Peggy Sue’s

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c/ Alenza 8, Madrid. Tel: 91 534 18 07, y otra direcciones.

Qué bien, la hamburguesa está de moda. Hasta hace bien poco, la oferta especializada en Madrid prácticamente se reducía al Alfredo’s y al Hard Rock Café, cada uno dignísimo a su manera. En otros templos gastronómicos madrileños, como por ejemplo la cafetería La Flecha o cualquiera de las sucursales del mítico bar El Brillante, solía bastar con dos rebanadas de pan Bimbo caducado, un pedazo de carne picada de dudoso origen animal, a veces ni siquiera orgánico, dos hojas de lechuga iceberg, una rodaja de tomate, un poco de bacon y, si nos poníamos pijos, unos cuantos botes de salsas entre las que no debería faltar la criminal Perrins, el ingrediente imprescindible a la hora de lograr que cualquier plato alcance un nivel de repugnancia realmente encantador. Un mal día algún iluminado sacó de los Siete Infiernos la cebolla caramelizada y ya nada volvió a ser lo mismo.

Hay pocas disciplinas más jesuíticas que la gastronomía; aberraciones como la Alta Gastronomía Pobre, los gastrobares, las cartas de aguas, los gin tonic con pepino y otras prácticas que sin dificultad podríamos clasificar como distintas ramas del bestialismo, no son fruto de la casualidad sino el producto de toda una ingeniería del Mal que funciona como un reloj. Que nos cuenten si no cómo se pueden conjugar los siguientes ingredientes en una hamburguesa sin perder el alma y los sentimientos de amor al prójimo: carne de buey Kobe, carne de buey a secas, ali oli de romero, cebolla confitada, hongos confitados, mayonesa de tomillo limonero (en serio, se lo juro), mayonesa de curry rojo, especias de la India, guindillas vascas, tomate seco, champiñón crudo, tofu fresco (sic), tofu rebozado, caviar de berenjena y otros productos que o bien dan risa o bien mucho miedo, dependiendo del valor de que cada cual haga gala a la hora de sentarse a la mesa. Todos estos ingredientes figuran en las cartas de los distintos locales de moda que dicen ofrecer la mejor hamburguesa de Madrid.

Según parece, los jinetes tártaros, antes de abandonar sus agradables asentamientos en las lindes del desierto del Gobi para dedicarse a arrasar el mundo civilizado, guardaban pedazos de carne bajo las sillas de sus monturas; allí se maceraban con el delicioso sudor equino, insectos de la estepa y sangre seca del enemigo. De algún modo que nadie ha sabido explicar convincentemente, esta saludable práctica llegó al puerto de Hamburgo y de ahí al Nuevo Mundo. En cualquier hamburguesería con terribles pretensiones gourmet, donde la carta es prácticamente una novela rusa, el cliente recibe esta lección de Historia aunque no la pida, con la torticera intención de que la encuentre instructiva y llegue a la conclusión de que la hamburguesa de carne de Kobe es un avance de la civilización equiparable al resurgir del Hombre durante el Renacimiento. Pero entre la carne podrida de caballo y picar un solomillo de buey, sea de Kobe o no, que es algo así como hacer croquetas con jamón ibérico de 200 euros el kilo, hay un término medio. Como el que encontramos en Peggy Sue’s.

Todo el mundo debería adorar los años 50. Es la década de los mejores westerns, de la paranoia nuclear, las hormigas gigantes y las mujeres de 50 pies. Del buen rock ‘n roll, James Dean, el esplendor del cruzado mágico y otras cosas magníficas que se fueron perdiendo a lo largo de los años 60 hasta desembocar en la puerilidad hippie. Así que la decoración de Peggy Sue’s, que intenta reflejar lo mejor de esa época, es muy agradable. Los que hayan desarrollado cierta fobia a la cultura estadounidense, eso sí, deberían abstenerse de cruzar sus puertas; aunque entonces no resulta del todo claro por qué tendrían intención de zamparse una hamburguesa, a no ser que sean víctimas de la conjura del lobby gourmet que les hemos descubierto anteriormente y sostengan que es un plato típico mongol. En Peggy Sue’s hay una gramola. Hay taburetes cromados. Las botellas de Coca Cola son altas y estilizadas. Todo tiene un plácido color pastel; los anuncios de neón realmente logran su función decorativa y, al contrario de lo que ocurre en tantos otros sitios, en ningún momento te inducen la sensación de estar en un puticlub de carretera comarcal. La carta no es muy extensa, ni falta que hace, y aunque intentan personalizar los platos dándoles nombres propios (Aretha Franklin, Peggy Sue, James Brown, Mary Lou, esas cosas), no resulta muy molesto. Las cuatro hamburguesas que ofrecen no se vanaglorian de tener ingredientes barrocos: 140 gramos de carne de «ternera de primera», cebolla cruda o a la plancha, mayonesa, bacon, lechuga, tomate, mostaza y ketchup. Y un huevo frito, si les place. También relish, una salsa típica norteamericana a base de pepinillo, y que por tanto supera sin dificultad cualquier sospecha de refinamiento culinario. Nos chirría que el pan sea «a la cerveza Guiness», pero se lo perdonamos. Todas son excelentes.

Un gourmetita repelente (y perdonen la redundancia), podría analizar el punto de la carne echando mano de complicados ábacos desarrollados por esa futilidad que es la Facultad de Ciencias Gastronómicas de la Universidad de Mondragón; podría sin duda disertar sobre la textura de la mayonesa, la acidez de la rodaja de tomate, los contrastes de sabores que ninguna lengua humana sabría distinguir con semejante precisión, y mucho menos en una hamburguesa, y la disposición geométrica del filete entre las rebanadas de pan. Pediría referencias sobre el origen de la carne, la variedad de trigo empleado en la elaboración del pan y sentaría cátedra sobre la idoneidad de la subfamilia de patata empleada para preparar el cono de papas fritas; echaría mano sin rubor de términos como «sensación sápida», «germinados», «paladar» o «maridaje», y se referiría al excelente rebozado de los aros de cebolla como «tempura». Nosotros les aseguramos que las hamburguesas de Peggy Sue’s pringan muchísimo y son deliciosas, pero como además sostenemos firmemente que los dos primeros platos de una comida son una mera excusa para disfrutar de un buen postre, les recomendamos que si pueden dejen hueco para el brownie, la tarta de queso o los rollos de canela. No hace falta que les digamos más. Son hamburguesas, no la última receta ganadora del Bocuse d’Or. Pruébenlas y ya verán como la próxima vez que lean en un menú el término «Hamburguesa Premium», vomitan las diez plagas de Egipto y por fin logran comprender plenamente el significado de estar indignado. Pueden tomar cartas en el asunto y pasar a la acción, otra hamburguesa es posible; vayan a Peggy Sue’s y empiecen a cambiar el mundo.

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13 comentarios

  1. José Martínez

    Yo fui hace un par de años al PS de la calle Amaniel, que es minúsculo, y no recuerdo qué hamburguesa cené, pero me encantó.

    La cebolla caramelizada es un invento del Patrón. A ver si el agente Broyles trae a España a Olivia Dunham para acabar con el maldito ingrediente.

  2. Punicher

    No mencionar en el artículo al hot dog de 28 centímetros me parece discriminatorio para las sexualidades alternativas.

  3. Adsolj

    Yo os recomendaría que visitaráis otro sitio de hamburguesas menos conocido… «cafetería HD», está en c/Guzman el bueno, 67.
    Las hamburguesas son menos grasientas que en el Peggy Sue, pero muy recomendable… Eso sí, la decoración, sigue siendo la que era, cuando era una cafetería…

  4. Gándalf

    A mí me parece que es para ir una vez al año y no más. Me gustó más por lo motivado y disfrazado que iba que por la comida, que me decepcionó bastante.

    Pues eso, para hacer el indio pero no para salir relamiéndose.

  5. francisco

    Sitio pequeño y agobiante; y de la comida mejor ni hablar porque no hay por donde cogerla…sitio pintoresco para tomar algo pero mejor no te quedes a comer, lo lamentaras…

  6. «Todo el mundo debería adorar los años 50. Es la década de los mejores westerns, de la paranoia nuclear, las hormigas gigantes y las mujeres de 50 pies. Del buen rock ‘n roll, James Dean, el esplendor del cruzado mágico y otras cosas magníficas que se fueron perdiendo a lo largo de los años 60 hasta desembocar en la puerilidad hippie.»

    Eso será en EEUU. En España los 50 fueron una época bien jodida que nadie en su sano juicio añora.

    Que nos exporten hasta las nostalgias por otras épocas del pasado ya es de juzgado de guardia.

  7. félix

    La primera vez que fui a Peggy Sue’s fue hace unos 4 años y me gustó. Bastante cuidado, y todo estaba muy bueno. Repetí unas cuantas veces más y luego por alguna razón estuve un par de años sin ir. Hace un par de meses fui (a otro, uno que hay en Chueca) y me pareció lamentable. El pan era bastante cutre, las patatas congeladas (al principio eran naturales), el bacon estaba como si lo hubieran cocido… No se, ha perdido mucho. Han empezado a abrir más y no se si se está convirtiendo en una franquicia o qué, pero la calidad ha decaido demasiado. No creo que vuelva a ir, la verdad. Me quedo antes con Alfredo’s o HD.

  8. Me parece a mí que este señor reniega del Home Burger Bar o similares (que están bien ricos por cierto)

    Para hamburguesas baratas y muy ricas en Madrid, Donoso, creo que todos aquellos que hayan salido por Argüelles o hayan estudiado cerca de Ciudad Universitaria lo apreciarán mucho.

  9. Resumiendo: sitios como el Peggy Sue (donde no se come igual en todos sus locales), el Home Burger o el «antiguo pero moderno» HD, lo único que han hecho es recordarnos que la hamburguesa debe ser un plato sencillo, con ingredientes básicos y … barato.

    Asi que dejemonos de horteradas y volvamos a la hamburguesas de Don Oso, como se ha dicho un poco más arriba, que llevan toda la vida haciéndolas así

  10. Efectivamente. Un artículo que aboga por la sencillez en las hamburguesas y no nombra Donoso está incompleto.

  11. Carlos

    ¿Los anuncios no iban en los banners de la columna de la derecha?

  12. Jesús Manuel

    Yo fui a un Peggy Sue’s en Sevilla y fue una de las mayores decepciones de mi vida.
    Para empezar cualquiera que haya visto una película americana, que no tiene ni por qué estar ambientada en los 50, como es el caso de Pulp Fiction, y aunque no haya pisado un restaurante estadounidense ambientado en los 50 en su vida sabe que cualquier objeto en un chino es mejor imitación que los Peggy Sue’s. Esa ambientación de colores pastel donde el rosa está tan presente que parece una sede de UPyD pasada por agua que hace que te suba el azúcar en sangre con solo entrar, esas ¿maquinas? para poner una canción en una lista de algún moderno pograma informático hacía que se me revolvieran las tripas. Algo que no mejoró al ver llegar mi hamburguesa, más pequeña que cualquier montadido de cualquier bar de los incontables de la capital hispalense, con una hamburguesita del tamaño de una albondiguilla chica y todo a un precio, en relación a la calidad y cantidad tan astronómico hicieron que no quiera pisar uno de estos jamás en mi vida.

  13. A mi las hamburguesas de este sitio me parecen mediocres tirando a malas

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