In Memoriam: Sergio Bonelli

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Me gustan los comics a rabiar. Es un hecho que no debería resultarme extraño a estas alturas, ni a mí ni a los que me rodean. Si caminando por la calle paso a la vista de un kiosko, desvío mi trayectoria para echar una ojeada al estante de los pijamas mensuales de grapa; aun sabiendo que no habrá nada nuevo, porque sé las fechas aproximadas de llegada de las colecciones. Títulos que afirmo que no sigo acaban en mi bolsillo, de aquellas que sales a tomar el café y quieres acompañarlo con algo de lectura. Según circulan las páginas, las viñetas pasan por mis ojos como las noticias de un periódico, interesándome más o menos según lo que voy encontrando, con novedades o repeticiones de la misma historia. Es algo ya instalado, automático. Ni siquiera el haber atravesado la frontera —que algunos consideran crítica— de descubrir la novela gráfica, el tebeo de autor y las historias narradas desde este planeta y sobre este planeta, con otros estilos y otras normas —o ausencia de ellas—, han conseguido rebajar mi hábito por la lectura del tebeo de aventuras y misterio en sus diversas estridencias épicas superheroicas.

Escribo esto quizá para tratar de comprender cómo descubrí, en su día, el fumetti —el cómic italiano— y me aficioné a él perdidamente como en un segundo hallazgo (o uno paralelo) de la historieta de aventuras, la de cabecera con el nombre del héroe a grandes letras. Tampoco fue algo completamente inesperado. En una estancia larga en una ciudad italiana, tras un primer mes comprando «mutantadas» varias —y un poco cansado de las extrañas ediciones recopilatorias italianas de las mismas— uno presta atención a esos anticuados cuadernos cuadrados en blanco y negro, con portadas de estilo muy clásico y un cierto aire pulp. Por probar compras uno de ellos —el precio no es realmente elevado— y como en una segunda génesis, te enganchas al personaje y a sus devenires (en mi caso, principalmente, a Dylan Dog y Nathan Never)

El fumetti y, más en concreto, el de la Bonelli, es el cómic popular italiano, vivito y fuertemente coleando. Por su historia me da a aventurar que es lo que hubiera sido Bruguera si hubiera continuado hasta el día de hoy pero en Italia y desde el tebeo de aventuras, el policíaco y el de misterio. No hallaremos entre sus páginas grandes obras maestras (su calidad es variable, algunas historias son repetitivas y beben tremendamente de las modas y las historias del momento), pero sí grandes ratos de entretenimiento sostenidos en el carisma de sus protagonistas, que llegan a ganarse al público.

Parte del mérito de que el fumetti italiano continúe a día de hoy con buena salud y varias décadas de historia a sus espaldas recae en Sergio Bonelli, uno de los padres de este estilo propio de hacer historieta, fallecido el pasado 26 de Septiembre, a la edad de 79 años.

Su padre, Gianluigi Bonelli, fue uno los nonni del fumetti; en sus guiones nace Tex, probablemente el personaje —ya no sólo de la Bonelli, sino del fumetti en general— más conocido en Italia, el más transportado internacionalmente y también el más antiguo que se sigue publicando hoy. Por la parte materna, Tea Bonelli inició la labor de dirección de la editorial familiar; pese a su separación de Gianluigi, trabajarían bajo el mismo techo tanto su exmarido como Sergio.

Como guionista y creador de personajes, podría decirse que Sergio Bonelli fue un autor puente entre el fumetti clásico de la editorial —principalmente western— y el fumetti más moderno.  Curtido ya bajo el seudónimo de Guido Nolitta en varias historietas de éste género crea en el 1961, con Gallieno Ferri, Zagor; una historia del oeste atípica y bastante imaginativa con elementos de otros géneros. Zagor cuenta las aventuras de un blanco americano cuyos padres son asesinados por indios. Criado por un trampero que le enseña a manejar el hacha, vestido por unos acróbatas circenses y mitificado por los nativos de la zona, el protagonista se lanza a la búsqueda de la venganza pero, tras conocer una dramática verdad, Zagor termina erigiéndose como protector del bosque ficticio de Darkwood. A medio camino entre Batman y Tarzán el trasfondo histórico será el western, pero las historias tendrán tanto componentes de la fantaciencia como del horror o el policíaco, elementos que ya se habían introducido —por extraño que parezca— en colecciones como Tex. Sergio Bonelli escribiría casi todos los fumetti de Zagor durante las dos primeras décadas desde su creación.

A partir de 1970 escribiría numerosas historias de Tex —siendo el sucesor directo de Gianluigi a los guiones— llevándose alguna bronca del progenitor por darle al vaquero un aire un poco menos digno al personaje. No es raro. Segio Bonelli se decantaba menos por el arquetipo estandarte y más por el protagonista quizá no completamente antiheroico, pero sí más falible y con patentes deslices humanos.

Para el 1975 y de esas inclinaciones, precisamente, nacería su otro gran éxito como guionista —de nuevo acompañado por los lapices de Gallieno Ferri—, Mister No. Creación favorita de Sergio, el protagonista sería, de nuevo, un americano instalado en el mundo salvaje, pero esta vez en plena Amazonia; Mister No fue quizá el primer fumetti bonelli no-western. Excombatiente de la Segunda Guerra Mundial, buscando escapar del horror del enfrentamiento bélico, Jerry Drake será un personaje más decantado hacia el estilo de vida antiheroico y mucho menos prosaico en sus quehaceres y formas; es el extranjero callejero, un habitual de las tabernas de Manaos con tendencia a encontrarse con problemas que no quiere. Para rematar los tintes de gris Otto Kruger, uno de sus aliados (el que en otra colección sería la clásica contrapartida cómica), será un antiguo oficial alemán reclutado en contra de su voluntad en el anterior conflicto por los nazis.

En España conoceríamos las aventuras de Zagor y Mister No gracias a Ediciones Zinco.

Por la parte editorial, Sergio Bonelli tomó la dirección de la empresa familiar en el 1957, con varios nombres hasta convertirse en la actual Sergio Bonelli Editore (en España nos llegan algunas de sus publicaciones de la mano de Aleta Ediciones). Su mayor acierto en la labor editorial consistió en abrir la puerta de los géneros y ambientaciones diversas adaptándose y modernizándose según los gustos contemporáneos y dando inicio a colecciones tan populares como Martin Mystere, de Alfredo Castelli, o Dylan Dog, de Tiziano Scalvi; historieta de horror e investigaciones sobrenaturales vinculado también al precedente del fumetto nero, con un protagonista altamente carismático que pronto se instaló como favorito en los lectores hasta alcanzar los niveles de popularidad y ventas de Tex. En suma, Sergio toma la editorial familiar y la expande hasta convertirla en uno de los referentes principales (por dejarle una duda a la pluralidad) del fumetti italiano.

Con Sergio a la cabeza de la Bonelli se reproduce perfectamente el tópico de las generaciones al frente de empresas familiares, al menos por lo que se refiere a las dos primeras. La primera planta la semilla del árbol, la segunda lo hace crecer. Esperemos que en el tercer paso el tópico se rompa y que su hijo David (actualmente el responsable del marketing de la casa) no vea caer al gigante editorial.

En los últimos años antes de su muerte a Sergio le quedaría una espinita clavada: Mister No vio cancelada su colección regular cinco años atrás —si bien con la aparición de algún especial posterior— tras treinta y un años de vida. Sería él mismo quien daría el paso adelante para escribir la historia final de la serie, con una dedicación y longitud que habla del amor del autor hacia su creación. El final de Mister No duró casi año y medio; el plan inicial de elaborarlo en seis números terminó por aumentarse a dieciséis.

Pero pese al fallecimiento editorial de su hijo ficticio predilecto, Sergio conseguiría con su otro gran personaje, Zagor, la misma gesta que su padre con Tex: que una de sus creaciones le perviva, viéndose publicadas sus aventuras de forma ininterrumpida desde su nacimiento. Precisamente el año en que Sergio nos deja, Zagor cumple su 50 aniversario.

Por hacer que la aventura nunca cese…  grazie, Sergio.

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