Sociedad

Democracia, república, empleo y una de bravas

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Me acerco a Sol por Montera sorteando señoritas  y adelanto a una familia compuesta por matrimonio y dos hijos que trae la pancarta preparada de casa. Unos chavales discuten sobre qué día es mejor ir por abarcar las mayores posibilidades de “movida”. Me voy haciendo a la idea de cuán variopinto es el caudal humano que se dirige a la plaza en el día D antes de la hora H. Al llegar a Sol es prácticamente imposible acceder a la plaza a no ser que se coja una de las corrientes  que  conducen a algún lado en fila de a uno.  Me uno a la que me lleva hasta una de las primeras tiendas: el taller de feminismo para principiantes. En él una chica que se identifica como “feminista” mediante un papel pegado en la camiseta escrito en Comic Sans explica, ayudándose de un megáfono, cuánto daño han hecho los baños separados en los colegios y cómo aprendió a no depilarse. Lo ilustra levantando un brazo y subiéndose la pernera del pantalón. Recibe aplausos de los asistentes al taller. Unos pasos más adelante una pancarta avisa de que aquello no es un botellón: “Sed responsables”. Me temo que he llegado tarde a la fiesta. Levanto la vista y veo al oso rampando como de costumbre pero con una bandera multicolor por capa y multitud de post-it reivindicativos. Parece el frigorífico de una familia numerosa. Una pancarta pide laicismo total, otra pide empleo, “que paguen la crisis los chorizos”, “no a los contratos basura”. Se prodiga el lema “Basta”. Unos jóvenes cuelgan una pancarta desde una azotea en la que se lee “Indignados” del revés; reciben pitos. Consiguen darle la vuelta: ovación del respetable.

La Puerta de Sol se ha convertido en la urna en la que cada uno va a depositar su queja. Fuera cual fuera el propósito del movimiento que se ha dado en llamar 15 de mayo, o precisamente por no estar claramente definido éste, lo cierto es que el kilómetro cero se ha convertido en la oficina de reclamaciones. Según reza el “Manifiesto acampada Sol” pegado en alguna de las fachadas, los organizadores espontáneos de este fenómeno no representan a ningún partido ni asociación. Les une una vocación de cambio,  están allí por dignidad y solidaridad con los que no pueden estar, quieren una sociedad nueva que dé prioridad a la vida por encima de los intereses económicos y políticos, abogan por un cambio en la sociedad, en la conciencia social y, en fin, unos principios tan genéricos que es difícil estar en contra de alguno de ellos. Esta indefinición ha sido hasta ahora un factor que ha beneficiado el apoyo mayoritario, pero a su vez ha convertido la acampada en un grupo heteróclito sin credibilidad, sin portavoz ni organización. Si pidieran un helicóptero, un millón en billetes sin marcar y una pizza cuatro estaciones sería más fácil negociar. Solamente cabe esperar el desgaste o la insurrección.

Hoy es jornada de reflexión. Alguien debería reflexionar sobre qué es lo que empuja a jóvenes, parados, jubilados, inmigrantes y señoras que tienen grupos en Facebook a ir estos días a la Puerta del Sol y a tantas plazas de otros lugares a depositar su indignación.

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