«Joe, necesitamos músculos como los tuyos para vencer a Alemania» (Franklin D. Roosevelt)
1938. Más de setenta millones de personas escuchan con atención la retransmisión radiofónica de un combate de boxeo. Está en juego el título mundial de los pesos pesados, pero eso es casi lo de menos; lo importante es que un norteamericano y un alemán protagonizan la gran jugada propagandística previa a la Segunda Guerra Mundial. El presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, ha recibido a un negro en la Casa Blanca, algo insólito, y Adolf Hitler ha alabado a un boxeador cuyo mánager es judío. Los dos púgiles, Joe Louis y Max Schmeling, son actores de un drama surrealista cuyo alcance va mucho más allá de sus respectivas carreras deportivas. El mundo va a entrar en guerra y ellos dos, lo quieran o no, están librando la primera batalla.
El alemán que noqueó al bombardero invencible

La primera de las dos peleas entre Louis y Schmeling no estuvo rodeada, sin embargo, de tantas connotaciones políticas. Tuvo lugar en 1936, cuando las tensiones entre Alemania y Estados Unidos eran todavía inexistentes. De hecho, algunos estadounidenses miraban con cierta simpatía al régimen de Hitler —no en vano el racismo era también endémico en los Estados Unidos—, cuyas primeras atrocidades habían sido consideradas meros “excesos accidentales” de los grupúsculos más radicales del partido nazi. En junio de 1936, Joe Louis era, a sus veintidós años, la mayor estrella ascendente en el mundo del pugilismo; con veinticuatro combates victoriosos y ninguna derrota, estaba a punto de asaltar el título mundial de los pesos pesados. Sólo le restaba un obstáculo en su imparable ascenso hacia la final: el alemán Max Schmeling, que había sido campeón mundial, pero que con treinta años estaba ya en aparente declive. Schmeling era bien conocido entre los aficionados estadounidenses, puesto que había aparecido varias veces en los noticiarios cinematográficos y era apreciado por su carácter campechano y su simpatía ante las cámaras. Joe Louis, aunque más reservado, también tenía buena imagen; era el típico buen chico de origen humilde que, pese a su seriedad, cae bien debido a su carácter afable y su notoria candidez. Aunque apenas había recibido formación escolar, era un chaval bien educado, de muy presentables maneras. Se decía incluso que, siendo adolescente, había ocultado a su madre su afición al boxeo, yendo a entrenar con una funda de violín en la que escondía sus guantes. Para la población negra de los Estados Unidos, Louis era el máximo ídolo y, junto a Jesse Owens, el único afroamericano en posición de defender el orgullo de toda una raza oprimida. Únicamente en el deporte —y en algunas disciplinas deportivas concretas, porque en otras los negros seguían sin poder competir fuera de sus propias ligas— tenían los afroamericanos la oportunidad de reivindicarse ante una sociedad que los discriminaba en todos los demás aspectos.
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Muy buen artículo. Enhorabuena al autor.
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Eres un cuentista cojonudo, macho.
Qué gran historia!
Enhorabuena por el artículo, es muy bueno.
Aunque no me interesa el boxeo, he disfrutado mucho leyendo esto. Me ha parecido un artículo magnífico.
Muchas gracias.
Estoy siguiendo la carrera de Louis y ya voy por la defensa del titulo 4 y el publico norteamericano sigue abucheandolo, inclusive en la defensa anterior se pusieron del lado de un gales, solo por ser blanco, el racismo y el odio a Louis era de no creer, al final lo que hizo Ali estuvo bien, no solo ideologicamente si no estrategicamente, hubiera estado el mismo tiempo sin boxear si hubiera aceptado ser propaganda de la guerra, pero con el agregado de traicionar sus principios.
que gran articulo!! gracias!!
¡Qué ritmo! Empiezas y no lo puedes dejar.
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