Marcel Gascón: Mensaje de presidente, estilo de candidato

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La mayoría de comentaristas han alabado el primer discurso de Mariano Rajoy tras ganar las elecciones. Tenía lo esencial, dicen: prudencia, un llamamiento al trabajo, a la unidad y esperanza en el sacrificio.

Estoy de acuerdo, y creo que su insistencia en el mensaje de inclusión —»que nadie se sienta excluido de la tarea común», «nadie tiene que sentir inquietud alguna, no habrá más enemigos que el paro y la crisis», «no habrá sectarismo», «todos juntos», «vamos a darlo todo con todos»— tiene el mérito de anunciar, evitando una mención específica que habría sido muy poco elegante, el radical cambio de estilo respecto del Gobierno del único presidente «rojo» de la historia de la democracia española.

El contenido del discurso quizá resuma lo que sus valedores esperaban de él cuando el presidente Aznar lo eligió para sucederle al frente del PP y el Gobierno. Ideas amplias y claras, sin aristas. Sentido común, altura de miras en el perfil bajo y primacía absoluta, casi reduccionista, de lo fundamental. El mensaje demuestra que ocho años de tumultos inesperados, en los que nada salió como esperaba y no dejaron de salirle enemigos imprevistos, no han cambiado lo que le define.

Y si bien la nueva circunstancia nos permitió ver qué puede ofrecer el Rajoy presidente, aún no pudimos olvidarnos de lo que nos exasperaba del nefasto candidato. Ni siquiera en un discurso sin preguntas, totalmente preparado y con el viento a favor, fue capaz Rajoy de expresarse con determinación, fluidez y naturalidad sin clavar cada dos por tres la cabeza en el atril. De nuevo, como tantas veces en el Congreso o en el debate electoral con Rubalcaba, buscó en el papel apoyo en los momentos cruciales del discurso, cuando más debía mostrar convicción y necesitar menos el recurso del guión.

Puede que no estuvieran la agilidad verbal y la elocuencia entre las cualidades que ofrecía el candidato oficialista Rajoy antes de que su marcha se torciera. Quizá ni siquiera sea importante cómo hable un presidente con mayoría absoluta en las circunstancias de crisis económica y estructural que vive España. Pero pienso que entre las mejoras que puede aportarnos el Rajoy presidente está también una retórica brillante y despejada, como ha demostrado en algún discurso brillante en el Congreso o en aquellas cuartillas en un acto incómodo con Esperanza Aguirre.

Rajoy es hombre de dinámicas más que de desafíos. Se siente más cómodo en la ruta larga, aunque complicada, que en el vaivén sinuoso, aun cuando para otros resulta fácil de salvar. Su llegada al puesto para el que fue elegido y la solidez de su mayoría puede traernos al fin todas las ventajas que sólo ha insinuado en su vía crucis por unos caminos que nunca pensó transitar. Y después de ocho años de vacío grandilocuente de concurso de Coca-Cola, la agudeza mordaz de casino gallego también puede ser una de ellas.

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