada telefónica de un director desconocido (que ni en sueños tendría dinero para pagarle un solo día de rodaje) resultaba impensable. Michael Shannon sí se interesó por esa historia, pero Nichols prefirió rodar el otro guion que había completado, uno que sí había escrito pensando en Shannon. Contaba la historia de un trabajador de la construcción, Curtis LaForche, que empieza a padecer síntomas de esquizofrenia, enfermedad que ha podido heredar de su madre, ingresada en un sanatorio mental cuando tenía su misma edad. Curtis empieza a padecer sueños traumáticos y alucinaciones en torno a la inminente llegada de una tormenta catastrófica. Por culpa de sus paranoias, todo su mundo empieza a derrumbarse.

No sé si Take Shelter es la mejor película que Nichols ha rodado hasta la fecha, pero a mí es la que me parece más redonda. De hecho, que podría considerarse casi su primera obra maestra. Es de ritmo lento, como la anterior, pero abundan más las secuencias de alta intensidad, aunque separadas por largos intervalos de preparación. En cualquier caso es una película difícil de olvidar y buena parte del mérito le corresponde a Michael Shannon, cuya interpretación es tan brillante que solamente el que Take Shelter fuese una producción pequeña impidió que no obtuviese un Óscar y otros muchos premios. Por entonces Shannon ya había sido nominado a un Óscar por Revolutionary Road (recibiría otra nominación en tiempos más recientes), pero fue esta película, junto a otras de otros directores como 99 Homes, la que terminó de convencerme de que este tipo apenas tiene rivales en Hollywood ahora mismo. Durante la mayor parte del metraje comunica la confusión y ansiedad de su torturado personaje con gestos mínimos. Curtis es un hombre retraído que apenas es capaz de comunicarse con su entorno; el sufrimiento e inseguridad producidos por su repentina enfermedad lo hacen más retraído aún. Encarnando a este desdichado individuo, aterrorizado por su propia deriva mental, Shannon es capaz de poner los pelos de punta sin pronunciar una palabra y casi sin mover un músculo del rostro. Sí, este actor es así de bueno; si lo han visto en otras películas con papeles más estereotipados quizá no se hagan una idea de hasta dónde es capaz de llegar.

En Take Shelter Michael Shannon ofrece una de las interpretaciones más impresionantes de los últimos años, ya sean momentos sutiles o repentinas explosiones.

Además de las secuencias sutiles, los momentos en los que explota son tremebundos (quien haya visto la escalofriante secuencia de la cafetería ya sabe a lo que me refiero). Insisto, no se me ocurre otro intérprete de su generación que pudiera interpretar este personaje con la mitad de su fuerza y poder de convicción. Ayuda mucho, eso sí, la presencia de una brillante Jessica Chastain, que tiene la labor nada fácil de darle el contrapunto a Shannon en muchos de los momentos clave. De ella se puede decir algo parecido; tampoco se me ocurren muchas actrices que pudieran haberse calzado sus zapatos en esta película. Chastain, inevitablemente, ha de ceder preponderancia a Shannon, pero sabe cuándo retroceder y también sabe cuándo reclamar una parcela para sí misma. Sin ella la película tampoco hubiera sido la misma. En cualquier caso, es la suprema habilidad de Nichols como director la que permite que los momentos de clímax resulten tan conmovedores. Los prepara durante muchos minutos, de manera casi quirúrgica, sin que parezca estar pasando gran cosa. Y luego, de repente, hace que todo el vapor acumulado estalle.

Take Shelter trascienda la naturaleza de drama psiquiátrico y se convierta en un artefacto dotado de una aureola hipnótica que resulta imposible encasillar en un género. No hablamos solamente de una película sobre la enfermedad mental. Puede ser vista así si uno quiere, pero Nichols ha dicho varias veces que hay otras lecturas posibles. El largometraje funciona bien a nivel de narración directa, como película sobre la esquizofrenia. Pero también funciona bien como narración indirecta, con las continuas alusiones a la inseguridad financiera de las familias y el lamentable estado de la cobertura sanitaria estadounidense. Incluso, en un nivel más abstracto, funciona como alegoría metafísica de rasgos casi bíblicos. Existe una ambigüedad deliberada, con ciertos elementos cuyo significado Nichols jamás ha querido desvelar, y cada espectador puede quedarse con el enfoque que más le satisfaga. Nichols es feliz con que así sea. Como sucedía en Shotgun Stories, uno no debe esperar llegar al final y que le sean explicadas las cosas. Al contrario; como en una canción, lo importante es disfrutar de todo lo que viene antes del final, no del final mismo. Dicho lo cual, el final de esta película, al revés de lo que sucedía con el desenlace de bajo perfil de la anterior, sí es impresionante. La secuencia final es la clase de escenas que se mantienen para siempre en la memoria.

Este segundo largometraje, en general, sigue un estilo parecido al primero, pero con la gran la novedad de que incluye secuencias oníricas y simbólicas, y una mayor variedad de movimientos de cámara. Unos medios algo mejores permiten que Nichols emplee técnicas más diversas. Con todo, siguen ahí el ritmo pausado, los diálogos reducidos a lo indispensable y el retrato a pincel de una Norteamérica suburbana plagada por males invisibles. Quizá su película más poderosa; una que será recordada y reconocida el día en que Nichols, o eso espero, se convierta en un nombre universalmente reconocido. El que Nichols consiguiera semejantes cotas de calidad en su segundo trabajo y como director independiente que maneja un presupuesto muy modesto es algo verdaderamente impresionante.

Mud (2012)

Imagen: Lionsgate.

Actores principales: Matthew McConaughey, Reese Whitherspoon, Tye Sheridan.
Género: Drama.
Sinopsis: Dos adolescentes de catorce años traban amistad con un misterioso fugitivo que se esconde en una isla cercana a donde viven. Fascinados por él, deciden ayudarle a recuperar a su novia para que los dos adultos puedan huir juntos.
El subtexto:
Trata el paso de la infancia a la edad adulta, y como en Shotgun Stories, las nefastas consecuencias de crecer en un entorno donde a los hombres les está vedada la apertura emocional.
Lo que Nichols dice:
«Quería hacer una película sobre amor no correspondido, y quería hacerla desde el punto de vista de un chico de catorce años».

Take Shelter había conseguido generar cierto ruido entre la crítica y la gente del negocio (no tanto entre el público), lo bastante como para que Matthew McConaughey, por fin, aceptase involucrarse en aquel guion que Nichols había escrito pensando en él. Admito que McConaughey está mejor aquí que en otras de sus películas —Nichols es un gran director de actores, eso está claro—, pero aun así, la suya es la menos convincente de las interpretaciones que he visto en las cinco películas de este director. Nunca he entendido muy bien qué es lo que la gente ve en este actor; no digo que sea horrible, pero vamos, es artificioso y donde más se nota es precisamente en una película como esta, donde todos los demás intérpretes se alejan mucho del histrionismo hollywoodiense, incluyendo a una Reese Whiterspoon que, descuiden, no recuerda en nada a la de algunas de esas películas estúpidas que hace de vez en cuando. Aun así, este no es el McConaughey llorón de Interstellar o el de la artificiosa voz cazallera de True Detective.

Mud narra la amistad entre dos adolescentes y un fugitivo (así llamado, Mud) que permanece oculto en una isla del río Mississippi, cercana a las casas flotantes en las que ellos viven. El argumento se engloba dentro de esa etiqueta tan elegante que tienen en inglés para esta clase de historias: coming of age. Esto es, una película de «hacerse mayor», cuyo argumento describe cómo el chaval protagonista abandona el mundo mágico de la infancia —en el que cree que todo debe funcionar en base a unos ideales inmutables y eternos— para descubrir la imprevisible arbitrariedad del mundo real, un proceso doloroso que sin embargo es lo que empieza a permitir que se convierta en un adulto. Mud nos permite entender mejor las dos anteriores películas de Nichols, porque nos muestra de manera más directa y explícita el caldo de cultivo del que surgen todos aquellos personajes e historias. Es como una versión actualizada de Mark Twain o Charles Dickens. Los protagonistas son de clase trabajadora; pobres, pero no tan pobres como para no tener comida, casa y coche. Es la miseria emocional, no la económica, la que de verdad condiciona sus vidas. La mayoría de ellos no serán capaces de sobreponerse nunca a la manera en que han crecido. Mud, pues, describe el paso de una infancia emocionalmente pobre a una edad adulta tanto o más emocionalmente pobre.

La amistad entre el carismático Mud y sus dos jóvenes admiradores sirve para retratar una Norteamérica oculta y disfuncional.

Nichols ilustra este argumento de iniciación a la vida con unas imágenes tan expresivas, tan tridimensionales, que casi podemos oler los ríos, los montones de basura, las hogueras, las bolsas repletas de pescado crudo. Uno ve esta película y acaba con las botas llenas de fango. Además, Nichols impide que sus actores (salvo en algún momento, aunque pocos, McConaughey) se salga de los moldes marcados y se exprese como no lo haría una persona de ese entorno de su Arkansas natal. En este sentido, es notable la interpretación de los dos chavales protagonistas: Tye Sheridan encarna a Ellis, un muchacho pasional cuya romántica visión del mundo se verá hecha añicos a lo largo del metraje. Jacob Lofland es su amigo Neckbone, que lo idolatra y es todavía más ingenuo e inocente que él. Ambos son como cachorros, versiones infantiles del típico personaje masculino descrito por Nichols en sus películas anteriores. Los varones adultos que ambos niños conocen son herméticos, inexpresivos, esclavos de una educación emocional pobre, y vemos cómo los dos chavales absorben esa manera de ser, comunicándose entre sí de la misma manera, con pocas palabras y una pequeña lista de reglas no escritas que se supone deben bastar para saber cómo hacer frente al mundo (aunque después veamos que no bastan, ni mucho menos). Mud, el personaje de McConaughey, parece más comunicativo que ellos, pero en realidad es como una visión del futuro que les espera: él también ha crecido en un aislamiento emocional casi completo y es un individuo desestructurado y solitario cuya penosa existencia, una acumulación de frustrantes fracasos, adivina el espectador desde el primer momento en que lo ve en pantalla. Los dos chiquillos, por descontado, son incapaces de captar eso y para ellos Mud es una especie de superhéroe novelesco, un caballero andante que parece representar lo más puro de los ideales en los que ellos todavía creen.

En Mud, la Norteamérica sureña es la auténtica protagonista. Vemos a personas que nacen, crecen y mueren encadenadas a un modo de vivir. Vemos como incluso sus sueños y anhelos más simples pueden quedar destrozados de un día para otro y que no hay una red de seguridad que vaya a salvarlos. Los personajes secundarios cobran mayor importancia. Por ejemplo, un fantástico Ray McKinnon interpreta al padre de Ellis, otro patético producto de ese paisaje humano disfuncional. También ayuda a la sensación de verosimilitud la mayor variedad de personajes femeninos, que intentan como pueden hacer frente a la inoperancia emocional de los varones con los que conviven. Algunas mujeres, como el personaje de Whiterspoon, tienen una vida interior tan fallida como las de sus equivalentes masculinos. Otras, como la madre de Ellis —encarnada por la extraordinaria Sarah Paulson, la misma que bordó a la fiscal Marcia Clark en American Crime Story, reaccionan, aunque tarde, y hacen el intento por salvar lo que queda de sus vidas después de varias décadas de infeliz adormecimiento.

Por ponerle un pero a la película (aunque es una tontería) creo que podría haber terminado con la penúltima escena, en la que el quinceañero Ellis, cuya visión del mundo acaba de dar un vuelco, vislumbra —quizá sin ser consciente— las posibilidades que, pese a todo, tiene la ingrata pero estimulante vida de un adulto. Ese momento preciso, el del segundo nacimiento, que cualquier hombre pasará el resto de su vida añorando aunque sea de manera inconsciente. Pero bueno, si hay algo indescifrable en el cine de Nichols son sus finales.

Midnight Special (2016)

Imagen: Warner Bros.

Actores principales: Michael Shannon, Kirsten Dunst, Adam Driver, Joel Edgerton.
Género: Ciencia ficción.
Sinopsis: El padre de un niño dotado con poderes paranormales intenta llevarlo hasta un lugar en que, al parecer, ha de cumplirse una especie de profecía. Mientras, esquivan la persecución del gobierno y de una secta que tiene al niño como Mesías.
El subtexto: Es una metáfora sobre el miedo de un padre a que su hijo resulte dañado, escape de su control y termine teniendo una vida autónoma en la que ya no puede protegerlo.
Lo que Nichols dice: «Me da igual si no te gustan el final o los detalles concretos de la película. Lo que sí me importa es esto: ¿te sientes en la misma onda emocional que estos personajes?».

Esta es, después de Take Shelter, la película más indescifrable de Nichols. Volvió a emplear a Michael Shannon como protagonista; de nuevo en el papel de un sureño humilde, pero esta vez complicado en una historia que nada tiene que ver con las anteriores, al menos en lo evidente. Shannon encarna a Roy Tomlin, un hombre cuyo hijo posee unos extraños poderes paranormales que lo han convertido en icono religioso de una extraña secta. Tras rescatarlo, Roy intenta contra viento y marea llevar al niño hacia cierta ubicación determinada en la que se supone ha de suceder algo importante —hasta el final no sabemos el qué—, mientras las autoridades tratan de darle caza y los sectarios intentan recuperar a su pequeño Mesías.

¿Es ciencia ficción? Como en el caso de Take Shelter, pero todavía de manera más exagerada, resulta imposible decir con seguridad de qué estamos hablando. Puede ser vista como una película de ciencia ficción, sí. Pero también como una alegoría sobre la paternidad. Nichols, de hecho, la escribió al poco de ser padre. En una ocasión, su bebé de ocho meses contrajo unas fiebres, y el pánico a perder a su hijo terminó inspirando esta película. El mensaje subyacente es la angustia de un padre ante el descubrimiento de que no puede controlar todo lo que le sucede a su hijo, y tarde o temprano, el hijo será una persona separada de él, con sus propias necesidades, con una vida propia e independiente. El que esto se halle revestido de ciencia ficción hace que la primera parte de la película parezca poco más que un thriller fantástico, por lo que algunos espectadores se pueden sentir desconcertados por lo que sucede en la segunda mitad. Aunque Nichols tenía en sus despacho pósteres de Encuentros en la primera fase y Starman, películas a las que Midnight Special recuerda (vagamente) en algunos momentos, las comparaciones con Spielberg y John Carpenter son más acertadas en cuanto a su espíritu que en cuanto a su forma. Midnight Special no es ciencia ficción convencional. Se le parece mucho, eso es todo.

Tras la apariencia de ciencia ficción, Midnight Special es una fábula sobre los sutiles terrores de la paternidad.

Fue la primera película que Nichols rodó para un gran estudio, pero en realidad no perdió el estatus de creador más o menos independiente. Antes de firmar el contrato se aseguró de tener total control creativo, incluyendo el montaje final, sobre el que ni siquiera los ejecutivos tendrían potestad. Eso sí, Nichols escuchó los consejos que le daban desde Warner, cuando pensaba que tenían fundamento, y aceptó hacer retoques, motivo por el que el estreno se retrasó hasta casi coincidir con su siguiente largometraje. En cualquier caso, a estas alturas ya quedaba claro que Nichols es un director de costumbres. No solamente por la contante presencia de Michael Shannon (también suele repetir con actores secundarios) sino porque sus historias no pueden ser entendidas prescindiendo del contexto emocional en que las ha escrito. Aquí hay ciencia ficción, y algunas secuencias de acción trepidante, incluyendo sucesos de lo más inesperado (aún recuerdo boquiabierto la secuencia de la gasolinera).

Pero la película tiene más sentido como una reflexión personal de Nichols, como un escrutinio de la angustia, el sentido de la responsabilidad y la indecisión que le asaltaban como padre. Tanto Michael Shannon como la siempre notable Kirsten Dunst —qué buena actriz es esta mujer— se encargan de transmitir al espectador la tormenta de emociones de unos padres, la necesidad de vencer las constantes dudas para averiguar qué es lo mejor para su hijo, incluyendo el difícil momento en que han de reconocer el hecho inevitable de que el hijo también tiene un criterio propio, y que a veces han de confiar en ese criterio aunque ellos piensen otra cosa. Así pues, los elementos de ciencia ficción, aunque fascinantes, no son lo único y ni siquiera lo fundamental. Podría decirse que esto es un drama familiar disfrazado de ciencia ficción, aunque también hubo quien lo describió como un «largo y brillante episodio de Expediente X», descripción que tampoco me parece nada mal. Por cierto, aparece Adam Driver, el hilarante Kylo Ren de Star Wars, aunque interpretando a un personaje mucho más digno, y haciéndolo bastante bien.

Si algo deja claro Midnight Special es que Nichols, aunque desconcierte a algunos y aburra a otros con su inusual concepto del ritmo, tiene un don para manejar la batuta cinematográfica a su antojo. Hace que todo transcurra con parsimonia, como si la lentitud fuesesu único lenguaje natural, hasta que de repente organiza un Cristo en secuencias trepidantes cuyo pulso maneja con idéntica facilidad. Sabe construir un volcán sin que parezca que está pasando gran cosa, y cuando llega el momento de la erupción, se siente cómodo en mitad del caos. No le tiembla la mano en ningún punto del espectro emocional, ni con ningún ritmo concreto, y en este sentido, salvando las distancias, tan pronto recuerda a Eastwood o Bergman como a Spielberg o Kubrick. Puede ser pausado, puede ser frenético, pero siempre parece estar inspirado para construir cualquier tipo de secuencia.

Es posible que en Midnight Special el baile entre géneros sea tan brusco que Nichols llegue a marear, sobre todo cuando cometemos el comprensible error de intentar verla solo como una película de ciencia ficción al uso, error hacia el que se nos conduce la primera vez que la vemos. Por suerte, como sus demás títulos, verla más veces es un placer, porque es entonces cuando empezamos a pelar las capas de la cebolla, entendiendo multitud de detalles que se nos habían pasado por alto o que al principio nos habían parecido gratuitos o arbitrarios. Descubrimos los simbolismos, los paralelismos, las metáforas. Nos daremos cuenta de que el creador ha ido siempre varios pasos por delante del espectador. Y que en sus guiones, por más ambiguos que resulten, no hay nada dejado al azar. Alguna vez he leído a algún crítico acusar a Nichols de que sus argumentos están «medio escritos», pero no puedo estar más en desacuerdo. Sus películas, sobre todo cuando hay algún elemento fantástico, no se limitan a ser meras secuencias de acontecimientos. Detrás de las imágenes hay mucho más de lo que ven los ojos.

Loving (2016)

Imagen: Big Beach.

Actores principales: Ruth Negga, Joel Edgerton.
Género: Drama.
Sinopsis: Un matrimonio interracial ha de abandonar su hogar y mudarse a otro estado para evitar que los encarcelen por el mero hecho de vivir juntos.
El subtexto: El racismo.
Lo que Nichols dice: «Cuanto mayor me hago, y cuanto más tiempo he trabajado en esto, más empiezo a pensar que por fin estoy preparado para hacer una película».

El quinto y por ahora más reciente largometraje de Jeff Nichols no solamente retorna a la sencillez temática de Shotgun Stories, sino que la sobrepasa. El guion está basado en una historia real sucedida en los años cincuenta y sesenta, cuyos detalles sigue con casi total fidelidad. Así pues, ya no hay tantas dobles lecturas ni tenemos la sensación de que en cada secuencia se esconden metáforas esperando ser descubiertas, como sucedía con los cuatro títulos anteriores. Se narra la historia de Richard y Mildred Loving, una pareja interracial —él era blanco, ella era negra— cuyo matrimonio les causó considerables problemas con la ley. Después de una década casados, cuando ya tenían tres hijos que eran un bonito paradigma de la integración entre razas (dos niños de piel y cabello oscuros como la madre y una niña rubia como el padre, aunque en la película la «oscurecen» un poco), el asunto llegó al Tribunal Supremo, que declaró inconstitucional la persecución legal del matrimonio mixto. Así, los Loving se convirtieron en un símbolo de la lucha por los derechos civiles. Su caso se hizo relevante, también, gracias a apariciones en televisión y sobre todo a unas entrañables y famosísimas fotografías que aparecieron en la revista Time.

Esta película mantiene varios de los rasgos característicos de Nichols, como la lentitud y la sencillez, pero al no ser un argumento concebido por él, supone un giro en cuanto a su enfoque. De repente, tenemos entre manos una película muy elemental y asequible. Incluso podría decirse, hasta cierto punto y sin exagerar, que es el más «hollywoodiense» de sus trabajos. Loving es llana y uniforme. No hay explosiones súbitas de esas que quitan el aliento como las había en Take Shelter o Midnight Special, y tampoco tenemos un inquietante trasunto de negatividad y tragedia soterrada como en Shotgun Stories o Mud. Esta película contiene momentos emotivos (como siempre en su cine, con poca tendencia al exceso melodramático), pero más convencionales de lo habitual.

En cualquier caso, diría que la novedad más importante es que casi todo el peso de la cinta recae sobre un personaje femenino: la ingenua y encantadora pero inquebrantable Mildred Loving. La actriz irlandesa Ruth Negga se convierte en la estrella absoluta del film; su interpretación es comedida y sutil, como le gusta a Nichols, pero a la vez muy rica en matices. Transmite tal cantidad de emoción con cada mirada (¡qué ojos tan expresivos!) que Loving resulta inconcebible sin su presencia, como Take Shelter era inconcebible sin Michael Shannon. El australiano Joel Edgerton encarna a su circunspecto marido, y también hace un trabajo brillante, aunque su personaje queda en un plano más discreto. Eso sí, por una vez, vemos a un personaje masculino cuyo retraimiento no es el origen de todos sus males. Al contrario que en las demás películas de Nichols, los males que torturan a los protagonistas no provienen de ellos mismos, de sus propias limitaciones, sino de los demás, de la sociedad.

En Loving, una mujer centra la acción por primera vez en el cine de Nichols, y la actriz irlandesa Ruth Negga deslumbra con su trabajo.

El principal defecto de esta película emerge por la naturaleza de su propio argumento: aquí está claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos, porque en la realidad esta historia sucedió de esa manera. Había buenos y malos; los auténticos Loving eran tan encantadores como aparecen retratados aquí. Pero eso impide que Nichols desarrolle una de sus principales armas, el constante juego de ambigüedades que en sus anteriores trabajos hacía posible un sinfín de lecturas e interpretaciones sobre cada personaje y sus actos. Loving lanza un mensaje poderoso, sin duda, pero es el primer largometraje de Nichols que no nos hace cavilar cuando termina, que no formula interrogantes y que no genera esa estimulante sensación de habernos planteado un rompecabezas emocional. Todos deberíamos tener claro que el racismo es algo repugnante; la película no cambia un ápice esa verdad. Loving es, pues, una bonita historia narrada de manera elegante y precisa; su argumento narra un suceso social muy importante. Y es una buena película. Sin embargo, desde el punto de vista artístico, ya no le deja a uno haciéndose preguntas. Esto no significa necesariamente que Nichols haya decidido domesticar su cine. Sabemos, porque él mismo lo dice, que intenta probar cosas nuevas cada vez que encara un nuevo proyecto. Aquí nos produce la impresión de haber intentado un experimento que consiste precisamente en no hacer experimentos. Ya no hay «cabos sueltos», esas típicas derivaciones inconcretas o incluso abstractas con las que Nichols dejaba en abierto algunos aspectos de sus historias. Todo es mucho más evidente; lo que ves es lo que hay. Pero quizá Nichols sentía que necesitaba dirigir este tipo de película para continuar con la preparación de ese momento en que le toque dirigir una película de la que se espere éxito de público. Tampoco se puede obviar que para Nichols la cuestión política tiene cierta importancia personal: «No puedes crecer en el sur de los Estados Unidos», dice, «y no confrontar la cuestión racial».

El futuro

Más allá de que es un talento que todavía tiene mucho potencial por explotar, porque es imposible que haya dado todo en solamente cinco largometrajes, no queda muy claro cómo discurrirá la carrera de Jeff Nichols en la próxima década. No sabemos si le irá bien o mal, pero sí sabemos algunas cosas. Él parece comprometido con sus orígenes; por ejemplo, quiere organizar un festival de cine independiente en su Arkansas natal. También sabemos que le ha llegado la hora de intentar un primer asalto a la taquilla. Rechazó una oferta para dirigir Aquaman, porque no le ofrecían la libertad creativa que él demanda y también porque no le apetece dirigir una película sobre superhéroes que pertenecen a un universo más amplio que él no puede controlar. Aunque han llegado noticias sorprendentes: parece que sí está dispuesto a embarcarse en un remake de Alien Nation, aquella película de ciencia ficción de 1988 que trataba sobre un policía humano y uno extraterrestre que han de trabajar juntos pese a la aversión que el primero siente hacia los alienígenas. Alien Nation fue vista en su día como una prometedora pero malgastada metáfora sobre el racismo y la xenofobia, una buddy movie que había desperdiciado un planteamiento interesante.

Si finalmente dirige esa nueva versión, Nichols se enfrentará a un momento decisivo en su carrera. Como parece obvio, el remake de un viejo «clásico» (entre comillas) de la ciencia ficción parece destinado a generar una mayor publicidad en busca de un público más amplio. Hay mucha gente que no ha visto o no recuerda Alien Nation, pero los medios ya se encargarán, supongo, de generar cierta expectación; la idea de reflotar ciertas películas de género siempre excita la imaginación de la audiencia y la nostalgia funciona como reclamo incluso con gente que ni siquiera había nacido por entonces. Si esto sucede, Nichols tendrá que complacer a un tipo de espectador del que siempre había prescindido. Nichols no es Tarkovski, pero desde luego va a necesitar un considerable cambio de estilo si quiere que espectadores que no conocen su anterior trabajo salgan satisfechos del cine. Quizá lo consiga. Mi esperanza es que Nichols haga lo que Clint Eastwood en su día; esto es, dirigir ciertas películas que quizá no le entusiasmen para ingresar dinero con el que financiar trabajos más personales.

Quién sabe, también es posible que Nichols consiga una película más comercial pero insuflando una buena dosis de la enorme creatividad y profundidad artística que, como hemos comprobado bien, es capaz de desplegar como director. Como mínimo, Alien Nation parece más propicia para ello que Aquaman. Pero bueno, mientras sirva para que después nos ofrezca otra Take Shelter, otra Midnight Special, otra Mud, otra Shotgun Stories… bienvenido sea. Por lo que a mí respecta, ya estoy impaciente por ver el resultado. Incluso estoy dispuesto a mirar hacia otro lado si tropieza. Lo de Jeff Nichols es cuestión de confianza, y va a tener que meter mucho la pata para que esa fe en su talento se desvanezca.

14 comentarios

  1. ¡¡Amén, hermano!!

  2. Creo que Nichols es interesante, pero está lejos del más versátil y talentoso que hay en mi opinión: Denis Villeneuve.

    • Tanto Nichols como Villeneuve son dos de los directores más talentosos del panorama actual, si bien el primero ha transitado de momento por sendas independientes y el segundo se ha dejado seducir por Hollywood, manteniendo, eso si (y esto es toda una proeza) un sello personal en sus magníficas “Prisioneros”, “Sicario” y “La llegada” y tengo mucha curiosidad por ver la ¿innecesaria? (¡ay, los remakes, que daño hacen al cine!) “Blade Runner 2049”, cuyo original de Scott me ha parecido siempre una película cautivadora.
      Cabe destacar que hay una importante diferencia de edad a favor de Nichols, quién tiene ante si un futuro espléndido si sigue abordando sus próximos proyectos con la misma honestidad: he visto sus tres primeras películas, de largo la más redonda es “Helter Skelter” aunque todas ellas poseen una mirada y un pulso muy personal y he disfrutado con la lectura del artículo del Sr. Gorgot, al que agradezco su trabajado texto.
      Me apunto tanto “Midnight Special” como “Loving” para seguir disfrutando del tipo de cine que me hace gozar.
      Saludos,

    • Suscribo tu comentario. Villeneuve es un mini Kubrick. Ha tocado géneros diferentes en sus películas y casi todas ellas son notables, con alguna genialidad. Y siempre con la personalidad suficiente como para saber que dirige él.

  3. Pingback: El futuro de Hollywood se llama Jeff Nichols – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  4. Junto con el canadiense Villenueve es obvio que Jeff Nichols es el director joven estadounidense más destacado del hollywood actual, lo más cercano que tenemos a un Scorsese o Eastwood, aunque sus referentes cinematográficos sean otros, más cercanos al cine europeo, lo cual haga que su cine vaya calando poco a poco, sin el reconocimiento inmediato de premios que tienen otros mediocres cuyo cine todo es fuego de artificios (y no diré nombres por no herir sensibilidades pero todos sabéis de quienes estoy hablando, sus vitrinas están adornadas con los últimos oscars).

    Tan solo el maravilloso e incomprendido en su genialidad Paul Thomas Anderson (un trasunto del mejor Kubrick) les hace sombra aún, pero tienen margen de sobra y potencial ambos para alcanzar su grandeza.

    Pero como Villeneuve a lo pronto va a estar ocupado en un par de grandes superproducciones a lo Nolan, Nichols es quien nos queda para desarrolar historias más personales y cercanas.

    Yo no tengo queja alguna, les deseo la mayor de las suertes y que nos sigan haciendo disfrutar tanto con su arte.

    • Sí, va a estar ocupado con la ya rematada secuela de Blade Runner, y con el reboot de Dune. Pero si algo ha demostrado el quebequés es que independientemente de la pasta que le den, imprime su sello en cualquier encargo que recibe, y ahí está su currículo para demostrarlo.

  5. Me encanta el cine de Jeff Nichols y su narrativa cercana a los personajes de sus peliculas, empatizando con ellos bien se trate en un contexto de violencia (Shotgun stories), entorno opresivo sureño (Mud), la esquizofrenia (Take Shelter), la ciencia ficción (Midnight Special) o el racismo (Loving). Nada que ver con con las artificiosidades sin sustancia de Wes Anderson y directores sobrevalorados similares.

  6. Nichols, villenueve,david robert mitchell,robert egger. Lo bueno es que hay cine de calidad para rato

  7. Nunca me canso de recomendar Take Shelter.

  8. Sin duda, de los mejores directores nuevos. Sus películas que coquetean con la ciencia ficción con increíbles y muy recomendables.

  9. He visto las tres primeras y me ha quedado la misma sensación: Grandes películas a las que les falta un algo para llegar a su plenitud. Nichols me parece un gran director, pero nunca me ha llevado al goce absoluto. Ese que hace que tengas ganas de aplaudir. Es tan aséptico con las emociones, tan perfecto en su narración, tan formal en la composición que, para mi gusto, le falta ese “toque” genial que le vista de maestro.

    Por otra parte, comparto la opinión del autor por el arte interpretativo de Michael Shannon. De lo mejorcito.

    Me parece una paradoja que el autor del artículo hable de Jeff Nichols como el futuro de Hollywood porque cuando hablamos de Hollywood entendemos por tal a esa industria o máquina de hacer dinero, por lo que el titular se contrapone al contenido del artículo, en donde habla de Jeff Nichols como un autor al margen del sistema y cuya obra es apenas rentable. Estaría más de acuerdo si el titular rezara “El futuro del cine americano se llama Jeff Nichols”.

    Con lo que estoy en desacuerdo es con la infravaloración del cine de Shyamalan. El indio sí que ha dado grandes películas desde El Sexto Sentido. Tantas, por lo menos, como Nichols (El Bosque, El Protegido, Señales, Múltiple…)

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